CAPÍTULO 10 #3
Dioses, ¿dónde había dejado ella la suya?
En el armario, muchos pisos más arriba, recordó.
Después de aquella noche en la que Rhys había estado a punto de matarla por prestar la Máscara, se sintió tan disgustada con todo que se arrancó la cinta de la muñeca, donde se había acostumbrado a llevarla, y la arrojó dentro del armario.
En las semanas que habían transcurrido desde entonces, ni siquiera la había mirado.
¿Qué diría Emerie cuando viera que no la llevaba puesta?
Nesta seguía luciendo el brazalete con el dije que habían trenzado aquella noche tan feliz, pero no le cabía duda de que su amiga repararía en la ausencia de la cinta blanca.
Emerie no estaba al tanto de todos los detalles sobre lo que había ocurrido con la Máscara; Nesta no había encontrado el momento adecuado para explicárselo.
Ni siquiera la había visto desde entonces.
¿Se enfadaría Emerie con ella tanto como los demás miembros de la Corte Noche?
Sintió náuseas ante aquella posibilidad.
Se giró para saludar a las dos sacerdotisas.
—Siento no haber podido ir a entrenar últimamente. Vosotras seguís yendo, ¿no?
—Todas las mañanas. Aunque hace varias semanas que nuestros instructores no se molestan en aparecer —respondió Deirdre, a todas luces enfadada.
Nesta no se lo reprochaba. ¿De verdad había abandonado Cassian el entrenamiento? Seguro que era por ella. Y supuso que Azriel seguía lo bastante cabreado por todo el asunto de Bryce como para tampoco querer verla.
No obstante, abandonar al resto de las sacerdotisas y valquirias era imperdonable.
Roslin suspiró, sin ser consciente del enfado que se estaba apoderando de Nesta.
—Puedo vivir sin Cassian. Sin ofender —añadió dirigiéndose a Nesta, que se quitó el enfado de encima lo suficiente como para reírse—. Pero Azriel… —Roslin volvió a suspirar agitando las pestañas.
Nesta no pudo evitar reírse otra vez.
Sin embargo, Deirdre frunció profundamente el ceño.
—Si estás aquí ahora, podrías haber venido a entrenar esta mañana, ¿no?
—He estado ocupada con los preparativos para el Día del Nombre de Nyx —mintió Nesta.
Lo cierto era que, tras lo sucedido con Bryce y la Máscara…
, se le habían quitado las ganas de ir a entrenar.
No había querido acercarse al enfado y resentimiento de Cassian y Azriel; no había querido mirar a la cara a las sacerdotisas, sus compañeras valquirias, sabiendo que había elegido las vidas de unos extraños por encima de las suyas.
Que ni por un momento había considerado su bienestar o el de nadie más antes de entregar la Máscara.
Por lo tanto, se había ausentado durante unos pocos días.
Y esos pocos días se habían convertido en una semana.
Y la semana en…, bueno, varias semanas. Pero al parecer, su pareja y el hermano de este tampoco habían acudido.
Lo cual la irritaba a más no poder. Aunque tuviera poco derecho a sentirse así.
—Volveré pronto —mintió de nuevo.
—Eso mismo repite ella sin parar —replicó Roslin pasándose su trenza roja por encima del hombro mientras señalaba a alguien que estaba detrás de Nesta—. Ven, Deirdre, quiero consultarle a Ananke el horario de mañana.
Las dos sacerdotisas se alejaron en busca de Ananke, y Nesta se giró para descubrir a Gwyn avanzando por el pasillo.
Por algún motivo, siempre se le olvidaba que su amiga era más alta que ella.
Solo unos tres o cuatro centímetros, pero lo suficiente para sorprenderla, incluso en situaciones como esa.
Gwyn se movía con una fluida elegancia, probablemente gracias a que su abuela había sido una ninfa, y se detuvo frente a ella casi sin hacer ruido.
Nesta se preparó, sin saber qué hacer con las manos, la cara, la postura. Era como conocer a alguien por primera vez.
Gwyn le ofreció una sonrisa adusta que sugería que se sentía igual.
