CAPÍTULO 14
Feyre
La ceremonia del nombre dio comienzo con el conjunto habitual de plegarias.
Yo creía que avanzaríamos hasta el altar, que la sacerdotisa nos impondría una bendición mediante un gesto de manos y que luego nos iríamos a almorzar, pero no.
Allí, al pie del altar, con Nyx retorciéndose en mis brazos, la duración del servicio fue la normal.
Te mataré por esto , le dije a Rhys mientras me cambiaba al bebé de una cadera a la otra. Tu hijo está que se sube por las paredes.
Le expliqué que quería una ceremonia corta , me respondió él con inocencia sin desviar la mirada de la alta sacerdotisa, que entonaba sus plegarias en lo alto del púlpito.
Ni siquiera nuestra ceremonia de apareamiento fue tan larga.
Uy, claro que sí. Solo que estabas demasiado ocupada pensando en llevarme luego a la cama como para darte cuenta.
Apreté la mandíbula para evitar que se me escapase una sonrisa. Es posible.
—La cinta para la unión, por favor —nos pidió al fin la sacerdotisa.
Rhys asintió con elegancia y sacó del bolsillo de la chaqueta negra que llevaba el paquete envuelto en terciopelo. Ese día exhibía las alas, resplandecientes y deslumbrantes, y yo sabía que había sacado brillo a las garras en honor a su hijo y al legado que compartían.
Eché un vistazo al banco donde estaban sentadas mis hermanas.
Elain estaba pálida; todo rastro de alegría se le había desvanecido del rostro. Tenía los brazos cruzados y la espalda tan recta que parecía que estuviera sentada en una cama de clavos.
Fantástico.
Cerca de Elain se encontraba Cassian. Al otro lado del templo, Nesta mantenía una expresión pétrea pero calmada, por lo menos.
A su lado se hallaba Emerie, con una sonrisa radiante, como la principal fuente de tranquilidad de Nesta.
Si bien la amiga de mi hermana llevaba un vestido más sencillo que el resto, se había peinado el pelo hacia atrás, lo cual dejaba a la vista sus encantadoras facciones, una intrigante combinación de dulzura y planos afilados.
No dejaba de lanzarle miradas de reojo a Mor, con las mejillas ruborizadas.
Pero ella, sentada junto a Az y Amren en la fila que quedaba enfrente de la de Nesta, tenía toda la atención puesta en la ceremonia, en nosotros.
Lágrimas de felicidad sin derramar brillaban en sus resplandecientes ojos castaños.
Como si supiese exactamente cuánto tiempo llevaba mi pareja esperando y soñando con un día como ese.
Yo llevaba años deseando esta situación; Rhys se había pasado varios siglos anhelándola.
A la alta sacerdotisa se le escapó un leve jadeo cuando Rhys retiró el paño negro y reveló la extraordinaria cinta plateada que nos había regalado Clotho.
—Extraordinaria —murmuró antes de recomponerse, tomarla con delicadeza y levantarla con ambas manos por encima de la cabeza.
A continuación se sucedieron tres bendiciones.
Un banco crujió cuando Amren se removió en su asiento y su collar de rubíes favorito destelló con el movimiento.
Sin embargo, en lugar de mirarla, me decanté por observar a Az, que estaba junto a ella.
Parecía estar observando con sombría diversión cómo la hembra cambiaba de postura, incómoda, mientras sus sombras se le arremolinaban a él sobre los hombros, sobre las alas.
Az me pilló mirando y clavó la vista en la sacerdotisa. «Presta atención, alta lady», parecía estar diciéndome el cantor de sombras. Me sonrojé y volví a girarme hacia la sacerdotisa.
La ceremonia era aburrida. Preciosa pero aburrida.
Siguiendo la tradición del equinoccio, la alta sacerdotisa pesó cada elemento en la balanza de plata que había sobre el altar mientras honraba y daba una explicación eterna de todos ellos.
Un regalo de la Madre: equilibrio para el año que teníamos por delante.
Por lo menos podíamos esperar con ganas el almuerzo de después. Aunque la sacerdotisa también estuviese invitada, lo cual disminuiría la diversión y nos obligaría a celebrar la ocasión de un modo más respetuoso.
—Acercad al niño y colocadle las manos entre las vuestras —ordenó al fin la sacerdotisa.
