CAPÍTULO 7
Azriel
Cuando Az reunió a Nuala y a Cerridwen en la casa del río, el sol aún no había salido del todo en el horizonte.
Hacía horas que Rhys lo había pillado con Elain, pero Az no se había vuelto a dormir.
Aunque tampoco se había atrevido a acercarse a la habitación que había al final del pasillo, donde seguramente Elain también seguiría despierta.
Sabía la Madre cómo encontraría Az las palabras para hablar con ella, o la forma de estar en la misma habitación que ella después de lo de la noche anterior.
Cuando algo tenía que ver con ella, cómo no, sus sombras no servían de nada.
En ese mismo instante estaban descansando a sus pies; parecía que estuviesen dormitando.
Y peor que eso con Elain… Sabía la Madre cómo gestionaría las cosas con Rhys. A Az no le apetecía ver a su hermano hasta que hubiera pasado mucho tiempo.
Pero tenía cosas que hacer. Obligaciones con esa corte y con la gente a la que quería.
Sentado en el sofá frente a la chimenea apagada, recolocándose los sifones en las manos llenas de cicatrices, Azriel se encontró con la vista clavada en las profundidades del color azul océano de la piedra que llevaba en el dorso de la mano derecha.
Aquella superficie de piedra pulida, suave e impecable, parecía burlarse de sus muchas cicatrices.
Y ahora, mientras observaba la piedra, una de las siete que llevaba, casi pudo verse aún magullado, maltrecho y medio muerto tras el Rito de Sangre, metiendo la mano en ese antiguo brasero de llamas (un guiño al Caldero) de donde intentarían extraer piedras los nuevos guerreros.
Solo los ilyrios con una magia lo bastante poderosa serían capaces de sacar un sifón de las llamas.
Al igual que ocurría cada año, siete guerreros lo llevaron desde su lugar sagrado de descanso en las estepas ilyrias hasta el Refugio del Viento (el campamento de guerra más cercano a Ramiel) exclusivamente para la ocasión.
Ilyrios de todas partes acudieron para ver quién salía con vida del Rito de Sangre y quién no; quién llegaba al pie de la montaña y quién era lo bastante fuerte como para empezar a escalarla.
Y quién, tal vez milagrosamente, llegaba a esa imposible cima.
La respuesta a esta última incógnita solía ser una: nadie.
Sin embargo, Az, Rhys y Cassian lo lograron.
Juntos. En contra de todo pronóstico, lo consiguieron.
Y luego ya solo les quedó un último paso para completar el Rito.
Az sabía que intentar sacar la piedra de las eternas llamas de esa hoguera sagrada implicaba meter las manos, desnudas, en el fuego.
Se había mentalizado, se lo había ido repitiendo sin cesar.
Había visto a guerreros recién nombrados metiendo las manos en esas llamas y extrayendo piedras con la piel intacta gracias a su magia sagrada.
Cuando un principiante poderoso completaba el Rito de Sangre, la magia que corría por Ilyria permitía a los machos (ahora ya verdaderos guerreros) hacerse finalmente con sus sifones.
Y, aun así, Azriel dudó. Dio igual lo mucho que se lo hubiese repetido o con cuánto ímpetu le gritara su mente que moviera el cuerpo, que introdujese la mano en las llamas. Por un segundo, regresó a esa fortaleza y oyó a sus hermanastros burlándose de él mientras gritaba y se le derretía la piel…
Rhys se dio cuenta. De alguna forma, fuera como fuese, Rhys siempre conseguía saber qué le pasaba. Y por más que el agotamiento mental y físico de ambos amenazara con hacer que se desmayaran, Rhys se percató de ello. Estamos aquí , le dijo el hermano de Az, de mente a mente.
Tenía a Rhys a un lado y a Cassian al otro. Sus hermanos, sus hermanos de verdad, estaban con él. De modo que Az alargó el brazo y metió la mano en las llamas.
Por lo general, solía bastar con una única piedra para controlar el poder que corría por las venas de un ilyrio; un poder que, sin esas piedras, resultaría chapucero y peligroso.
En el folclore no se hacía mención alguna a por qué la Madre había hecho así a los ilyrios.
A lo mejor no era más que una maldición. No le habría sorprendido en absoluto.
Cuando Az cogió la primera piedra y esa llama le subió de forma inocua por su ensangrentado brazo, supo que no era suficiente.
A la que metió la mano de nuevo para sacar una segunda piedra, alguien ahogó un grito. Aterrado, asqueado.
Más , le ordenó su magia. Así que cogió una tercera.
Aquella consternada multitud de ilyrios ya había empezado a agitarse.
«Demonio», susurró alguien. La misma palabra que había oído durante toda su vida.
No había cambiado nada desde que llegó al Refugio del Viento hacía una década.
Incluso mejorando en su formación como cantor de sombras y superando también las enseñanzas de Devlon (que había entrenado al último hacía siglos) para que aprendiera a espiar, a matar y a descuartizar, la gente lo temió aún más.