—No sabía que ibas a venir hoy.
Nesta odió la tensión, la cautela, con todo su ser. Sin embargo, contestó con muchísima indiferencia:
—Tenía que recoger algo para la ceremonia del Día del Nombre de Nyx. —Levantó el trozo de cinta plateada que había hecho Clotho.
Gwyn abrió los ojos como platos. El asombro hizo que por un segundo se olvidara de la distancia entre ambas.
—Es… extraordinaria —jadeó. Parpadeó mientras movía la cabeza—. En Sangravah, la ciudad, no el complejo del templo, había tejedores exquisitos. A veces venían a vendernos sus confecciones o incluso a darnos clase para aprender a utilizar un telar, pero nunca había visto nada parecido.
—Está claro que nuestros brazaletes se le parecen más bien poco —dijo Nesta con ironía.
Levantó ligeramente la muñeca y los hilos azul marino, carmesí y plateado que Emerie le había trenzado con un pequeño dije de plata brillaron con fuerza a la luz de las velas.
Gwyn bajó la vista hacia su propia muñeca, al brazalete que, pese a todo, aún llevaba puesto. Era un pequeño consuelo que no se lo hubiera quitado, un rayo de esperanza. Algo sobre lo que construir.
Sin embargo, Nesta no pudo evitar fijarse en que su amiga tampoco portaba la cinta blanca.
Gwyn esbozó una sonrisa torcida:
—Nuestros brazaletes dan un poco de pena al lado de la cinta de Nyx.
—Se la ha hecho Clotho —explicó Nesta, aliviada de que su amiga estuviera dispuesta a seguirle el juego, a intentar comportarse con normalidad—. No creo que los nuestros pudieran competir con esto.
Gwyn tragó saliva mientras admiraba, todavía impresionada, el trabajo de la alta sacerdotisa.
—Asegúrate de que el alto lord y la alta lady sepan lo valiosa que es —le recomendó.
Nesta asintió, con el pulso acelerado.
—También he venido porque quería pedirte un favor. Que me ayudes a trabajar en algo.
Toda la alegría desapareció de su mirada.
—Has venido a pedirme que trabaje para ti.
El resto quedó sin expresarse: «No hemos hablado en meses y ¿de repente apareces para pedirme un favor?».
Nesta tragó saliva, sentía la boca seca. Incluso a aquellas alturas, le suponía un esfuerzo decantarse por una explicación calmada antes que por una réplica hiriente. Pero por Gwyn siempre merecería la pena.
—Necesito que alguien deje por escrito mi relato de lo ocurrido recientemente. Con discreción.
La curiosidad y una incredulidad sarcástica se entremezclaron en las delicadas facciones de su amiga.
Así que Nesta prosiguió, buscando las palabras con torpeza:
—Fue… Fue lo bastante grande, lo bastante importante, para que crea que deberíamos registrarlo de forma oficial para las futuras generaciones. Esperaba contar con la ayuda de la mejor para una tarea como esta.
Nesta lo dijo de todo corazón, pero Gwyn no se dejó conmover lo más mínimo. Se mantuvo inexpresiva. Muy distante, muy diferente de la amiga que había irradiado aquella alegría mientras cantaba.
Aquella imagen le dolió. Había sucedido algo más, aparte de que Nesta hubiese hecho oídos sordos a sus deseos en la ladera de Ramiel. Sin embargo, no podía intentar averiguarlo. Su pregunta no sería bien recibida, claramente.
Gwyn se limitó a sostenerle la mirada, a la espera de una explicación.
—No… —Nesta abrió y cerró los puños a los costados—.
No estaba lista para volver aquí, ni siquiera para hablar contigo sobre hacer esto hasta que…
—No se sintió preparada hasta que estuvo a punto de ahogarse en el mar y se dio cuenta de que, si moría, aquella historia moriría con ella.
Ni siquiera Azriel la conocía en su totalidad—.
Simplemente, no estaba preparada. —Le ofreció una sonrisa insegura y rezó para que su amiga se la devolviera—. Pero ya lo estoy.
Gwyn seguía sin esbozar ninguna sonrisa.