Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—En la ceremonia de apareamiento de Nesta y Cassian —respondió ella con una mueca—. Así que… Ya hace un tiempo. Y no he ido a entrenar desde hace casi un mes.

—¿El trabajo te ha tenido muy ocupada?

—Justo —confirmó Emerie, y él supo por su tono que no debía presionar.

Ya era bastante extraño que estuviera dispuesta a salir del territorio ilyrio cuando la mayoría de las hembras nunca cruzaba las fronteras de Ilyria.

Sus alas permanecían rectas a su espalda en ese preciso instante, aunque Az distinguió, incluso a aquella distancia, la asimetría en su envergadura.

Esa diferencia se había equilibrado durante los meses de entrenamiento con las valquirias, a medida que fortalecía su zona media y los músculos de la espalda; no obstante, como había transcurrido tanto tiempo sin ejercitarse, la cosa había vuelto a empeorar.

Menos mal que el padre de Emerie ya estaba muerto. De lo contrario, Azriel se habría encargado personalmente de él. Ese macho había sido un cabrón. Allí, y a lo largo y ancho de Ilyria, todos eran unos cabrones.

Se puso de pie, incapaz de continuar sentado un solo segundo más mientras aquel pensamiento tomaba forma en su cabeza, y sus sombras lo siguieron.

—Debería ir a comprobar cómo está Cassian —mintió, antes de añadir—: Volveré mañana por la mañana para recogerte.

Ella alzó una mano a modo de despedida, demasiado concentrada como para levantar la vista de su libro de cuentas. Estaba claro que no le daba demasiadas vueltas al hecho de tener a un cantor de sombras en su tienda, algo que a él le resultó ligeramente reconfortante.

Ya casi había alcanzado la puerta cuando Emerie lo interpeló:

—Azriel, tu vaina. La correa está desgastada.

Se llevó la mano hacia El que dice la verdad, dado que la única otra arma que portaba era su espada ilyria, cuya vaina llevaba incorporada en la armadura, a la espalda. Y era cierto, el cuero viejo que rodeaba la hebilla era muy fino. ¿Cuándo había sucedido?

—Puedo encargar un reemplazo —se ofreció Emerie, quien volvió a concentrarse en su libro de cuentas—. Aunque no me llegaría hasta Samhain. El proveedor al que le hago los pedidos es bueno, pero trabaja despacio.

Az no tocó la vaina ni el arma de empuñadura negra que contenía.

Hacía más de cinco siglos había vuelto del Rito de Sangre a aquel mismo pueblo portando aquella daga.

Aquel día triunfal, en el que sus hermanos y él habían sido tan estúpidos como para creer que habían demostrado su valía a los imbéciles que llevaban años atormentándolos, se había transformado en uno de confusión.

De vergüenza. Pero previamente habían ganado, habían tocado el monolito en la cima de Ramiel antes del amanecer del último día del Rito.

Al emerger en el Refugio del Viento, Az había descubierto la daga, con aquella extraña empuñadura negra y la hoja a juego, en su mano.

Aunque no parecía Hecha y ni siquiera emitía ningún latido mágico, era diferente.

Lo presentía. Al igual que lo presintieron el resto de los ilyrios, que exigieron saber lo que era y de dónde la había sacado, puesto que las armas estaban prohibidas en el Rito.

A Azriel no debería haberle sorprendido su odio y su miedo cuando les explicó que le había aparecido en la mano al tocar el monolito, como si el mismo Ramiel se la hubiera regalado.

Después, cuando se había hecho más que evidente que tanto él como Cassian necesitarían sifones para controlar sus poderes y Az introdujo la mano en el brasero de llamas sagradas para sacar su sifón y, en vez de eso, la Madre le concedió siete piedras azules…

Bloqueó el recuerdo del odio puro y sin adulterar que se había apoderado de sus caras; ya había pensado suficiente en ello en los últimos días.

Había llevado varias vainas a lo largo de los siglos. Aquella, de cuero negro tan desgastado que había perdido color en algunas zonas, era la que más le había durado.

—No te molestes —se descubrió diciendo. Y una mierda iba a darle una nueva vaina a la daga, como si fuera una especie de recompensa tras su traición—. Pero gracias.

Emerie no respondió y él abandonó raudo la tienda.

Cuando salió al camino embarrado, un viento penetrante le dio de lleno en la cara.

A su izquierda estaba el centro del pueblo, donde Cassian le estaba explicando a Devon por enésima vez las nuevas rutas que debía patrullar, dado que el día anterior los guerreros parecían haber olvidado el significado de «este» y «oeste».

Y a su derecha se alzaba un bosque de pinos.

Vacío. Haría un frío de narices, pero no se toparía con nadie entre los árboles.

Por lo general, los guerreros ilyrios evitaban adentrarse bajo las copas de los árboles, ya que limitaban el vuelo.

Pero valoraban los bosquecillos de pinos, abedules y álamos temblones de Ilyria para obtener leña y construir casas.

