Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Sin embargo, teniendo en cuenta mi discusión con Amren, le había pedido a Rhys que los revisara él mismo.

Me apetecía más bien poco hablar con Amren y estaba convencida de que ella tampoco tenía ganas de hablar conmigo ni mucho menos de ayudarme con nada, aunque fuera por el bien de Nyx.

Me había molestado que me hablara de esa forma, que decidiera que esto solo se podía gestionar de una única manera: la suya.

No tenía nada que ver con que yo fuera alta lady; al enfrentarme a ella, no lo había hecho pensando ni en mi título ni en la corona que tenía al lado.

Y sí, puede que plantearle esa pregunta sobre lo que les aconsejó cuando apareció por aquí Amarantha hacía décadas fuera un golpe bajo por mi parte, pero Amren también se equivocaba.

No solía ocurrir a menudo, pero ya se había equivocado en el pasado.

Confiaba en ella y respetaba su sabiduría; sin embargo, que se enfadara porque no fuéramos a acatar ciegamente…

Me había irritado. Y seguía irritada, por más que intentara inhalar hondo para deshacerme un poco de esa emoción mientras examinaba los regalos.

Al menos, los había que no hacía falta que revisara nadie.

Puede que ese fuera mi montón favorito: aquella variedad de tarjetas pintadas.

Todas eran de niños que asistían a las clases de dibujo que impartía yo y para las cuales seguía reservándome seis horas a la semana.

Y todas ellas decían, de una forma u otra: «¡Felicidades! ¡Bienvenido, Nyx!».

A los niños les encantaba que llevara a Nyx a las clases. Disfrutaban enseñándole los dibujos que hacían y le hablaban como si él fuera a entender todos los trazos y matices.

Verlos así de orgullosos, lejos de los niños vergonzosos y asustadizos que fueron al terminar la guerra, hacía que seguir llevando a cabo esa tarea adicional que tal vez debería haber abandonado valiera muchísimo la pena.

Y en ese instante, al fijarme en las tarjetas que habían hecho bajo la tutela de Ressina, mi amiga y socia comercial, se me avivó una brillante brizna de alegría en el pecho; una que nada podría apagar.

Sabía que atesoraría esas tarjetas más que cualquier regalo caro y mágico que pudieran ofrecernos.

—Sois el alto lord y la alta lady de la Corte Noche —me recordó Elain mientras se daba la vuelta tras haber estado ordenando un poco los regalos—. Es normal que las otras cortes y las personas influyentes quisieran enviaros todo esto. Para seguir estando en buenos términos con vosotros.

Arrugué la frente.

—No me gusta que consideren el Día del Nombre de mi hijo como una oportunidad para sacarle provecho político en lugar de un festejo para celebrar su vida.

Elain asintió para darme la razón, pero desvió la vista hacia mí y preguntó:

—Por cierto, ¿dónde está?

—Durmiendo la siesta —respondí con una sonrisa—. Ha tomado tantísima leche durante la reunión de antes que creo que podría dormir hasta el año que viene.

Elain esbozó una discreta sonrisa.

—¿Qué reunión? —quiso saber.

«Bueno, una en la que he tenido una discusión más bien fea con Amren». En lugar de decir eso, le resté importancia al asunto con un gesto de la mano y contesté:

—Una sobre el calvario de hoy en Storr.

—Ya…

Al darme cuenta de mi error, le expliqué:

—Debería haberte invitado. Lo siento. Es que he pensado que estarías ocupada planeando la fiesta…

Elain parecía tan feliz de organizar los preparativos para la celebración del Día del Nombre de Nyx que ni siquiera pensé en preguntarle si quería venir para enterarse de lo ocurrido, y menos cuando íbamos a hablar de algo tan mísero.

Aunque me alegraba que Elain no hubiese estado ahí para presenciar mi riña con Amren.

Mi hermana se apresuró a negar con la cabeza, pero ahora ya tenía una expresión más seria.

—Ya estás muy ocupada como para tener que acordarte de a qué hermana invitas a tus reuniones.

En verdad, tampoco había invitado a Nesta.

Simplemente se había convertido en una más del grupo y, por lo general, iba pasándole la misma información que les daba a Mor o a Cassian.

Por más que los acontecimientos recientes hubiesen afectado a la fácil comunicación y la acogida que solía haber entre nosotros.

Pero Elain… Me tragué la sensación de culpa.

—Si quieres, puedo ponerte al día —le dije—.

Aunque es más bien desalentador. Creemos que Rask, Montesere y Vallahan quieren hacerse con un objeto Hecho y es probable que sea porque Koschei los está presionando o manipulando.

Tenemos que encontrarlo nosotros primero.

Mor regresará a Vallahan después de la fiesta para ver qué puede descubrir, pero… —Suspiré—. ¿Quién sabe?

Elain ladeó la cabeza y preguntó:

—¿Quieres que intente… verlo?

—No. —Suspiré de nuevo—. Te lo agradezco, pero no.

Nesta ha intentado recurrir a la clarividencia antes de la reunión, aunque no ha encontrado nada.

He pensado que, como la Hicieron, los poderes que estén escondiendo al objeto igual no se resistirían a ella porque, por lo visto, no existen hechizos capaces de controlarla, pero no ha servido de nada.

