CAPÍTULO 7 #3
Sus melodías le aportaban muchísima alegría, paz y tranquilidad. ¿Cómo no iba a ofrecerles algo a cambio?
Había hecho sus donaciones desde el anonimato, pero por lo visto alguien la había descubierto. Recibió una carta en la que se le informaba de que le ofrecían ese palco en señal de agradecimiento por su generosidad.
«Generosidad». Cuando leyó esa palabra, rio. Nesta también había percibido el gesto de darle la Máscara a Bryce como algo generoso.
Cerró los ojos un segundo. Se centró en la música. En su día, eso conseguía que le entrasen ganas de bailar, de abrirse paso por el mundo con unos rápidos movimientos. Ahora solo servía para llenar el eterno vacío que habitaba en su cabeza.
Bajó la vista de nuevo hacia el Symphonia.
Había salvado un mundo, pero, al hacerlo, había perdido partes de sí misma.
No se arrepentía de la decisión que había tomado; nunca se arrepentiría.
Aun así, de haber sabido cuáles iban a ser las repercusiones de ofrecerle la Máscara a Bryce Quinlan, ¿habría seguido haciéndolo?
Sí , le respondió una pequeña voz. Sí que lo habría hecho. ¿Darle la espalda a un mundo que la necesitaba, por más que no fuera el suyo? No habría podido vivir con la conciencia tranquila.
La sinfonía terminó. Nesta no había estado pendiente de las últimas notas finales. Y casi ni se dio cuenta de los aplausos que retumbaban por aquel enorme espacio mientras se levantaba con el Symphonia metido en el bolsillo del abrigo.
Se marchó por una de las puertas traseras. Y solo cuando estuvo fuera, envuelta por el fresco y neblinoso aire de la noche, solo cuando estuvo segura de que ese estrecho callejón estaba vacío, volvió a sacar el Symphonia.
No le hizo falta comprobar nada para saber que la esfera había capturado toda la sinfonía, había eliminado cualquier ruido proveniente de la multitud y había dejado solo la pureza de la música.
Nunca había capturado ninguna tos ni ningún roce de la ropa, ni tampoco el murmullo de alguien del público.
Excepto una vez.
Al pensar en eso, el Symphonia sacó ese sonido a relucir. Nesta le dio un golpecito con el dedo y lo oyó en medio de esa fría y vacía noche.
Te amo , le susurró la voz de Cassian.
Aquella noche, habían ido juntos a la sala de conciertos. Sentados en ese palco donde hacía un mes que Nesta no se sentaba, Cassian se había inclinado hacia ella en una breve pausa entre movimientos y le había susurrado esas palabras al oído.
Ella no se dio cuenta de lo ocurrido hasta que procedió a escuchar la sinfonía al día siguiente y, de pronto, las palabras de Cassian reverberaron por la habitación.
Te amo. Más que a la vida misma.
El Symphonia nunca había captado ni una sola palabra pronunciada en voz alta hasta entonces. Sin embargo, fue como si, en cierto modo, hubiera sabido que aquellas palabras, articuladas con la voz de Cassian, eran la melodía más bonita que Nesta había oído jamás.
De modo que, ahora que todas sus acciones se erigían como un impenetrable muro entre ellos… Nesta volvió a reproducir esas palabras.
Te amo. Más que a la vida misma.
En ese callejón vacío y con el frío calándole hasta los huesos, Nesta se aferró a esas palabras. Al tesoro que había roto por hacer lo correcto.
Se dio un segundo más para volver a sentir aquellas emociones, ese ardor en la garganta, en el cuello. Acto seguido, se guardó el dispositivo. Levantó la cabeza hacia el río de estrellas que brillaba en lo alto.
Y echó a andar sola en esa amarga noche.
Esa noche Cassian no regresó a la Casa del Viento. Otra vez.
Y, como era así de ingenua, Nesta se pasó casi toda la noche esperándolo. Atenta por si oía crujir un tablón de madera o los pasos ya familiares de Cassian al pavonearse al final de pasillo.
Cuando al final dejó de esperar a que volviera su pareja, el sueño no consiguió sumergirla y Nesta no paró de dar vueltas en la cama hasta que acabó con las sábanas enredadas.
Lo único que la sacó de la habitación fue la apremiante necesidad que sintió por ir a por una taza de té.
Y la apremiante necesidad que sintió por tener algo de compañía la llevó a marcharse a la otra punta de la ciudad, a la casa del río.
Cuando abrió las puertas con el hombro, comprobó que Feyre y Elain no estaban en el comedor. Inhaló el ahumado aunque dulce aroma de su té y de sus delicias favoritas para el desayuno.
Azriel, en cambio, sí que estaba sentado al final de una de esas largas mesas, envuelto entre sombras, por más que en el exterior brillase el sol otoñal. A pesar de que seguro que sabía que Nesta estaba a punto de entrar, Az no levantó la vista.
—Buenos días —lo saludó ella.
Azriel parecía más que dispuesto a ignorarla, pero Nesta lo había hecho más que nada para provocarlo.
Él levantó la vista y murmuró:
—Buenos días.
No había ni tocado el plato repleto de comida que tenía delante. Lo que sí había apurado hasta el fondo era su taza de té.
—¿La comida no está a la altura? —preguntó Nesta mientras se sentaba a la punta opuesta de la mesa.
