Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Percibió un chasquido que le recorrió el brazo y el hombro. Sin embargo, cuando se puso de pie y giró la cabeza para localizar a Bryaxis, que escapaba del templo en una nube de oscuridad y soltaba carcajadas burlonas, no lo notó.

Apretó los dientes mientras un reguero de sangre le goteaba por la mejilla, y fue vagamente consciente de que le colgaba el brazo izquierdo a un costado mientras saltaba por encima de un banco (con torpeza, gracias al vestido) y aplastaba todas las flores y lazos que con tanto amor había dispuesto Elain.

Ahora no eran más que pequeños y marchitos obstáculos en su camino.

Detrás de ella, en el templo, los gritos cesaron. Ninguno de sus amigos emitió un solo ruido.

Pero en aquel momento los alaridos inundaron las calles.

Nesta salió a la luz del sol justo a tiempo para ver cómo flotaba aquella nube oscura hacia el deslumbrante cielo azul.

No dudó. Se transportó directamente al tejado del edificio de al lado. A ras del suelo, la gente huía de las calles en manada. No les serviría de nada. No contra el mismísimo miedo.

Sin embargo, Bryaxis parecía tener claro su destino, puesto que esa oscura nube se dirigía hacia el norte, hacia…

La Casa del Viento. Hacia la gran fuente de miedo que habitaba allí.

«A casa», había dicho.

Nesta echó a correr antes de idear un plan, y se deslizó sobre las tejas de terracota con sus endebles zapatillas de tela y el vestido, que le entorpecían todos y cada uno de los pasos.

Alcanzó el borde del tejado y saltó por encima de un estrecho callejón hasta el siguiente.

Se puso en pie con dificultad sobre aquellas traicioneras tejas; las capas de la falda le impedían mover bien las rodillas, los pies, y le ponían trabas para incorporarse con rapidez.

Prefería morir a dejar que Bryaxis alcanzase la montaña. Prefería morir a permitir que les pusiera una zarpa encima a las sacerdotisas. Había vivido con ellas durante siglos; ¿por qué pretendía convertirlas en su alimento ahora? ¿Por qué había vuelto para causar tantos estragos y tanto dolor?

Nesta saltó al siguiente tejado. Y a otro más.

Cada inspiración le abrasaba la garganta.

Sintió un entumecido hormigueo en uno de los brazos, aunque no se molestó en discernir cuál.

No importaba. Tenía que ser la primera en llegar a la Casa del Viento.

Tenía que encontrar la concentración necesaria para transportarse hasta allí.

Pero, si se detenía, le concedería a Bryaxis unos segundos cruciales de ventaja. Y ya se había transportado tanto que sus reservas se habían convertido en un pozo seco.

Nesta aterrizó en el siguiente tejado, escaló la empinada pendiente del gablete y corrió a lo largo de la estrecha superficie. No podía seguir transportándose. Pero a Ataraxia…

Si lo calculaba bien, si apuntaba bien…

El borde del tejado dejó a la vista un salto que no tenía ninguna esperanza de salvar, no así de agotada, no con aquel vestido.

Nesta dio la vuelta a Ataraxia en la mano y le ardieron los músculos al echar hacia atrás el brazo con el que la sostenía (con cuyo gesto se le rompieron las costuras de las mangas) y dejar de mover las piernas.

A pocos centímetros de una caída en picado, aprovechó toda la fuerza de su impulso para lanzar la espada al aire. Y utilizó las pocas reservas mágicas que le quedaban para abrir un agujero en el cielo. A lo lejos, justo delante de la sombra que huía a la carrera, se abrió otro agujero idéntico.

Ataraxia atravesó ambas aberturas girando sobre sí misma y emergió a lo lejos como un destello de luz para luego caer con toda esa fuerza en el costado de Bryaxis.

La criatura aulló mientras se arqueaba y emitió un sonido como el de una nube de tormenta al estallar la lluvia. No obstante, la espada cayó a la tierra. La sombra se retorció y le gruñó a Nesta con tanto odio que, pese a estar a tanta distancia, le chamuscó los huesos.

No le había parado los pies. Ataraxia apenas le había hecho un rasguño y no quedaba nada ni nadie que pudiese defender la montaña.

Con un restallido burlón de la cola, Bryaxis se impulsó hacia delante, en dirección a la Casa del Viento.

Nesta había fracasado, incluso con una espada capaz de matar lo que no se puede matar.

Una mano la sujetó por el hombro. Feyre, con la cara pálida y surcada por las lágrimas. Había conseguido cortar la cinta de alguna forma y la había rastreado hasta allí. Seguro que Nyx ya estaba a salvo; con Rhys, seguramente.

—Deprisa —jadeó su hermana, y las transportó a ambas.

Se estrellaron contra las guardas de la Casa con tanta fuerza que a Nesta se le escapó el aire de los pulmones. Su hermana gritó un «¡mierda!» y, de repente, se hallaron las dos cayendo hacia la despiadada fortaleza de piedra que había debajo.

Feyre invocó una ráfaga de viento helado que frenó lo suficiente la caída como para que aterrizaran con facilidad en el balcón de piedra del salón, cuyas puertas de cristal ya se estaban abriendo; era como si la Casa las apremiara a entrar.

Nesta echó a correr antes incluso de haber plantado ambos pies en el suelo, con Feyre a su lado.

No había ni rastro de aquella oscura y sinuosa criatura hecha de sombras.

—Creo que Bryaxis va a por las sacerdotisas —se las apañó para decir Nesta, con la voz rasposa y nasal.

Apenas reparó en el entumecimiento que se extendía por todo su cuerpo mientras se catapultaban con Feyre a través del salón, salían al recibidor, recorrían el pasillo y bajaban por la escalera, directas hacia las puertas de la biblioteca.

El silencio que reinaba allí era peor que los gritos. Las puertas estaban abiertas y Clotho aguardaba en el umbral.

—¡Corre! —le gritó Nesta con la voz rota.

La sacerdotisa levantó una mano nudosa.

—Bryaxis viene hacia aquí —resolló Feyre, con el horror de lo que había visto aún pintado en el rostro, así como la desolación que había experimentado su hijo. No flaqueó ni un paso en su carrera hacia Clotho y las puertas—. Bryaxis se acer…

Nesta lanzó una mirada de reojo a las armas de su hermana. De algún modo, se había hecho con una espada ilyria. Pero si Ataraxia no había podido herir a la criatura, la espada de Feyre sería del todo inútil.

Clotho seguía sin moverse. En vez de eso, ante ella apareció un pedazo de papel.

—¡Corre! —le rugió Nesta, que ya estaba a muy pocos pasos de la alta sacerdotisa.

No vio a nadie tras ella, en la biblioteca. Ni un solo ruido provenía del interior. ¿Dónde estaba Gwyn? Tenía que advertirla y reunir a las demás valquirias…

En el papel de Clotho aparecieron algunas palabras. Nesta se detuvo en seco y tuvo que leerlas dos veces para entender lo que decían.

«Bryaxis ha regresado al nivel más profundo de la biblioteca».

—Va a alimentarse de vosotras… —jadeó Nesta irguiéndose.

A su lado, Feyre hizo lo mismo mientras leía el mensaje.

«No va a ocurrir. Hemos llegado a un acuerdo».

—Bryaxis acaba de atacarnos durante la ceremonia del Día del Nombre de Nyx —replicó Feyre, respirando de forma entrecortada—. No podemos permitir que viva, que vuelva aquí.