CAPÍTULO 6 #2
—¿Te dije o no te dije que te mantuvieras alejado de ella el invierno pasado? —le preguntó con una calma aterradora.
Az no contestó. Hizo de tripas corazón y se preparó para la tormenta que estaba a punto de desatarse.
—¿Te dije o no te dije —repitió Rhys, con la misma quietud que una pantera a punto de atacar— que si tenías que tirarte a alguien te fueras a buscar el placer en la ciudad? Aquí no. —Señaló la puerta por la que acababa de huir Elain—. Con ella no.
Un frío glacial que Az no había sentido jamás lo invadió y lo entumeció mientras le decía a su alto lord:
—No puedes dictarme con quién estar.
Rhys respondió con un tono aterradoramente calmado:
—Su pareja es nuestro aliado. Lo sabes tú y lo sabe ella.
Y, aun así, aquí estáis: cubiertos en el olor del otro.
Tenía previsto enviarte a tierras humanas mañana, pero ahora…
Iré yo mismo. A Lucien le bastaría con olerte una sola vez para que le quedase muy claro a qué os habéis dedicado a sus espaldas. Y a las mías también.
Las mismísimas rocas de la cocina temblaron. Az casi nunca lo había visto así de enfadado. Y menos con él.
—Sé cómo disimular lo del olor —se atrevió a responder Az.
Hizo un único gesto con la mano y sus sombras se arremolinaron a su alrededor y también alrededor de la cocina, del pasillo e incluso de Elain.
Está subiendo a sus aposentos a toda prisa , le informaron sus sombras.
Envolvieron a Azriel y el olor desapareció.
O, mejor dicho, quedó camuflado. Escondido entre una sombra y la otra.
Tal y como había hecho cada vez que habían compartido encuentros de este tipo.
Tal y como había aprendido a hacer como jefe de espías para que su olor no lo delatara entre sus enemigos.
Rhys apretó la mandíbula.
—Por más que admire ese truco tuyo, esta no es la cuestión. —Antes de que Az pudiese contestar, Rhys ladeó la cabeza, cual depredador, y preguntó—: ¿Te merece la pena? ¿Arriesgarnos a perder a los pocos aliados que tenemos por esto?
A Az se le heló el corazón.
—Ya hablamos de esto en el solsticio.
—Por lo visto, no sirvió de nada. —En los ojos de Rhys no había ni el más mínimo atisbo de luz—. Y, por lo visto, no entendiste las consecuencias de las que te hablé.
Azriel soltó una áspera risa, desprovista de humor alguno.
—¿Qué consecuencias? ¿Me mandarás a la Casa del Viento igual que hiciste el año pasado con Nesta?
Fue un idiota por provocar así a su alto lord, por retar a un depredador que ya estaba preparado para atacar. Pero Az también era un depredador. Y su monstruosidad podía igualar la de Rhys en cualquier momento.
Rhys se lo quedó mirando como si no lo hubiese visto jamás, y aquella resolución asesina se convirtió en incredulidad. En asco. La vergüenza se apoderó ligeramente de Azriel. Quien lo estaba mirando así no era su alto lord, sino su hermano.
Con un tono más delicado, Rhys dijo:
—Dejando de lado la alianza con Lucien, yo me pasé meses agonizando, ¿sabes? Cuando me di cuenta de que Feyre era mi pareja. Me pasé meses agonizando hasta más no poder porque sabía que era mi pareja y que estaba compartiendo cama con otro.
—Eso fue decisión de Feyre. Igual que ahora lo es de Elain —respondió Azriel con desdén.
—Cierto —contestó Rhys en voz terriblemente baja—.
Pero eso no quita que, como la pareja de Feyre, el hecho de saber que estaba con otro me desgarrara un poco por dentro.
Feyre no tenía ni idea de que éramos pareja; ni siquiera era consciente de estar tomando esa decisión.
Pero Elain sí. Y puede que ella no entienda lo agonizante que resultará eso para Lucien, pero yo sí lo entiendo. Y tú también.
Azriel dijo en tono sobrador:
—Lucien no tiene derecho a agonizar por ella. Es su vida, su cuerpo. Elain puede hacer lo que quiera y con quien quiera.
—No te voy a llevar la contraria con eso.
Yo estoy del todo a favor de la independencia de los demás.
Pero no le desearía el dolor que sentí yo esos meses ni a mi peor enemigo, y muchísimo menos a un aliado tan valioso como Lucien.
Además, no pienso ser cómplice y decepcionarlo, y menos aún cuando esto está ocurriendo bajo mi techo.
Así que, o se lo contáis a Lucien y os cargáis lo que hemos construido con él, o te tiras a Elain en otra parte. Pero aquí no. Aquí, nunca.
Azriel dejó de fingir ser un macho decente, civilizado. No era ni una cosa ni la otra. Nunca lo había sido, por más que la Madre supiera cuánto lo había intentado.
—Elain no le debe ninguna explicación a Lucien. No lo escogió. No quiere ser su pareja. Es un error.
Tenía que ser eso.
—¿Por qué lo haces? —le preguntó Rhys sombríamente y con la voz rasposa—. ¿Todavía crees que eres tú quien debe estar con ella?
Azriel se lo había dicho en el solsticio. Tres hermanas para tres hermanos.
Pero la tercera hermana le había tocado a otro.
Para ser sinceros, Azriel pensaba que Lucien era un macho respetable, pero no pintaba nada en sus vidas.
No tenía sentido. Si esto no era un error, entonces tenía que ser una especie de broma divina.
A lo mejor la Madre estaba castigando a Az por haber derramado tanta sangre y haber causado tanto dolor.
Bueno, la Madre podía castigarlo tanto como quisiera. Parejas aparte, él seguiría yendo a por lo que quería.
Cuando Rhys vio que Azriel no iba a responder, negó con la cabeza, despacio, y sentenció:
—No voy a castigarte.
Az exhaló. A lo largo de los siglos, Cassian, Rhys y él se habían hostiado que daba gusto, por supuesto, pero en realidad Rhys nunca había castigado a sus hermanos. Siempre los había tratado como a iguales.
El enfado desapareció por completo del rostro de Rhys. Sin embargo, esa expresión de puro asco persistió. Az nunca había visto a Rhys mirándolo de esa forma. No quería volver a experimentarlo jamás.
Y Rhys lo sabía. Pero, con suma decepción y agotamiento, su alto lord concluyó:
—Haz lo que quieras, Azriel. El mundo ya está en llamas. —Se hundió las manos en los bolsillos antes de dar media vuelta y echar a andar—. Demasiados fuegos tengo que apagar ya como para ocuparme también de este lío tuyo.
—Que te jodan —exhaló Azriel.
Rhys se detuvo y respondió:
—Antes me enorgullecía decir que eras mi hermano.
Esas palabras fueron un golpe bajo que se clavó en lo más hondo del corazón de Az.
Rhys desapareció en un abrir y cerrar de ojos entre la noche.
Y, por más que Azriel siguiera teniendo a sus sombras pegadas a él, murmurándole al oído como si fueran la amante cuyo aroma dulce como la miel continuaba oliendo, nunca se había sentido tan solo.