CAPÍTULO 12
Nesta
La puesta de sol roció de salpicaduras doradas el mar que Nesta tenía a su izquierda. Se arrodilló al borde del acantilado. El horizonte septentrional se le antojó una línea imposiblemente lejana. Más allá, se alzaba la Prisión.
Entre la Prisión y donde se hallaba ella, aguardaba la muerte.
Tomó una bocanada de aire e intentó levantarse, jadeante y dolorida por culpa de la transportación que la había llevado hasta el norte de Velaris. Ni sus rodillas ni sus muslos cooperaron.
Ve , le susurró su sangre. Da el salto.
¿Por qué? , susurró ella a su vez. ¿Por qué?
Sin embargo, no obtuvo respuesta. Incluso su sangre pareció quedarse en silencio y la dejó temblando, empapada en sudor frío, al borde de aquel acantilado.
Sola.
Echó un vistazo a la derecha, al cielo púrpura del este. A la primera estrella vespertina. A la oscuridad, a la noche que crecía más allá.
Suspendida entre la noche a un lado y los vestigios del día al otro, Nesta se descubrió incapaz de moverse en ninguna dirección.
Bufó con amargura. Qué apropiado. Llevaba semanas bloqueada, intentando hallar la forma de recuperar aquello que había alcanzado en el pasado, ese momento en el tiempo en el que había creído que tenía un hogar, una pareja y una familia a la que amaba.
Era lo único que deseaba: esas cosas, esa gente.
Entregarles su amor y recibir el suyo a cambio, mantenerlos a salvo y felices.
Los últimos rayos del sol hicieron resplandecer el horizonte dorado a su izquierda.
Solo estaba segura de eso, de ese amor. Lo sabía porque aquellas semanas sin Cassian, en las que él la había tratado como poco más que a una extraña, habían sido las más duras de su vida.
Ese tiempo sin Gwyn y Emerie y sin entrenar con las valquirias la estaba devorando hasta dejarla en los huesos, cansada y dolorida.
La antigua Nesta habría rehuido aquellos sentimientos e incluso era posible que se hubiese dicho con desprecio que era débil, patética, que estaba necesitada.
No obstante, esos vínculos la habían ayudado a sobrevivir a Ramiel.
La habían ayudado a sobrevivir a Briallyn y la Corona.
Esos vínculos habían salvado a Feyre y a Nyx.
Nunca se avergonzaría de eso. Y se sentía agradecida, inmensamente agradecida, de tener gente que la quisiera.
Gente a la que valía la pena proteger, por quienes valía la pena morir.
Con las piernas temblorosas y la cabeza dándole vueltas, Nesta logró ponerse de pie.
A lo mejor lo que fuera que la estuviese llamando desde el norte solo era un canto de sirena que la atraía para que se alejase de lo que importaba, de quienes importaban.
Ven , la llamaba, pero ¿adónde? ¿Con qué propósito? ¿Más sombras, soledad y secretos?
Si se lo permitía, la consumirían.
De modo que Nesta ignoró ese horizonte septentrional, manchado con una deslumbrante mezcla de la inminente noche y el reacio día. Alejarse del confín del mundo y volver con sus seres queridos.
Las colinas verdes y resplandecientes de las tierras bajas de la Corte Noche se extendían hacia el sur. Y más allá… Velaris. Su hogar.
Echó una ojeada por encima del hombro, solo una vez, justo cuando los rayos del sol se colaron bajo el mar. Podría haber jurado que, en aquel preciso instante, las aguas emitieron un destello verde a modo de despedida definitiva.
A continuación se permitió un último vistazo hacia el este, hacia ese atardecer que empezaba a emerger. Centelleante, como si le diera la bienvenida o le dijera adiós. Casi se sintió tentada de levantar la mano para saludar o despedirse en respuesta.
No obstante, se resistió y, con la sangre goteándole por la nariz y su fuerte sabor en la boca, Nesta se transportó a casa.
Tal vez Gwyn no le dirigiese la palabra, pero Cassian…
Cassian era su pareja. Si la celebración de Nyx era al día siguiente, esa noche seguro que regresaría.
Y dado que ambos debían acudir juntos al templo por la mañana, lo más probable era que al menos se pasase por la Casa del Viento para recoger su ropa.
Nesta ya no aguantaba ni un segundo más separada de él porque el enfado de ambos los mantenía alejados.
Si la Casa del Viento estaba en silencio, su dormitorio todavía lo estaba más mientras se ponía el camisón.
Se metió entre las sábanas, plenamente consciente de la colcha sin tocar y de la almohada ahuecada en el otro lado de la cama.
Se quedó allí tumbada durante un buen rato, con el silencio presionándole la piel, taladrándole la cabeza.
—Todo es un desastre —soltó al final, en mitad de aquella quietud.
No tenía claro por qué le estaba hablando a la Casa de sus problemas personales, pero se descubrió susurrando:
—No consigo averiguar cómo arreglarlo.
En respuesta, un puñado de astillas le cayeron en el regazo y cubrieron de madera y cenizas la colcha blanca.
Nesta soltó un profundo suspiro.
