Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Fue como si le hubiera echado un cubo de agua encima. Solo atinó a parpadear para recomponerse, tanto él como su cuerpo, y asimilar que no la tenía cerca, por más que Nesta estuviera tan dolorida y mojada que Cassian podía olerlo.

Sin embargo, ella ya estaba dando zancadas hacia la puerta. La abrió de un tirón y, en un tono gélido por encima del hombro, le soltó:

—Últimamente no me apetecen demasiado las pollas ilyrias.

Él se quedó mirándola boquiabierto. ¿Qué cojones acababa de pasar?

Con una sonrisa perversa, Nesta añadió:

—Y no, no llevo ropa interior. Aunque no vas a disfrutar de ello hasta dentro de un tiempo. —Un fuego profano ardía en sus ojos—. Llevo dos días queriendo hablar contigo. Hablar, Cassian. Pero no te has dignado a venir a casa y a darme la oportunidad; ni siquiera has intentado acercarte a mí.

Él abrió y cerró la boca, sin palabras. Nesta quería hablar, por fin quería hablar del tema, joder, pero…

Su pareja salió al recibidor y cerró de un portazo.

Feyre

Era posible que Nyx fuese el hijo de un alto lord y el presunto heredero, pero el deber primordial de la alta sacerdotisa de Velaris era honrar a la Madre.

Por ello, la ceremonia de Nyx tendría lugar entre dos de los ritos del Equinoccio de Otoño, al amanecer y al atardecer.

La ceremonia se había programado a la perfección entre siestas.

Quizá se tratase de un regalo de la Madre, pues era un tema de fechas que ni siquiera me había planteado antes de dar a luz a Nyx y que, sin embargo, dictaba gran parte de mi vida diaria.

La intención de Rhys era celebrar una gran ceremonia en el templo de la ciudad, aunque solo asistiésemos nosotros y nuestros amigos más cercanos; y Elain, que se había encargado de la mayor parte de los preparativos, se había decantado por una mezcla entre lo razonable y lo extravagante.

Había guirnaldas de flores otoñales dispuestas artísticamente alrededor de los imponentes pilares y, para que no parecieran un homenaje a una corte enemiga, también se había asegurado de que en los pasillos hubiese arcos de jazmines, cuyo familiar y reconfortante aroma inundaba el templo.

Destacaban las peonías blancas, magentas y rojas como la sangre en ramos gigantes al pie de cada banco, y las parras de madreselva, lilas y rosas recorrían los arcos del techo abovedado.

Había flores por todas partes, de todas las estaciones y cortes, al parecer.

También podían admirarse ramitas de acebo y campanillas de invierno.

El resultado era encantador, aunque el esfuerzo parecía inútil, puesto que nuestra corte era la única presente.

No habíamos invitado a nadie de ninguna otra que pudiera apreciar el respetuoso reconocimiento de mi hermana.

Salvo Lucien, pese a que él ya no parecía pertenecer del todo a ninguna corte en concreto.

Aunque, mientras observaba el largo pasillo, pensé que a lo mejor sí que tenía sentido. Yo poseía los poderes de los siete altos lores. Era pronto para saberlo, pero existía la posibilidad de que Nyx los hubiera heredado. En ese sentido, tal vez fuese el hijo de todas las cortes de Prythian.

Sin embargo, teniendo en cuenta lo que había sucedido el día anterior en la Corte Verano, no me sentía demasiado inclinada a enorgullecerme de algo así. Si hubiera podido arrancarme la parte de mi magia que había pertenecido originalmente a Tarquin y estampársela en la cara, lo habría hecho.

Elain estaba de pie a un lado y esbozaba una sonrisa nerviosa mientras aguardaba nuestro veredicto sobre la decoración. Estaba preciosa, con su vaporoso vestido rosa y la melena suelta adornada tan solo con una corona de flores de lira.

Le dediqué una amplia sonrisa al tiempo que apartaba cualquier pensamiento sobre Tarquin y nuestro fracaso en la Corte Verano. Aquel era el día de mi hijo. No pensaba ensombrecerlo.

—Es perfecto. —Nyx se revolvió en mis brazos, con los ojos abiertos como platos ante todos los colores y las formas que nos rodeaban.

