Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

Me encantaba esto. Vivía por y para esto: cómo nos buscábamos. Dejé el presupuesto a un lado. Me levanté despacio. Le aguanté la mirada todo el rato mientras iba deshaciendo todos los lazos de la parte delantera del camisón. Y dejé que cayera a mis pies.

A Rhys se le inundó la mirada de la más pura lujuria mientras estudiaba mi desnudo cuerpo y los pechos, llenos e hinchados.

—¿Quién es la que no lleva ropa interior ahora? —bromeó.

Me dolían los pezones y no porque estuvieran llenándoseme los pechos de leche. Rhys dio un paso hacia mí. Solo uno. Y entonces se arrodilló.

Solo haría eso por mí: clavar las rodillas en el suelo, con los tatuajes de las montañas; la promesa de que no se arrodillaría ante nadie ni nada que no fuera su propia corona. Pero, por su pareja, su alta lady…

Me cogió una pierna con firmeza, pero al mismo tiempo con ternura. Permití que se la colocara encima de un hombro, justo por debajo del ala, mientras me envolvía con las manos para sujetarme y me agarraba las nalgas con los dedos, aportándome una maravillosa sensación de placer.

—Te amo —musitó al tiempo que acercaba la cabeza a mi desnudo sexo—. No te imaginas cuánto.

Con la primera caricia de su deliciosa lengua ahí, conseguí jadear:

—Uf, yo diría que sí.

Noté cómo sonreía con la boca pegada a mí antes de que me diera otro lengüetazo; uno lento y provocador.

—Estás tan húmeda que podría follarte ahora mismo.

Me mordí el labio para no gemir. Nyx estaba en la habitación de al lado y, si queríamos evitar que se despertara, tendríamos que guardar silencio.

Volvió a lamérmelo con ganas.

—Pero creo que primero disfrutaré un poco de tu sabor, querida Feyre.

Con un ágil movimiento, me levantó y me colocó en el borde del colchón.

Y, entonces, hundió la cara en mí. Me ardía la piel, tensa a más no poder; sobre todo alrededor de los pechos. Me cubrí la boca con una mano para acallar el gemido. Rhys sabía lo que hacía. Le bastó con unos cuantos lametazos para tenerme a su total disposición.

Me succionó el ápice del sexo, acariciándome esa protuberancia nerviosa con la lengua a la vez que me metía un dedo. Levanté las caderas del colchón y él me sujetó firme aunque delicadamente con la otra mano para seguir deleitándome.

—Mira cuánto tiempo ha pasado… —musitó tras hundir un segundo dedo en mí y metiéndomelos a un ritmo tan lento que me exasperaba—. Todo este tiempo contigo y sigo sin tener suficiente.

—Rhys…

Fue más bien una súplica.

—Te amo con locura —murmuró manteniendo el lento y provocador ritmo de sus dedos y chupándomelo una única vez—. A pesar de que a veces me saltes a la yugular, te amo tanto que me faltan palabras para expresarme.

—Me da a mí que te encanta que te salte a la yugular —conseguí decir—. Y, como no me la metas ya, te voy a saltar a la yugular inmediatamente.

Su risa, oscura y sensual, vibró contra mi delicada piel. Sacó los dedos despacio, provocándome. Levantó la cabeza y vi cómo le centelleaba mi humedad en los labios. Sus impresionantes ojos rebosaban ardor.

—Si eso desea mi alta lady…

Se levantó y se colocó encima de mí. Entre su peso, las alas, que bloqueaban la luz, y su fuerte presencia, estuve a punto de estallar antes de tenerlo incluso dentro.

Alargué el brazo, le cogí el pene y se lo apreté con fuerza. A pesar de que siseó, Rhys me mordisqueó el delicado arco de la oreja mientras yo lo acercaba a mí.

—Guíame —exhaló con la boca pegada a mi oreja a la vez que levantaba una mano para acariciarme un pecho con suma delicadeza.

Obedecí. Con los primeros centímetros separé más las rodillas y envolví su firme y perfecto culo con las manos para dejarlo prácticamente encajado ahí.

Pero él se resistió y, mirándome a los ojos, soltó una risa grave.

—Dilo.

Le clavé las uñas en las nalgas.

—¿Que diga qué? —le pregunté jadeando.

—Que soy tuyo.

Puse los ojos en blanco, pero no pude evitar sonreír.

—Eres mío, Rhys.

Me recompensó metiéndomela un poco más.

—¿Y?

Respiré profundamente por la nariz. Como no me la metiera del todo ya, como no empezara a moverse…

—Y yo soy tuya.

Un par de centímetros más. Ya me estaba dilatando.

—Eso es —respondió.

Se deslizó unos centímetros más. Otros dos a continuación.

Fue como si no pudiera contenerse. Y, por supuesto, no fui capaz de reprimir el gemido que se me escapó cuando por fin Rhys acabó de metérmela por completo.

Pero siguió sin moverse. Simplemente se apoyó en los codos y se quedó mirándome a la cara un segundo, antes de decir:

—No dejaré que nada cambie esto.

Empezó a sacármela, preparándose para ese primer empellón, pero yo le coloqué una mano en el pecho para detenerlo y le pregunté:

—¿A qué te refieres?

Me cogió la mano y me besó todos los dedos.

—A que, con todo lo que está pasando en el mundo… —Me la sacó prácticamente hasta la punta, pero me aguantó la mirada y acabó de decir—: No dejaré que nada ponga en peligro esta vida tan maravillosa y preciada que hemos creado. Nada en absoluto, querida Feyre.

Le habría planteado más preguntas, pero Rhys me penetró. Y, con ese primer empellón, fuerte y poderoso, dejé que el placer se adueñara de mí.