Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Azriel

Eran las tres de la madrugada pasadas. Azriel sabía que debería estar durmiendo. Sabía que debería estar en su habitación. O en la Casa del Viento. Seguramente debería estar en la otra punta del territorio, tratando de averiguar algo para su alto lord y su alta lady.

Pero ahí estaba: en las cocinas de la casa del río, con las ascuas del brasero medio apagadas. Hasta sus sombras se habían desperdigado, como si ya estuvieran listas para irse a dormir.

Y él, allí: apoyado en la encimera y ronroneando contra ese cálido y sedoso cuello.

Dioses, qué bien sabía. Qué dulce. Qué pura. Y él era un monstruo por estar allí, por estar saboreándola. Pero ya había asumido ese rol de monstruo que merodeaba por la noche. Mucho antes de que apareciera ella.

Ella, que tenía las piernas alrededor de la cintura de Azriel, lo apretó todavía más para acercarlo. A Az le dolió la polla, dura contra el tenso cuero de los pantalones, cuando le rozó el sexo a sabiendas de que estaba mojada.

Deseaba esto. La deseaba a ella. Más de lo que había deseado a nadie jamás. Ahora que no tenía a las sombras a su alrededor, se sentía desnudo. Seguía con la ropa puesta, pero se sentía desnudo frente a ella.

Le echó la cabeza más hacia atrás para poder besarle el cuello y saborear su deliciosa piel.

Elain Archeron gimió y, joder, ese sonido casi lo mató.

Azriel no debería estar ahí. Por un sinfín de razones.

Rhys lo había advertido hacía casi un año de que se mantuviera alejado de Elain.

Y lo había intentado. Lo había intentado con todas sus fuerzas.

Hasta el mes pasado, cuando cometió el error de quedarse a pasar la noche allí, una única vez; olió el olor a pan recién hecho justo antes de que llegara el alba y se aventuró a entrar en las cocinas.

Fingió que no sabía quién estaría despierta a esas horas.

Sin embargo, empezó a ponérsele duro el pene incluso antes de verla amasando y medio cubierta de harina.

Y cuando Elain levantó sus grandes ojos marrones, unos ojos que recordaban a los de una cierva, y formó una pequeña y perfecta «O» con los labios…

Nadie dijo nada. Las sombras de Azriel desaparecieron y la sala se iluminó.

El mundo entero se iluminó, al igual que ocurría siempre alrededor de Elain.

Poco importó que a duras penas hubiese hablado con ella desde el Solsticio de Invierno, cuando intentó regalarle un collar solo para que ella se lo devolviera.

Después de toda la mierda que había vivido en las cuevas con Nesta y Bryce, después de que esta le robara El que dice la verdad y la estupidez de Nesta lo pusiera todo en peligro, después de lo que Azriel había descubierto durante la guerra contra Hybern… Nada importaba.

De modo que, cuando se enteró de que Nesta le había dado la Máscara a Bryce, se acercó a Elain. Cogió su hermosa cara entre las manos y esperó a que ella le susurrara que sí antes de besarla. Con ahínco y pasión, tal y como quería hacer desde hacía tantísimo tiempo.

Enseguida se preguntó si podría morir de eso; de ese beso, del roce de su lengua.

De cómo se retorcía ella contra su cuerpo, de la suavidad de sus pechos.

Decidió saborearle la boca a su antojo y, cuando terminara con eso, seguiría con su sexo.

Ya se imaginaba una lista de todas las cosas que quería hacer con ella cuando oyó unos discretos pasos fuera de la cocina.

Desapareció hasta convertirse en una sombra, dejándola sin aliento y con más bien poco tiempo para arreglarse antes de que entrara alguien del personal de cocina con los ojos adormilados.

Se prometió a sí mismo que esa situación no volvería a repetirse nunca más. Elain era la pareja de otro macho.

Y, sin embargo, Azriel regresó al cabo de una semana. A la misma hora antes del amanecer. No la había tocado; no como quería hacerlo. Todavía no. No habían compartido más que algunos intensos besos robados antes de que llegara el turno de mañana.

Y así la siguiente semana. Y otra más. Eran unos encuentros fugaces y casi salvajes en los que Azriel nunca dejaba que ocurriese nada por debajo de la ropa, aunque sí que le había amasado los pechos por encima del vestido y había besado su apretado escote.

Sin embargo, aquella impetuosa necesidad no le impedía notar el ligero aroma al vínculo de pareja que emanaba de Elain.

Una marca en su sangre; una que Elain no deseaba, pero que tenía por igual.

Azriel lo detestaba. Se obligó a ignorarlo la primera vez y eso mismo había seguido haciendo desde entonces.

Pero ahí estaban de nuevo. Solo que ahora eran las tres de la madrugada y todavía faltaba muchísimo para que llegase el alba.

Había pasado la noche en la casa del río; tenía previsto despertarse a la hora de siempre, pero había olido el pan.

Mientras soñaba, había notado el olor a pan horneado y ese aroma lo había despertado.

Había seguido su rastro, cual sabueso, hasta allí.

Hasta el lugar en el que el olor a pan se mezclaba con el de jazmín y miel que envolvía a Elain ya de por sí.