Extendió una rechoncheta manita hacia uno de los conos violetas repletos de altramuces que había entrelazados en el arco más cercano, presumiblemente procedentes de los prados de la montaña que había detrás de nuestra cabaña—. Es más que perfecto, Elain.

Mi hermana ensanchó la sonrisa y los ojos se le iluminaron hasta adquirir la tonalidad del caramelo mientras observaba cómo Nyx manoseaba los altramuces.

—Gracias —le dijo Rhys apartando la vista del espectáculo y de nuestra familia, que se había reunido al final del templo mientras esperaban nuestra llegada.

—Después de esto, llevaremos las flores a hospitales y orfanatos —explicó Elain con dulzura—. Como regalo de Nyx hacia su pueblo.

Rhys asintió en señal de apreciación.

—Buena idea.

Mi pareja y yo habíamos hablado muy poco la noche anterior.

Aunque no estaba enfadada con él y sabía que él tampoco lo estaba conmigo, ambos necesitábamos algo de tiempo para recomponernos después de la conversación que habíamos mantenido en la playa.

Al levantarnos por la mañana seguíamos afectados, aunque estábamos más serenos.

Éramos pareja. Estábamos juntos en aquello.

Y ese día era en honor a nuestro hijo: lo más hermoso, perfecto y maravilloso de nuestra existencia.

Nos encargaríamos de que fuera un día feliz y disfrutaríamos cada segundo.

Elain volvió a sonreír, radiante ante la alabanza de mi pareja.

—Debería ir a sentarme —dijo girándose hacia el pasillo.

No obstante, se detuvo y se quedó rígida.

—Elain —la llamé, antes de guardar silencio.

Se me ocurrió, demasiado tarde, que a lo mejor debería haberla advertido de antemano, pero el daño ya estaba hecho.

Lucien entró en el templo dando unas largas zancadas, vestido con una chaqueta azul oscuro, color que resaltaba los rojos y dorados sutiles de su pelo, y que se ajustaba a su musculado cuerpo.

Parpadeó ante aquella exhibición tan surrealista y, acto seguido, su ojo mecánico zumbó cuando desvió la vista hacia nosotras. Hacia Elain.

Se quedó tan inmóvil como mi hermana, si no más.

Y debió de ver, con perfecta claridad, cómo todo rastro de alegría se desvanecía de la expresión de Elain.

Fue testigo de lo deprisa que se marchitaba la radiante sonrisa que adornaba su rostro en el preciso instante en que lo vio.

Lucien no pronunció palabra alguna. Ni siquiera levantó la mano para saludar a su pareja.

O a mí. Permaneció quieto, como si estuviese esperando a que ella le gritase que se marchara, a que lo mandara a tomar viento.

Pero fue peor que eso. Elain ni siquiera reconoció su presencia con enfado. En lugar de eso, deslizó la mirada hacia mí. En sus ojos centelleaba algo parecido a la traición.

Me apresuré a hablarle mentalmente: Siento mucho no habértelo dicho. Lo invitamos cuando nos reunimos con él en tierras humanas. Es importante tenerlo como…

«Activo. Recurso. Herramienta».

Amigo de esta corte , terminé. Me contuve para no añadir: Por favor, aunque solo sea por nuestro bien, dedícale alguna palabra amable. Con un «hola» bastará.

Elain no dijo nada. No había levantado el escudo de piedra blanca con enredaderas y flores que rodeaba su mente. No obstante, al otro lado solo había silencio.

Me aseguraré de que no se siente cerca de ti , añadí lastimosamente.

En esta ocasión tampoco me contestó. Se limitó a recorrer el pasillo sin dedicarle una segunda mirada a Lucien.

Puesto que sabía que vería reflejado el dolor en su expresión, tuve que hacer un esfuerzo para girarme y saludarlo. Pero descubrí que, en vez de eso, Lucien estaba sonriéndole con ternura a Nyx mientras se acercaba, pese a que Rhys lo vigilaba como un halcón.

Bueno, en realidad se parecía más a un dragón escupefuego.

—Es guapísimo —nos dijo Lucien a Rhys y a mí.