Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

—Todo el mundo sabe lo leal que te mantuviste con Tamlin durante todas esas décadas con Amarantha.

—Detestaba oír el nombre de esa hembra en boca de mi pareja—.

Tu padre lo presenció a lo largo de esos últimos meses en Bajo la Montaña.

Y sé que Eris no ha dicho nada sobre lo mal que le ha estado yendo a Tamlin últimamente.

Yo no quería saber los pormenores de la situación. No del todo. Una parte de mí se alegraba de que Tamlin sufriera. La otra, en cambio…

Lucien negó con la cabeza despacio y preguntó:

—¿Cómo te metiste a Eris en el bolsillo?

Reí entre dientes y respondí:

—Si algún día ves bailar a Nesta, lo entenderás. —Lucien enarcó las cejas al máximo y añadí—: Eso ya te lo contaremos otro día y, si vas a la Casa del Bosque, no se te ocurra decir nada. Ni siquiera intentes hablar del tema con Eris.

—Créeme, no tengo ninguna intención de hablar con él.

Vassa nos miró con frialdad e intervino:

—O sea que queréis que Lucien haga de espía en la Corte Otoño y, de paso, traicione a su propio alto lord.

—Dudo que te suponga un gran esfuerzo —le dijo Jurian a Lucien con una sonrisa.

A pesar de que se le encorvaron los labios, este último lo fulminó con la mirada.

—Sé que es mucho pedir —prosiguió Rhys—.

Pero necesitamos hasta la más mínima prueba que podamos encontrar.

Necesitamos aliados, tanto aquí como fuera de Prythian.

Es importante que Prythian muestre un frente unido, sí, pero tenemos que conseguir más territorios dispuestos a unirse a nosotros.

Y, para ello, primero debemos obtener pruebas.

Lucien volvió a desviar la vista hacia el mapa. Tanto Jurian como Vassa parecieron acercársele, hecho que no me pasó desapercibido; fue como si quisieran formar un muro defensivo contra Rhys y yo, por si acaso.

—Déjame que lo piense —respondió Lucien en voz baja; cada palabra parecía pesarle—. Me decanto por decirte que sí, que la Madre me salve, pero déjame que lo piense.

—Por supuesto —contestó Rhys arrastrando las palabras—. Pero piénsalo rápido. Los territorios ya están empezando a moverse. Tenemos hasta primavera como máximo.

—¿Primavera? —preguntó Vassa.

Jurian respondió por mi pareja:

—Puede que sean tropas mágicas, pero todavía tienen que ceñirse a ciertas limitaciones de la naturaleza.

Viajarán tan al sur como puedan hasta las tierras libres, acamparán allí para pasar el invierno y continuarán avanzando cuando empiece el deshielo en primavera y abran las vías entre las montañas.

La topografía entre esos territorios y la frontera humana más cercana es traicionera incluso cuando hay buenas condiciones meteorológicas.

Asentí y me dirigí a Jurian y a Vassa para decirles:

—Si podéis, contactad con los humanos del continente, de la forma que tengáis… Aconsejadlos lo mejor que podáis. Recomendadles que no reúnan ningún ejército.

—¿Para que los asesinen a todos? —espetó Vassa.

No me estremecí. Y hay que reconocer que, antes de que me diera tiempo a contestar, Jurian le contó tranquilamente a la mujer:

—Para que los fae no tengan ningún modo de justificar su avance contra ellos. Los territorios fae pueden tergiversar las cosas para usar la situación a su favor, incluido el hecho de que los humanos reúnan un ejército.

Unas llamas azules cubrieron la mirada de Vassa.

—¿Y qué hacemos? ¿Les decimos que esperen sentados a que los maten?

—Ojalá lo supiera —reconocí señalando la mitad inferior del mapa donde, en su día, se había hallado el muro—. Tal vez podrían escapar e ir más al sur, pero, a la larga, los fae también los alcanzarán.

Rhys, con la atención puesta en Jurian y Vassa, añadió:

—Seguramente vosotros dos sois las personas más cualificadas para encontrar la forma de ayudar a los humanos. Ocupáis un espacio entre los mundos fae y humanos. Y nosotros os brindaremos todos los recursos que necesitéis, claro está.

