Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 5 #3
26%

CAPÍTULO 5 #3

Nyx sonrió a Rhys como si entendiera perfectamente lo que estaba diciendo su padre y también el efecto que tenía esa carita con hoyuelos en el macho más poderoso del mundo.

—Venga —respondí, y gruñí al coger a Nyx en brazos—. Vamos a dormir.

Nyx balbuceó alegremente en mi oreja. Mientras rodeaba la cama y me dirigía a la puerta que daba al cuarto de Nyx, pillé a Rhys mirándonos y pregunté:

—¿Qué?

Las estrellas le centellearon en los ojos.

—Me faltan palabras para expresar lo mucho que te amo —dijo con la voz rasposa. Señaló a nuestro hijo con la cabeza y añadió—: Lo mucho que lo amo.

—Te ofreces voluntario para cambiarle los pañales cuando evacúa que da gusto —señalé—. Ya solo con eso sé lo mucho que lo quieres; a él y a mí.

—Jamás pensé que sería padre. —Se levantó de la cama y echó a andar hacia Nyx y hacia mí.

Le acarició la rosada mejilla a nuestro hijo con un nudillo y este levantó uno de sus rechonchetes dedos para apretar el de Rhys.

Este esbozó una sonrisa tan tierna que se me derritió el corazón—.

Jamás pensé que sería la pareja de alguien.

—Lo sé. —Estudié su hermoso rostro, que se le ensombreció un segundo—. Pero no hay mejor padre en esta corte. En estas tierras. —«O en todo el mundo, seguramente»—. Ni tampoco mejor pareja.

—Desde que eres madre, te has vuelto demasiado maja —comentó Rhys dándome un golpecito en la nariz—. ¿Dónde está la Feyre que me tiró un zapato a la cabeza?

—¿Dónde está el Rhys que me follaba contra la pared con tanta brusquedad que se caían hasta los cuadros?

La carcajada que soltó Rhys sonó a música.

—Para ser tan refinada, hay que ver qué boca tienes. Y delante del inocente de nuestro hijo, nada menos.

Miré a Nyx, que estaba balbuceando en mis brazos.

—Créeme —respondí mientras llevaba a Nyx a su habitación—, con Cassian como tío, oirá cosas mucho peores.

Rhys me siguió hacia el cuarto de Nyx, adornado con distintos tonos de colores pastel y arena, y cuyo techo había pintado yo misma durante el embarazo para que pareciera una noche estrellada.

Rhys lo había encantado para que las estrellas brillaran y cambiaran en cada estación.

La cuna de madera negra estaba justo al otro lado de la puerta para que pudiéramos oír cualquier ruidito de Nyx.

Me senté en la mullida butaca azul marino que había a la izquierda y deshice uno de los lazos del camisón.

Nyx ya conocía esa rutina y, alegre, encontró mi pecho y se acurrucó, aferrándose a mí con su minúscula manita.

Noté un cosquilleo en los pechos, que se me llenaron de leche, y sentí que se me aliviaba el cuerpo entero cuando Nyx empezó a succionar y se quedó aún más relajado, si es que era posible.

—Es lo más hermoso que he visto en toda mi vida —musitó Rhys contemplándonos bajo las sombras de la puerta—. Ya lo fue la primera vez que lo vi y sigue siéndolo ahora, por más meses que hayan pasado.

—La primera vez que lo viste estuviste llorando tanto que no sé yo si asimilaste lo que tenías delante.

—Discúlpame si acababa de pasar por un calvario, querida Feyre.

—¿Peor que morir?

—Ni se te ocurra hacer broma con eso. —Le saqué la lengua y a Rhys se le escapó una risa baja y dulce—. Mi alta lady.

Sonreí mientras le acariciaba la cabeza a Nyx. Él cerró los ojos, y sus largas y oscuras pestañas le abanicaron las mejillas sonrosadas.

—Nos ha salido un bebé precioso.

—Pues sí —respondió Rhys con la voz tensa.

Levanté la vista y vi que se le habían llenado los ojos de lágrimas. Tenía clarísimo que no era por dolor, sino porque sentía la misma alegría que yo; tanta que podría partirme el corazón en dos. Por más largas que se hicieran las noches y más agotadores que fueran los días, merecía la pena.

Había formado una familia. Antes, mis amigos ya eran mi familia; seguían siéndolo. Pero el bebé que tenía en brazos… Era su madre; Rhys era su padre, y los tres éramos, por siempre jamás, una familia.

