Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Otra ola rompió contra mí y me roció el vestido.

Rhys me ofreció una media sonrisa.

—Qué expresión tan triste para un rostro tan hermoso…

Me giré de nuevo hacia la playa y retomé mi paseo en silencio. Mi pareja se colocó a mi altura y, durante un rato, ninguno de los dos dijo nada.

—No sé qué hacer —confesé al fin con voz ronca—.

Hay tres cortes que no van a ayudarnos. Cuatro si contamos a Otoño, lo cual es probable; o cinco si añadimos la Corte Primavera.

En vista de cómo va todo, Helion tampoco accederá.

No conseguiremos nada si no demostramos que Prythian es fuerte, si no nos presentamos al mundo como un frente unido.

Ni siquiera Miryam y Drakon se nos unirán.

—Efectivamente, estamos en desventaja numérica —coincidió Rhys.

Di una patada a las olas mientras lo miraba, deseando, rezando para encontrar en su rostro esa sonrisa de suficiencia, esa amplia sonrisa que significaba que tenía un plan y que al final todo saldría bien.

Pero la expresión de Rhys era grave, afligida.

Me tragué el nudo que se me empezaba a formar en la garganta.

—¿Estamos siendo unos necios? No me refiero a no haber seguido el consejo de Amren de ir primero a Fomoria. ¿Somos unos necios por involucrarnos siquiera en este conflicto?

—Hay una solución —contestó Rhys en voz muy queda. Demasiado. Sus ojos violeta-azulado relucían llenos de dolor—: Reconstruiremos el muro.

Me giré hacia él como un torbellino.

—¿Qué?

No podía estar hablando en serio. No obstante, esa tristeza continuaba grabada en sus preciosos rasgos.

—Es lo único que los detuvo en el pasado. Reconstruiremos el muro y, esta vez, lo haremos incluso más resistente para que nadie cruce de un lado al otro.

A pesar del sol, de la calidez de la brisa y del suave vaivén del agua, se me heló la sangre.

—¿Cómo? —susurré. Pero ya lo sabía—. Con el Tesoro. Y el Caldero. Conmigo… y Nesta.

—Hace cinco siglos, fue necesario aunar el poder de casi todos los líderes fae que firmaron el tratado para levantar el muro original. Hará falta mucho más poder, no solo el tuyo y el de tu hermana, pero sí… En esencia, lo haremos así.

Tenía que sentarme. Volver a la línea de la marea alta, hundirme en la arena y obligarme a soltar el aire que estaba conteniendo con fuerza. El sol me quemaba las mejillas, las sienes. Me abrasaba el pelo, el cuero cabelludo de debajo.

—Creía que estábamos de acuerdo en que un mundo dividido no podría prosperar —le recordé desolada.

Rhys se sentó a mi lado y se rodeó las rodillas con los brazos, con los tatuajes al desnudo bajo la luz crepuscular. Cuando abrió y cerró las manos, como si intentase capturar una respuesta que se le escurría entre los dedos, se le movieron los músculos de los antebrazos.

—Es posible, querida Feyre, que sea demasiado peligroso que exista un mundo sin muro.

Los fae hemos vivido mucho; la inmortalidad nos aburre.

Establecemos reglas que luego cambiamos y, por último, rompemos.

¿Qué es el honor cuando uno vive mil años o más?

El tiempo lo devora todo. Devora el valor del honor, de la bondad e incluso de la vida.

Aunque tú y yo consiguiéramos que todos los territorios se adhiriesen al tratado, dentro de una década podrían renegar de él igualmente.

—¿Y esa es la respuesta? ¿Decidir que los humanos y los fae no podrán coexistir nunca y mantener ambos mundos separados para siempre?

—Se me quebró la voz y sentí un escozor en los ojos—.

¿Qué ocurre con la gente de Miryam y Drakon?

Allí fae y humanos han convivido durante quinientos años y han prosperado.

—Cretea es una isla pequeña —me dijo Rhys con gentileza—, con un único soberano. El continente consta de varios reinos, fae y humanos, todos con su propia forma de ver el mundo y sus objetivos particulares. La paz raramente perdura.

Parpadeé para deshacerme del escozor de las lágrimas y me obligué a considerarlo.

Rhys acarició mi ardiente mejilla con un nudillo. El rastro de frescor que dejó su contacto me alivió. Como la primera brisa nocturna tras un día abrasador. Me incliné hacia él sin dejar de contemplar el mar.

