CAPÍTULO 4
Cassian
—Nesta.
Los demás seguían en el estudio, pero Cassian había visto cómo Nesta se marchaba sin mediar palabra alguna. Y, como el enamoradísimo cabrón que era, la había seguido.
Ella se detuvo cuando ya estaba a medio camino de la gran entrada de la casa. Cassian aprovechó los segundos que tardaba en acortar la distancia que los separaba para observarla de la forma en la que no se había atrevido a hacerlo antes.
Los cueros ilyrios de Nesta le quedaban más anchos que hacía un mes. Tenía el rostro más delgado y la mirada más fría.
No era ninguna sorpresa. La mirada de Nesta llevaba fría desde el día en que Bryce Quinlan regresó a su mundo. Y Cassian sabía por qué. Quien había puesto esa frialdad allí fue él.
—¿Qué pasa? —preguntó ella a modo de saludo.
—¿No vas a quedarte a comer?
Nesta enarcó una ceja, como si quisiera decir: «¿En serio has venido corriendo detrás de mí para preguntarme esto?». Sin embargo, respondió:
—No tengo hambre. Y no quiero ver cómo se enzarzan Feyre y Amren por segunda vez.
—De acuerdo.
A Cassian, las palabras se le atascaron en la garganta. No tenía ni idea de cómo podía seguir ahí de pie, muriéndose de ganas de tocarla, hundirle las manos en el cuello e inhalar su aroma, cuando también quería… gritarle.
«¡¿En qué coño estabas pensando?! ¡¿Cómo pudiste ser tan imprudente?! ¡¿Cómo pudiste entregarle la Máscara a una desconocida y ni siquiera avisarnos primero?! ¡¿Eres consciente de lo que podría haber ocurrido?!».
Cassian deseaba confiar en ella de nuevo, pero no podía. Todavía no. Aunque no lo verbalizara, había quedado claro cuando hablaron de dónde guardarían el Tesoro y las armas. Seguirían bajo la custodia de Rhys hasta que Nesta demostrara que era de fiar.
El mero hecho de pensarlo le inquietaba. Al igual que lo hacía el mero hecho de preguntarse si Nesta lo conseguiría algún día.
Esta arqueó las cejas y preguntó:
—¿Algo más?
Cassian tragó saliva y, en lugar de andarse con rodeos, respondió:
—No sé qué hacer contigo.
Nesta apretó los labios. Cassian no debería haber dicho eso.
—No tienes que hacer nada conmigo. Eres mi pareja, no mi guardián. Aunque, por lo visto, Rhys no opine igual.
Cassian apretó tantísimo la mandíbula que le dolía, y los sifones rojos que llevaba en el dorso de ambas manos se activaron.
—No me refería a eso. Haz lo que te dé la puta gana; como si quieres prenderle fuego a todo, si te apetece…
—Como sigas hablándome así, lo haré.
Cassian se pasó ambas manos por el pelo.
—Esto —dijo señalándose a ambos para referirse al vínculo y a la tensión que lo cargaba últimamente— no solo fue cosa mía; que conste. No eres ninguna víctima ni estamos conspirando todos contra ti.
Le centellearon unas llamas plateadas en la mirada. Como de costumbre, eso despertó algo en lo más profundo del alma de Cassian, llamándolo. Los sifones les brillaron todavía más en señal de respuesta.
—Tienes razón. No soy ninguna víctima —respondió ella con los dientes apretados—. Y no creo que estéis «conspirando» contra mí. Creo que sois una panda de idiotas que están aferrándose a su rencor cuando ahora mismo cosas así son irrelevantes.
Cassian pestañeó.
Nesta le sonrió de forma condescendiente, lo cual lo hizo enfadar más.
—No te canses demasiado intentando pensar una respuesta ingeniosa —añadió ella con la voz llena de veneno antes de dar media vuelta.
Él alzó un brazo para detenerla, pero se contuvo.
¿De qué le serviría? No podían hablarlo ahí, en medio del pasillo; seguro que los otros tenían las orejas pegadas a la puerta.
Además, primero debía ordenar sus pensamientos.
Tenía que saber qué cojones quería y qué le iba a decir.
Eran pareja. Tenían que intentar, por lo menos, hablar las cosas; se lo debían el uno a la otra.
Por más que acabasen matándose mutuamente en el proceso.
De modo que Cassian dejó que se marchara, que siguiera caminando pasillo abajo y saliera por la puerta principal.
Nesta no se giró para mirarlo. Ni una sola vez.
Nesta
Jadeando, Nesta se quedó mirando las olas de aquel océano grisáceo que chocaban contra los altos y pálidos acantilados en los que se hallaba.
A excepción del océano y la tormenta que lo azotaba, no se veía nada en el horizonte.
Pero allí, al norte y a varios kilómetros de la costa, muy a lo lejos… estaba la Prisión.
El gélido aire le soltó la trenza en la que se había recogido el pelo.
Y, a pesar de llevar los cueros ilyrios más abrigados que tenía, el entumecimiento que se adueñó de su cuerpo ocultó el sudor que le resbalaba por la cara y el cuello.
Se había transportado hasta la costa. Nunca había llegado tan lejos.
