Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Cassian

—Odio tener que emperifollarme —le dijo Cassian a Nesta a la mañana siguiente mientras se pasaba las manos por el pelo húmedo.

Acababa de volver de otra visita al Refugio del Viento a tiempo para bañarse y así desprenderse de la maldad de lord Devlon, y para enfundarse lo que esperaba que fuesen una chaqueta y unos pantalones lo bastante decentes.

Negro sobre negro, y desde luego no tan elegantes como las prendas bordadas de Rhys, pero…

Sonrió frente al espejo de cuerpo entero que tenía en su dormitorio de la Casa del Viento.

Le sentaba bien arreglarse. Incluso había sacado un poco de brillo a las puntas de las alas.

Nesta pasó por su lado ataviada con una bata de seda gris paloma y con la melena peinada en un moño elegante en lo alto de la cabeza que dejaba al descubierto las impresionantes líneas de su largo cuello.

—No nos hemos emperifollado —le dijo sin mirarlo y dirigiéndose al baño—. Ha dado la casualidad de que tú te has lavado antes de la ceremonia y, por una vez, te has quitado la ropa de cuero.

Todas y cada una de sus palabras fueron cortantes.

Apenas había hablado desde que Cassian entró en la habitación.

Irradiaba una furia nueva e incandescente que resplandecía a su alrededor.

Había pasado algo desde la última vez que se vieron.

Estaba dispuesto a apostar a que había hecho algo para cabrearla.

Cassian estuvo pendiente de los movimientos de Nesta a través del reflejo del espejo de pie tanto como este se lo permitió, y se giró cuando ella se plantó ante el que había sobre el lavabo y se aplicó con presteza el maquillaje negro sobre la línea de las pestañas.

A continuación, se pintó los labios de un glorioso tono rojo.

Sin embargo, Nesta ni se dignó mirarlo cuando terminó y volvió a dirigirse al armario de la habitación. Como si Cassian fuera un cuadro en la pared. Aunque se había acostumbrado a la tensión que había entre ambos en los últimos tiempos, parecía especialmente irritada. Crispada.

Él había vuelto a pasar la noche anterior en el Refugio del Viento.

E… Hizo cálculos mentales. Hasta hacía unos minutos, tres habían sido los días sin verla; desde aquella conversación que habían mantenido abajo, en el vestíbulo.

Lo destrozó ser consciente de ello, y el macho primario y emparejado que había en su interior rugió.

Solo la Madre sabía qué había ocurrido para irritar todavía más a Nesta. Él, desde luego, no tenía ni idea.

Era lo bastante preocupante como para impulsarlo a preguntar, con toda la indiferencia que fue capaz de mostrar:

—¿Qué sucede, Nes?

Su pareja abrió con violencia las puertas del armario y examinó la selección de vestidos.

—Nada.

—Mentira.

Ella no le respondió, pero se desató la bata de seda y la dejó caer al suelo.

A Cassian se le secó la boca al contemplar su cuerpo desnudo en plena exhibición.

La línea de su espalda, la curva de su trasero, esos exuberantes pechos que veía de refilón desde aquel ángulo.

El tatuaje de la estrella de ocho puntas que le adornó la columna durante tantos meses había desaparecido, dejando tras de sí una piel resplandeciente que Cassian se moría de ganas de acariciar.

Se le endureció la polla y cambió de postura.

Dioses, era preciosa. El capullo de Eris tenía razón: había días en los que, si era sincero, no tenía claro qué había visto la Madre en él para considerarlo digno de semejante pareja. No solo por su belleza física, sino también por su espíritu…

Aunque ese mismo espíritu hubiese tomado decisiones increíblemente estúpidas en los últimos tiempos.

Al pensar en eso, el deseo que empezaba a acumularse en su interior se extinguió y lo reemplazó un peso en el pecho que le resultaba demasiado familiar.

De modo que Cassian volvió a concentrarse en su propio reflejo mientras Nesta se vestía.

Si ella no quería hablar, pues muy bien.

Podían coexistir en aquel deprimente silencio.

Solo se giró cuando oyó el susurro de las faldas y la descubrió acercándose con un vestido de seda gris crepuscular, un tono más oscuro que la bata, con un escote lo bastante bajo como para exhibir los pechos de una forma devastadora.

A lo mejor deberían ir al templo más a menudo, si aquello era lo que se consideraba un atuendo casto hoy en día.

Apretó la mandíbula. Quizá su deseo no estuviera completamente extinguido.

Antes no habría tenido ningún problema en acercarse a ella, rodearle la cintura con los brazos y explorar la extensión desnuda y cremosa del cuello y los pechos de su pareja.

Acariciar con la nariz aquella piel sedosa y saborear cada centímetro. En aquel instante, dudó.

Levantó la vista para mirarla a los ojos y descubrió algo hirviendo a fuego lento en ellos que, no obstante, desapareció en un parpadeo.

Se cruzó de brazos.

—¿Así que ya no hablamos absolutamente de nada?

Nesta imitó su postura.

—¿De qué hay que hablar?

—En los últimos días ha ocurrido algo. Lo veo escrito en tu cara.

