CAPÍTULO 10 #2
No obstante, justo antes de que Bryce Quinlan irrumpiera en su mundo, Emerie le había escrito para explicarle que, como el invierno era inminente y tenía más trabajo que nunca en la tienda, iba a tomarse un descanso de unos pocos meses del entrenamiento para asegurarse de que todos los pedidos estuvieran preparados antes de Samhain.
El invierno llegaba pronto a las montañas ilyrias, y Emerie quería cerciorarse de que su gente estuviera preparada.
Aunque muchos de ellos fueran unos imbéciles desagradecidos.
De modo que, esa última mañana, horas antes de que Bryce apareciera, Nesta había subido al campo de entrenamiento y había descubierto que se encontraba sola.
Bueno, no del todo. Las otras sacerdotisas, aquellas que eran valquirias, estaban presentes.
Pero no Emerie ni Gwyn. Y a pesar de que Cassian y Azriel se habían mostrado casi desagradablemente amables con ella esa mañana, Nesta no había logrado deshacerse de la pesadez que sentía en las extremidades, en el corazón.
De vuelta en el presente, al detectar el susurro de una túnica a la derecha, se giró y vio que Clotho tomaba asiento a su lado.
La alta sacerdotisa de la biblioteca, con el rostro oculto tras sombras profundas y su pálida capucha, le tocó el hombro a Nesta con una nudosa mano en señal de bienvenida.
Ella le dedicó una inclinación de cabeza, a sabiendas de que no serviría de nada hablarle a Clotho antes de que la canción acabase.
Por eso se sorprendió cuando un pedazo de pergamino apareció en su regazo, con la tinta todavía fresca. La pluma hechizada de Clotho flotaba en el aire sobre sus rodillas, aunque la sacerdotisa la mantenía lo bastante baja para que nadie del estrado ni de los bancos adyacentes se fijara en ella.
Nesta echó un vistazo a la nota, escrita en un papel con membrete debajo del símbolo de una luna llena flanqueada por dos medias lunas. La caligrafía estaba repleta de florituras:
«Resulta apropiado que hayas llegado ahora. Esta canción llama a las hermanas perdidas para que vuelvan a casa».
Nesta susurró para que solo Clotho pudiera oírla:
—¿Lo tenías planeado?
Le dio la impresión de que la sacerdotisa sonreía bajo la capucha. La pluma danzó sobre el papel.
«Ojalá poseyera semejante habilidad. Pero no, siempre cantamos esta canción durante el Equinoccio de Otoño. Es una plegaria para pedir plenitud y que las cosas y personas perdidas vuelvan a nosotras, para restaurar el equilibrio».
Nesta asintió mientras la canción llegaba a su fin. Gwyn y las otras dos cantantes se apiñaron para charlar. Dos sacerdotisas más (una de ellas, Ananke, con su melena dorada) se acercaron al estrado para unirse a la conversación.
—Entonces, ¿es una festividad importante para vosotras?
«Todas las festividades son importantes —escribió Clotho—. Especialmente el ciclo del desvanecimiento: el paso del Equinoccio de Otoño a Samhain y luego al Solsticio de Invierno».
A continuación añadió:
«Pero en esta corte, sí. Después de mañana, la noche reclamará la mayor parte del día.
La luz empezará a ceder el paso, a abandonar la vida, y morirá por completo en Samhain, para atravesar después el mundo de los muertos antes de renacer en este mundo tras la larga noche del Solsticio de Invierno».
—No estoy segura de que me guste cómo suena eso —farfulló Nesta.
De debajo de la capucha surgió un resoplido de diversión.
—Me encanta el solsticio —admitió ella—, y entiendo por qué las noches más largas hacen que el Equinoccio de Otoño sea importante para la Corte Noche. Pero ¿Samhain? El año pasado fue muy… lúgubre. —A duras penas le había prestado atención.
«En efecto, para algunos es una celebración sombría.
Es cuando el velo entre la vida y la muerte, entre mundos, es más fino.
Sin embargo, hay gente que ve como una bendición la posibilidad de comunicarse con los seres queridos a los que ha perdido.
Algunos lo consideran una oportunidad para darles la bienvenida a casa, para celebrar vínculos eternos que traspasan las fronteras de los mundos.
Deberías asistir a nuestra ceremonia; las canciones son diferentes.
Más antiguas, extrañas. Inquietantes, incluso».
—¿Insinúas que puedo sentirme identificada? —bromeó Nesta.
Clotho le dio una palmada en la rodilla con una de sus nudosas manos.
«Por supuesto que no», escribió la alta sacerdotisa.
En el estrado, Gwyn y las otras dos empezaron a cantar de nuevo; esta vez, una canción que inició la contralto del grupo. Gwyn la siguió y la soprano se unió en último lugar, cada una de ellas abriendo su propio camino a través de la melodía antes de armonizar todas a la vez.
En esa ocasión, Nesta reparó en que la contralto bajaba el volumen hasta quedarse completamente callada.
Clotho, que pareció entender la pregunta que no había formulado en voz alta, escribió:
«Representa a la hermana perdida. Al final, las otras dos conseguirán que encuentre el camino de vuelta gracias a la canción».
