CAPÍTULO 11 #3
A veces pensaba que el odio acabaría por asfixiarlo. Estar allí, entre aquellos guerreros, y ser testigo de lo que le habían hecho a Emerie y a tantas otras hembras… A duras penas lograba soportarlo.
Pero se avecinaba una guerra. De nuevo. Y, le gustase o no, odiase o no a aquella gente, iban a necesitar que los ilyrios luchasen. Tendría que trabajar con ellos. Liderarlos, aunque a las órdenes de Cassian.
Suponía que lo único positivo de ir a la guerra con los ilyrios era ver morir a tantos. Así quedaban menos machos rencorosos y de mentalidad anticuada que pudieran volver a casa para engendrar hijos que fuesen exactamente iguales que ellos.
Azriel jamás había compartido ni con Rhys ni con Cassian aquel odioso pensamiento.
Que, durante la guerra contra Hybern, había habido ocasiones en las que se alegró de ver en las montañas a ilyrios caídos a su alrededor, despedazados o aullando de dolor.
No le había hecho gracia la pérdida que eso supuso para su ejército, evidentemente, pero no había sentido nada al verlos muertos o moribundos.
Solo una especie de alegría. De satisfacción.
Era un monstruo. Sostuvo la vetusta mirada de Ramiel, a sabiendas de que la montaña también creía lo mismo de él.
Pero ¿acaso no era lo que aquella gente ansiaba? ¿Morir en la batalla? Para ellos, el mayor de los honores era caer en combate. Morir de viejos tras una vida feliz rodeados por sus seres queridos era una afrenta. ¿Qué clase de personas deseaban algo así? ¿Quiénes vivían de aquel modo?
Azriel nunca lo había entendido. Ni siquiera cuando era un simple muchacho que todavía se entrenaba para ser guerrero.
Y mucho menos una vez finalizado su entrenamiento, cuando había visto de primera mano lo violentos y despiadados que podían ser. Le habían dicho que el primer cantor de sombras en una generación debía estar preparado. El padre de Rhys había insistido en ello. Devlon se encargó de que así fuera.
Aquel entrenamiento fue distinto del que llevaba a cabo la mayoría de los días con Rhys y Cassian.
Con el tiempo habían recibido lecciones similares: cómo rebanar a alguien sin matarlo, cómo infligir dolor con movimientos tan precisos que quebrasen a los enemigos con el mínimo esfuerzo.
No obstante, la educación de Azriel había empezado mucho antes. Cuando era más joven.
Todas las semanas Devlon le había proporcionado «enemigos» para que aprendiera con ellos. Él y sus sombras habían destrozado a personas, habían aprendido a leerlas y habían bloqueado sus gritos y súplicas.
Se le daba bien. Demasiado bien. En ocasiones, incluso Devlon había tenido que marcharse antes de que Az acabara.
No importaba que a veces los alaridos de esas personas atadas a mesas o sillas o colgando de alguna viga le recordaran a sus propios gritos cuando sus hermanastros le quemaron las manos.
Por aquel entonces ya había tomado una decisión: haría lo que fuese necesario para impedir que su madre y él mismo tuvieran que regresar a la fortaleza.
Y había aprendido todo lo que había podido para hacerles pagar por cada segundo de sufrimiento cuando por fin volviera.
Se lo hiciste pagar , le pareció que le susurraba Ramiel desde el horizonte. Y no lo lamentas, ¿verdad?
No sentía el mordisco del frío en la cara. No, no se arrepentía. Volvería a hacerlo si pudiera.
Monstruo. Demonio.
Sí , le dijo a la montaña. Sí, lo soy. Tú y tu gente me habéis hecho así. Me regalaste esa daga el día que me convertí en guerrero. Tú querías que fuera así.
Unas nubes distantes se desplazaron por el cielo y ocultaron a Ramiel. Como si la montaña no soportase seguir mirándolo ni un segundo más.
En ese caso, podía irse a compadecerse de sí mismo con Rhys.
Az le dio la espalda a la montaña sagrada y volvió a adentrarse entre los árboles.
Nunca tenía claro por qué se molestaba en recorrer el camino hasta aquel mirador.
Por qué lo había hecho tantas veces a lo largo de los siglos.
Siempre acababa de la misma forma: dándole la espalda a Ramiel, lleno de odio y disgusto.
Sintiendo como si la montaña también le diese la espalda a él.
Seguro que Mor o Feyre sugerirían que si seguía acudiendo a aquel lugar era por el misterio inherente que rodeaba a la montaña: ¿quién había colocado el monolito en su cumbre? ¿Qué había debajo? Nadie se había adentrado jamás en su interior.
Pero si Az tenía que ser sincero, albergaba el presentimiento de que la montaña estaba vacía. Hueca. Por eso lo atraía. Porque Ramiel era igual que él: estaba resentida, fría y vacía.
Feyre
—Es extraordinario lo mucho que habéis reconstruido desde nuestra última visita —le comenté a Tarquin mientras estábamos en el enorme balcón de su comedor oficial.
Su pálido castillo se alzaba a nuestra espalda y la bahía turquesa resplandecía enfrente.
La costa más lejana de Adriata rebosaba vida.
