Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 7 #2
32%

CAPÍTULO 7 #2

No eran las asesinas de Azriel. Estas matanzas solía llevarlas a cabo con sus propias manos para así manchar su propia alma.

O usaba uno de los exclusivos calvarios vivientes que le prestaban servicio.

Sin embargo, como espías suyas que eran, políticamente inteligentes y en quienes Az más confiaba, en ocasiones tenían que salvarse el pellejo ellas solitas.

O sacarle una respuesta a algún enemigo en un abrir y cerrar de ojos.

—Bien —respondió él desviando la vista hacia los ventanales a través de los cuales veía cómo se despertaba la ciudad, que ya se había sumido en el más absoluto caos matutino—.

Permaneced ocultas en todo momento. Si podéis, pasadme información a diario.

Si os enteráis de cualquier cosa acerca del objeto Hecho, quiero que me lo digáis de inmediato.

Si encontráis cualquier pista sobre Koschei o una caja negra hexagonal, avisadme enseguida.

Puede que esté escondiendo el secreto de su inmortalidad ahí.

Las mellizas asintieron y desaparecieron, dejando solo una voluta de oscuridad a su paso.

Ahora que no tenía compañía alguna más allá de sus pensamientos y sus sombras, adormiladas a sus pies, Az cerró los ojos. Al final, el sueño lo encontró.

Dudaba que la dicha real fuera a encontrarlo con tanta facilidad. Y se preguntó si alguna vez le importaría lo suficiente como para cuestionarse el porqué.

Nesta

La música fluía y envolvía a Nesta como las cascadas de un río, inundando la sala de conciertos con su glorioso sonido.

A lo largo de las últimas semanas, zambullirse en ese sonido era fuente de alivio y alegría; una de las pocas veces en las que se sentía así desde que llegó Bryce Quinlan. Sin embargo, después de lo ocurrido el día anterior, la sensación de estar completamente inmersa en algo…

El día anterior casi se había ahogado.

Le había ido por los pelos. A excepción de Rhys, no lo sabía nadie.

Y, por la noche, ambos se habían sentado a la mesa familiar a la hora de cenar y habían fingido que no había ocurrido nada.

Sin Cassian allí, que no solía quitarle el ojo de encima, nadie se había percatado de que estaba medio perdida en sus pensamientos, revisando todos los errores que había cometido y todas las palabras que había intercambiado con Rhys en el estudio.

—¿Puedes transportarte? —le preguntó el alto lord, que, visto lo visto, no sabía si mostrarse enfurecido o maravillado.

—Lo intento —lo corrigió ella. Estaban los dos empapados y respirando con pesadez—. ¿Cómo has sabido dónde estaba?

—Te he oído gritar: «¡Búscame, búscame, búscame!». ¿O iba dirigido a otra persona? —se interesó Rhys secándose el agua de los ojos.

Tan aturdida se había quedado que tardó un minuto en responder.

—No me he dado cuenta de que estaba enviándole mis pensamientos a alguien. No… Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza.

—¿Tenías previsto hundirte en lo más hondo del océano y esperar a que nos diéramos cuenta de que te habías ahogado?

—He entrado en pánico —espetó—. No esperaba acabar… allí.

—¿Por qué narices intentabas llegar a la Prisión?

Nesta sacudió la cabeza. No quería responder.

A Rhys le centelleó la mirada. Era una advertencia letal.

—Ya basta de secretos, Nesta.

—No es ningún secreto —contestó ella aunando finalmente la fuerza necesaria en las piernas como para poder levantarse.

El agua le chorreaba por los pantalones y le caía por las botas, que rechinaron con cada uno de los dos pasos que dio para alejarse de él—.

Es que… —Se obligó a aguantarle la mirada a Rhys.

A mirarlo con la misma supremacía—. Muchas cosas terribles acaban en la Prisión.

He pensado que el objeto Hecho ese quizá también estuviese escondido allí.

Sabía que era poco probable, pero he creído que, por probar, no le haría daño a nadie.

En especial, porque parece que todo lo que ha sido Hecho se está despertando.

Quería saber más cosas, pero eso no era asunto de Rhys.

Este ladeó la cabeza y siguió goteándole agua de su pelo negro como la noche.

—¿Por qué?

Más que a pregunta, sonó a orden.

Nesta le aguantó la mirada de nuevo. No le respondió. No se lo contaría ni en ese momento ni nunca. Rhys separó los labios para mostrar los dientes y rugir en silencio.

A Nesta le temblaron las rodillas a causa del esfuerzo por mantenerse en pie y tensó el cuello para evitar agachar la cabeza. Con tal de pensar en otra cosa que no fuera en ceder, en claudicar, respondió:

—¿Por qué no querría ayudar a esta corte? ¿Al mundo?

Rhys desdibujó aquella mueca del rostro y, en su lugar, apareció una recelosa curiosidad. Chasqueó los dedos y el agua que empapaba a ambos se disipó. Antes de marcharse, dijo:

—La próxima vez que quieras ir a husmear en la Prisión, avísame. Y si deseas aprender a transportarte… —Negó con la cabeza, con la mano ya en el pomo—. Para eso también, joder.