Obedecimos, y no pasé por alto que a Rhys le temblaba un poco la mano mientras la ponía debajo de la de Nyx. Lo miré a los ojos y encontré en ellos un rastro plateado, además de las estrellas que titilaban en su interior. Pura dicha, al margen de si la ceremonia era aburrida o no.
Coloqué la mano encima de la de mi hijo, tan suave y achuchable que no pude evitar darle un pequeño apretón.
A Rhys le brillaban los ojos, como si supiese perfectamente cuánto me estaba conteniendo para no agarrar esos dedos tan pequeños y darles un mordisquito juguetón.
Nyx se limitó a examinar su propia mano, apresada entre las nuestras, con la cabeza ladeada en un ademán curioso tan parecido a su padre que no supe si reír o llorar de felicidad.
La sacerdotisa rodeó nuestras manos unidas con la cinta plateada.
—La Madre te da la bienvenida al mundo, Nyx, y te ofrece su sagrada bendición. —Me tendió la cinta de Clotho y me dedicó un asentimiento de ánimo—. Escucha los deseos de tus padres y sé consciente de que eres amado.
A mí también me temblaban un poco los dedos mientras rodeaba nuestras manos unidas con la cinta una segunda vez. El material con el que estaba hecha brillaba como la luz del sol al incidir en el mar.
—Te deseo una vida repleta de felicidad —le dije con voz ronca mientras mi hijo me ofrecía una sonrisa desdentada—. De coraje y amor infinito. —Sentí un nudo en la garganta y un hormigueo en los ojos mientras contemplaba esa carita perfecta.
Me habría gustado decirle mucho más, ofrecerle mucho más; sin embargo, como pronunciara otra sola palabra, especialmente ahora que se fraguaba aquel conflicto imposible a nuestro alrededor, rompería a llorar.
En vez de eso, me decanté por besarlo en la frente y respirar hondo para inhalar su dulce olor a bebé.
Le pasé la cinta a Rhys, cuya mano libre temblaba de lo lindo mientras rodeaba nuestras manos unidas una tercera vez. Nyx se removió un poco, pero a continuación se sintió fascinado por la cinta que brillaba entre nosotros.
—Te deseo sabiduría —dijo Rhys en voz tan baja que apenas alcancé a oírlo.
Una lágrima le rodó por la mejilla—. Te deseo fuerza, no solo física, sino también espiritual.
Y te deseo toda la felicidad que yo he conocido con tu madre.
Espero que un día tú también tengas la suerte y el honor de encontrarla.
Miré a mi pareja a los ojos, incapaz de contener mis propias lágrimas mientras me resbalaban por la cara.
No quedaba ni rastro del enfado que había derivado de nuestra discusión del día anterior en la playa. Había desaparecido, se había olvidado, como una tormenta de verano que escampa con rapidez. Allí, en aquel momento, aquello era lo que más importaba.
La sacerdotisa tomó de los dedos de Rhys lo que quedaba de cinta y la ató al extremo suelto con el que había empezado ella.
—Bendecido por el amor, por los deseos de tus padres, te damos la bienvenida a la Corte Noche —declaró la alta sacerdotisa.
Me incliné hacia delante para volver a besar a Nyx en la suave cabecita. Mi hijo me miró y le di otro beso en la mejilla, rolliza y cálida. Él me agarró un mechón de pelo y tiró en un arrebato de repentina curiosidad.
—La familia y los amigos pueden acercarse para presentar sus regalos, bendiciones y deseos —indicó la sacerdotisa, con los brazos bien abiertos para darles la bienvenida al altar.
Mor prácticamente empujó a todo el mundo para que se apartase mientras corría para colocarse la primera. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas cuando nos dedicó una sonrisa deslumbrante; primero a mí, luego a Rhys y, por último, a Nyx antes de besar la rechoncha mejilla de mi hijo.
—Te ofrezco el don de la verdad. La reconocerás cuando la tengas delante y también conocerás siempre la verdad de tu interior.
Podría haber jurado que sentí magia revolotear entre nosotros cuando colocó la mano sobre las nuestras con delicadeza antes de dar un paso atrás.
El siguiente en acercarse fue Cassian, que apartó a Mor con un ala mientras colocaba su ancha palma sobre mi mano. Clavó sus ojos castaños en Nyx y, cuando habló, lo hizo con la voz cargada de emoción:
—Te deseo amistad, profunda y verdadera. Amigos que te ayuden a crecer y a convertirte en la persona que estás destinado a ser y que te lo reprochen cuando no estés a la altura.
