Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 3 #5
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CAPÍTULO 3 #5

En todo el tiempo que hacía que se conocían, Azriel había visto en muy pocas ocasiones a su alto lord quedarse sin palabras, sin ideas.

Por más poderoso que fuera Rhys, su mejor arma era su afiladísima mente.

Aquella capacidad de ponerse a pensar e ir dos pasos por delante, tanto en comparación con sus amigos como con sus adversarios.

Az se había enorgullecido de ser quien lo ayudaba a conseguirlo; de darle la información necesaria a su hermano para que pudiera ir esos dos pasos por delante. Y, durante muchísimo tiempo, Az fue recopilando dicha información por cualquier medio necesario. Costara lo que costase.

Hasta que vio la mueca que hizo Feyre ese día en la celda que había debajo de la Corte de las Pesadillas, con los soldados de la Corte Otoño atados a las sillas que tenían delante.

El atisbo de dolor que sintió, el recuerdo que le despertó de la tortura que ella misma había vivido en manos de Amarantha.

Él no era mejor que Amarantha. ¿A cuántas personas había torturado sin pensar en quiénes eran, en quiénes los querían? Había perdido la cuenta.

—No disponemos de demasiado margen para encontrar a estos aliados —advirtió Amren a Rhys con tono sombrío.

Cuando clavó los ojos en la corona del alto lord, a la hembra se le suavizó la mirada como si ella misma supiera lo mucho que pesaba—.

Disponemos de poco tiempo para pensar en una estrategia mientras nuestros enemigos buscan el objeto Hecho en cuestión.

—El tiempo nos apremia, sí —terció Feyre—, pero incluso en el caso de que Montesere, Rask y Vallahan desplegaran hoy sus ejércitos y los enviaran a tierras humanas, tendrían que detenerse mucho antes de la frontera de territorios de fae libres que hay más al sur, acampar allí durante el invierno y esperar hasta que llegue la primavera y se descongelen los pasos de las montañas Helbronn.

Ni siquiera Koschei puede cambiar las estaciones. Esto nos da algo de margen.

—Todo esto ocurrirá más rápido de lo que piensas —indicó Amren.

Feyre se puso tensa.

Sin embargo, Amren ya había desviado la vista hacia Azriel, y lo miró de tal forma con sus ojos plateados que el macho se quedó helado en su sitio.

Las sombras se agitaron al lado de la puerta, como serpientes a punto de atacar.

Incluso pareció que se le avivaran los sifones de las manos, como si estuvieran preparándose para la pelea.

Le bastó con pensarlo un segundo para que se apagaran de nuevo.

He aquí otro poder que detestaba y que solo usaba cuando era necesario.

Sin pestañear siquiera, Amren lo advirtió:

—Ni se te ocurra poner un pie en Vallahan, muchacho.

Azriel respetaba a Amren, pero no iba a permitir que lo intimidara. Enseñando un poco los dientes, respondió:

—Tenemos que rastrear al príncipe antes de que encuentre el objeto Hecho y…

—Voy a regresar —declaró Mor.

Azriel giró la cabeza hacia ella de golpe. Hacia el bello rostro de Mor que durante tantísimos años lo había atormentado; ese que, en su día, protagonizó los sueños que tenía Azriel de un futuro; para él, para los dos…

—Cuando ya haya pasado el Día del Nombre de Nyx, regresaré a Vallahan —le explicó Mor con un tono casi suplicante—. Y haré lo que sea necesario.

—Y una mierda —escupió Cassian, verbalizando la estupefacción y el miedo que Azriel mostraría al expresar la misma respuesta—. Ya saben lo que tenemos en mente.

—Entonces puedo dejarme de sutilezas —contestó Mor acompañando las palabras con un gesto de la mano—. Aún me queda lo que falta de otoño y todo el invierno para controlarlos de cerca y encontrar algo que demuestre que se han aliado con Koschei.

Azriel alternó la vista entre su alto lord y su alta lady.

—No me digáis que os lo estáis planteando en serio.

Tanto Feyre como Rhys mantuvieron una expresión seria, firme. Az tal vez se hubiese opuesto, pero lo entendía. Había visto el respeto que le mostraba el rey de Vallahan a Mor. El mismo que también le mostraban en Montesere. Si iban a considerar escuchar a alguien siquiera… Ese alguien sería Mor.

No obstante, enviarla otra vez allí ahora que sus enemigos tenían claro que el Tesoro se encontraba en esa Corte…

—No se atreverán a tomarme como rehén —le dijo Mor a Az con delicadeza, como si acabase de leerle la mente.

O la cara. Az volvió a adoptar una expresión neutral.

Antaño se habría arrastrado con tal de oír a Mor hablándole con tanta ternura.

Con tanta preocupación—. Objetos Hechos aparte, siguen temiendo demasiado que vayamos a usar el Tesoro contra ellos, por más que eso les diera un motivo para aniquilarnos.

—Le dedicó una pesarosa sonrisa a Az—. Confía en mí. Conseguiré lo que necesitamos.

Az ya confiaba en ella. Mor había aprendido a moverse entre nidos de víboras por las malas.

Se había pasado años en el lugar ese de mala muerte al que llamaban Corte de las Pesadillas.

