Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Azriel

Azriel estaba haciendo cola (tan dolorosamente cerca de Elain que había podido saborear su aroma, incluso con su pareja a unos pocos pasos de distancia) cuando Nesta captó algo antes que los demás. Incluso antes que sus sombras.

Claro que sus sombras no estaban allí. Elain las había ahuyentado con su cercanía, aportando luz a su oscuridad, obligándolas a desperdigarse por los confines del templo.

Cuando el primer fragmento de oscuridad se coló por la puerta abierta del templo, por un instante creyó que se trataba de sus propias sombras, que acudían a imponer su bendición. Después, la negrura lo engulló todo.

Él conocía a aquella oscuridad; sabía cómo se llamaba: Bryaxis.

Su poder era el del miedo puro y sin adulterar. El terror más profundo de cada uno personificado y amplificado hasta volverse mortal. Hizo falta un segundo entero para que alguien (Elain) chillara. No un grito de alarma, sino de absoluto pavor.

El poder de Azriel se alzó en respuesta y un rayo de luz azul salió disparado con la misión de matar para proteger, pero la oscuridad era impenetrable. Se tragó la luz de su sifón de un solo mordisco.

Cassian gritó, presa de un tormento desgarrador.

¿Rhys y Feyre habían podido sacar a Nyx? ¿Habían desgarrado esa cinta con sus propias manos para poder enfrentarse a aquella pesadilla corpórea?

Elain volvió a chillar y Az se giró en redondo, iluminando la oscuridad con una oleada de luz azul gracias a sus sifones. Sus sombras habían desaparecido, no lograban encontrarlo, no podían acercarse por algún motivo…

Lucien llamaba a su pareja a gritos, pero su voz dio paso a un rugido agónico.

Az extrajo energía del sifón que llevaba en la mano derecha y moldeó su poder para concederle la forma de una espada de luz azul. Cuando la blandió, la oscuridad se disipó. La escena que reveló lo dejó petrificado. Lo convirtió en un muerto en vida.

Había cadáveres desperdigados por todo el suelo del templo, desmembrados y ensangrentados. Rhys. Cassian. Feyre, que cubría el cuerpo diminuto y frágil de Nyx, a quien le sangraban las manos.

Az bajó la mirada para examinarse a sí mismo. Él también estaba cubierto de sangre. Las manos. El que dice la verdad, que de algún modo había vuelto a su puño. Era él quien les había hecho aquello, igual que se lo había hecho a sus parientes hacía mucho tiempo, con la misma daga.

El día anterior estaba convencido de que no se arrepentía.

De hecho, insistió en que no le importaba mientras le sostenía la mirada a Ramiel.

Sin embargo, en esa ocasión, con sus amigos, con aquel precioso bebé, muertos a sus manos, manos que ahora eran incapaces de soltar la empuñadura resbaladiza y sangrienta de El que dice la verdad…

Aquello no era real.

Elain se le acercaba arrastrándose por la sangre derramada, alargando sus dedos teñidos de rojo hacia las botas manchadas de Az.

—Por favor —le suplicó, aunque no tenía claro si lo hacía para que la perdonase o para que terminase con su sufrimiento.

Él era el culpable; había acabado en ese lugar de su interior que temía que Rhys o cualquier otro descubriera algún día, un lugar tan hueco como Ramiel. Era incapaz de soltar a El que dice la verdad. La daga parecía fusionada con su propia piel.

Rhys empezó a gritar. No el cadáver boca abajo que tenía ante sí, sino a lo lejos.

Aquello no era real. Pero el grito de sufrimiento de su alto lord sí que lo era, y su templo, su ciudad, estaban siendo atacados. Bryaxis, el miedo personificado, se encontraba allí.

Feyre sollozaba en alguna parte, más allá de aquel insoportable campo sembrado de muerte.

—No —decía la alta lady entre sollozos—. No, no, no.

Az tenía que luchar contra aquello. Dejar de verlo. Sin embargo, allí estaba Mor, a unos centímetros de sus ensangrentadas botas, con el cuerpo desnudo y destrozado de nuevo y una nota clavada en el abdomen.

En esa ocasión rezaba: «Esto es culpa tuya».

Az cayó de rodillas, con El que dice la verdad todavía en la mano derecha. Aterrizó en un charco de sangre, tan real que sintió cómo le empapaba las piernas.

No había nada por lo que mereciese la pena luchar. Ya no. Lo había destruido todo. No quedaba nada en el mundo por lo que preocuparse, si es que poseía dicha capacidad siquiera.

En aquel momento, Nyx soltó un lamento de puro terror, de nuevo procedente de ese lugar lejano y no de la visión que tenía delante. Y entonces empezó el dolor.

Un dolor atroz. Az lo sintió en las manos. Levantó aquella con la que no sostenía a El que dice la verdad, a sabiendas de lo que encontraría. Los restos brillantes del aceite sobre lo poco que quedaba de músculo. Huesos y tendones allí donde el fuego lo había consumido.

El lamento de Nyx se convirtió en un grito, en un alarido. Era el mismo alarido que había proferido en una ocasión el propio Azriel, varios siglos atrás, cuando sus hermanastros le cubrieron las manos primero con aceite y luego con fuego.

Alaridos por la madre que no había podido salvarlo.

Sus manos, sus manos, sus manos…

Feyre

Mi hijo estaba gritando y yo no podía llegar hasta él.

No sabía que pudiese emitir semejante sonido, no era consciente de que mi bebé, tan dulce y feliz, tuviese la capacidad de asustarse tanto, de acabar tan herido.

Me llamaba a mí con esos gritos, frenético, y hasta el último músculo de mi cuerpo bramó en respuesta, impulsándome a moverme, a levantarme del suelo, a llegar hasta él…

Se había desvanecido. Un momento antes lo tenía en brazos, unidos por la cinta, y al siguiente había desaparecido. Lo único que quedaba era aquella fétida oscuridad. Mi hijo estaba sufriendo y yo no podía hacer nada.

Intenté, sin éxito alguno, levantarme de aquel suelo de piedra. Dar con él en mitad de aquella turbulenta e interminable noche.

Sus alaridos reverberaban a mi alrededor. Alguien le estaba haciendo daño; alguien a quien le traía sin cuidado lo pequeño, indefenso e inocente que era; alguien que disfrutaría destrozándolo poco a poco, rompiéndole las extremidades y las alas…

Mi cuerpo no reaccionaba. No podía moverme. No podía hacer nada para ayudarlo, absolutamente nada. Eso iba a acabar conmigo; esa mezcla de desesperación y agonía.

Por favor , intenté suplicarle a la oscuridad. Por favor.

Lo que fuera. Daría lo que fuera para que él estuviese a salvo. Mi vida, mi territorio, mi…

¿Eso también me lo entregarías?

Oí los gritos agonizantes de Rhys y de alguna manera supe que no gritaba a causa de su propio sufrimiento, sino como reacción a lo que estaba viendo.

¿Me entregarías a tu pareja a cambio de tu hijo?

Sollocé sin palabras, jadeante. Esto tenía que parar.

Sabía que no era real, pero lo era. En cierto sentido sí que lo era, y ser testigo de ese posible e insoportable futuro me estaba destrozando.

El precio de negarme a escuchar los sabios consejos de mis buenos amigos, el precio de malgastar el poco tiempo del que disponíamos con planes estúpidos, el precio de las decisiones que había tomado yo y solo yo.

La oscuridad se despejó. Ante mí estaba mi hijo. O, más bien, lo que quedaba de él.

Y el silencio descendió sobre toda mi existencia.