CAPÍTULO 5
Azriel
—¿Te marchas un mes o un año? —quiso saber Cassian, apoltronado en el borde de la colmada cama de Mor.
Azriel, que estaba al lado de la ventana y con la vista puesta en la entrada de la casa del río, no se rio. Estaba ahí, en la habitación de Mor, que tanto olía a ella… El corazón le pesaba sobremanera.
—Vallahan y Montesere —comentó Mor con una zalamera sonrisa desde detrás del montón de vestidos que había cogido del armario y estaba llevando hacia la cama— tienen climas muy pero que muy distintos, y un código de vestimenta muy dispar para comidas y reuniones.
Mor dejó el último montón de ropa en la cama y estudió la montaña de prendas que había formado.
—¿No vas a ir poniéndote variantes de esa indumentaria roja? —preguntó Cassian a la vez que cogía un vestido azul claro con la punta de los dedos—. Dudo que vayas a necesitar esto.
Az no pudo evitar sonreír un poco.
—Opino igual —musitó.
—Me gusta tener opciones —argumentó Mor arrancándole el vestido a Cassian de las manos—. No lo arrugues.
—Pero si tú ya lo has dejado hecho un gurruño —espetó el otro.
—Bueno, pues déjalo.
Esos dos siempre se habían comportado así.
Discutían como hermanos y nunca dejaban de provocarse entre sí.
En su día, eso era como un ruido de fondo continuo y reconfortante para Az, y parecía que les gustaba incluso a sus sombras.
No obstante, últimamente habían cambiado muchas cosas. Demasiadas, quizá.
Az se encontró diciendo:
—Pensaba que solo ibas a Vallahan. Yo voy a enviar a Nuala a Rask. Y a Cerridwen a Montesere.
—Pretendo quedarme solo en Vallahan —aclaró Mor doblando los vestidos con sumo cuidado—. Pero intento estar preparada por si ocurre algo y he de ir a Montesere. Y no quiero tener que perder tiempo volviendo aquí para cambiar toda la ropa.
Tenía sentido. Pero que Mor se marchase cargando con todo eso, por más buena que fuera y por más impresionante que fuese su poder…
—¿Cuántas capas de piel necesitas? —la interrogó Cassian.
Eso volvió a llamar la atención de Azriel. Desvió la vista hacia su amigo, que ahora estaba cogiendo una estola de armiño como si de una serpiente muerta se tratara.
Mor chasqueó la lengua.
—Cassian, si piensas cuestionar todo lo que voy a meter en el baúl, puedes marcharte.
—En los baúles —la corrigió Cassian marcando bien esa última palabra y señalando las cinco cajas de cuero gigantescas que había abiertas al lado de la puerta—. Ni Rhys se lleva tanta ropa.
—Uy, ya te digo yo que sí —trinó Mor doblando meticulosamente esa montaña de prendas—. Lo que pasa es que lo esconde todo en uno de sus bolsillitos entre reinos para que vosotros dos no os burléis de él.
Cassian rio por lo bajo, pero Azriel desvió la vista por la ventana. No estaba de humor para hablar de Rhys, para reírse de él. No ahora que Mor estaba preparándose para ese viaje. Mor no debería irse. Con bastantes funciones diplomáticas había cumplido ella ya.
El que debería ir a Montesere era él. A Rhys le habría bastado con pronunciar una palabra y listo.
Incluso se había planteado ir a Vallahan él mismo, pero no sintió que tuviera las fuerzas suficientes como para desobedecer sus órdenes. Por más que lo irritara no saber qué estaba ocurriendo. Era como si tuviese unas garras rasgándole la espalda.
—No me pasará nada, Az —le dijo Mor.
En aquel instante Azriel se dio cuenta de que Mor lo estaba mirando. Estaba leyéndole todas las expresiones del rostro, quisiera él o no. A Mor siempre se le había dado bien aquello.
Az carraspeó y contestó:
—Podría acompañarte. Y permanecer escondido.
Sus sombras, que estaban al lado de la puerta, se agitaron en señal de respuesta. Sí , respondieron al unísono. Deja que hagamos nosotras el trabajo.
—Si te descubriesen, los lazos que he estrechado se romperían —señaló Mor con firmeza mientras dejaba otro de sus vestidos pulcramente doblado en ese montón de ropa que no hacía más que crecer—.
Quédate aquí, Az. Ayuda al resto a encontrar una estrategia que sirva de alternativa por si fracaso.
—Miró a Cassian con sarcasmo y añadió—: Necesitarán tanta ayuda como sea posible.
Az no sonrió. Ni siquiera cuando Cassian le hizo la peineta a Mor y preguntó:
—¿Me recuerdas por qué voy a echarte de menos?
Ella procedió a meter la ropa ya doblada en el primer baúl. Se movía con una gracia sinuosa; con la certeza de una guerrera, sí, pero con esa especie de belleza y elegancia etéreas que conseguían que Az siguiera deteniéndose para admirarla.
No lo había deseado a él. Nunca. Se trataba de la elección de Mor, de su corazón.
Az lo sabía y lo había aceptado. Aun así, se pasó muchísimo tiempo esperando a que Mor le confirmara que todos los siglos que habían compartido, todo aquello por lo que habían pasado, no había sido en vano.