Y sus cicatrices lo demostraban. Por eso la quiso tanto Azriel: porque sobrevivió y estaba llena de vida pese a haber nacido en un lugar como ese.

Un infierno parecido al otro en el que había nacido él. Al que también había sobrevivido.

Azriel pensó que estaban hechos el uno para el otro: dos personas que habían nacido envueltas por una oscuridad que distaba sobremanera de lo que luego les ofreció Rhys; dos personas cuyos padres las odiaban por haber nacido y unas madres que poco podían hacer por protegerlas (o, en el caso de Mor, que no tenía intención alguna de hacerlo).

Dos personas que poseían unos poderes únicos para conseguir la información, la verdad, quisieran o no.

Pero eso no significó una mierda. Al final, a pesar de que Mor no tuviera la culpa, nada de eso significó absolutamente nada.

Aun así, el hecho de que Mor tuviera que volver a viajar al otro lado de las aguas sola ahora que el riesgo era todavía mayor…

—Yo confío en ti —le dijo Feyre a Mor—. Confiamos todos en ti.

La vergüenza se adueñó de Azriel. No era ningún novato para tener que refrenar y controlar sus emociones.

Pero Mor le dedicó un guiño a su alta lady.

Y Azriel lo entendió: Mor no iba a adentrarse en territorio enemigo de nuevo para ir a hablar con un montón de conquistadores bélicos por el mero bien de los humanos.

También iba a hacerlo por el bien del niño que había en esa sala, medio embriagado con la leche de su madre, completamente a salvo y feliz.

Porque, en el caso de que se declarase una guerra, uno de sus padres o puede que los dos lucharían en ella.

Y como uno de ellos no regresara, el otro tampoco sobreviviría. Gracias al estúpido trato que habían hecho en nombre del amor, esa promesa entre almas: que, si Rhys o Feyre moría, el otro también abandonaría este mundo.

Tras enterarse de esa confesión, Amren se pasó meses buscando la forma de deshacer dicho trato, pero fue en vano. Helion ordenó a sus estudiosos que buscaran la solución en miles de bibliotecas, pero tampoco sirvió de nada.

Raras eran las veces en las que Azriel tacharía a Rhys o a Feyre de necios, pero ser tan imprudentes, estar tan enamorados…

Él nunca había experimentado algo así. En su día, deseó saber cómo era sentirse de esa forma con todo su ser, pero ahora… Ahora ni siquiera sabía si quería llegar a descubrirlo.

—¿Y qué hacemos mientras con el Tesoro? —quiso saber Nesta, que rompió el silencio para verbalizar aquello que nadie se atrevía a preguntar.

Al final, se giró hacia el grupo.

Az no identificó en ella la misma cara que cuando había terminado el Rito de Sangre la última primavera.

Ahora su expresión era más hueca, más desolada.

Como si en las últimas semanas hubiera vuelto a convertirse en la misma persona que era hacía un año; en aquella que le encontraba poco placer a la vida.

Y sus ojos de color gris azulado habían perdido su intensidad habitual.

Fue incapaz de sentirse mal por ella. O por Cassian, incluso, que la miraba con dolor y enfado en los ojos. Nesta había tomado sus propias decisiones. Ahora le tocaba acarrear con las consecuencias.

—El Tesoro seguirá escondido donde está ahora mismo, conmigo —respondió Rhys con firmeza.

Feyre asintió—. Es muy probable que nuestros enemigos y Koschei esperen que entremos en pánico y lo llevemos a otra parte.

Seguramente estarán observando todos nuestros movimientos con la esperanza de que lo hagamos para así pillarnos enseguida.

Az desvió la vista hacia sus sombras, al lado de la puerta.

No le habían dicho nada, al igual que tampoco le habían informado sus espías de carne y hueso; de todos modos, eso no significaba que sus enemigos no tuvieran sus propios métodos de espionaje.

Él mismo tenía clarísimo que en Montesere disponían de un arsenal de informantes igual de desmedido que podían desplegar por todo el mundo.

—Deberíais ir a Fomoria —les dijo Amren con firmeza a Rhys y Feyre.

Incluso Az pestañeó sorprendido. Aquel vasto territorio en el noreste del continente llevaba negándose a abrir vías de contacto incluso desde antes de la guerra contra Hybern. Tanto con ellos como, por suerte, con sus enemigos.

Feyre negó con la cabeza y contestó:

—Sin algo que demuestre que los tres territorios se han confederado con Koschei, dudo que nos reciban siquiera. Además, ya hemos intentado ponernos en contacto con ellos. Tres veces.

—Volved a intentarlo —se limitó a contestar Amren—. Es el único territorio que tal vez consiga que Rask se lo piense dos veces. Por no hablar de Montesere y Vallahan. Si Rask se retracta, los otros dos también lo harán.

—A no ser que nos presentemos allí y les aporreemos las puertas —dijo Feyre un poco molesta—, no responderán a ninguna carta ni aceptarán ninguna invitación para reunirse con nosotros.

—Pues presentaos allí —insistió Amren—. Aporreadles las puertas hasta que os abran.

Feyre se cruzó de brazos.

—Sería demasiado agresivo hasta para nosotros. Puede que los irrite lo suficiente como para que se alíen directamente con Rask.