—No ha pasado nada. Aunque, de todos modos, tampoco es que te hayas molestado en estar por aquí.

Abrió un cajón de su tocador con semejante tirón que las joyas del interior tintinearon.

Joyas bajo las que Rhys la había sepultado después de que salvase a su pareja y a su hijo.

Nesta eligió un collar de diamantes pequeños de corte cuadrado engarzados en una única tira flexible, delicado y resplandeciente, pensado para llamar la atención sobre ese cuello largo que a él tanto le gustaba besar.

Nesta se lo colocó alrededor del cuello y alzó los brazos para abrochárselo, pero no consiguió atinar con el cierre.

Él no pensaba ayudarla, ni mucho menos. A ella le temblaron las aletas de la nariz, como si fuera consciente de ello.

—El cargo que ocupo en esta corte requiere mi tiempo, ¿sabes? —dijo con los dientes apretados.

—Día y noche, por lo que parece. —Se le acercó con el andar fluido de una pantera y se plantó delante de sus narices para soltarle, con una dulzura edulcorada y marcando bien la última palabra—: Apártate, general.

Cassian le dedicó una reverencia exagerada y plegó con cuidado las alas a la espalda para hacerle sitio frente al espejo. Ella casi se giró y manipuló el cierre, moviendo sus pálidos dedos con torpeza. Irritada, Nesta entornó los ojos hasta casi cerrarlos mientras lo intentaba de nuevo.

—Háblame —le imploró Cassian—. ¿Por qué hoy estás incluso más cabreada conmigo?

Nesta giró el collar para intentar cerrarlo por delante.

—¿Acaso debería estar cabreada por algo más?

¿Además del hecho de que estas últimas semanas te has cerrado completamente en banda para poder enfurruñarte a gusto?

¿O de que cuando me hablas finges que todo va bien hasta que las cosas cambian y vuelves a ignorarme?

¿O del hecho de que te repugno tanto que ya ni siquiera me tocas?

—Señaló la cama—. Han pasado semanas. No has venido a buscarme ni una sola vez.

—¿Quieres que te toque? —le preguntó Cassian con la voz una octava más baja, alzando la comisura de los labios.

Ella bufó.

—No, ahora mismo no.

Se rindió con el collar e hizo ademán de quitárselo, pero Cassian fue más rápido.

—Permíteme —le dijo pronunciando cada sílaba con extremada lentitud.

Tomó el collar y se lo colocó con delicadeza sobre el cuello y el pecho. Le rozó la piel cálida de la nuca con los dedos.

Se le puso dura en cuanto la tocó. También por la forma en que Nesta se quedó inmóvil y contuvo el aliento. Se inclinó ligeramente hacia ella, incapaz de evitar inhalar con fuerza y llenarse los pulmones con su aroma.

—¿Lo echas de menos? ¿Llevas días esperando justo esto?

Tal y como había deseado hacía unos instantes, arrastró los dedos por su columna y se la acarició con la ligereza de una pluma.

La excitación impregnó el aroma de Nesta. Pero la muy bruja le soltó:

—No.

—Mmm —murmuró él, que se apresuró a abrocharle el collar.

No obstante, dejó los dedos apoyados en la base del cuello de Nesta y solo los apartó cuando se inclinó para arrastrar la nariz por el mismo punto—.

¿Y esto? —Sus palabras eran una presión cálida contra la piel de su pareja—. ¿Esto lo has echado de menos?

A Nesta la recorrió un pequeño escalofrío. Cassian sabía que, si le arrancaba ese vestido, encontraría sus gloriosos pezones duros y listos para que él los probara.

—Esto es lo último que echo de menos —le espetó ella a pesar de todo.

—Qué pena —susurró Cassian contra su nuca.

Pasó la lengua por la piel de aquella zona.

Ella se estremeció y él repitió el movimiento: un lametón largo y curvo alrededor del cuello que siguió una trayectoria ascendente hacia su oreja.

A aquellas alturas, ya le palpitaba el pene y le dolía tanto que sabía que, seguramente, le bastaría con que Nesta lo tocase para correrse con los pantalones puestos.

Ella le permitió jugar con su oreja y mordisquearle aquel lóbulo suave como el terciopelo.

—¿Quieres que te incline sobre la cómoda?

Nesta tragó saliva de forma audible.

Cassian sonrió contra su hombro.

—Podría levantarte estas bonitas faldas, Nes, y hundirme en ti hasta el fondo. ¿Te has molestado en ponerte ropa interior? ¿Esperabas que tuviese la oportunidad de descubrirlo?

La excitación de su pareja lo envolvió. Negarse ese placer sería una agonía para ambos. Y era posible que él se hubiese comportado como un idiota estúpido y cabezón al mantener las distancias durante esas últimas semanas, al aferrarse a su rabia.

Le bajó una mano por la pierna, recogiendo varias capas de falda en el proceso y levantándoselas cada vez más.

—Creo que tenemos tiempo para una pequeña degustación —ronroneó contra su cuello con un sonido casi gutural—. Algo que nos abra el apetito para luego…

Tenía a Nesta ahí, en sus brazos. Y, de pronto, desapareció.