Nyx, completamente dormido, echó la cabeza hacia atrás y separó la boquita de mi pecho.

Con todo el cuidado del mundo, me levanté y fui hacia la cuna.

Madja nos había aconsejado que tuviéramos solo el colchón: nada de sábanas, almohadas o juguetes para evitar que se sofocara.

De ser por mí, Nyx dormiría en un colchón a secas hasta que fuera un macho hecho y derecho.

Acaricié con la mano la mejilla de Nyx, cálida, suave y aterciopelada.

—Te quiero —le susurré, y me separé de la cuna.

Rhys se inclinó para darle un delicado beso en la cabeza a nuestro hijo.

—Yo te quiero más —le susurró él también.

Lo fulminé con la mirada y Rhys me guiñó el ojo mientras se erguía. Regresamos a la habitación principal y Rhys cerró la puerta con delicadeza, con las alas pegadísimas al cuerpo para que ni siquiera se rozaran.

—No te molestes en volver a abrocharte el camisón —gruñó en voz baja a mi espalda cuando se cerró la puerta—.

Pienso lamerte esos pechos durante un buen…

—Cuando se giró hacia mí y me vio sentada en la cama, acomodada entre montones de cojines y mantas, hojeando todo ese papeleo, dejó la frase a medias y preguntó—: ¿Vas a ponerte a trabajar?

Levanté un pedazo de pergamino del montón.

—Quiero asegurarme de que aprobamos los presupuestos para las reparaciones del pórtico sur del Palacio de Hilo y Joyas antes de mañana por la mañana.

Cuanto antes pudieran empezar con la reforma, mejor.

—Nyx está dormido. —Rhys echó a andar hacia el vestidor. Sin embargo, se detuvo en la puerta y me miró largo y tendido, con picardía, por encima del hombro—. ¿No deberías estar desnudándote?

Recorrí con la mirada el cómodo camisón de manga larga que llevaba puesto con parsimonia y, a pesar de que ya estaba encogiendo los dedos de los pies bajo las sábanas, pregunté con un tono inocente:

—¿Por qué?

Rhys se giró del todo hacia mí mientras se desabotonaba aquella chaqueta negra.

—Normalmente hacemos otra cosa por las noches; una que no incluye burocracia. —Se soltó otro botón más—. ¿Qué era…?

Volví a centrarme en el presupuesto, por más que no estuviera procesando nada de lo que había escrito.

—¿Dormir tanto como nos lo permita nuestro hijo?

—Yo diría que no… —contestó en un grave ronroneo.

—¿Pelearnos despiadadamente con Amren?

A Rhys le centelleó la mirada.

—Me sorprende que sigas con vida.

Levanté la vista por encima de los papeles. Rhys se había deshecho de la chaqueta y ahora se estaba quitando la oscura camisa que llevaba debajo, despacio. Su piel dorada y llena de tatuajes centelleaba bajo aquella luz inmortal y, con las ansias, se me contrajo el sexo.

Pero no estaba preparada para ceder. Aún no.

—¿No vas a echarme la bronca por haberme peleado con Amren?

—Eso es algo entre vosotras dos. Además, opino igual que tú. Lo que pasa es que no tuve cojones de decirlo.

Me guiñó un ojo, como si supiera perfectamente dónde iba a clavar yo la vista después de oír eso.

Pero me negué a bajar la mirada más allá de su cintura, y solté:

—Pensaba que este camisón de abuela dejaba bastante claro el interés que tengo ahora mismo, Rhys.

Se soltó el primer botón de los pantalones con sus largos dedos. Como se había quitado las botas nada más entrar en la habitación, la prenda cayó al suelo sin demasiada resistencia.

Me quedé boquiabierta.

—¿No te has puesto ropa interior?

Por no hablar de que mi pareja ya tenía su imponente y gruesa polla empalmada y a mí se me estaba haciendo la boca agua.

—Estabas tan despampanante esta mañana que se me ha olvidado. —Echó a andar hacia mí con las alas moviéndose sutilmente y me apartó las sábanas con delicadeza—. Me distraes, querida Feyre.

—¿Has ido así a propósito para dejarme petrificada?

Sonrió cual depredador acercándose a su presa.

—¿Estás petrificada o… maravillosamente sorprendida?

Apartó la última sábana hasta dejarme las piernas al descubierto. Y no me molesté en disimular el olor a excitación. Rhys soltó un grave gruñido gutural.

—Yo diría que este camisón de abuela no está cumpliendo su función…