Una cuarta piedra, seguida de una quinta. Una sexta.
Cuando sacó la séptima piedra de las llamas, las hembras ya se habían ido con sus hijos aferrados a ellas mientras huían del Refugio del Viento.
Solo se quedaron los machos, enrabiados y con expresión férrea.
Aun así, ellos no podían hacer nada. Nadie podía hacer nada.
Los ilyrios, por cabrones que fueran, eran tan ciegamente fieles a sus tradiciones que no podían negarle esto a Azriel.
Cualquier otra cosa, sí, pero esto… Nunca.
Poco importaba que todas las piedras fueran del mismo tono azul cobalto casi turquesa. Aunque era extraño. Y Azriel nunca llegó a entender el porqué. Seguía sin entenderlo.
Giró la mano y vio cómo la tenue luz hacía centellear la piedra de tal forma que parecía el Sidra bajo el sol.
La estupefacción que pudieran haber sentido los ilyrios cuando Az sacó esas siete piedras no fue nada en comparación con la rabia que mostraron cuando Cassian, ese bruto bastardo, sacó siete más de color rojo al cabo de un minuto.
Todas las piedras eran tan llamativas que fue como si Cassian le hubiese arrancado el mismísimo corazón a esa llama.
Cassian sonrió con cada piedra que sacó, provocando así a los demás machos y desafiándolos a que intentaran detenerlo.
Az simplemente los fulminó a todos con la mirada mientras pensaba, con antelación, cómo usaría esos sifones que ahora le pesaban en los bolsillos para cargarse a todos y cada uno de esos machos. Cuando Cassian hubo terminado, Az ya había decidido que empezaría por su progenitor y sus hermanastros.
Ejecutó su plan al cabo de una década.
Az descansó la mano en el regazo y apartó ese recuerdo de su mente. No porque le diera asco, sino más bien lo contrario. Cosa que, supuso, lo convertía en alguien igual de cabrón que los ilyrios de los que se había vengado hacía ya tantos siglos.
En un abrir y cerrar de ojos, invocó a Nuala y a Cerridwen frente a él.
Las mellizas, semiespectros, semialtas fae, aparecieron bostezando y ataviadas con sus habituales blusas y pantalones negros que tanto se asemejaban al estilo favorito de Amren.
Las sombras se agitaron y se enroscaron, formando unos remolinos pequeños, para darles la bienvenida antes de volver a acomodarse a los pies de Azriel.
—¿Una noche larga? —les preguntó a las mellizas a modo de saludo.
Nunca se había molestado en recurrir a formalidades con ellas. Jamás había tenido que sufrir charlas triviales.
Cerridwen, la más impertinente y osada de las dos, estiró los brazos, oscuros como la noche, por encima de la cabeza.
Su cuerpo entero desprendía zarcillos de sombras.
Las mellizas eran algo extraño que quedaba a medio camino entre la bruma y una figura física de carne y hueso, entre lo vivo y…
lo que quiera que pasara con los espectros.
Azriel no tenía ni idea de quiénes eran los padres de las mellizas.
Cuando las encontró hacía siglos, ellas ya llevaban bastante tiempo solas y se ganaban la vida haciendo de mensajeras de un mezquino lord criminal en uno de los puebluchos que había pasadas las estepas ilyrias.
Entrenarlas le resultó casi perturbadoramente fácil.
A estas alturas, las hermanas seguían sin hablar de su vida antes de convertirse en sombras de Azriel. Casi literalmente, supuso.
Azriel sabía que era mejor no preguntar. La Madre era testigo de que él no quería hablar de su propio pasado. Y mucho menos quería que le gente fisgoneara.
—El que parece que ha tenido una noche larga eres tú —señaló Cerridwen marcando bien esa última palabra.
Nuala la advirtió con la mirada.
A ellas no se les escapaba nada. Sobre todo porque se habían acostumbrado a pasar tiempo con Elain y la ayudaban a hornear.
Al principio, a Azriel le pareció encantador, pero ahora…
Les daba demasiadas pistas y demasiada información sobre la vida de Azriel.
Las mellizas sabían exactamente lo que ocurría; eran demasiado listas como para no haberse dado cuenta o como para no entender la reacción de Elain cada vez que alguien mencionaba a Azriel en una conversación.
—Si ya os habéis enterado —las regañó Azriel—, no hace falta que os cuente qué ha sucedido.
A Cerridwen le desapareció la sonrisa socarrona de la cara.
Una de sus sombras se agitó para luego volver a quedarse quieta.
Nuala, que era más tímida pero también más inclemente, se limitó a decir:
—Ya lo tenemos todo listo para irnos a Montesere y a Rask.
Detrás de ella, entre las sombras, apareció una bolsa oscura de la cual sobresalían unas centelleantes armas. Nuala se la colgó del hombro y le pasó otra igual a su hermana.