Él había mantenido avivado ese fuego durante quinientos años.
Y, ahora, no era más que cenizas en sus quemadas manos.
Hasta sus sombras sabían que era mejor que no le dijeran nada sobre cómo se sentía Mor en ese momento. Bastante habían hecho ya con ella.
Puesto que Mor empezó a discutir de nuevo con Cassian, Az saltó:
—Cass, llegaremos tarde a la reunión con Devlon.
Normalmente, eso no le habría importado una mierda y habría estado encantado de hacer que Devlon esperase durante horas, pero tenía que largarse de allí.
Cassian gruñó disgustado y respondió:
—Cierto.
Mor frunció el ceño.
—¿Os vais al Refugio del Viento?
Lo preguntó con el mismo desánimo que había sentido él cuando Rhys se lo ordenó. Cuando les indicó que dejaran de ir en contra de sus enemigos y se fueran al Refugio del Viento…, sus instintos rechazaron la idea.
—Será una reunión rápida —la tranquilizó Cassian mientras se ponía de pie—. Vamos a ampliar las rutas de patrullaje. Es una tontería, pero hay que hacerlo. Az va para alegrarles la vista, por supuesto.
Las sombras de Az susurraron: Le complace tener una excusa para hacer algo, para no ponerse a pensar en su pareja.
Az las silenció a la vez que Mor le sonreía y le preguntaba:
—¿Has informado a Cassian de la verdadera hora de la reunión o le has mentido?
—No empecemos otra vez con eso, por favor —refunfuñó Cassian tirando la estola en el baúl—. Pensaba que habíamos dejado ya el tema hace un siglo o dos.
Fue un experimento que llevaron a cabo Azriel y Rhys hacía tiempo porque ya estaban hartos de que Cassian y Mor llegasen siempre tarde. Az empezó a decirles que las reuniones y los acontecimientos eran a otra hora: treinta minutos antes de la oficial.
Y, durante un magnífico mes, ni Mor ni Cassian se dieron cuenta en ningún momento de que también habían avanzado todos los relojes, tanto los de sus habitaciones como los de las residencias. Y ninguno de los dos llegó tarde en ese período.
Azriel supo que Cassian se había percatado de este discreto cambio cuando su hermano olvidó los pedazos de un reloj de péndulo de doscientos años de antigüedad debajo de sus mantas.
Mor se limitó a tirarle un reloj de chimenea a Azriel a la cabeza a la mañana siguiente. Tras presentarse veinte minutos antes.
—Todos los relojes van a la hora exacta —les aseguró Azriel ahora echando a andar hacia el pasillo.
Más valía que se quitaran esa absurda visita de encima.
Sus sombras lo siguieron y se amontonaron alrededor de sus hombros, imitando la capa de un fantasma—.
Pero hoy se prevén malas rachas de viento para ir hacia allí. Deberíamos protegernos.
Al oírlo, ninguno de los dos pestañeó. Ya estaban acostumbrados a que Azriel supiera esas cosas; no porque hubiese recibido ninguna clase de informe, sino porque se lo susurraban sus sombras cuando se despertaba.
Hay fuertes ráfagas provenientes de los picos del este que están abriéndose paso peligrosamente entre los valles , le habían murmurado aquella mañana.
A lo mejor tenía suerte y el viento le arrancaba las sombras de un tirón de una vez por todas.
—Id con cuidado —los aconsejó Mor.
Cassian le hizo un gesto con la mano, pero Az ni siquiera se molestó en responder mientras caminaba hacia la escalera dejando que los sifones de sus extremidades superiores se iluminaran con un azul glacial.
Id con cuidado .
Ahora que a su corazón ya no le importaba nada, resultaba difícil ir con cuidado.
Feyre
—¿Me recuerdas por qué era una buena idea celebrar el Día del Nombre? —le pregunté a Elain mientras me adentraba en el salón.
A estas alturas, la mitad del espacio servía para guardar regalos.
Mi hermana, que estaba delante del montón de obsequios que se acumulaban al final de la sala y que no paraba de crecer, se limitó a mover la cabeza de un lado a otro.
—Porque forma parte de la cultura fae y, ahora, tú también eres fae.
Hice una mueca al contemplar la verdadera montaña que tenía delante.
—Estos regalos me recuerdan muchísimo a los… tributos.
En efecto: había regalos de casi cualquier parte de Prythian.
Puede que el que más cerca me quedaba (un caballito de madera negro como la noche y que se parecía a Meallan, el apreciado caballo volador de Helion) fuera el más moderado de todos.
La magia se amontonaba alrededor de esa pila de obsequios; casi con toda seguridad provendría de los que estaban divinamente encantados.
Yo seguía pidiéndole a Amren que los revisara cada vez que llegaba uno.
Y, después de esa charla en Storr donde se mencionaron regalos del Día del Nombre embrujados, tenía previsto comentarle a Amren que volviese a revisarlos todos antes de celebrar la fiesta.
Claramente, el Ama de los Ocultos y la reina de Vallahan habían querido arrebatarme la alegría y sumarle miedo a lo que debería haber sido un momento radiante y tranquilo. Lo habían conseguido.