Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Nesta

Nada de aquello era real.

Nesta estaba de rodillas, resollando, cuando la oscuridad se disolvió para revelar… nada.

Lo había visto todo. Hybern partiéndole el cuello a su padre.

Su madre, marchita en su lecho de muerte, con los huesos marcados bajo la piel cetrina como una naturaleza muerta bajo la nieve que se va derritiendo.

Feyre sangrando; Nyx inmóvil y en silencio al otro lado del templo.

Elain estaba siendo secuestrada por un enemigo sin cara y suplicaba ayuda.

Ella ya lo había visto todo. Ya se había enfrentado a aquello.

Le había mostrado a Cassian, frío y distante. Un Cassian que odiaba la mismísima existencia de Nesta, consciente al fin de que ella no merecía la pena.

Había cerrado los ojos ante esa visión en concreto, pero ya se estaba enfrentando a ello, ¿no? Le había plantado cara a todo y había sobrevivido. Había hecho frente a todas sus pesadillas, había visto todas las partes de ella que estaban rotas y destrozadas y las había aceptado.

Y una mierda iba a permitir que aquella criatura volviese a ponerla de rodillas.

Gruñendo y jadeando entre dientes, se puso de pie.

Los envolvía una oscuridad total…

No. Era mentira. Nesta había visto la verdadera oscuridad, en el corazón del Caldero. Y había sobrevivido.

También saldría con vida de aquello.

Cerró los ojos, tomó aire durante tres segundos y después lo expulsó. Repitió la misma acción. Y otra vez. Durante la tercera exhalación, consiguió serenar la mente, y fue entonces cuando volvió a abrirlos. La luz entró a raudales.

Sus amigos, su familia, estaban desperdigados por el templo. De rodillas o encogidos de miedo; sollozando, chillando ante cualquiera que fuese el invisible horror que contemplaban.

Cassian estaba hecho un ovillo, envolviéndose firmemente con las alas, como si estas fueran un escudo. Y el brillo rojo de los sifones iluminaba los delicados conjuntos de sus venas y músculos.

Nesta sintió cómo se le vaciaba la mente. Estaban todos perdidos en sus peores miedos, sus peores pesadillas.

No era la primera vez que veía cómo sucedía. Bryaxis había estado presente durante la batalla final contra Hybern. Nesta había sido testigo de la nube oscura que había descendido sobre sus enemigos y que no había dejado más que gritos de locura y la más horrible de las muertes a su paso.

Nyx estaba chillando. Seguía en brazos de Rhys y Feyre, acurrucado entre ellos, los tres unidos por la cinta de Clotho.

Sin embargo, ambos progenitores parecían perdidos en sus propias mentes, en su propio pánico.

Y fue el sonido del llanto aterrorizado de su sobrino, ese niño que todavía era demasiado pequeño para saber lo que era el verdadero miedo, lo que provocó que Nesta viese las cosas con una claridad letal.

—¿Ahora te dedicas a aterrorizar a un bebé? —le preguntó a la oscuridad, con la voz ronca y hueca—. Ven a enfrentarte a alguien de tu tamaño.

Una risa grave parecida a un siseo surgió del techo abovedado. Allí, enroscado como si de un gran dragón hecho de sombras y humo se tratase, acechaba Bryaxis.

—Te voy a matar —le espetó Nesta cerrando los puños a los costados—. A matar.

Bryaxis agitó su larga y serpenteante cola cual gato antes de que una voz que sonaba como el viento entre la hierba seca preguntase:

—¿En serio? Pues acércate y demuéstralo.

Nesta se arriesgó a mirar a Rhys, su aliado más mortífero en aquella situación.

Pero el alto lord seguía atado a su hijo y a su pareja, con un charco de vómito al lado y lágrimas corriéndole por la cara macilenta mientras contemplaba algo que había en el suelo, algo que iba más allá de sus peores temores.

No veía al bebé ni a la pareja a la que abrazaba, no los sentía.

No le sería útil a Nesta, por lo menos hasta que consiguiese liberarse de las garras de Bryaxis.

Nesta le enseñó los dientes a la criatura que se agazapaba en el techo.

—¿A qué has venido?

La criatura volvió a menear su larga cola, rozando el mosaico de las estrellas y la luna que adornaba la cúpula del techo.

—¿Cómo es que tú puedes plantarme cara cuando los demás ni siquiera se tienen en pie? —exigió saber Bryaxis, en un tono tan afilado como el sonido de unas garras al arrastrarlas por la piedra.

Nyx volvió a gimotear. Nesta tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no correr a su lado, cortar la cinta que lo ataba a sus padres y cogerlo en brazos. No obstante, aquello implicaría dejar a su sobrino peligrosamente expuesto y ella debería luchar con una sola mano.

Aunque tampoco es que tuviese ninguna arma con la que luchar. Y con aquel vestido, con las ballenas del corsé y las faldas… ¿Cómo iba a moverse siquiera? Aunque Rhys se liberara, ¿cómo…?

Algo repiqueteó cerca de ella y Nesta se atrevió a apartar los ojos de Bryaxis una vez más.

Ataraxia yacía en el suelo, frente a Rhys, que estaba temblando, con las comisuras de la boca cubiertas de vómito y babas, tan desquiciado que parecía medio salvaje, pero…

—Mátalo —gruñó el alto lord antes de volver a sufrir una convulsión y retraerse al tiempo que un grito quebrado escapaba de sus labios.

