CAPÍTULO 10
Nesta
—¿De verdad creéis que Tarquin no se aliará con nosotros en este conflicto?
—De pie en el recibidor de la casa del río, Nesta le frunció el ceño a su hermana y luego a Rhys.
Feyre llevaba un vestido de gasa color verde mar muy similar a los que le gustaban a Mor, seguramente en previsión del calor que haría en la Corte Verano.
Sin embargo, Rhys iba de negro de los pies a la cabeza, como de costumbre—. Nos apoyó contra Hybern.
Feyre jugueteó con la diadema de oro y perlas que llevaba sobre su suelta melena.
Al bajar la escalera unos momentos antes, había aparecido con los ojos llorosos tras despedirse de Nyx en la habitación de este antes de su siesta matutina.
—Merece la pena confirmarlo. Y formalizarlo —dijo su hermana haciendo una mueca con los labios.
Aquello era quedarse corto. Para Nesta, que hubieran encontrado un hueco para aquella visita cuando faltaba tan poco para la celebración, y que se marcharan justo cuando estaban decorándolo todo (había jarrones repletos de flores otoñales en cada superficie y centelleantes banderines plateados que colgaban de paredes y arcos), indicaba lo urgente que era para su propósito asegurarse una alianza con Tarquin.
Nesta no pudo evitar reparar en lo joven que era su hermana, pese a ser madre, alta lady y salvadora de aquellas tierras. Joven, bella y con demasiado peso sobre sus delgados hombros.
—¿Os acompañará Amren? —se atrevió a preguntar Nesta.
Como amante de Varian, pasaba bastante tiempo en la Corte Verano, y era posible que tuviera más influencia allí que su hermana.
—No —negó Feyre alzando el mentón—. Volverá de la Corte Día dentro de una hora y ayudará a Ana a cuidar de Nyx.
Ella, por supuesto, proporcionaría cualquier asistencia adicional que necesitasen. Aunque pensar en la «tía Amren» le provocase escalofríos. Sin embargo, el bebé la adoraba. Y Nesta nunca la había visto sonreír tanto como cuando estaba con él.
No le pasó desapercibido que, por alguna razón, Rhys se había alejado para estudiar uno de los cuadros de Feyre al otro lado del recibidor. Cobarde. Tras fulminarlo con la mirada, Nesta le dijo a su hermana:
—Puede que si le explicas a Amren con más detalle tu razonamiento para unir Prythian antes de buscar ayuda en Fomoria…
Irritada, Feyre desechó la idea con un gesto de la mano.
—Aunque le suplicase a Amren que viniera a ayudarme para que pudiera desenvolverme mejor en la Corte Verano, se negaría.
—Me sorprende que la dejes ayudar siquiera con Nyx.
Feyre alzó la mirada hacia la escalera, como si desde allí pudiera ver la habitación del bebé y a su hijo en ella.
—Nuestro desacuerdo no tiene nada que ver con Nyx. Es su tía, no pienso alejarla de él solo porque nosotras hayamos discutido.
—Bueno, siempre podrías intentar disculparte —dijo Nesta hablando claro.
—¿Disculparme por qué? ¿Por no coincidir con ella?
—Yo choco con Amren a menudo. —La Madre sabía que se habían pasado buena parte del año anterior sin hablarse—. No creo que sea eso lo que la ha molestado.
—¿Y qué ha sido? —preguntó Feyre de mal humor, dando golpecitos en el suelo con su zapatilla de tela—.
Necesitamos un Prythian unido. No solo porque nos hagan falta más armas, sino también para proyectar nuestra fuerza ante posibles aliados del continente a quienes les asuste alzarse contra la horrible tríada que se está formando allí.
Además, en última instancia, eso contribuiría al plan de Amren de atraer a Fomoria, ¿no?
Nesta sabía que Rhys estaba prestando atención a cada palabra, pese a que había decidido mantenerse al margen. Sin embargo, tenía las alas tensas y recogidas contra la espalda. ¿De qué lado estaba?
Feyre suspiró, más para sí misma que para Nesta.
—Necesitamos que la Corte Verano se ponga de nuestra parte.
También Invierno y Amanecer, pero parece que es Tarquin quien más influencia ejerce sobre los demás.
Haga lo que haga, los otros lo imitarán.
Amren insiste en que no disponemos de mucho tiempo, así que esta debería ser, con suerte, una visita rápida pero efectiva. Tarquin ya sabe a qué vamos.
Nesta señaló la indumentaria de su hermana.
—¿Y se te ha ocurrido complacerlo vistiéndote con los colores de la Corte Verano? —Por lo general, Feyre no tenía problema en llevar prendas negras rutilantes y sus magníficas joyas de alta lady a juego.
Feyre le dedicó una media sonrisa. Cualquier rastro de su enfado se había disipado.
—Me ha parecido que no haría ningún daño que le recordara a Tarquin que apreciamos su corte. —Se tocó la tela de la falda y le guiñó un ojo a Nesta—. Y me moría de ganas de tener una excusa para lucir este color.
