CAPÍTULO 8 #2
—No es la primera vez que oímos algo así —se defendió Cassian con una arrogancia desdeñosa y calculada para enervar a Eris—. Pero esta clase de situaciones suelen acabar beneficiándonos.
—Esta vez no ocurrirá. No si Koschei está involucrado.
Cassian bufó y respondió:
—Gracias por tu ayuda.
—No te lo digo por ser cruel —espetó Eris—. Lo hago para que no acabéis todos muertos. O peor.
—Pues yo diría que te encantaría —lo provocó Cassian.
Habría jurado que una pizca de dolor le atravesó la mirada a Eris.
—Si, después de todo, de verdad crees esto, es que eres tonto de remate.
Cassian adoptó una expresión neutral. Eris había estado a puntísimo de confesar que le caían bien. Que se preocupaba por el bienestar de todos ellos.
Para evitar tener que plantearse seriamente si Eris los consideraba amigos de verdad, Cassian se dio la vuelta y desplegó las alas.
¿Por qué cojones lo había enviado Feyre a hacer esto?
A lo mejor no era más que una tarea pesada, como las que les encargaba él a los gruñones de sus tropas para cansarlos y que dejaran de quejarse.
Una mano fuerte e implacable lo agarró por el antebrazo. Cassian bajó la vista hacia ese punto y pestañeó a la vez que se llevaba la otra mano a la daga que tenía en un costado.
Eris tenía la mirada incendiada.
—Rhysand es inteligente, eso es cierto. Pero a lo largo de los últimos años ha demostrado ser demasiado compasivo. Peligrosamente compasivo. Este conflicto no lo vamos a resolver a base de conversaciones civilizadas en Storr.
¿Cómo se había enterado Eris de esa reunión? Cassian se zafó de él.
—Como me vuelvas a tocar, te corto la mano.
Eris no cedió, aunque lo soltó y los anillos le centellearon de nuevo bajo la luz del sol.
—El Equinoccio de Otoño es un momento de equilibrio: luz y oscuridad perfectamente unidas en un solo día.
—¿Adónde coño quieres llegar?
—A que tal vez deberíais pensarlo un poco.
Todos. No se puede tener demasiado ni de una cosa ni de la otra.
La luz hace que valoremos la oscuridad y la oscuridad hace que valoremos la luz.
Hace quinientos años, después de la guerra, la balanza se decantó demasiado.
Ahora quieren volver a equilibrarla y puede que Koschei sea el medio para hacerlo. Puede que no sea tan mala idea.
A Cassian se le agitaron las alas.
—Eso díselo a los humanos que están a punto de perder la vida y sus casas.
—Díselo tú a los fae que perdieron las suyas hace quinientos años.
Cassian frunció los labios.
—No he venido aquí para hablar de las cuestiones éticas de esta invasión. Y, a no ser que tengas algo útil que contarme, ya hemos terminado. Disfruta de tu festividad de mierda tan bien equilibrada.
Eris gruñó.
—Yo que tú vigilaría con los insultos hacia la Madre y sus días sagrados. Sobre todo después de lo que te ha dado a ti, nada menos.
—¿A qué cojones te refieres?
Eris se encogió de hombros y su refinada chaqueta resplandeció.
—La Madre os hizo un regalo cuando os dio a tu pareja. No solo a tu corte, sino también a ti. Si yo fuera tú, me pasaría los días arrodillado dándole las gracias a la Madre por eso.
Efectivamente, antes de que Bryce Quinlan llegara, Cassian se pasaba los días arrodillado. No solo para agradecerle a la Madre que le hubiese dado a Nesta, sino además para demostrarle a su pareja lo muchísimo que la apreciaba.
Pero no le pasó desapercibida la dureza que se escondía en los ojos de Eris. Y no pudo evitar regodearse en la miseria de este y preguntar:
—¿Celoso?
—Hice una oferta por ella —espetó Eris mientras se metía las manos en los bolsillos.
Se le movió la daga Hecha que llevaba en el costado y el sencillo mango titiló bajo el sol.
¿La habría blandido ya, el noblecillo? ¿Habría descubierto los poderes que tenía; esos que le otorgó Nesta, fueran los que fuesen?
¿Se había atrevido siquiera a llevarla encima en presencia de su padre o le daban miedo las preguntas que pudiera suscitar?
Se la habían devuelto hacía meses, después de todo el tema de Briallyn.
Pero seguro que Eris no sería tan estúpido como para llevar la daga delante de Beron.
O de cualquier otra persona de la Corte Otoño.
A lo mejor por eso había accedido a reunirse ese día: para tener la oportunidad de llevar la daga encima y fanfarronear de poseerla. Cassian lo veía capaz.
Eris volvió a encogerse de hombros.
—Parejas aparte, cuando Nesta se canse de ti, mi oferta seguirá en pie.
Una rabia apabullante se adueñó de Cassian y el poder hizo que le chisporrotearan los sifones.
—No va a pasar.
Eris sonrió con picardía.
—¿Dónde está, pues? Nos hemos reunido en cuatro ocasiones y no la he visto ni una sola vez. Me pregunto por qué será…
Cassian no se molestó en responder. Daba igual lo que dijera o hiciera Eris, o en quién se convirtiera. Nunca serían amigos; no en el verdadero sentido de la palabra. El noblecillo ese podía irse a la mierda.