Aquellas zonas eran lo más cerca que estaban los ilyrios de la agricultura, al margen de las pequeñas parcelas y campos que atendían como si fuesen sus jardines personales: replantar bosquecillos en sustitución de los que habían agotado, eligiendo con cuidado dónde y cuándo recolectar de ellos lo que necesitaban para que siguieran produciendo lo que les hacía falta.

Incluso su modesta celebración del Equinoccio de Otoño se centraba más bien en los árboles que en los frutos de la cosecha.

En el amanecer del día del equinoccio, talarían un árbol enorme y antiguo para distribuir la leña entre las familias y que cada una la quemara en su chimenea en un rito sagrado.

Al atardecer, plantarían un retoño cerca y cada familia le echaría un cazo de agua para que creciera y les trajera buena suerte.

Rhys siempre había dicho que era la forma que tenían los ilyrios de representar el equilibrio de la vida que debían honrar en el equinoccio, pero Az no podía evitar reparar en el hecho de que sus rituales implicaban matar innecesariamente a un ser vivo.

A pesar de las tradiciones festivas, el bosque ilyrio le proporcionaba a Azriel calma suficiente y multitud de lugares vacíos por los que vagar durante todo el año.

Allí incluso sus sombras se alejaron alegremente de él para corretear entre los árboles como perros de caza y adentrarse en la salvaje espesura.

Un aroma dulce y fresco lo envolvió mientras recorría la alfombra de agujas secas y partía ramitas con las botas.

Había recorrido aquella zona tantas veces que no pudo evitar preguntarse si aquel estrecho sendero se debía tan solo a su paso.

Incluso después de encontrar a Cassian y a Rhys, siguió necesitando espacio, tiempo a solas.

Conocía cada roca de aquel lugar, aunque los árboles habían cambiado bastante y los riachuelos habían modificado su curso más de un par de veces a lo largo de los siglos.

Pero el olor, el aire… le eran familiares.

Familiares aunque no amados. Aquel lugar, aquella gente, jamás ocuparían un lugar en su corazón.

Algunos días, la mayoría, odiaba sus tatuajes de guerrero.

Rhys y Cassian los llevaban con honor, pero Az había querido borrárselos desde el momento en que le habían marcado el cuerpo con tinta después del Rito de Sangre.

Sus hermanos los veían como una señal de victoria, de que habían triunfado sobre toda la mierda que habían tenido que superar por ser diferentes, por ser mejores que el resto de aquellos capullos.

Sin embargo, en el caso de Az, sentía como si, en cierto modo, lo hubieran marcado a fuego.

Había intentado, en batallas y refriegas, que le destrozasen la piel.

En una ocasión, incluso dejó que una lanza le atravesase el hombro deliberadamente con la esperanza de que la herida destruyese los tatuajes.

Pero se los habían hecho con magia, la misma magia extraña que concedía a los ilyrios más poderosos la habilidad de portar sifones y que mantenía el fuego eterno del brasero encendido durante todo el año.

La que suprimía sus poderes durante el Rito de Sangre.

De modo que, cada vez que se le desgarraba la piel, cuando el cuerpo se le curaba, los tatuajes regresaban.

Podría haber buscado a alguna hechicera o mago que deshiciera la magia, quizá incluso consultar a Helion, aquel jactancioso pavo real, pero se le antojaba imposible explicarles a Rhys y a Cass por qué quería deshacerse de ellos. Sabía que aquello les haría daño.

Aunque a Rhys le había importado una mierda hacerle daño a él cuando lo había pillado en la cocina con Elain.

En cuanto la luz que se colaba entre los árboles se tornó más brillante y Az alcanzó el final del bosque, rotó los hombros.

De no haberlo detenido el precipicio, puede que hubiese continuado andando para siempre. Aquel punto de observación dejaba a la vista montañas, valles y colinas coronadas por miles y miles de coníferas, interrumpidas solo por piedras grises y la ocasional salpicadura de una pradera verde.

Y a lo lejos, perforando el horizonte como la aleta de un tiburón… Ramiel. Sus áridas laderas grises ya estaban cubiertas de nieve. La montaña parecía devolverle la mirada incluso a la distancia.

Azriel había derrotado a la montaña. Igual que había derrotado a los desgraciados e imbéciles de los guerreros ilyrios.

Se pasó una mano llena de cicatrices por el pelo y los mechones sedosos se le engancharon en algunas de las zonas más abultadas.

Mientras la bajaba a un costado, la luz del sol incidió en su sifón y la piedra brilló como el Sidra.

Az bajó la mirada con el ceño fruncido. Un fuego azul parpadeaba en ella.

Si hubiese alguna forma de deshacerse de sus siete sifones, de arrojarlos de vuelta al fuego del brasero sagrado, se habría librado de ellos junto con sus tatuajes.

Junto con sus sombras. Sus alas. Y junto con cualquier rastro de aquel lugar y de aquella gente que le quedara en el cuerpo y en la sangre.