Era un tono encantador, justo del tipo que atraería al alma artística de su hermana.
Rhys se acercó con tranquilidad, considerando que por fin era seguro volver a su lado. Feyre entrelazó sus tatuados dedos con los de su pareja antes de preguntar:
—¿Nos transportas tú o lo hago yo?
Rhys le hizo una reverencia y la besó en la mano.
—Por favor, mi señora, llévanos tú.
Inclinó la cabeza en dirección a Nesta a modo de distante reconocimiento y de despedida. Ella supuso que aquello era mejor que si la ignoraba.
Feyre puso los ojos en blanco ante la frialdad de Rhys, pero le dedicó a Nesta una esperanzada sonrisa de despedida antes de desaparecer.
Una hora después, sentada en un banco al fondo del pequeño templo ubicado bajo la Casa del Viento, rodeada tan solo de música y la luz de las velas, Nesta encontró, por fin, un poco de paz.
Era posible que se debiera a las tres voces que se mezclaban en aquel espacio, ninguna más encantadora y clara que la de Gwyn.
Pese a que no era el momento de las oraciones diarias de las sacerdotisas, que llevaban a cabo al atardecer o al amanecer, cuando Nesta había preguntado por su amiga, la habían enviado allí.
Lo que estaba presenciando en aquel instante parecía ser un ensayo de vestuario para la ceremonia del Equinoccio de Otoño del día siguiente.
Velas blancas y negras para representar el equilibrio entre el día y la noche del equinoccio.
Una balanza de plata adornaba el altar; los platos de esta estaban llenos de objetos que representaban los cuatro elementos: plumas, piedras, cenizas y diminutos frascos de agua.
Ambos lados de la balanza rebosaban ofrendas que habían sido colocadas con sumo cuidado y detalle para equilibrarlos en absoluta armonía.
Gwyn se hallaba entre otras dos sacerdotisas a las que Nesta conocía de vista (ninguna de ellas valquiria), con los ojos cerrados en señal de reverente gozo mientras entretejían juntas su canción.
Si su amiga había reparado en su presencia, no lo había dejado entrever.
No había dirigido una sola mirada hacia el fondo de la cámara, donde Nesta saboreaba la música junto a un puñado de personas.
Para ser sincera, Gwyn podría haberse encargado ella sola de toda la canción.
Tenía una voz de mezzosoprano tan exquisita y reverberante que parecía emergerle de la garganta sin esfuerzo alguno.
Pero las otras dos (una contralto y una soprano respectivamente) aportaban detalles dulces e interesantes.
No obstante, Gwyn… Gwyn brillaba. A pesar de la penumbra de la montaña, su amiga parecía irradiar luz.
Color. Su humilde e insulsa túnica era idéntica a las de las demás, y no llevaba ninguna joya (ni siquiera la piedra de invocación que las otras sacerdotisas lucían en la frente), y aun así la luz de las velas parecía inclinarse hacia ella.
Como si la reflejara. O tal vez se debiera a su extraordinaria melena cobriza.
O a sus ojos. Cuando su amiga los abría, regalaba a los presentes la visión de un tono verde azulado tan intenso que a Nesta le recordaba a las aguas del Sidra.
La belleza de su amiga era asombrosa. Sin embargo, Nesta sabía que lo que la hacía brillar era su interior.
Lo que hacía que pareciera que había sido pintada a todo color mientras que todos los demás daban la impresión de ser bocetos a carboncillo era el interior de Gwyn.
Y nunca resultaba tan patente como cuando se ponía a cantar.
Nesta sintió una opresión en el pecho. ¿Cuánto tiempo hacía que no oía su voz?
¿O que la había visto siquiera? Había sentido el dolor de su ausencia en incontables ocasiones antes de aquel momento, pero estar allí…
lo empeoraba. Lo único que quería era acercarse a su amiga y empezar a hablar y a reírse y a provocarse la una a la otra como lo habían hecho durante meses.
Y el no poder hacerlo con libertad, pero sí con dudas, generó que algo vital se resquebrajara en su interior.
Hacía semanas que Nesta no asistía a ninguna sesión de entrenamiento de las valquirias.
No desde la llegada de Bryce. No sabía si Azriel y Cassian (se levantaba pronto todas las mañanas, al margen del entrenamiento) seguían instruyendo a las sacerdotisas, pero Gwyn no había acudido a entrenar desde el Rito de Sangre.
Por lo que ella sabía, su amiga no había puesto un pie fuera de la biblioteca desde el Rito.
Ni siquiera para asistir a la ceremonia de apareamiento de Nesta.
Era consciente de que Gwyn se había sentido traicionada cuando la dejó inconsciente durante el Rito de Sangre y Emerie la cargó hasta la cima de Ramiel, negándole así la posibilidad de seguir luchando a su lado.
Pero le había sorprendido que su amiga hubiera dejado de asistir por completo a los entrenamientos.
Emerie le había aconsejado que le diera tiempo. Y Nesta lo había hecho, reconfortada por la presencia de Emerie en el entrenamiento, por la constancia de su amistad.