CAPÍTULO 12 #3
—¿Por qué? —le exigí igualando su furia con la mía—.
Amren dice que tenemos poco tiempo y que debemos aprovecharlo al máximo.
Podríamos dedicar los próximos meses a planear el modo de reinstaurar el trono, de que tú te sientes en él y de que todos estén conformes con ello.
No nos molestaremos en conseguir aliados, ni aquí ni en Fomoria.
Manipularemos sin piedad a las cortes de Prythian hasta que nos entreguen gustosas la corona, hasta que hagan una para ti, lo cual nos convertirá en una potencia unida hacia la que otros territorios volverán la mirada, con quien busquen aliarse…
—Nos arruinará la vida —gruñó él.
Me quedé inmóvil.
Rhys me enseñó los dientes. Estaba respirando con dificultad, pese a que el tono de sus palabras resultaba letalmente bajo.
—¿No te parece ya bastante peligroso tener que gobernar una corte y encargarnos de todas nuestras responsabilidades?
¿Que apenas tengamos tiempo para el otro, para Nyx?
¿Cargar con el peso de todas las vidas que dependen de nosotros?
Imagina si añadiésemos seis cortes más. No podríamos quedarnos cómodamente en la Corte Noche, tendríamos que dejarnos ver por todo el territorio.
Y si crees que ahora mismo nos sobran enemigos, imagínate los que tendríamos si reinásemos.
No vendrían corriendo a aliarse con nosotros.
—Soltó una risotada amarga—. Fíjate en cualquiera de los reinos al otro lado del océano y comprobarás que solo unos pocos han logrado conservar el trono hasta la vejez.
—Negó despacio con la cabeza, el disgusto inundaba sus perfectas facciones—. No lo haré. Ni siquiera por esto.
—Pero si todo el mundo te apoyase, si de alguna forma todos lo vieran como algo predestinado…
Su poder retumbó como una tormenta nocturna e hizo temblar la arena que teníamos detrás, que acabó deslizándose hacia delante.
—No. Pienso. Hacerlo.
Retrocedí. Rara vez nos habíamos hablado así. Discutíamos, pero nada parecido a aquello. No con semejante ferocidad.
Por algún motivo, aquello me cabreó todavía más e hizo que odiara aquel conflicto con una renovada intensidad.
Me puse de pie y la arena me cayó en cascada por el vestido.
—De acuerdo. —Lo miré desde arriba sin una pizca de amabilidad—.
Si te niegas, tú mismo. —Él se limitó a alzar la cabeza y fulminarme con la mirada.
Le devolví el gesto mientras declaraba—: Sigo queriendo encontrar la forma de que el continente recule; quiero hacer un último intento.
Idealmente, lo conseguiríamos con un Prythian unido y con los posibles aliados que atrajésemos así.
Tenemos… Tengo que agotar esa posibilidad antes de plantearme cualquier opción diferente, ya sea el muro u otra.
Aquí hemos fracasado, pero puede que aún tengamos posibilidades con Invierno y Amanecer.
—De acuerdo —repitió él—. Pero no me hago ilusiones.
—Odiaba la amarga desesperanza en su tono y el hecho de que, en el fondo, yo también era consciente de que se trataba de una esperanza fútil—.
Y cuando todos demuestren que son unos desalmados y unos cobardes, cuando nos quedemos sin opciones y sin tiempo, reconstruiremos el muro en el territorio humano.
Luego levantaremos otro alrededor de Prythian.
Y si el resto de las cortes la toma con nosotros, también uno alrededor de la Corte Noche.
El sol iluminó la línea del horizonte y empezó a desparecer tras ella. Rhys no hizo ademán de levantarse.
En su poder no resplandecían las estrellas. No había ni rastro de la vibrante gama de tonalidades nocturnas que lo caracterizaba. Era pura negrura, tan oscura como el fondo de un insondable pozo.
—Muros dentro de muros —dije retrocediendo hacia el agua. Una ola rompió alrededor de mis pies, más fría que hacía un rato. Rhys desvió la mirada hacia el horizonte, reacio a mirarme a los ojos o incapaz de hacerlo—. No sé si quiero que nuestro hijo crezca en un mundo tan reducido y triste.
En aquel instante, Rhys me sostuvo la mirada. Oscura como la noche cerrada.
—En ese mundo tan reducido y triste, por lo menos tendrá la oportunidad de crecer.
No había nada más que añadir. No me molesté ni con un gesto de la cabeza para decirle adiós antes de transportarme al palacio de Tarquin para despedirme.
Azriel
Sentado en el tejado de la casa de la ciudad, Az contemplaba cómo las primeras estrellas de la noche iban despertando con un parpadeo.
La fresca brisa otoñal que le revolvía el pelo llevaba consigo el aroma de las hogueras crepitantes y una mezcla de especias (nuez moscada, canela y cardamomo) de los muchos hogares que seguían horneando para la celebración del día siguiente.
No se atrevía a regresar a la casa del río hasta por la mañana, y no solo a causa de Elain. Ya le había costado bastante ver a Cassian esa tarde y no hablarle del emisario de Hybern. No tenía ni idea de cómo podría mirar a los demás a la cara y tampoco contárselo.
Una alianza con su enemigo más odiado. Tendría que decírselo, y pronto. Pero no esa noche. Ni al día siguiente.
Podían esperar. Hybern podía esperar.
Su familia se merecía una celebración llena de dicha. Una vida rebosante de ella. Aunque él no fuera digno de lo mismo.