—Si construimos un muro —cavilé—, si impedimos que sus ejércitos avancen antes de poder poner un pie en territorio humano, es posible que se enfurezcan tanto como para que nos convirtamos en su nuevo objetivo. —Miré de reojo a mi pareja, con las cejas enarcadas en un gesto inquisitivo y preocupado.

—Soy consciente de ello.

Ahí estaba: el precio que había que pagar.

Empezaron a temblarme los labios y los apreté con fuerza.

—De modo que o luchamos y morimos por una causa perdida y dejamos que los humanos sean esclavizados de nuevo en el proceso, o reconstruimos el muro para detener la invasión antes de que suceda y esperamos a que nuestros enemigos se venguen de la Corte Noche.

—No soportaba ninguna de las dos opciones.

—O no hacemos nada —sugirió Rhys—. Nos retiramos. Miramos hacia otro lado.

No me hacía falta verle la cara para saber que odiaba esa alternativa tanto como yo. Me tembló la voz cuando pregunté abiertamente:

—¿Cómo puedo esperar que nuestro hijo crezca y se convierta en alguien que defiende a quienes más lo necesitan si yo no hago lo mismo?

¿Cómo podré seguir mirándolo a los ojos sabiendo que he condenado a miles, a millones de niños humanos, incluso a bebés, a sufrir un destino tan aciago?

—Me limpié la lágrima que me rodaba por la mejilla—. No puedo, Rhys. No puedo.

Él extendió la mano y capturó mi siguiente lágrima errante.

—Lo sé. —Me besó con dulzura en los labios.

Lo rodeé con los brazos, necesitada de su cercanía, su calidez, su fuerza. Y cuando me estrechó contra él, no reprimí las lágrimas.

Había sido una ingenua al pensar que unas pocas alianzas solventarían el problema. Pero sola en aquella playa, en un extremo de Prythian… Allí podía derrumbarme. Con mi pareja, podía derrumbarme y saber que seguía queriéndome, que seguía apoyándome.

Cuando el llanto cesó, cuando calmé la respiración, me separé de él. En los ojos de Rhys brillaban lágrimas sin derramar.

—Necesitamos un plan de contingencia —manifesté, con la voz ligeramente temblorosa pero más firme que hacía unos minutos.

Tragué con fuerza y le cogí la mano entre las mías—.

En cuanto levantemos el muro, debemos tener nuestras defensas listas.

Utilizaremos el Tesoro otra vez para construir un muro impenetrable a nuestro alrededor.

—Hice una pausa antes de continuar cuando me asaltó otra horrible e inevitable idea.

Rhys asintió, intuyendo el rumbo que habían tomado mis pensamientos.

—Esa es la cuestión, ¿verdad? ¿Ese segundo muro rodeará solo la Corte Noche? ¿O todo Prythian?

—¿Podríamos sobrevivir si cortamos lazos con el resto de las cortes?

—Podríamos, y ya lo hemos hecho. Ahora bien, ¿a nivel cultural y espiritual? No lo sé.

—Pero es posible que nuestros enemigos se rebelen contra Prythian de todas formas. Que la tomen contra el resto de las cortes como represalia. Que intenten hacernos cruzar el muro asesinando a todos los demás.

Un nuevo asentimiento. Él ya era consciente de todo aquello.

—Sin embargo, si aislamos del mundo a Prythian… ¿Nos considerarán las otras cortes el enemigo? ¿Nos atacarán? —Le solté la mano y me froté la cara—. ¿Cómo lograremos hacerles entender por qué lo hemos hecho? ¿Cómo conseguiremos que lo acepten?

Rhys negó con la cabeza y el sol poniente le arrancó destellos rojos y dorados a su pelo negro como las plumas de un cuervo.

—Ese es un debate para otro día. Sea como sea, tendremos que dar con la forma de quitarles el Caldero a Miryam y Drakon.

—¿Crees que no nos lo darán? Técnicamente no les pertenece. —Y si intentaban quedárselo para sí mismos…

—Tampoco es nuestro —me recordó Rhys—. Creo que es probable que nos lo entreguen, pero conseguir que el proceso sea pacífico y con las mínimas preguntas posibles será difícil.

Después de cómo habían ido las cosas con Tarquin, no podía seguir dando por hecho que toda aquella situación sería fácil. Ni siquiera con nuestros amigos.

Sentí un nudo en el estómago. Y por primera vez en todos esos meses, me atreví a decir:

—Evitaríamos muchos de estos problemas si fueses el alto rey, Rhys…

Él giró la cabeza en mi dirección de forma brusca, la furia clara en su rostro, junto con el más puro terror.

—Eso queda descartado.