CAPÍTULO 11 #4
—Es cierto, pero Hybern quería apoderarse de nuestras tierras.
Atacó esta ciudad. —Aunque aquella dulce brisa salada hizo ondular el dobladillo de su regio atuendo, él permaneció inmóvil como una estatua mientras decía—: Los peligros del continente no nos afectan, y tampoco lo harán en el futuro.
—Me miró a los ojos con los suyos llenos de arrepentimiento.
Y miedo—. Me pides que envíe a mis soldados a morir en una guerra que no podemos ganar por unas tierras que no nos atañen.
Me pides que destroce familias por lo que tú consideras que es correcto.
No pude evitar erguirme cuan alta era, igual que tampoco pude evitar el deje afilado de mis palabras cuando pregunté:
—¿Y tú no consideras correcto ayudar a los humanos a defender sus tierras y su derecho a autogobernarse?
La pena invadió su mirada.
—Considero que sabemos muy poco sobre los humanos del continente. Son perfectamente conscientes de quién marcha hacia su territorio, y aun así no han pedido ayuda.
—¿Y qué pretendes decir con eso?
Tarquin contempló de nuevo su encantadora y dinámica ciudad.
—Seguro que los humanos han oído hablar de la guerra que libramos aquí contra Hybern hace dos años.
Para defender a los humanos de esta tierra, para impedir que Hybern se expandiera más allá.
Los humanos del continente saben que en Prythian somos compasivos y que estamos dispuestos a morir por ellos.
Sin embargo, no han enviado a ningún emisario a pedirnos ayuda en contra de la invasión. ¿Por qué?
Es una muy buena pregunta , dijo Rhys en mi cabeza.
¿Cómo puedes estar escuchándome y hablando con Cresseida al mismo tiempo?
Soy el alto lord más talentoso, encantador y fascinante que ha existido nunca, ¿lo recuerdas?
Le mandé un gesto grosero a través de la conexión entre nuestras mentes y en respuesta me llegó enseguida una risa besada por la noche.
Gracias a que la broma de mi pareja me había subido los ánimos, volví a intentarlo con Tarquin.
—Créeme, tengo multitud de razones para no involucrarme en una guerra, para no afrontar esta situación, para quedarme tan tranquila en Prythian con mi hijo, escondiéndome del mundo y disfrutando de la comodidad de mis lujos.
Pero ¿cómo voy a mirar a la cara a Nyx cuando sea mayor y decirle: «Ya habíamos hecho suficiente. Le correspondía a otro»?
Con el rabillo del ojo vi que Cresseida se apartaba de Rhys y se acercaba a nosotros con su vestido rosa coral flotando detrás de ella. Acortó las distancias y nos interrumpió antes de que Tarquin pudiera contestar.
—Si este conflicto es tan funesto como sospecháis, entonces me alegraré de evitarlo y de vivir lo suficiente como para que mis futuros hijos me planteen esas preguntas. —Sus ojos contenían tormentas capaces de destrozar la piedra.
Tarquin no la contradijo. No asintió, pero tampoco le llevó la contraria.
Aunque negué con la cabeza, incapaz de evitar mi decepción, Rhys, que había seguido a Cresseida, habló con calma y con la más absoluta serenidad.
—Para conseguir nuestros propios aliados más allá de nuestras fronteras, aliados que logren que Rask, Montesere y Vallahan se echen atrás, necesitamos un Prythian unido.
Un Prythian cuyos ejércitos, a ojos de nuestros enemigos y potenciales aliados, tengan un mismo objetivo y estén dispuestos a actuar juntos.
—Y si nos unimos —intervino Tarquin apoyándose de espaldas en la barandilla de piedra del balcón con una indiferencia que sus palabras desmentían— solo para que nuestros enemigos sepan que vamos de farol y marchen de todas formas hacia el sur, ¿seguiremos adelante y llevaremos a nuestros pueblos al matadero para salvar una tierra lejana, a unos humanos que nos odian?
—El alto lord de Verano negó con la cabeza.
El viento zarandeó sus prendas azules como una ola a su alrededor—.
Esta guerra sería muy distinta del conflicto con Hybern, amigo mío.
Y muy diferente de la Gran Guerra de hace cinco siglos.
Yo sabía que esas palabras, «amigo mío», se le clavarían directas en el corazón a Rhys.
Mi pareja no dijo nada. Su cara tampoco reveló expresión alguna.
Tarquin prosiguió mientras el cielo le hacía relucir el pelo blanco casi como si tuviera un halo.
—Durante esa guerra, los humanos del continente por lo menos estaban acostumbrados a los de nuestra especie.
Nos toleraban e incluso veían a algunos de los nuestros como aliados y familia.