Az desvió la vista hacia el plato y pestañeó. Como si estuviese sorprendido de ver, efectivamente, que había comida frente a él. Pero no respondió. Sus sombras cOlgaban de sus hombros; a ellas también les daba todo igual.
—¿Dónde están los demás? —se interesó Nesta mientras se servía un poco de comida: huevos revueltos, queso curado, ensalada de rúcula especiada y tostadas.
—Cassian ha ido a ver a Eris. Aunque eso seguro que ya lo sabías.
Azriel miró a Nesta de nuevo.
Punto para el cantor de sombras.
Az prosiguió:
—Amren se ha marchado a la Corte Día para buscar en las bibliotecas de Helion con el propósito de encontrar una pista sobre los objetos Hechos que puede que se hayan despertado o vayan a hacerlo pronto, en el caso de que el dios de la muerte esté moviendo los hilos.
Nesta frunció el ceño. Podría haber ido con ella y ayudarla; le habría encantado tener una excusa para rebuscar entre la amplia y fascinante colección del alto lord de Día.
O entre lo que quedaba de esa colección después de que Amarantha y sus secuaces saquearan muchas de las mil bibliotecas de Helion.
Habría tenido que concentrarse tantísimo que habría logrado no pensar en su pareja. No plantearse preguntas.
—Y Feyre y Rhys —continuó Azriel— están preparándose para ir a reunirse con Jurian y Vassa, y preguntarles por Koschei.
Dio unos golpecitos en la mesa, al lado de su taza de té, con uno de esos dedos repletos de cicatrices.
Nesta miró a los fríos ojos de Azriel y añadió:
—Y para ver a Lucien.
El cantor de sombras apretó los labios. Sus sombras se agitaron.
Punto para la valquiria.
Nesta había visto lo suficiente y se había inmiscuido lo bastante como para intuir qué opinaba Azriel de Lucien Vanserra. Y por qué se sentía así, quizá. Nunca le había dicho ni una palabra a nadie, ni a él ni a Elain. Habían intercambiado más de una mirada con segundas con Feyre, pero nada más.
A Azriel se le afiló la mirada y el sifón azul que tenía en el dorso de la mano le centelleó para sumar énfasis a su reacción.
—¿Y tú? ¿Qué harás hoy? —preguntó con un tono monocorde.
Nesta se llevó una pizca de huevos revueltos y ensalada a la boca antes de responder. Por lo menos había alguien en esa corte con el mismo humor de perros que ella; no era demasiado consuelo, pero ya era algo. Al final respondió:
—Pues hoy tengo que hacer varios recados en Velaris. En realidad, la mitad son míos y la otra mitad, de Amren, pero mañana Clotho necesita que vaya a comprarle un regalo a Nyx, así que voy a ir a la biblioteca. Y, ya de paso, buscaré a Gwyn allí. Tengo que pedirle algo.
Daba igual que llevase semanas sin ver o hablar con su amiga. Eso Az, no tenía por qué saberlo. No era asunto suyo y, teniendo en cuenta lo frío que se había mostrado con ella desde que Bryce Quinlan se había marchado, Nesta no tenía pensado contárselo.
Azriel la observó. Probablemente sus sombras le estuviesen dando algún tipo de información adicional que habían recopilado.
¿Le estarían informando que Nesta casi no había hablado con Gwyn desde el Rito de Sangre?
¿Que echaba tantísimo de menos a su amiga que le dolía físicamente, por más que supiera que tenía que darle espacio sí o sí?
A Gwyn la había aliviado ver salir a Nesta del Rito de Sangre, por supuesto, pero no por eso sintió menos rabia ante el hecho de que Nesta hubiese escogido por ella, en contra de los deseos de la sacerdotisa.
¿Estarían susurrándole esas sombras a Azriel que Nesta estaba carcomida por dentro todos los días que había pasado sin su amiga?
Tenía a Feyre y a Elain y, en ocasiones, a Amren, pero nada de eso podía compararse con la amistad que había forjado con Emerie y Gwyn; sobre todo con esta última. Su hermandad.
—¿Qué tienes que pedirle a Gwyn? —se interesó al fin Az con cautela.
Fue como si sus sombras le hubiesen revelado que tal vez Nesta hubiera planeado algo infame.
A pesar de que esa acusación avivó un fuego abrasador en el estómago de Nesta, respondió con ternura:
—Quiero que deje por escrito todo lo que sucedió en las cuevas con Bryce Quinlan.
Sorprender a Azriel fue tan gratificante como Nesta había esperado. Igual que lo fue ver cómo las sombras resbalaban de sus hombros y se amontonaban en el suelo, alrededor de la mesa.
—¿Tienes permiso para eso? —preguntó serio.
—Sí —mintió.
A Azriel se le contrajeron las alas y sus sombras volvieron a subir a sus hombros, como si estuvieran susurrándole algo. Aun así, Azriel no le dio ningún toque de alerta. Nesta respondió con aspereza:
—¿Quieres venir?
—No.
Agitó la taza de té una vez, dos. El sifón de su mano centelleó.
Como todavía no había acabado de meterse con esa bestia (metafóricamente hablando) y quería deshacerse un poco de la miseria que sentía ella misma, preguntó con una melindrosa sonrisa:
—¿No se suponía que tú irías a los territorios humanos?