—Los humanos no aceptarán esos recursos —evidenció Vassa—. No si vienen de los fae.

Jurian, sin embargo, contraargumentó con seriedad:

—Si están a punto de esclavizar o matar a sus hijos, sí que los aceptarán.

Vassa arrugó los labios con repugnancia. Por la situación en sí o por el papel que debía desempeñar, eso yo no lo sabía. Enroscó el mapa sin mediar ni una sola palabra más y lo puso en brazos de Rhys de malas maneras.

Después de eso, hubo más bien poco que añadir y Lucien nos acompañó hasta la puerta delantera.

Había rodeado la casa de protecciones, aunque de nada servían contra Rhys o contra mí.

De haber querido, habríamos podido transportarnos para salir del estudio.

Sin embargo, nos pareció que lo más educado era irnos por la puerta principal.

Ya en el umbral y con el frío de la noche azotándonos con fuerza, me giré hacia Lucien y le pregunté:

—¿Estás dispuesto a hacerlo de verdad?

Había dejado el orbe Veritas en la mesa. No lo había tocado, pero tampoco lo había devuelto.

Atisbé algo en su ojo rojizo: recelo. Resignación.

—¿Acaso puedo elegir?

—Sí —contesté.

Rhys, que estaba a unos pasos de distancia y que ahora parecía poco más que una sombra bajo el manto de la noche, se detuvo para mirarnos.

—Ya nos has ayudado muchísimo. Lo que te estamos pidiendo es… muy peligroso —admití.

Lucien tragó saliva y asintió evasivamente con la cabeza.

—De todos modos… —musitó Lucien—. Tampoco cambiará demasiado las cosas, ¿no?

Yo tenía clarísimo a qué se refería. A Elain.

—Nunca se sabe —respondí.

Tras mi intento por mantener la positividad, me dedicó una ligera y apesadumbrada sonrisa y su ojo dorado emitió un zumbido. El simple hecho de imaginarme cómo debía de sentirse me pareció tan terrible que solté:

—Ven en el Equinoccio de Otoño a la fiesta del Día del Nombre de Nyx. No es una fiesta como tal y no estamos celebrando el equinoccio como tal; es más bien una ceremonia y, luego, algunos de nosotros comeremos juntos, pero… Deberías asistir.

Noté la sorpresa de Rhys a través del vínculo de pareja, pero no dijo nada.

Lucien arqueó una ceja y nos observó con recelo.

—¿Me dejaréis estar cerca de vuestro hijo?

Hasta ahora no habíamos permitido que se aproximara a él.

No habíamos dejado estar cerca de Nyx a casi nadie, y menos a los machos fae.

La razón me decía que estaba siendo extremadamente irracional, pero todos los instintos fae me gritaban que mantuviera a mi hijo alejado de los demás tanto tiempo como pudiera.

Solo estaba dispuesta a llevármelo a mis clases de arte.

Y, de momento, había aprendido lo suficiente acerca de la maternidad como para seguir mis instintos.

—A ver, igual no vamos a dejar que Nyx descanse en tus brazos —reconocí enfatizando bien ese último verbo—, pero sí, deberías venir. Puedes pasar la noche en nuestra casa.

Rhys se sorprendió más aún. Sabía que, si me daba la vuelta, lo vería ridículamente boquiabierto. Pero no pensaba dejar que me convenciera para que me retractara, aunque notaba que se moría de ganas de hacerlo.

Lucien estaba arriesgándolo literalmente todo por ayudarnos, e ir pidiéndole más y más favores sin ofrecerle nada a cambio ni demostrarle ni pizca de agradecimiento u hospitalidad…

No me parecía que fuese lo correcto. Y si algo quería Lucien era una única cosa: una oportunidad para ver a Elain. Nada más.

Eso, al menos, sí podía ofrecérselo.

Así que aclaré:

—La ceremonia empieza a las diez en el templo de la ciudad. Pero ven a la casa del río antes, cuando quieras, y así te acomodas.