Dicho esto, Rhys se fue y Nesta se había pasado el día practicando. Y una mierda le pediría a él que le enseñara a transportarse.

No sabía dónde se había metido Cassian esa noche.

Se había marchado el día anterior al Refugio del Viento con Azriel y, a pesar de que ese último había regresado la noche anterior para cenar, Cassian no había vuelto.

Había preferido quedarse en plena naturaleza y dormir en la antigua casa de la madre de Rhys.

Últimamente era bastante habitual.

Nesta se miró la mano izquierda. El anillo de apareamiento centelleaba bajo la tenue luz de la sala de conciertos. En la derecha lucía una pequeña esfera plateada. El Symphonia.

Solía ir allí a menudo para que el dispositivo absorbiera la música (con permiso de la orquesta, por supuesto) y así ella pudiese escucharla cuando le apeteciera. Esa noche, en cambio, a duras penas había oído la melodía. Solo había escuchado sus lúgubres pensamientos en bucle.

Deseaba poder hablar con Cassian de eso.

De todo. Que el Caldero la maldijera, pero lo deseaba con todas sus fuerzas.

Aunque ¿por dónde empezar? Cassian seguía furioso por lo de la Máscara.

¿Cómo reaccionaría si supiera que Nesta se transportaba, que quería ir a la Prisión, o de la cosa esa enorme que la agitaba por dentro?

Hacía semanas que no se acostaban. Desde que llegaron Ember y Randall.

Cassian a veces dormía en la cama al lado de Nesta, pero no la buscaba.

Casi no hablaba con ella. La conversación que habían mantenido el día anterior en el pasillo, por miserablemente bochornosa y desagradable que hubiese sido, fue lo único que se habían dicho en días.

¿Las parejas podían… dejar de serlo? ¿Podía fracturarse tantísimo el vínculo que no hubiera forma de repararlo?

Cuando Nesta se encaró con Cassian y le habló de la distancia que él había puesto entre ellos y de su ira contenida, este respondió: «Esconderle las cosas a Rhys es una cosa. Escondérmelas a mí es otra totalmente distinta».

Pero es que Nesta nunca tuvo la posibilidad de plantearse siquiera el esconderle sus planes a Cassian, o incluso de compartirlos con él.

En un segundo se hallaba leyendo en la biblioteca de la Casa del Viento y, al siguiente, apareció Bryce rogándole que le dejara la Máscara y poniendo a sus padres no solo como aval, sino también para refugiarlos de la ira de los asteri.

Nesta vio la desesperación en los ojos color ámbar de Bryce y supo lo que tenía que hacer. No tuvo tiempo para meditarlo. Aunque tampoco le hizo falta.

Poco importó que, más adelante, Bryce saliera victoriosa de su lucha contra los asteri.

O que hubiese devuelto lo que había robado y lo que le habían prestado, y que hubiese llevado algo más.

O que sus padres hubiesen desaparecido como el rocío del alba para regresar a su propio mundo.

A nadie le importó que Nesta hubiese encontrado algo en Ember que ni siquiera ella sabía que anhelaba tanto.

«Encontrarás tu camino» .

Luego, Nesta intentó explicárselo todo, literalmente todo, a Cassian. Él no quiso escucharla.

«Por fin estábamos llevándolo todo de nuevo por el buen camino», le dijo él antes de marcharse. «No entiendo por qué tenías que…». Dejó la frase a medias y Nesta no tuvo el valor para pedirle que la acabara.

«Cargártelo». Eso fue lo que Cassian estuvo a punto de añadir.

Nesta se había cargado esa paz y ese afecto provisional con Rhys y los demás.

Todo lo positivo que había logrado al salvar a Nyx y a Feyre (y, a su vez, a Rhys) quedó aniquilado.

Incluso Elain seguía mirándola con recelo.

Cuando se enteró de lo de la Máscara, se quedó atónita y decepcionada.

De modo que, en el fondo, Nesta ni siquiera tenía a quién pedirle que la acompañara al teatro. Tal vez pudiera echar mano de Feyre, pero sabía lo ajetreada que iba su hermana, y pretender que fuera a la sala de conciertos con ella habría sido otra carga más, ¿o no?

Nesta se sentó en la parte más alta del teatro porque quería pasar tan desapercibida como fuera posible y que no la molestaran.

Aunque esa noche no parecía que fuera a ser un problema.

La sala estaba medio llena y casi todos los asistentes se habían sentado en las zonas inferiores.

Las funciones que se celebraban en mitad de la semana no solían atraer a grandes multitudes, pero a Nesta le gustaba más así.

Le daba la sensación de que la música era única y exclusivamente suya.

Podría disfrutar de asientos mejores. De hecho, unos pisos más abajo había un palco dorado que, técnicamente, era de Nesta.

Había ido donando casi todo lo que le pagaba la corte a esa orquesta y a algunas otras de Velaris.

¿Qué otra cosa iba a hacer con el dinero?

Tenía todo lo que necesitaba y, por más que Rhys y Feyre destinaran una buena cantidad de su propia fortuna a causas artísticas de la ciudad, Nesta había visto, de primera mano, la cantidad de reparaciones que había que hacer a todas horas y lo poco que ganaban los músicos.