Nesta le había conseguido el tiempo suficiente para liberarse de la trampa de Bryaxis, aunque solo durante un instante.

Ese instante era lo único que le hacía falta. Extendió la mano y Ataraxia obedeció. La empuñadura voló hasta su palma justo en el instante en que Bryaxis se precipitaba sobre ella.

Mandíbula prominente y chasqueante, cola puntiaguda, garras diseñadas para despedazar, todo hecho de humo y noche…

Nesta alzó a Ataraxia y la blandió a ciegas.

La luz rasgó la oscuridad y la criatura rugió. Del techo llovieron escombros acompañados de flores y pétalos. Bryaxis se alejó de un salto y aterrizó sobre los bancos, ágil como una sombra.

Nesta dispuso de un segundo para colocar a Ataraxia en el ángulo correcto antes de que la criatura arremetiese con la cola, apuntándole a la cabeza. Ella se agachó e intentó rodar…

Lo intentó.

No podía doblar adecuadamente el torso con aquel vestido. A duras penas podía mover las piernas. Se dio un golpe en la cara contra el banco más cercano y la nariz le crujió. Sintió que la sangre caliente le inundaba la boca y le dejaba un regusto metálico.

Bryaxis soltó una nueva carcajada que pudrió las flores que quedaban intactas y las convirtió en polvo.

—Te ayudamos —resolló Nesta, con la voz pastosa por culpa de la sangre mientras volvía a ponerse de pie, obligando a sus temblorosas piernas a mantenerse firmes. Obligando a su mano a situar a Ataraxia delante del cuerpo.

La criatura ladeó su serpentina cabeza hacia un lado, revelando una cresta repleta de cuernos grandes y afilados.

—Y, aun así, hoy me has vuelto a llamar. —Su voz era una verdadera pesadilla.

Nesta escupió sangre en el suelo de piedra y roció de rojo las flores marchitas que había cerca.

—Para nada.

Una risa grave la sacudió hasta la médula.

—He vuelto a casa, donde me esperan mis hermanas.

Como respuesta, Elain gritó. Luego, Mor. La magia palpitó alrededor de Nesta y se desplazó en espiral hacia la figura en cuclillas de Bryaxis. La sombra respondió creciendo, hinchándose. Se estaba alimentando de su terror.

Nesta miró de reojo a Cassian. Seguía acurrucado sobre sí mismo, con la cabeza en las manos; temblaba y gritaba. Sus sifones parpadeaban como velas a merced de una tormenta bajo el cobijo de sus alas. Se había perdido allí donde ella no podía encontrarlo.

Emerie también estaba tirada, con las alas heridas y desplegadas en el suelo. Incluso Amren se estremecía contra un banco, tapándose los ojos con las manos y susurrándose a sí misma una y otra vez:

—Sobreviviste, lo superaste. —Los labios, pintados de rojo, le temblaban con cada palabra que pronunciaba—. Monstruo, monstruo, monstruo.

De modo que Nesta estaba sola.

Nyx volvió a gimotear, con la cara enterrada en el cuello de su madre, que no lo veía.

Bryaxis giró su poderosa cabeza hacia el bebé, hacia la hermana de Nesta y su pareja. Agitó la cola grande y puntiaguda adelante y atrás, una y otra vez.

—El miedo de la criatura es dulce como la miel.

Algo afilado como el cristal recorrió a Nesta de los pies a la cabeza.

—El tuyo también lo será —le prometió, y no le concedió a Bryaxis tiempo para reaccionar antes de atacarlo.

Ataraxia chocó con lo que podría ser una zarpa de su mismo tamaño.

No obstante, las sombras se separaron y Bryaxis soltó un bramido.

Volvieron a llover escombros, el suelo acabó cubierto de azulejos y las piedras amenazaron con aplastar a sus seres queridos.

Pusieron en peligro a Nyx, pese a que seguía en brazos de sus padres.

Tenía que sacarlo del templo. Pero enfrentarse a Bryaxis en la ciudad, sobre la gente inocente de Velaris…

Rhys se resistió lo suficiente a su pesadilla como para volver a rugirle:

—¡¡¡Mátalo!!!

Bryaxis reculó cual áspid dispuesto a atacar y salió disparado hacia Mor, que estaba arrodillada en la otra punta del templo.

Nesta se transportó. Justo cuando esa garra hecha de oscuridad descendía sobre Mor, presumiblemente para provocar que el terror le desgarrase el alma, Nesta se lanzó de cabeza contra Bryaxis. Hundió a Ataraxia en lo más parecido que pudo encontrar a una pata.

Tras un estallido de luz, una fuerza similar a la de una avalancha la obligó a retroceder entre tambaleos.

No, no era real. Esa fuerza era imaginaria. No podía tocarla, solo se lo estaba haciendo creer para que Nesta se alejara. Reconectó con sus pies, sus piernas, su fuerza. Serenó la mente con una sola inspiración y calmó todo el cuerpo.

Se abalanzó sobre aquella serpentina criatura que se estaba encabritando de nuevo.

Bryaxis saltó hacia ella con su enorme mandíbula abierta a más no poder. Nesta volvió a transportarse y apareció justo en el punto en que la cresta de su gigantesca cabeza conectaba con la columna. Clavó allí a Ataraxia…

La espada solo hendió el aire y ella cayó a plomo a una velocidad vertiginosa antes de estrellarse contra un banco.