CAPÍTULO 11
Azriel
Hybern quería reunirse con ellos; quería una alianza, de hecho, si podía confiar en lo que había dicho aquella criatura extraña. Lo más probable era que se tratase de una trampa.
Azriel había decidido, mientras contemplaba los restos de espuma de mar sobre la superficie del Sidra que se alejaban flotando, que no se lo contaría ni a Rhys ni a Feyre hasta después de la celebración del Día del Nombre, que tendría lugar la jornada siguiente.
Incluso era probable que esperase un día más, para concederles la oportunidad de disfrutar de la ocasión como merecía.
Hybern, el responsable de gran parte de su sufrimiento y sus pérdidas. Era ridículo.
No obstante, Az desterró ese pensamiento. Cassian le había pedido que lo acompañara al Refugio del Viento. Y, aunque Rhys lo hubiera apartado de su deber en territorio humano, quizá con motivo, Az podía por lo menos ayudar a su otro hermano, por desagradable que resultase esa tarea.
El Refugio del Viento apenas había cambiado en los quinientos años que hacía que Azriel conocía el lugar.
No tenía nada de especial; ni la ubicación, ni su sencilla estructura de madera, ni la gente horrible que lo habitaba.
La primera vez que puso un pie allí hacía tantos siglos, con su madre temblando y sollozando de alivio y terror, era poco más que un asentamiento cuyo propósito principal era entrenar a mocosos ilyrios para convertirlos en guerreros sedientos de sangre y ofrecerles un lugar donde pernoctar cuando estuvieran en mitad de sus extensas patrullas por el territorio de la Corte Noche.
Desde entonces, las tiendas habían sido reemplazadas por edificios; aun así, incluso ahora seguía transmitiendo aquella sensación de páramo remoto.
Para empezar, siempre estaba embarrado. Incluso en pleno invierno, con la crudeza que lo caracterizaba, de alguna forma siempre daba la sensación de estar enfangado.
Y era pequeño. Aunque no cabía duda de que el Refugio del Viento se había expandido a medida que su población había ido aumentando al asentarse familias de forma permanente, allí no había nada que se pareciese vagamente a una buena vida.
Los baños de vapor eran lo más cercano que tenían a un lugar donde reunirse en comunidad.
No había restaurantes. Ni siquiera una mísera taberna.
Lo más parecido a la cerveza de verdad era el hidromiel ceremonial que tomaban en las distintas celebraciones, que era prácticamente imbebible.
A Azriel le hacía tanta falta alguna manera de olvidar el encuentro de esa mañana que casi se había sentido tentado de buscar a una de las hembras que servían a los guerreros y suplicarle una copa.
Un cubo. Pero todas estaban ocupadas preparando el festín del Equinoccio de Otoño del día siguiente.
Si es que uno podía calificar de festín a un despliegue de estofados sin condimentar acompañados de pan duro.
No había señal de Cassian, aunque ya se lo esperaba. Está discutiendo con Devlon , le susurraron sus sombras. Todavía no te necesita como refuerzo, pero lo hará pronto.
Mientras tanto, Az se descubrió recorriendo la que hacía las veces de calle principal del pueblo (aunque se parecía más a un camino de tierra embarrado que a una calle) y se dirigió a una tienda que era posible que tuviera algo comestible. O potable.
Sus sombras permanecieron pegadas a sus pies y a sus hombros. No le pasó por alto el hecho de que todas las madres del pueblo llamaran a sus hijos para que se metieran dentro de las casas. Era lo mismo que ocurría siempre que iba allí.
«Monstruo». «Demonio». Incluso cinco siglos después, Azriel seguía despertándoles un miedo primitivo que a él lo ponía de los nervios.
Sabía que Cassian lo había llamado justo por ese motivo: para aprovechar ese miedo en su beneficio y manipular a aquellos imbéciles sin cerebro para que hicieran lo que Rhys necesitaba.
Si no lo reconocían a simple vista, un único vistazo a El que dice la verdad en su cadera o al conjunto de sifones azules que llevaba les indicaría sin asomo de duda quién se había colado entre ellos.
La campanilla encima de la puerta de la tienda de Emerie repicó jovialmente en lo que quizá fuera el único sonido alegre entre aquel lugar y Velaris.
Emerie estaba detrás del mostrador, garabateando en el libro de contabilidad.
Levantó la cabeza para hacerle una evaluación franca y rápida, y solo desvió la mirada hacia las sombras de sus hombros una vez.
—Creía que el Día del Nombre era mañana, en el equinoccio.
Az casi encogió los hombros, un gesto que provocó que sus sombras se desperdigasen.
—Lo es. He venido a ayudar a Cassian, solo que no aguantaba seguir ahí fuera más rato.
—Hace frío —comentó Emerie mientras volvía a sus cuentas. Az no se refería a eso, pero no la corrigió—. Hay guiso de conejo en la trastienda —añadió sin levantar la mirada—. Sírvete tú mismo.
—Estoy bien, gracias.
Tal vez pedir un vaso de hidromiel o una botella del vino de Rhys (Emerie había adquirido una colección gracias a Nesta) resultara extraño. Al fin y al cabo, solo eran las once de la mañana.
