CAPÍTULO 7 #4
Azriel volvió a agitar la taza, pero no mordió el anzuelo. En realidad, ni siquiera parecía que se hubiese dado cuenta de que seguían jugando a ese juego.
—Han decidido sustituirme.
Nesta se quedó petrificada. Tanto por lo que acababa de oír como por el hecho de que Azriel se lo hubiese confesado, para empezar. Echó esas ofensivas a un lado y preguntó:
—¿Por?
Azriel no contestó. Las sombras sisearon a su alrededor como un enjambre de abejas enfadadas. Tendría que ver con Rhys, sin duda. Y como Nesta había sufrido muchas veces el enfado y el desprecio de aquel, se ablandó un poco y manifestó:
—En este caso, hoy deberías ayudarme a recordar todo lo que sucedió con Bryce y acompañarme a la biblioteca mañana a contárselo en detalle a Gwyn.
Azriel levantó sus ojos hacia los de Nesta y sus sombras se relajaron, como si la curiosidad las hubiese tranquilizado.
—¿Por qué te molestas en dejarlo por escrito siquiera?
—Porque quiero contarlo todo —le dio un sorbo al té—.
Y creo… —Dio otro sorbo mientras pensaba en cómo decirlo—.
Creo que debería quedar constancia de lo ocurrido.
Porque forma parte de la historia y porque así nosotros lo tenemos de referente.
Esa información se perdió en su día; no deberíamos volver a perderla.
«Creo que tenías esa estrella de ocho puntas tatuada por algún motivo».
Bloqueó ese recuerdo y, levantando el mentón con los ojos puestos en Azriel, añadió:
—Quien encontró a Bryce en el jardín fuiste tú. Seguramente deberíamos empezar a contar la historia a partir de ahí.
Mientras pensaba, Az repiqueteó con un dedo lleno de cicatrices en la mesa. Nesta lo había visto jugando al ajedrez con la misma intensidad. Al final, Azriel respondió:
—¿En lugar de empezar por hace dieciséis mil años?
—No lo sé —reconoció Nesta, agradecida por la relativa normalidad de la conversación, pese a lo enervante que fuese el tema—. ¿Qué es mejor, que empecemos por nosotros y por cómo descubrimos la verdad sobre lo ocurrido, o por lo que sabemos acerca de Theia, Fionn, los daglan y todo lo demás?
«Todo lo demás». Como si tres palabras pudieran englobar lo sucedido en los inicios de este mundo.
Nesta ya les había contado a Rhys y a Feyre la historia que habían descubierto con Azriel y Bryce Quinlan en los túneles que había bajo la Prisión. Aun así, le resultaba imposible dejar de dar vueltas a los pormenores una y otra vez, como si fueran las piezas de uno de los rompecabezas de Amren.
Debería haber tenido a Cassian a su lado para ayudarla.
Debería haber tenido allí a su pareja para analizar hasta la última pizca de información.
Le había dado tantísimas vueltas mentalmente, fingiendo como una estúpida estar hablando con Cassian e intentando pensar en cómo lo explicaría todo, que casi podía recitarlo de memoria.
Hacía dieciséis mil años, este mundo estuvo en manos de unos amos crueles y ruines: los daglan.
Eran casi imposibles de derrotar y, antes de eso, reinaron sobre fae y humanos durante incontables milenios.
Hasta que Fionn (un guerrero legendario que tipos como Cassian o Rhys todavía veneraban) lideró la coalición que acabó por cargárselos, junto con el Tesoro y un sinfín de armas mágicas.
La Madre sabía las ganas que tenía Nesta de preguntarle a Cassian dónde podían localizarse esas armas; cómo un ejército de fae, inferiores en poder y tamaño, fue capaz de enfrentarse a seres prácticamente divinos y vencerlos.
Nesta sospechaba que el muy imbécil había hablado del tema con Rhys. Y lo más seguro era que con Az también.
Era parte de la historia que ni siquiera Amren sabía porque, en esa época, ella estuvo en la Prisión.
Había sobrevivido algo de información, un tanto ambigua y para nada tan detallada como la que tenían ahora ellos.
Tras derrotar a los daglan, los fae se establecieron como el poder dominante de este mundo, esclavizando a los humanos de la misma forma en la que, en su día, los habían esclavizado a ellos mismos.
Por más vueltas que le diera Nesta a esa historia, seguía dejándole mal sabor de boca.
Otro tema más para hablar con Cassian: ¿cómo podía aceptar ser una nueva fae y llevarse bien con su gente a sabiendas de lo que les hicieron antaño a sus antepasados?
¿A sabiendas de lo que muchos de ellos querían seguir haciéndoles?
¿Cómo se sentía Cassian al respecto? ¿Qué le parecía que los antiguos héroes a los que tanto adoraba se hubieran aprovechado de su libertad para esclavizar a otros?
Fionn, el gran guerrero y salvador de los fae: un esclavista para los humanos.
Nesta era incapaz de interpretar los matices. Estas cosas siempre se le habían dado mejor a Cassian; tal vez él habría podido explicarle cómo era posible que, en su día, Fionn fuese bueno y, aun así, hiciera cosas terribles.
Humanos aparte, habían mantenido cierta paz durante mil años. Los fae formaron reinos y territorios, y Prythian fue gobernado por un alto rey con una alta reina a su lado: Theia. La primera y última alta reina de Prythian.
Amarantha, que se autoproclamó alta reina de Prythian durante su reinado, no contaba. Ese monstruo nunca fue una verdadera reina en ningún sentido.
Pero Theia gobernó esas tierras. Y, en los túneles que había bajo la Prisión, Nesta y Azriel descubrieron la historia secreta de la corte olvidada que Theia estableció única y exclusivamente para refugiarse y para uso personal.
Algo que, en la actualidad, tal vez pudiera considerarse una octava corte: la Prisión.
La Prisión, que en su día fue un lugar fértil y repleto de vida. La Prisión, que en su día fue gobernada por una alta lady con luzastral en las venas.
No obstante, al final, esa luzastral fue una especie de veneno que avivó y justificó una ambición de poder despiadada. Theia había traicionado a su marido, Fionn, al apoderarse de la gran espada de este: Gwydion.
Tal vez fuera mejor que Nesta no hubiese hablado de ello con Cassian.
Seguro que él habría soltado alguna crítica argumentando que Theia se adueñó de los objetos mágicos que le apetecieron, y que Nesta usó el Tesoro a su antojo y le dio la Máscara a Bryce.
Al imaginarse cómo iría esa discusión, apretó los dientes.