Cuánta riqueza, conocimiento y tradición. Todo oculto bajo aquellas antiguas piedras.
—¿Escucharé esto mañana en el templo durante el equinoccio?
«No. La mayor parte de los templos no recuerdan esta canción, o no ven la necesidad de cantarla».
—¿Y vosotras sí?
Clotho mantuvo la mirada fija al frente, a pesar de que su pluma siguió deslizándose sobre el papel.
«Siempre tendremos hermanas perdidas, y rezamos todos los días para que encuentren el camino de vuelta a nuestro lado.
No solo en el sentido físico y mortal, sino también en el emocional y espiritual.
Es posible que otros templos no comprendan la importancia y la necesidad de tales plegarias igual que nosotras.
Este año, cuando parece que más lo necesitamos, he animado a las sacerdotisas a imbuir una pizca de magia en la melodía.
Un pequeño deseo para que la Madre lo escuche.
Y mañana añadiré un poco de mi propia magia a su canción, pese a lo silenciosa que es mi voz ahora».
Nesta sintió una opresión en el pecho. Aquellas sacerdotisas habían construido una comunidad basada en el amor y el apoyo para sanar de los horrores que habían soportado, incluida su amiga, que ahora se encontraba en el estrado.
¿Qué sentía Gwyn al cantar una canción sobre llamar a casa a las hermanas perdidas, teniendo en cuenta que le habían arrebatado a su gemela de un modo tan violento?
Deseó poder preguntárselo. Ofrecerle cualquier consuelo que pudiese necesitar.
—Mañana deberías ser tú quien dirigiera la ceremonia del Día del Nombre de Nyx.
Clotho negó con la cabeza.
«La alta lady me ofreció ese honor, pero le expliqué que me necesitan aquí. Por si acaso alguna hermana vuelve mañana tras escuchar la Canción del retorno ».
¿Cuándo había abandonado la alta sacerdotisa esa montaña por última vez? ¿Cuánto hacía que no sentía el viento y el sol en la cara?
Antes de que Nesta se atreviese a preguntar, Clotho escribió:
«Te he citado aquí para que les entregues esto al alto lord y a la alta lady. Puede que no me sea posible concederles el honor de presidir el Día del Nombre de su hijo, pero puedo ofrecerles esto a cambio».
La alta sacerdotisa rebuscó en los bolsillos hasta sacar un pedazo trenzado de tela plateada. Era tan delicada como la escarcha y relucía incluso bajo aquella tenue luz.
Nesta parpadeó, incapaz de ocultar su asombro.
—¿Qué es?
«Igual que tu pareja y tú sellasteis la unión mediante una cinta durante vuestra ceremonia de apareamiento, también el niño se une a sus padres, y a la Madre. Este es mi regalo: la cinta que utilizarán mañana».
Nesta la aceptó con cautela. Era ligera como el aire, tanto que, si no hubiera estado mirándola, podría no haberse dado cuenta de que estaba sosteniendo algo.
—Es preciosa. ¿Se parece a las que usáis aquí abajo para vuestras propias ceremonias?
«No, es un regalo para el hijo del alto lord y la alta lady. Nunca se ha confeccionado una igual, y es posible que jamás vuelva a hacerse».
—¿La…? ¿La has hecho tú? —tartamudeó Nesta lo bastante alto como para que Gwyn mirase al fin en su dirección.
Su amiga arqueó las cejas al verla, aunque no falló ni una sola nota. Pese a ello, Nesta se fijó en las líneas de tensión que le habían aparecido de repente alrededor de la boca.
Clotho escribió:
«Es lo mínimo que puedo hacer a cambio del hogar que el alto lord me ofreció hace ya tanto tiempo».
Nesta echó un vistazo a la brillante cinta que sostenía. Aunque no palpitaba con ninguna magia especial, parecía… viva. Consciente, de alguna forma.
—Se sentirán conmovidos —atinó a decir al pensar en Clotho creando aquel objeto tan exquisito.
Con magia o con sus propias manos, que en aquel estado debían de dolerle, se había esforzado muchísimo motivada por la gratitud y el amor.
La alta sacerdotisa volvió a darle una palmadita en la rodilla a Nesta y, en silencio, escucharon el eco de la canción a través de aquel espacio.
La contralto volvió a unirse para el último coro, el más alto y alegre de todos.
La Canción del retorno . Que hablaba de hermanas que por fin regresaban al hogar.
Por lo menos una hermana volvería a casa al día siguiente. Emerie iría a Velaris para la ceremonia de Nyx, se recordó Nesta con inmensa alegría.
Clotho ya se había puesto de pie y se dirigía al estrado, y Nesta se levantó del banco, pensando en las palabras que había preparado para Gwyn. Un equilibrio entre la diplomacia y la súplica.
Pero una voz femenina exclamó a su espalda:
—¡Nesta! Hace semanas que no te vemos.
Se giró y vio a Roslin y Deirdre de brazos cruzados. Ambas seguían llevando un pedazo de sus cintas blancas entre los mechones de las trenzas.