—En ese caso, ponte cómodo donde más te plazca —dijo la valquiria, con su melena oscura reluciente a la luz que entraba por el cristal de la ventana. El cristal en sí mismo era un lujo, incluso una novedad, en aquel lugar.
Az hizo lo que le había indicado y las sombras se acomodaron a sus pies cuando reclamó una de las sillas que había junto a un despliegue de pesadas y oscuras capas de lana. Prendas lisas y sencillas.
—¿Va bien… el negocio? —preguntó en mitad del silencio.
Por lo general, no lo incomodaba el silencio; de hecho, lo prefería. No obstante, había entrenado con Emerie, tenían una relación amistosa. Después de todo lo que había sufrido ella a manos de los ilyrios, Azriel podía ofrecerle algunas palabras amables.
Emerie refunfuñó. Nunca se había mostrado tímida con él y, sin duda, jamás la había puesto nerviosa, no como sucedía con el resto del Refugio del Viento.
—Me tiene lo bastante ocupada como para estar a punto de plantearme cederle la tienda a mi odioso tío solo para dormir a pierna suelta una noche entera, sin preguntarme si he hecho mal las cuentas.
Azriel se rio por lo bajo. Pero ladeó la cabeza cuando asimiló sus palabras y movió ligeramente las alas.
—¿Te ha estado dando problemas?
—No. Se rumorea que, desde que murió su hijo durante el Rito, el dolor lo ha vuelto loco. Se ha hecho un ovillo y no sale de la cama más que para mear y comer.
Az asintió, sin tener claro qué decir. Gracias a Rhys, había visto una recopilación de lo sucedido durante el último Rito de Sangre, todo a través de los ojos de Nesta, Gwyn y Emerie. Las pruebas a las que habían tenido que enfrentarse habían ido más allá de la depravación habitual del Rito.
Az estudió a Emerie tras el mostrador. Técnicamente era la primera hembra ilyria que había ganado jamás el Rito.
La primera hembra ilyria que había competido en él.
Y teniendo en cuenta que solo seis machos lo habían ganado antes (los que habían alcanzado el monolito en la cumbre de Ramiel), aquello eran palabras mayores.
No obstante, después Emerie había regresado allí y había retomado su trabajo como si nunca se hubiese ido.
Bajo la sospecha de que tuviera magia sin descubrir, Rhys le había ofrecido que reclamara un sifón de las llamas sagradas, como cualquier otro ilyrio que hubiese completado el Rito, pero se había negado, y no lo había mencionado desde entonces.
Az la había visto en los entrenamientos antes de dejar de acudir él mismo, después de la llegada de Bryce Quinlan, pero parecía que ella había vuelto a la misma vida que tenía antes del Rito.
Quizá se tratara de una forma de autoconservación.
Para demostrarle a aquel pueblo que no era alguien especial, que no tenían nada por lo que sentirse inquietos.
No, no era para tanto que hubiera ganado el Rito de Sangre.
Ella no iba a hablar del tema, y desde luego no iba a empezar a reclutar hembras para alejarlas de sus mal llamados «deberes tradicionales» y que se unieran a las valquirias.
Porque Emerie, al igual que Az, sabía cuál era la alternativa. La habrían expulsado del Refugio del Viento, si era lo bastante afortunada para marcharse viva de allí. Y perder aquella tienda después de haber luchado tanto para conservarla habría sido devastador.
No la culpaba por ello ni lo más mínimo, pero aborrecía que aquella fuera la decisión que se había visto obligada a tomar.
Rhys desperdiciaba el tiempo con aquellos imbéciles.
Si alguien como Emerie no conseguía que cambiasen su forma de proceder, que viesen el valor innato que poseían todas y cada una de las hembras más allá de su capacidad para alumbrar, si Emerie había vuelto allí después de ganar el puñetero Rito de Sangre y aun así tenía que seguir empequeñeciéndose para sobrevivir… entonces nunca cambiarían.
—¿Esto es apropiado? —preguntó ella de repente, y Az se dio cuenta de que se había quedado mirando fijamente el despliegue de velas durante varios minutos, y apretando también la mandíbula con tanta fuerza como para hacerse daño—.
Se me ha ocurrido probármelo hoy para asegurarme antes de mañana de que todavía me queda bien.
Az la miró mientras sus sombras también le echaban un vistazo, y la vio señalando un vestido azul oscuro, sencillo y de corte elegante, que se ajustaba a su esbelta figura.
—No tengo nada tan elegante como puede serlo vuestra ropa, pero este por lo menos no tiene ninguna mancha…
—Es perfecto —le dijo con una leve sonrisa.
Ella se la devolvió, un tanto cohibida.
—Ya sé cómo vestís vosotros.
Nerviosa , dijeron sus sombras . Entusiasmada pero nerviosa . Dejando de lado la furia que despertaba en él su gente, Azriel preguntó:
—¿Cuándo fue la última vez que estuviste en Velaris? Y no me refiero para entrenar, sino para dar un paseo por la ciudad.