Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Un pez en tierra firme, efectivamente. Donde debería haber habido unas piernas, había una cola con escamas del mismo blanco espectral que el resto del cuerpo.

Era como si hubiese salido a rastras de algún agujero del fondo del mar donde no llega la luz.

«A lo mejor es eso», reflexionó Az mientras la criatura seguía escondida bajo la sombra, mirando el cielo, el barco y el muelle con los ojos entornados.

Vivo, pero no del todo. Muerto, pero no del todo.

Az no acababa de entender a sus sombras mientras estas intentaban descifrar de qué se trataba.

La criatura en cuestión observó todo a su alrededor, moviendo la cola debajo del agua para mantenerse a flote.

Sus sombras tenían razón al mencionarle el miedo.

La cosa que se hallaba delante de él estaba asustadísima.

Y, aun así… A Az no le dio la impresión de que estuviera perdida.

Ha venido aquí; la han enviado , le confirmaron sus sombras. Y eso significaba que había llegado la hora de las preguntas.

Los sifones de Az se iluminaron enseguida y emitieron una potente luz azul. Una luz que se aferró alrededor de una de las muñecas de la criatura y la incrustó al casco de la nave.

La criatura se sacudió y con la cola azotó el barco, el muelle y el agua de forma tan enérgica que seguro que alguien se daría cuenta.

—Cálmate —le ordenó Azriel, saliendo finalmente de entre las sombras.

La criatura arañó los grilletes azules que la sujetaban por la muñeca con tanta fuerza que empezó a sangrar. También le sangraba la cola en el punto en que se le habían desprendido las escamas.

—No te voy a hacer daño —dijo Azriel, a pesar de que su entonación fue dura.

Y, sinceramente, supuso que lo que le había expresado tampoco era del todo cierto. No le haría daño a esa cosa… Todavía. El honor era un lujo que no solía permitirse a menudo.

La criatura se sacudió de nuevo, estampando su flaquísimo cuerpo contra el barco una sola vez antes de flaquear. Despacio, la cosa giró la cara hacia Az y parpadeó un segundo con sus enormes ojos.

—Dime qué haces aquí —le ordenó Azriel.

La criatura cerró su hinchada boca. El miedo seguía impregnándole su olor. Aun así, con la voz áspera, como si proviniera de lo más profundo de su garganta, respondió:

—Traigo un mensaje para el alto lord y la alta lady de la Corte Noche.

Az mantuvo una expresión neutral.

Es verdad , le confirmaron sus sombras.

Az se aseguró de que no hubiese ni pizca de curiosidad o sorpresa en su tono, y respondió:

—Has escogido un lugar peculiar para ello.

Esa extraña voz habló de nuevo:

—Demasiada gente. Demasiado ruido. Demasiado todo.

Por eso había buscado una sombra en la que esconderse.

—¿Quién te ha enviado?

En su día, se habría llevado a la cosa esa a la mazmorra más cercana y habría procedido a interrogarla siguiendo su método habitual.

Pero ahora… Después de haber visto cómo se estremecía Feyre cuando él interrogaba a sus enemigos, debía intentarlo de otra forma. Una vez, al menos. Se lo debía a ella.

La criatura se fijó minuciosamente en el rostro, en las alas. Abrió la boca y volvió a cerrarla, como si le costara respirar.

—Hybern.

Az tuvo que controlarse como el que más para no pestañear sorprendido. Para no levantar la espada que seguía teniendo en la mano y blandirla para acabar con la miserable vida de esta criatura con un solo movimiento. En lugar de eso, Az, sin mostrar emoción alguna, se obligó a preguntar:

—¿Y por qué Hybern quiere enviar un mensaje a la Corte Noche?

La cosa gorjeó. La saliva se amontonaba en las comisuras de sus circulares labios.

—Quieren… Reunirse.

—Ni hablar.

Az no tenía autoridad para decidirlo, pero se apostaba lo que fuera a que esa sería la respuesta de Rhys y Feyre.

La criatura aleteó la cola una vez, dos. Intentó zafarse de los grilletes de nuevo, pero su esfuerzo volvió a ser en vano. Se quedó inmóvil un segundo.

—Hybern… Quiere… —Tenía que coger aire a cada palabra que pronunciaba—. Formar… Una alianza.

Az se quedó petrificado ahí mismo a causa de la estupefacción.

—Una alianza… —repitió el cantor de sombras remarcando bien esas palabras.

Sin embargo, antes de que pudiera terminar, antes de que pudiera dominar su propia estupefacción, la criatura se estremeció y desfalleció.

Con un último suspiro, cerró los ojos casi aliviada y su blanca piel comenzó a formar burbujas y espuma.

Y se derritió en el agua. Donde antes había habido una criatura medio colgando de esos grilletes azules, ahora solo quedaba espuma.

Vivo, pero no del todo. Muerto, pero no del todo , habían susurrado las sombras de Az. Como si esta criatura existiera entre dos estados y, ahora que había cumplido con su propósito, hubiera dejado de existir por completo.

Sus sombras barrieron la espuma, el agua.

Ha desaparecido , le informaron. Ha vuelto a su lugar de origen. Sal a la sal; agua al agua.

O sea que se trataba de una especie de creación mágica.

Az se frotó la nuca. Para crear algo que pudiera pensar y sobrevivir por sí solo había que recurrir a hechizos complicados.

Aunque al final esa criatura solo tuviera una razón de ser y fuera a desaparecer en cuanto cumpliera su misión.

Una criatura a la que, pese a no tener alma, la movía la necesidad.

Az permaneció con la vista puesta en la espuma del mar hasta que las burbujas empequeñecieron y se separaron; hasta que el Sidra recuperó su prístino color turquesa. Hasta que lo único que le devolvió Az fue su propio reflejo.