Sin embargo, realizar ese último salto, saltar de esos acantilados hacia la roca estéril y envuelta de niebla que era la Prisión… Dudó. Nesta cerró los puños a los costados para calentarse un poco los dedos.
Nunca había querido transportarse. No obstante, después de haberse pasado días recorriendo las cuevas y los túneles que había bajo la Prisión con Azriel y Bryce Quinlan, algo había cambiado.
Bryce se había transportado con cierta torpeza; era evidente que todavía estaba aprendiendo.
Y fue descubrir a Bryce mejorando esa habilidad, de forma imperfecta pero con perseverancia, lo que despertó cierta curiosidad en Nesta.
Cierto deseo. Ver a Bryce prendió en ella una llama inextinguible.
Lo que en su día había sido una singularidad más del mundo fae se convirtió en un objetivo; quería esmerarse por llegar a la cima de esa montaña.
Si Bryce podía hacerlo, Nesta sabía que ella también.
Pero no le había hablado a nadie acerca de ello. No era asunto de nadie.
Notó que le picaba la nariz y se la frotó con el dorso de la mano. El aire empezó a oler a cobre. Le sangraba la nariz.
Nadie esperaría verla en casa hasta la cena.
Después de esa conversación en el pasillo, seguro que Cassian no la buscaría.
Nesta había tenido la última palabra y, aun así, al marcharse y ver que Cassian no volvía a llamarla, algo había muerto en ella.
No debería haberse sorprendido, y menos después de tantas semanas, pero no conseguía aliviar el vacío que sentía en el corazón.
Así que había salido en busca de espacio. De aire.
Además, algo tenía que hacer después de que Amren hubiese hablado con tanta suavidad.
Seguramente era una de las cosas más aterradoras que había oído saliendo de la boca de la hembra.
Peor incluso que el desacuerdo más bien poco agradable que habían tenido Amren y Feyre unos minutos antes.
Al final, Amren había hablado con semejante tono de voz que Nesta se preguntó si esa hembra menuda sabría algo de lo que ella no tenía ni la más remota idea.
Al igual que encontrar el objeto Hecho, puede que conseguir aliados, ya fuera en Prythian o al otro lado del océano, sí resultase ser una hazaña imposible.
De modo que Nesta se fue allí. Sola.
Intentó transportarse por primera vez hacía dos semanas. No resultó fácil, y el agotamiento llegó con tanta rapidez que se quedó aturdida; aun así, seguía intentándolo durante las tranquilas horas de la tarde en las que todo el mundo estaba ocupado y se olvidaba gratamente de su existencia.
Se quedó mirando el turbulento mar y pestañeó para deshacerse del escozor que le provocaban las gotas saladas en los ojos.
Si el reciente revuelo de Koschei había hecho que despertaran otros objetos Hechos o con magia malvada y que seguramente estuviesen relacionados con la Muerte misma…
, deberían empezar buscando en la Prisión.
A fin de cuentas, ahí era donde estaba el Arpa, que pasó desapercibida durante milenios. ¿Qué más había allí?
Nesta sabía que podría haberle insistido a la Corte Noche que la llevara a la Prisión, pero eso habría suscitado preguntas y no conseguía imaginarse pidiéndoles ayuda si había una posibilidad de salir de ese lugar con las manos vacías. Tenía que intentarlo. Se lo debía a Feyre.
Feyre había sido la única que la había defendido después de que Nesta decidiera dejarle la Máscara a Bryce. Ni siquiera Cassian la había apoyado. Pero Feyre no la miraba con los ojos llenos de decepción, rabia o miedo. Eran unos ojos llenos de comprensión.
«Yo habría hecho lo mismo», le había dicho por aquel entonces su hermana.
Con eso, consiguió que los demás cedieran.
No lo suficiente como para que fueran simpáticos con ella esas últimas semanas, pero por lo menos Rhys no la había matado.
Y no la mataría. No después de la breve estancia de Ember y Randall y de la charla maternal que Ember había mantenido con el alto lord al respecto.
A Nesta le vinieron los bonitos rasgos mortales de Ember a la mente y se le encogió el pecho.
Nunca volvería a ver a esa mujer humana, pero no olvidaría sus palabras.
Jamás. «Encontrarás tu camino». Como tampoco olvidaría las de su hija, Bryce, cuando le dijo: «Creo que tenías esa estrella de ocho puntas tatuada por algún motivo».
Esas fueron las últimas palabras que le dedicó a Nesta antes de desaparecer y regresar a su mundo.
Volvió a pasarse la mano por su ensangrentada nariz y se miró el dorso, húmedo y rojo. Ya hacía tiempo que le había desaparecido el tatuaje de la estrella de ocho puntas. Aunque ella habría jurado que, en ocasiones, notaba una especie de cosquilleo que le recorría la espalda.
«Tatuada por algún motivo».
«Por algún motivo».
«Algún motivo».
Nesta cerró los ojos y bajó la mano, manchada de sangre. Se imaginó la Prisión: aquella isla rocosa cubierta de musgo y con aquella gigantesca montaña que se alzaba en el centro como si fuese la columna vertebral de una bestia enorme que se elevaba desde las profundidades del océano.
¿Podría pasar, siquiera, con las protecciones de los portones de hueso?