Eris entornó los ojos con la vista puesta en el cielo que se atisbaba en lo alto del follaje y añadió:
—Te voy a advertir de algo: como provoquéis al continente para ir a la guerra, como traigáis ese conflicto a las puertas de Prythian… —Bajó la mirada, férrea y abrasadora, hacia Cassian—. Ni siquiera el poder de tu pareja podrá salvaros.
Dicho eso, el muy cabrón se transportó, dejando un torbellino de hojas rojas y doradas a su paso.
Azriel
¡Intruso! ¡Viajero! ¡Desconocido!
Azriel estaba en la casa de la ciudad, leyendo los informes diarios de Nuala y Cerridwen (de momento no había recibido nada relevante ni de Rask ni de Montesere) cuando sus sombras empezaron a envolverlo y a gritar.
¡Intruso! ¡Viajero! ¡Desconocido!
Az salió al exterior, frente a la puerta de entrada, y echó a volar antes de que pudiera pensárselo dos veces.
Hacía un día soleado, la ciudad estaba calmadamente llena de vida, y no notó ni una pizca de descontento en el aire.
Desconocido. Río. Miedo.
Giró las alas, empezó a descender y el agudo sonido del viento le inundó los tímpanos mientras sobrevolaba el Sidra. El agua era de un nítido turquesa claro; había varias barcas en la superficie y los puentes estaban repletos de peatones que no parecían preocupados en absoluto.
Se abalanzó hacia delante para estudiar el agua; era tan cristalina que se podía ver con suma claridad lo que había sumergido a casi diez metros.
Había aprendido a volar de pequeño. Sin embargo, tardó varias décadas en entender el viento, las nubes y la luz de forma instintiva; en confiar en su propio cuerpo para que hiciera aquello para lo que había nacido.
Miedo. Sombras. Escondido…
Le vino una imagen a la cabeza, cortesía de sus sombras. Había algo, alguien, oculto en la sombra de uno de los buques mercantes atracados, agazapado entre la pared del muelle y la nave en sí. Agarrándose a las piedras con unos dedos largos con garras.
Las sombras de Az se acercaron, le enseñaron aquella distintiva proa tallada con ese caballo rampante con cola de pez y él estudió la orilla en busca de… Ahí. Los sifones se le activaron mientras Az aunaba su poder y se preparaba para atacar.
Mor estaba en la ciudad. En algún sitio.
Y Nesta se encontraba en la Casa del Viento.
Todos los demás estaban fuera; sin embargo, si las sombras de Az conseguían avisar a ambas hembras, tal vez podrían hacer frente a esa criatura los tres juntos.
Antes de que supusiera una amenaza para Nyx y la gente de la ciudad.
Cuando pasó volando, los marineros y los mercantes más curiosos alzaron la vista hacia él.
Una intensa ráfaga de viento proveniente del río desequilibró a Az, que tuvo que estabilizarse con tanta fuerza que se le tensaron las alas.
Aquel gigante de madera y velas que andaba buscando se alzó ante él y Az puso todos sus sentidos en el punto en que el casco de la nave tocaba el río, en la sombra que ofrecía justo detrás…
Ahí, ahí , insistieron sus sombras. Miedo. Vivo, pero no del todo. Muerto, pero no del todo.
Azriel se llevó una mano al hombro para asir la espada ilyria. La desenfundó con un silencioso gesto. Ni siquiera se molestó en agarrar El que dice la verdad. Por él, la daga podía desintegrarse.
Aterrizó en la orilla sin hacer ruido e inspeccionó el barco y el río antes de camuflarse con las sombras.
No había nada mejor que ser una mancha de oscuridad en medio de la luz.
Se perdió entre la penumbra del muelle. Una habilidad que Devlon le había hecho aprender por las malas prácticamente desde el primer día en que llegó al Refugio del Viento.
Y cuando superó los conocimientos de Devlon sobre cómo entrenar a cantores de sombras, los otros tutores que llevaron allí consiguieron que Az añorase los días en los que aquel quisquilloso lord ilyrio había estado a cargo de su educación.
Escondido, Az miró hacia el punto que quedaba entre la pared de piedra y el casco de la nave.
Una cara blanca le devolvió la mirada.
Si Az se mantuvo inmóvil por completo y sin hacer caso a sus instintos (que le gritaban que retrocediera, echara a correr y alzara el vuelo) fue porque estaba muy bien entrenado. Y, como permaneció quieto, siguió sin ser más que una sombra. Nada.
Aquel rostro blanco con ojos de pez extremadamente grandes pasó por delante de él, inspeccionando el cielo y el barco. Como si supiera que Az se estaba acercando pero no fuera consciente de que ya se encontraba allí, a escasos centímetros.
Esa criatura era un poco macho y un poco fae. Blanca como los huesos, larguirucha y con unos dedos con membranas y garras en los extremos. No paraba de juntar y separar los labios, y los tenía tan hinchados que parecía que le fueran a estallar. Un pez en tierra firme.
La criatura clavó las garras en el lateral del casco, repleto de percebes incrustados. Tenía la mitad del cuerpo dentro del agua y la otra mitad fuera, pero la que estaba sumergida en el río…