Elain, que estaba esperando. Horneando… Y esperándolo. A él.

Ella le bajó la mano por el torso con la intención de acercársela a la polla, pero Azriel la agarró con delicadeza por la muñeca y la detuvo.

—Todavía no —musitó él con los labios pegados al cuello de Elain.

Levantó los ojos para mirarla. Era preciosa. Era cándida y abierta y todo lo bueno del mundo. Tan buena era que las sombras de Azriel seguían desaparecidas. Se habían largado en cuanto él había entrado en la cocina.

Quería más; de aquello, de ella. Era su salvación.

Eso era Elain. Puede que Azriel fuera un monstruo, puede que fuera un demonio desalmado que no valía nada; pero estar allí, en los brazos de Elain…

Era su salvación. La única oportunidad que tenía de sentir alegría.

A juzgar por cómo se había sonrojado y por el intenso centelleo de su mirada, ella sentía lo mismo.

Y eso fue suficiente para que Azriel se armara de valor y dijera lo que no le había dicho nunca a nadie. Quería que lo conociera.

—De pequeño… —Se le cerró la garganta, pero siguió hablando—: Mi vida era un infierno. Cada día, a cada hora. Y…

Le costaba encontrar las palabras adecuadas. No solo para describir lo que le había ocurrido en el pasado, sino también para explicarle por qué era importante que se lo estuviese contando a ella ahora.

Elain se limitó a colocarle la mano en la mejilla con ternura y a acariciarle su acalorada piel con el pulgar.

—Podríamos… Buscar una habitación —sugirió ella tímida y con una voz etérea.

Azriel contuvo un gemido y las intenciones que tenía de hablar del pasado desaparecieron. Sabía perfectamente dónde se encontraba la habitación más cercana. A cuántos pasos de distancia les quedaba. Pero para cruzar ese último límite…

—Necesito que estés segura —dijo besándole el cuello, donde debería haber estado ese collar, una y otra vez. Ya hablarían de su vida y del calabozo de su progenitor más adelante—. Necesito que estés convencida.

—Lo estoy —respondió Elain bajándole las manos por la columna vertebral, evitando las alas.

Nunca se las había tocado y, en realidad, Azriel no tenía ni idea de qué haría cuando llegase el momento.

Correrse con los pantalones puestos, seguramente—.

Lo estoy —repitió clavándole los dedos en la lumbar y atrayéndolo de nuevo hacia ella.

Azriel cedió un poco y acercó su erección a Elain en una promesa de lo que estaba por venir. Ella se retorció y el ardor que desprendió lo abrasó incluso por encima de la ropa.

—Elain… —gruñó.

El simple hecho de pronunciar su nombre amenazó con hacerlo estallar.

Cuando intentó volver a cogerle la polla, no la detuvo. Con delicadeza y timidez, ella le pasó los dedos por la parte delantera de los pantalones de cuero. Que la Madre lo salvara.

Az apretó los dientes y exhaló por la nariz.

—Elain… —volvió a decir con la voz rasposa.

Tenía que desnudarla, tenía que saborear hasta el último centímetro de su piel y perderse en la dicha absoluta que era su cuerpo y…

—Ya basta.

Azriel tardó un segundo en asimilarlo. En procesar la gélida y directa orden que ahora permeaba el aire. En asimilar que Elain también había oído esa voz.

La de Rhys.

Elain ahogó un grito, apartó la mano y se separó de él de golpe.

Azriel apoyó las manos en la encimera y le ordenó a su cerebro que volviese a pensar con claridad. Adiós al sexo o a la promesa de este. Rhys estaba allí. Su alto lord estaba allí y los había visto y Elain estaba…

Temblando. Elain estaba temblando y mirando boquiabierta al alto lord, que aguardaba en la puerta con las alas plegadas y cara de pocos amigos.

Rhys solo fulminó a Azriel con la mirada.

Como si Elain no fuera más que un susurro de primavera frente al oscuro invierno de su ira.

Como las sombras de Azriel no estaban cerca, no había tenido forma de enterarse de su llegada; y mucho menos con Rhys, que, si se lo proponía, era capaz de caminar con un sigilo felino.

La oscuridad cubrió las estrellas que solían brillar en los ojos de Rhys cuando anunció:

—Esto acaba aquí. Si queréis follar, buscaos otro sitio que no sea mi casa. —Al final, Rhys desvió su atención hacia Elain y concluyó—: O ten primero la decencia de rechazar oficialmente el vínculo con tu pareja.

Elain se estremeció. La rabia que sentía Az fue a más, avivándose con fuerza; estaba listo para pelear, para proteger. Pero se había dejado los sifones al lado de la cama y, sin que ellos le filtraran el poder, no sería capaz de controlarlo…

Pero ella simplemente sacudió la cabeza, como si de un cervatillo asustado se tratara, y salió corriendo de la cocina. Visto y no visto. Aquel susurro de primavera desapareció bajo el manto de la noche.

Las sombras de Azriel regresaron con él y lo envolvieron, como si fueran a calmarlo, a esconderlo.

Pero no podía esconderse de Rhys. Az se quedó mirando a su alto lord. Y su alto lord se lo quedó mirando a él también.