Ahora han tenido quinientos años para olvidarse de nosotros.
Para odiarnos. Puede que no estén dispuestos a aceptarnos y a confiar en nuestra ayuda.
Rhys metió las manos en los bolsillos y respondió:
—Sospecho que cuando las hordas de Rask, Vallahan y Montesere asedien sus amuralladas ciudades, se sentirán más que felices de aceptar cualquier ayuda que puedan conseguir.
Tarquin permaneció en silencio.
No me podía creer que mi valiente, honorable y buen amigo (porque eso había sido siempre Tarquin) estuviera pronunciando aquellas palabras.
¿Lo sabía Amren? ¿Por eso había presionado para que acudiéramos a Fomoria en vez de a la Corte Verano?
Por muy cabreada que estuviese con ella, no creía que se hubiese guardado aquella información para sí misma.
¿Estaba Varian al tanto y se lo había ocultado a su amante?
¿Por este motivo no se hallaba presente, para poder negarlo luego?
Tratándose de Amren, era posible que hubiese intuido que algo no cuadraba, aunque no tuviese pruebas de sus intenciones.
—¿Qué les debemos a esos desconocidos? —le exigió Cresseida a mi pareja, completamente impertérrita ante su oscura y amenazante figura—.
Los humanos de Prythian, los que han vivido a nuestra sombra y han sufrido por ello, son nuestros vecinos y debíamos luchar por su seguridad y su libertad contra Hybern.
Sin embargo, los humanos del continente están al otro lado del océano.
E, incluso si fuésemos allí, ni siquiera todos los ejércitos de Prythian podrían contra las fuerzas de esos tres territorios.
¿Y quién nos asegura que esos supuestos aliados que buscáis más allá de nuestras fronteras se nos unirán en la batalla?
¿Marcharíamos a la guerra de todas formas, incluso sin ellos, solo para demostrar nuestro honor?
—La princesa le lanzó a Rhys una mirada desdeñosa, y luego a mí—.
Moriríamos solo para sentirnos moralmente superiores.
Le devolví una mirada fulminante. Incluso puede que le enseñase un poco los dientes.
Un tenso silencio, lleno de resentimiento, cayó sobre nosotros.
Tienen parte de razón , me dijo Rhys, de mente a mente. Entiendo su razonamiento aunque no lo comparta.
No respondí. Ni siquiera miré a mi pareja para leer su expresión.
Debía intentarlo otra vez. Teníamos hasta esa noche, y a lo mejor, si me quedaba con Tarquin a solas, lejos del rango auditivo de Cresseida, este atendería a razones y se comportaría de forma valiente y misericordiosa…
—Mi señora Feyre —dijo Tarquin, y supe que me había leído las intenciones en el rostro.
Empleó un tono más amable, de nuevo con ese horrible deje apenado—.
Si se tratase de una causa que pudiéramos ganar, una causa sobre la que dispusiésemos de toda la información, entonces sí, lucharía hasta la muerte a tu lado.
Pero ahora mismo solo nos basamos en suposiciones y esperanzas.
No puedo mandar a mi pueblo a una muerte segura por culpa de un rumor. ¿Vosotros sí, amigos míos?
Otra vez esas palabras. Y por un momento, al contemplar la expresión abierta y hermosa de Tarquin…
dudé si realmente podría vivir con ello.
Con cualquiera de las cosas que había ido allí a pedirle que hiciera.
Llevar a aquel alto lord y a su gente a una tierra lejana para hacer frente a un lord de la muerte con un poder cuya magnitud aún no habíamos podido comprobar y librar una guerra que con toda probabilidad perderíamos, aunque por lo menos tendríamos la superioridad moral de nuestra parte.
¿Podría mirar a mi hijo a la cara, cuando fuese más mayor, y explicarle que habíamos conducido a nuestros amigos a una muerte segura solo para sentirnos mejor con nosotros mismos?
¿Acaso no sería peor que explicarle que nos habíamos quedado de brazos cruzados?
La mirada de Tarquin se dulcificó y me ofreció el brazo para acompañarme hasta el comedor. Como si supiese que ya habíamos puesto punto final a aquella discusión.
Acepté su brazo por educación. El músculo que escondía bajo su manga era tan inflexible como el mar a nuestro alrededor.
—Nos falta mucha información, Feyre, como para arriesgarnos a meternos en una guerra que, según todos mis generales, no tenemos ninguna posibilidad de ganar —dijo Tarquin con una amabilidad cargada de compasión.
Un pesado e infinito entumecimiento se apoderó de mí.
A duras penas lo oí mientras concluía—: Y, por mucho que admire vuestros principios, no tengo claro que podamos llegar a ponernos de acuerdo en esto.