CAPÍTULO 3 #7
Ya iban cinco. Las espadas Hechas. Tres que había Hecho Nesta en persona.
Una espada cuyo poder era más frío que el hielo, una daga igual de irascible que el fuego y que volvía a estar en posesión de Eris, y la tercera…
Ataraxia. La gran espada que podía matar lo que no se podía matar.
Todo ese poder y, aun así, Nesta a duras penas había estudiado sus creaciones.
Las sombras de Az siempre se habían mostrado medio maravilladas, silenciosas y anhelantes alrededor de la espada. Az había ignorado ese anhelo.
Y luego estaban las otras dos.
Gwydion, o «la Espadastral», como le había llamado Bryce Quinlan.
A estas alturas, a Az seguía costándole asimilar que la espada negra que había traído Bryce consigo (y que luego le había regalado a Nesta, nada menos) fuera Gwydion, que acababa de regresar a este mundo tras llevar quince mil años en el de Bryce.
Gwydion: la legendaria espada mágica de Fionn, el último alto rey de Prythian. Y luego de Theia, su traicionera reina.
Y, por último, El que dice la verdad: la hermana de Gwydion.
Estaba hecha del mismo metal oscuro procedente del mismo meteorito que había caído.
Iridio, según había explicado Bryce. Con razón El que dice la verdad había saltado para unirse a Gwydion tras quince mil años separadas.
Aun así, a Azriel le dolió que lo traicionara y lo abandonara.
Az no pudo evitar bajar la vista hacia la oscura empuñadura de El que dice la verdad, que parecía absorber toda la luz de la sala.
El dolor de la traición seguía presente incluso después de que Bryce se la hubiese devuelto, de forma milagrosa, tras haberla robado.
Amren y Rhys convinieron que lo más sensato sería que Az se quedara el arma, a pesar de que él no quería llevarla encima.
Según ellos, la daga lo había acompañado felizmente varios siglos.
Y así seguiría. Ahora que Gwydion había regresado a este mundo, ¿quién sabía qué podía hacer la daga?
Y más aún si no la tenían supervisada. No podían esconderla otros y tampoco podían dejarla a su aire.
La llevaría Azriel en la cadera, igual que había hecho siempre, para tenerla controlada en todo momento.
No tenía interés alguno en tocar el arma. De modo que no lo había hecho. Únicamente lo hacía cuando tenía que pegársela al cuerpo. Az se obligó a olvidarse de su peso.
—Nuestros enemigos no saben nada acerca de la mayoría de las espadas; ni siquiera Koschei —dijo al fin Feyre, que seguía acariciándole la cabeza a Nyx, si bien en sus ojos todavía se apreciaban algunos atisbos de enfado hacia Amren—.
Y esto seguirá así todo lo que podamos. De momento continuará custodiándolas Rhys. No vamos a usarlas.
Amren miró a Rhys largo y tendido, y a Az no le pasó desapercibido. Al igual que tampoco le pasó desapercibido que Rhys, de forma deliberada, no le devolviera el gesto a aquella hembra menuda. Y Az sabía que no era por la discusión con Feyre.
Az había pensado muchas veces en la conversación que mantuvieron el año anterior.
Cuando hablaron de esas espadas y de lo que haría Rhys con ellas.
De en quién (o en qué) podía convertirse Rhys al tenerlas, si lo que había dicho Amren era cierto: alto rey de todo Prythian. Rhys desestimó esa idea de inmediato.
Los demás asintieron. Nesta volvió a girarse hacia la ventana y se sumió de nuevo en el silencio; una valquiria en plena vigilia.
Poco importaba que las sombras de Az le hubiesen revelado que Nesta llevaba semanas sin asistir a los entrenamientos matutinos de las valquirias.
Él mismo había dejado de entrenarla después de que le diera la Máscara a Bryce.
Después de eso, ya no quiso volver a verla.
Las otras sacerdotisas y Emerie, que habían entrenado con Nesta, no tuvieron nada que ver con las decisiones que tomó esta última, pero Azriel también dejó de entrenarlas a ellas.
Nadie le preguntó a Az por qué había abandonado tal cometido. Ni siquiera Cassian.
—Descansad hoy. Todos. Dejad reposar las preocupaciones y el mal humor —comentó Amren.
Cuando miró a Az, este no pudo evitarlo y se irguió enseguida, como si continuara siendo el mismo temeroso crío que fue en su día—.
Pero envía a tus semiespectros a Montesere y a Rask.
Que vayan a sus puestos. Tú —añadió señalando a Mor con la cabeza y olvidándose de Azriel igual que se olvida uno del rocío del alba cuando sale el sol—, cuando haya pasado la celebración del Día del Nombre, puedes esperar un día o dos.
Que no se te noten demasiado las ansias por irte a Vallahan.
—Mor asintió, pero Amren ya estaba con la vista puesta en Rhys y evitaba deliberadamente a Feyre, que también se estaba esmerando en no mirar a la otra—.
Disfrutad del Día del Nombre de vuestro hijo.
Cuando haya pasado… —Soltó un largo y cargado suspiro y Az se preparó.
En cuanto volvió a hablar, ese brillo plateado en sus ojos se había apaciguado—.
Cuando haya pasado —repitió—, procederemos con el plan.
No hizo falta que añadiera «que quiere la alta lady».
La derrota y la lástima que transmitía su voz eran aterradoras. Az no había oído hablar así a Amren en toda su vida; ni siquiera durante la guerra contra Hybern.
Y luego estaba el hecho todavía más aterrador de que ni uno de ellos intentó decirle nada.