Me ahorré añadir lo evidente: si Nesta no podía encontrarlo, Elain, fuera o no vidente, seguramente tampoco podría. El poder de Nesta siempre había sido más fuerte.

—De acuerdo —respondió ella en voz baja, regresando hacia el montón de regalos—. Tardaréis un mes en abrir todo esto, por cierto.

Dejé que mi hermana cambiara de tema y le seguí la corriente.

—Más tardaremos en escribir las cartas de agradecimiento.

—A lo mejor existe algún hechizo para que se escriban solas.

—Si alguien lo ha inventado, pienso darle un beso en la boca.

Elain rio. Y ahí caí en que últimamente casi no había oído ese sonido. ¿Cuándo fue la última vez que la oí reír o la última vez que vi que se le iluminaban tanto esos ojos marrones? No me acordaba. Y sentí otra punzada de dolor.

Pasado el Día del Nombre, a lo mejor haría un aparte con Elain para que charláramos solo las dos.

El año anterior comentó que había sufrido un trauma por culpa del Caldero y mencionó lo mucho que le dolió que solo nos centráramos en cómo nos había afectado su trauma a nosotros en lugar de focalizarnos, para empezar, en lo que le había hecho a ella.

Nunca le había vuelto a preguntar al respecto.

Era una pésima hermana.

Pero ahora no era el momento para hablar de eso. De modo que le pregunté:

—¿Está todo listo para la fiesta?

—Sí —contestó ella, y se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja puntiaguda—.

Las acólitas de la alta sacerdotisa de Velaris están siguiendo mis instrucciones para preparar el templo de la ciudad; sé que querrán celebrar su propia ceremonia antes, así que lo más difícil ha sido encontrar el equilibrio entre lo que requiere su ritual y las decoraciones que hemos añadido, pero ya lo hemos resuelto.

Y aquí ya debería estar todo en orden para el refrigerio de después.

—Gracias. No solo por organizar todo esto, sino por quitárnoslo de encima a Rhys y a mí. Le encanta organizar fiestas, pero creo que esto lo habría superado.

Elain se llevó una mano al pecho.

—Es un honor y un placer hacerlo por Nyx —respondió.

—¿Y lo mucho que quiere a su tía Elain? —afirmé.

A pesar de que Nyx tuviera una niñera (Ana) que lo cuidaba durante las horas en las que Rhys y yo no podíamos, Elain solía estar encantada de pasar tiempo con él.

Paseaba a Nyx por los jardines, le leía libros y se encargaba de la única tarea para la que yo no tenía estómago: cambiarle los pañales de muselina sucios.

A mi hermana se le suavizó la mirada en esos ojos de cervatillo marrones.

—Su tía Elain también lo quiere mucho a él.

Por un segundo, habría jurado que detecté una pizca de anhelo. O de dolor.

Pero tenía que irme deprisa si quería llegar a otra reunión con el dueño del Palacio de Hilo y Joyas para hablar de las reparaciones que había que acometer en el pórtico sur, que buena falta hacían.

Deberían haberse llevado a cabo hacía más de trescientos años.

Y, por más que me importara el bienestar de mi hermana…

Yo era la alta lady de esta corte. La gente dependía de mí.

De modo que respondí:

—Gracias otra vez. ¿Nos vemos a la hora de la cena?

—Puede que llegue tarde —me advirtió Elain—. Acaban de traer los sacos de arpillera para el jardín y me gustaría colocarla en todas las topiarias y en todos los parterres posibles antes de que empiece a hacer demasiado frío.

Noté que se me aliviaba un poco la presión que sentía en el pecho. Bien. Al menos, Elain estaría entretenida con eso. Así tendría algo más que hacer aparte de ordenar todos esos regalos.

Asentí con la cabeza a modo de despedida, me transporté al jardín delantero, crucé las protecciones a pie y volví a transportarme al corazón de la ciudad propiamente dicho.

En efecto, fue uno de esos días en los que, al parecer, no tuve ni un segundo para respirar.

Cuando me tumbé en la cama al lado de Rhys, mi pareja tenía a nuestro hijo sentado entre varios cojines.

Al verme, Nyx batió sus pequeñas alas (o, mejor dicho, una de ellas, pues tanto su cuerpo como su mente seguían intentando descubrir cómo coordinarlas).

Esbozó una sonrisa gingival en su redonda carita y yo no pude sino imitar el gesto.

—Hola, cielito —le dije haciéndole cosquillas en la tripa—. ¿Qué haces aquí tan tarde?

Rhys, que tenía un montón de documentos en el regazo, respondió sin levantar la vista:

—No quería dormirse.

Tarareé una canción mientras acariciaba el suavísimo pelo de Nyx.

—¿Él no quería dormir o tú no querías ser el malo del cuento?

Rhys giró una hoja de papel para leer lo que ponía detrás y contestó:

—El mundo entero cree que soy un monstruo. No hace falta que mi hijo también lo crea.

Chasqueé la lengua.

—No podías resistirte a esta carita, ¿a que no?

Rhys suspiró.

—No. Entre la cara y las alas, no hay quien se resista.