Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 10 #4
47%

CAPÍTULO 10 #4

—Me temo que me necesitan para los preparativos del equinoccio. Después, quizá, si Merrill puede prescindir de mí.

Nesta entendió a la perfección lo que quería decir su amiga: «No».

El silencio que se extendió entre ellas fue tan espantoso que Nesta soltó de forma abrupta:

—Sabes que estás invitada. Al Día del Nombre de Nyx. Emerie va a venir. Le… Nos encantaría verte.

Gwyn se metió las manos en los bolsillos de la túnica, seguro que para juguetear con la piedra de invocación que siempre guardaba allí en lugar de llevarla en la frente como llevaban las demás.

—Como ya te he dicho, me necesitan aquí. —La misma excusa que había ofrecido Clotho.

—No puedes esconderte aquí abajo para siempre —le dijo en voz baja.

Gwyn se quedó inmóvil. Nesta se arrepintió de sus palabras al instante, aunque no necesariamente del mensaje.

—No era consciente de que me estaba escondiendo.

—Me refería a que… deberías vivir tu vida —contestó Nesta intentando enmendar la respuesta anterior.

—Eso hace todo el mundo por aquí —dijo su amiga—. Viven sus vidas en la biblioteca. ¿Por qué no puedo hacer yo lo mismo?

Aunque no era el momento ni el lugar para aquella conversación, Nesta no consiguió reprimir las palabras que le salieron de la boca:

—Porque tú saliste al mundo y triunfaste, y… ¿de qué ha servido, si vas a quedarte aquí abajo, en la oscuridad?

—Me siento satisfecha aquí abajo, en la oscuridad —declaró Gwyn con una aspereza impropia de ella—. Mi trabajo hace que me sienta realizada, pese a lo que puedas pensar.

Nesta abrió la boca, pero alguien que tenía detrás habló primero.

—Si hace que te sientas tan realizada, Gwyneth —manifestó Merrill con desprecio—, ¿cómo es que no estás trabajando?

Nesta hizo una mueca y se giró hacia la belleza de cabellos blancos que parecía acercarse a ellas flotando sobre un viento fantasmal.

—Merrill.

La aludida resolló a través de su respingona nariz y señaló las puertas del templo con una esbelta mano.

—Llevo una hora esperando a que corrijas el último capítulo, Gwyneth. ¿Acaso tengo que esperar otra más?

Nesta volvió a cerrar la mano en un puño.

Sin embargo, Gwyn permaneció inexpresiva.

—No, Merrill. —Cualquier rastro de enfado, de querer pelear, se convirtió en resignación—. Ya nos veremos —se despidió de su amiga sin muchas ganas.

Nesta sabía que aquello no sería pronto. Pero no podía soportarlo, no soportaba que Gwyn cediese, no soportaba aquella fría distancia, su resignación ante la crueldad de Merrill.

Así que la llamó, aunque ella ya le había dado la espalda.

—Ven mañana al Día del Nombre de Nyx, por favor.

Merrill soltó una risa desagradable y afilada.

—Me moriría de la conmoción si lo hiciese.

Nesta se giró despacio hacia ella, concentrando toda su furia.

—No hace falta que demuestres lo cabrona que eres, Merrill. Todas las presentes somos perfectamente conscientes de ello.

Con un grito ahogado, dos sacerdotisas que se encontraban cerca, Lorelei y Ananke, se volvieron en redondo para mirarlas. Pero Nesta le mantuvo la mirada a Merrill.

Merrill chasqueó la lengua.

—Menudo lenguaje, pese a estar en un lugar sagrado.

Nesta le hizo un gesto que mancillaba incluso más aquel lugar. Sin embargo, antes de que Merrill pudiera responder, se giró de nuevo hacia Gwyn. Su amiga seguía alejándose de ellas. Como si no hubiera oído o no le importase la observación mordaz de su superior.

De modo que ella volvió a encararse con Merrill. Dejó que las ascuas de las llamas plateadas que le quedaban se reflejasen en sus ojos mientras le prometía, en voz baja pero feroz:

—Si me entero de que has tenido algo que ver con que se quede aquí abajo, responderás ante mí.

—¿Algo que ver con qué? —le espetó la otra—. ¿Con que Gwyneth sea una cobarde? Para eso se basta y se sobra ella solita, no le hace falta ninguna ayuda por mi parte.

Aunque dio la sensación de que Gwyn se detenía en el umbral, como si fuera a darse la vuelta y a decirle cuatro cosas a Merrill, su amiga continuó caminando. Hasta que desapareció de la vista.

Nesta calmó la rabia que bullía en su interior. O lo intentó.

La puñetera Merrill tenía razón en una cosa: aquel no era el lugar adecuado para emplear ese tipo de lenguaje soez.

Para una confrontación. Las sacerdotisas ya habían sido testigos de suficiente violencia.

Puede que algunas de ellas se entrenaran cada día para defenderse a sí mismas, pero que la vieran enzarzada con Merrill…

Nesta no quería llevar la oscuridad a aquel lugar.

La Madre sabía que ya había morado en el interior de esa montaña, muy por debajo de la biblioteca, el tiempo suficiente.

De modo que giró sobre los talones y se marchó, bloqueando la risotada burlona de Merrill, que flotó en el aire a su espalda.

Se aferró a la cinta de Clotho, que le transmitió una sensación casi metálica al tacto. Y podría haber jurado que un pálpito de aprobación recorrió su cuerpo. Como si la misma alta sacerdotisa apreciase su contención. Su equilibrio.

Quizá Nesta pudiera dar las gracias por ello al Equinoccio de Otoño. Desde luego, no podía agradecérselo a sí misma.