Con un guiño dirigido a mí y una palmada en la espalda a Rhys, se alejó del altar.
La siguiente era Nesta, cuya mirada no se apartó de su pareja. Cassian ni siquiera la miró antes de regresar a su banco.
En ese momento, me impactó la realidad que tenía delante: era un milagro que Nesta estuviera presente.
Que no solo hubiese acudido a la ceremonia, sino que además se hubiese transformado en alguien que de verdad quería estar allí.
Alguien que en aquel momento miraba a mi hijo, a su sobrino, con los ojos repletos del amor más maravilloso.
Aunque alcancé a ver el dolor en ellos mientras su pareja tomaba asiento en la zona del templo opuesta a donde había estado ella, negándose a mirarla.
Nesta levantó la cabeza hacia Rhys, que adoptó una expresión ligeramente más severa.
Me puse tensa, pero mi hermana le sostuvo la mirada un instante y luego la desvió hacia mí.
Fue entonces cuando detecté en sus ojos la genuina alegría que sentía por mi situación.
La gratitud por tenerme allí, por tener a Nyx.
Por estar ella misma presente. Nesta también era consciente del milagro que suponía.
Mi hermana colocó la mano sobre la mía y Nyx le dedicó a su tía una sonrisa de oreja a oreja apabullantemente alegre.
—A ti, pequeño guerrero —dijo ella, incapaz de reprimir una sonrisa propia como respuesta—, te concedo el don de…
Parpadeó.
Fue el instinto, grabado en la médula, lo que me hizo reconocer aquel parpadeo como lo que era: una advertencia.
Giré la cabeza con pánico hacia la puerta. Las ventanas. No vi más que la luz del sol y, aun así… Ahí. Lo sentí. La ondulación que había hecho vacilar a Nesta.
Mi hermana apartó la mano de encima de las nuestras mientras se giraba hacia la puerta.
—Ya… —empezó a decir.
Se me puso la piel de gallina.
—Quítanosla —le ordené a la sacerdotisa en voz baja, tirando de la cinta que nos unía—. Ahora mismo.
—¿Qué…? —comenzó a preguntar ella, aunque siguió sin moverse.
—Ahora —exigí, con el corazón resonándome en el pecho.
El poder de Rhys retumbó en una nube oscura cuyo eco hizo temblar las incontables flores que nos rodeaban.
—¿Qué habéis detectado? —preguntó.
Los demás ya se habían puesto de pie y se habían girado hacia la puerta. Ninguno llevaba armas; estaba mal visto hacerlo en el templo.
Los sifones de Cassian y Az brillaban, como un par de llamas gemelas rojas y azules, respectivamente.
La sacerdotisa intentó desatar la cinta, pero los hilos parecían hechos de metal, y a juzgar por la magia que contenía, tenía el presentimiento de que solo el cuchillo mágico preparado para el final del ritual lograría cortarla. Hasta entonces, no se movería ni un ápice.
Elain ya estaba de pie, pálida a causa del miedo. Lucien había avanzado unas cuantas filas para estar más cerca de ella y había adoptado una postura defensiva.
—¿Qué ocurre? —exigió saber Mor, cuya magia cobró vida en sus manos.
—Ya… —repitió Nesta frunciendo el ceño—. He… Ya he sentido esto antes.
Como respuesta, una ráfaga de aire frío recorrió el templo. A mí también me resultaba familiar.
Nyx empezó a retorcerse, intentando retirar la mano de entre las nuestras.
—Es suficiente —le dijo Rhys a la sacerdotisa, y colocó la mano sobre la cinta.
Invocó su magia, pero la tela permaneció inamovible—.
Ve a por ese cuchillo —señaló con la cabeza la hoja que aguardaba en el altar que teníamos al lado.
Me miró a los ojos, y vi los suyos oscurecidos por el poder y el impulso depredador de empezar a hacer trizas a quien supusiese una amenaza para mí o para Nyx—. Vamos a transportarnos…
No tuvo ocasión de acabar.
Un instante había luz. Al siguiente, oscuridad.
Una oscuridad que hacía muchísimo tiempo que no experimentaba.
Desde que le había suplicado ayuda en las entrañas de la Casa del Viento.
Desde que la había visto volando hacia la espesura, libre de sus cadenas después de que la hubiera soltado contra Hybern.
Sabía lo que traía consigo aquella oscuridad. Sabía de qué estaba hecha.
De miedo.