El castillo del alto lord de Verano, que conectaba con la península mediante un paso elevado, se alzaba en su propia isla montañosa en el corazón de la bahía, sobre cuyas bajas colinas descansaban las fincas de la nobleza.
Tarquin, resplandeciente con su atuendo cobalto ribeteado con hilo dorado y llevando el pelo del mismo blanco que la luna afeitado casi al ras, lo que permitía verle la piel morena de la cabeza, me sonrió con amabilidad.
—Creo que, dentro de otro año, le habremos devuelto a la ciudad su esplendor original.
Volvería a ser como antes de que Amarantha, de que Hybern, la destrozaran y saquearan la mayor parte.
En el puerto, embarcaciones de diversos tamaños iban y venían. Las velas blancas relucían contra aquel azul devastador.
—¿Ves aquel barco grande en la entrada del puerto, el de las velas dobles?
—dijo Tarquin haciendo que yo dirigiera la mirada hacia el oeste—.
Un joven carpintero naval se las apañó para construirlo.
Es una embarcación que navega sola. Solo necesita dos tripulantes.
Un navío tan grande y solo hace falta magia para gobernarlo.
Es un arte que creíamos perdido por culpa de Amarantha.
Quemó todas las embarcaciones de ese tipo desde el principio y también descuartizó a los carpinteros que conocían el oficio.
No me cabe duda de que lo hizo para impedir que huyéramos de ella por mar.
—Un suspiro triste y amargo—. No obstante, el joven que te digo viajó a la Corte Día, trabajó con los bibliotecarios de Helion y descubrió algunas de las técnicas secretas que empleaban nuestros ancestros para construirlos.
Amarantha quemó buena parte de los libros especializados en el tema, pero él y los bibliotecarios encontraron la poca aunque valiosa información que había sobrevivido en las bibliotecas de la Corte Día.
El barco surcaba las olas, veloz y estable, entre las dos montañas que flanqueaban la bocana del puerto.
—Pidió a los escribas que hicieran copias de los planos y todo lo que pudieran sacar en claro acerca del hechizo —continuó Tarquin—.
Luego, se trajo toda la información de vuelta y ha estado trabajando en ello durante más de un año ya, rellenando los vacíos de conocimiento con sus propios experimentos y conjeturas.
Ahora mismo, él y su tripulación llevan a cabo la tercera prueba piloto.
—Su sonrisa adquirió un matiz tenso—. Mientras hablamos, están construyendo dos más.
Espero que tengan la ocasión de navegarlos.
Le entendía perfectamente.
Detrás de nosotros, Rhys permanecía en el interior del comedor, hablando en esa encantadora manera típica suya con la hermana de Varian, Cresseida.
De él no había ni rastro. Ignoré la punzada de alivio que sentí al pensar que no tendría que enfrentarme al amante de mi amiga, quien seguro que a aquellas alturas ya había oído todo lo referente a nuestra fea discusión.
Nos habían preparado un opulento festín a base de marisco fresco y la primera captura del día, junto con un vino pálido lleno de burbujas procedente de la zona más septentrional de la Corte Verano.
Estaban inmersos en un baile complicado, uno cuyos pasos había discutido largo y tendido con Rhys. Tarquin parecía ser bien consciente de ello cuando murmuró:
—¿Podemos dejar de fingir que esto no es más que una visita amistosa?
No logré contener una media sonrisa.
—Sabes que la intención es que sea amistosa.
El atractivo alto lord se rio entre dientes.
—Aunque estoy seguro de que eso es lo que pretendéis, solo un asunto grave os alejaría de casa, y mucho más teniendo en cuenta que la ceremonia del Día del Nombre de Nyx es mañana. ¿Cómo está el pequeño?
Tenía razón. Otra hora más y los pechos empezarían a dolerme por la cantidad de leche acumulada.
Me había llevado botellas para extraérmela a mano, pero si no volvíamos a casa hasta tarde, no tendría la oportunidad de darle un beso de buenas noches en su suave cabecita, que siempre olía dulce.
No podría acunarlo contra mi cuerpo, dejarlo beber hasta que cayera presa de un placentero estupor y…
Aparté aquel anhelo tan insoportable. Una extraña mezcla de terror, pena y el dolor más absoluto. Me obligué a mirar a mi viejo amigo y a dedicarle una auténtica sonrisa.
—Está bien, gracias por preguntar. Y gracias por el regalo.
—Tarquin asintió, con los ojos brillantes.
Me cuadré de hombros y desterré cualquier pensamiento sobre mi hijo—.
Precisamente por nuestra amistad y por lo agradecidos que nos sentimos por tu presencia en nuestras vidas, queríamos hablar contigo, Tarquin.
Parte del brillo de sus ojos se apagó. Y fue entonces cuando noté el peso que llevaba sobre los hombros. La decepción que le tensaba la boca.
Se me cayó el alma a los pies.
—¿No vas a aliarte a nosotros?
Tarquin tragó con fuerza.
—Cuando me miras así, Feyre Rompemaldiciones, haces que sea una decisión imposible.
—¿Qué ha cambiado? Luchaste a nuestro lado contra Hybern.
Tarquin dirigió la mirada hacia la resplandeciente bahía, hacia los barcos y la ciudad que se veía más allá.