—¿Es esto lo que opinas del estado actual de mi relación con mi pareja? —La Casa, por supuesto, no contestó. Nesta echó un vistazo a aquellos residuos—. ¿Qué es esto exactamente? O, mejor dicho, ¿qué era?
Un viento fantasmal hizo que las astillas flotasen sobre las sábanas y les dio forma en el aire, más allá de la cama.
—Como me enseñes la estúpida cara de Cassian… —empezó a decir.
De todos modos, se detuvo al comprender qué le estaba mostrando la Casa. Un pilar de madera, el tronco tallado de un árbol. Uno que le resultaba muy familiar; sobre todo a medida que empezó a doblarse y una hendidura apareció en la superficie, en un punto muy particular del centro.
—¿Es… el poste que utilizábamos el año pasado cuando entrenábamos asestando golpes? —preguntó Nesta.
Ella misma lo había vapuleado hasta que se derrumbó, convertido en un montón de astillas y humeantes brasas de fuego plateado. La Casa debía de haber escondido los restos al limpiar después.
La Casa repitió lo que acababa de hacer y reconstruyó el poste de entrenamiento para enseñarle cómo se había venido abajo tras aquellos golpes invisibles, y acabó desintegrándolo de nuevo en una pila de astillas.
Nesta cerró los ojos después de aquella segunda vez.
—Llévatelo —dijo—. Ya lo entiendo. —No obstante, cuando abrió los ojos de nuevo, la Casa no había hecho desaparecer las astillas. Solo había depositado el impresionante montón en su regazo—. Llévatelo —siseó—. No quiero verlo. —En esa ocasión, la obedeció.
Era perfecto, en realidad. La Casa no podría haber elegido mejor simbolismo para representar su relación con Cassian.
El entrenamiento, la determinación, el amor que había crecido entre ambos.
Todo había estallado; no a causa de alguna fuerza externa, sino por culpa de Nesta.
De sus decisiones. Su poder. Su cabezonería.
Así que sí, le correspondía a ella reconstruir un todo aparentemente imposible a partir de un montón de fragmentos. Pero para ello iba a necesitar que su pareja hiciese acto de presencia.
Esperó a Cassian hasta altas horas de la noche, acurrucada en su cama con una novela de Sellyn Drake y una taza de chocolate caliente.
Como mínimo, la Casa sí que había acertado con aquella petición.
Sin embargo, su pareja no apareció. Permaneció despierta tanto rato como pudo, con los ojos ardiéndole por culpa del cansancio.
No obstante, al final Nesta se quedó dormida sola, con la mano sobre la almohada de Cassian, en el lado vacío de la cama.
Feyre
Caminé sola por la franja salvaje de playa al norte de Adriata. Me había transportado allí hacía media hora porque necesitaba un poco de espacio, aire y tranquilidad.
Vadeé las olas mientras me mojaba hasta la pantorrilla y me recogía con una mano las capas de la ligera falda que llevaba. El sol me dio de lleno en la parte izquierda del rostro. Existían únicamente el murmullo de las olas y la suave y húmeda brisa marina que jugaba con mi pelo.
No veía la forma de seguir avanzando. Habíamos hablado, comido y conversado un poco más, todo en vano.
Incluso había conseguido quedarme a solas con él durante una buena media hora cuando Rhys le pidió a su prima que le enseñase alguno de esos barcos que navegaban solos.
Sin embargo, la conversación con Tarquin había resultado infructuosa.
Y cuando Rhys había vuelto con una expresión cuidadosamente neutral, yo le respondí negando con la cabeza. No había cambiado nada.
Ni siquiera me quedaban fuerzas para enfadarme. Sus motivos para evitar el conflicto eran sensatos. El pueblo de Tarquin ya había sufrido suficientes pérdidas. No solo contra Hybern, sino también durante los cincuenta años previos bajo el yugo de Amarantha.
Peor era lo que me había revelado Tarquin durante nuestra conversación privada: Kallias, alto lord de la Corte Invierno, estaba de acuerdo con él. Y por lo que había insinuado la princesa Cresseida después de volver con Rhys, también era el caso de Thesan, de la Corte Amanecer.
Si no establecíamos una alianza formal con Tarquin para hacer frente a aquel conflicto, no había ninguna posibilidad de que Invierno o Amanecer accediesen.
Una ola se estrelló contra mis piernas y me detuve a recuperar el equilibrio mientras el mar retrocedía, arrancándome la arena de debajo de los pies.
Allí el agua era cristalina, muy cálida.
Unos cuantos peces plateados se deslizaban raudos por aquellas aguas poco profundas, con sus largas aletas tras de sí como si de lazos se tratara.
Los veía con tanta claridad como si los observase a través de una ventana.
—Si estás pensando en quitarte el vestido y nadar desnuda —dijo Rhys a mi espalda arrastrando las palabras—, la respuesta es afirmativa. Adelante, por favor.
Me reí entre dientes mientras lo miraba por encima del hombro.
Mi pareja iba descalza y se había arremangado los pantalones negros hasta las rodillas y la camisa hasta los codos, prenda que también se había desabrochado lo suficiente como para dejar a la vista algunas líneas de sus tatuajes ilyrios.