Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Motivo por el cual era aún más necesario que Azriel se quedara y vigilara quién entraba y salía de Thrudheim, por si llegaban emisarios de alguno de esos territorios.

—Quiero que lo encuentres —le ordenó la reina a su hijo—. Que le traigas ese obsequio a tu padre, que lo traigas a Vallahan. Deberíamos tenerlo nosotros. Nadie más.

Tomó nota de eso. Puede que Vallahan, Montesere y Rask se hubiesen aliado, pero ¿podían las ganas por hacerse con el arma Hecha romper esa alianza?

Resultaba evidente que habían depositado la suficiente confianza en el resto como para aliarse, pero ¿tan sólida era su fe?

Parecía que el príncipe fuera a actuar por cuenta propia.

¿Sabían en Montesere y Rask que los de Vallahan iban por libre?

Tal vez esta fuera la mejor alternativa para impedir la invasión: destruir la triple alianza y enemistarlos a todos.

Tendría que infiltrar espías y agentes en las tres cortes, lo cual sería especialmente difícil en Rask; sin embargo, si conseguía debilitarlos, usar la caza del arma Hecha para que se saltaran a la yugular los unos a los otros, revelar que el príncipe había salido en busca del arma en secreto y de forma no autorizada sin tener en cuenta la alianza…

Quizá funcionaría. Y era justo el tipo de conspiraciones deshonestas y desagradables que siempre se le había dado bien maquinar. Un hábil don. O una maldición.

Desvió la vista hacia la reina y el príncipe de Vallahan, pero las puertas de Thrudheim ya se habían cerrado y los carneros volvían a enfrentarse, protegiendo a la familia real al otro lado.

Y, entonces, sus sombras lo captaron. Los murmullos de la guardia.

—Capullo arrogante… —refunfuñó uno.

Era el mismo al que casi le había escupido encima.

Ninguno de los otros guardias lo contradijo. Ninguno puso el grito en el cielo al oír esa ignominia.

Interesante. Un príncipe que no se había ganado el corazón de sus soldados. También podría tirar de ese hilo. Cargarse la triple alianza, debilitar el orden gobernante de cada territorio y así asegurarse que los fae en las tierras libres no tuvieran motivos para unirse a ellos.

Lo dejaría para más adelante. Bastante tiempo se había quedado ya allí.

De modo que, cuando sus sombras regresaron a él y lo envolvieron cual manto viviente, Az desapareció, dejando solo un cálido soplo de aire a su paso.

—O sea que ha ido bien —opinó Cassian arrastrando las palabras.

Estaba tumbado en el sofá que había frente a la chimenea del estudio personal de Rhys.

—De maravilla —respondió Feyre sentándose a su lado con Nyx en brazos y pegado a su desnudo pecho—. Hasta vendrán para el solsticio.

Azriel, si bien permaneció sentado en la butaca que había al lado de la ventana, donde disfrutaba de la sombra que le ofrecían las aterciopeladas cortinas que lo rodeaban, no pudo evitar reír por lo bajo.

Al regresar, los había encontrado a todos allí, y Rhys se había limitado a saludarlo con la cabeza, aunque seguro que se había fijado en la nieve que seguía cubriéndole las escamas de la armadura y que aún no había acabado de derretirse.

Por supuesto, las sombras de Azriel le advirtieron quiénes estaban presentes antes de entrar, pero este bloqueó sus murmullos para que no pudieran anunciar también quién había cerca. En ese momento ni quería ni necesitaba semejante distracción.

No con tantas cosas en la mente, con tantos planes por tejer. Sintió la apremiante necesidad de moverse, de empezar a hacer lo que mejor se le daba.

—Se avecina otra guerra —señaló Cassian cruzando las piernas a la altura de los tobillos. El barro que le ensuciaba las botas todavía no había acabado de secarse. Las sombras de Azriel susurraron que olía a los bosques que se encontraban próximos al mar en otoño—. ¿Algo más?

—No entiendo cómo puede parecerte gracioso —lo reprendió Mor echándose un mechón de su dorado pelo detrás del hombro—. Esto no se asemeja en nada a lo de Hybern. Y tampoco se parecerá en nada a la Guerra de la División. Será peor.

Al oír el tono sombrío de Mor, Az dejó de darles vueltas mentalmente a todos sus planes.

No recordaba quién había empleado el término «la Guerra de la División», pero ya se la conocía así.

Con algo de suerte, no tendrían que buscar un nombre tan dramático para el conflicto que estaba a punto de estallar.

Con algo de suerte, directamente no se originaría, por más que Azriel supiera que pensar eso era como hacer castillos en el aire. Cosa que solía ocurrirle a menudo.

Azriel no pasó por alto el centelleo rapaz que atravesó la mirada de Cassian cuando este dijo como si nada:

—Ya lo gestionaremos.

Se le está acelerando el pulso. El miedo le corre ávido por las…

Az ignoró a sus sombras otra vez. No necesitaba enterarse de absolutamente todos los detalles acerca del estado emocional de Cassian. Y menos cuando su hermano ya lo tenía dibujado en la cara.

Marchaos a otra parte , les ordenó. Pronto tendré más trabajo para vosotras.

Podría haber jurado que se escabulleron con el rabo entre sus metafóricas piernas hasta convertirse en un cúmulo de oscuridad junto a las puertas cerradas. Las ignoró.

—¿Y cómo piensas gestionarlo, Cassian? —lo interrogó Amren, sentada en el sillón que quedaba delante del de Azriel—. ¿Con un ejército? ¿A qué precio?

Rhys debía de haber informado al resto mientras Az estaba en Vallahan.

Feyre se acercó más a Nyx. Ese fue el único indicio del temor que dejó entrever antes de intervenir.

—Nos tienen miedo. Han fingido que no, pero es así.

Az asintió. Sus sombras también se lo habían confirmado durante la reunión.

Él mismo sabía perfectamente cómo era ese miedo; de pequeño siempre lo sentía antes de que alguien lo llamara «monstruo», «demonio» o «abominación».

Lo notaba en los demás con una habilidad casi sobrenatural, con o sin sombras.

—Tienen miedo del Tesoro —la corrigió Amren repiqueteando con sus largas uñas rojas en el reposabrazos de la silla—. Y, mientras sigamos teniéndolo nosotros, mientras sigamos contando con alguien capaz de usarlo, limitarán la invasión a sus orillas y nos dejarán en paz en Prythian.

Az no quería hacerlo, pero levantó la vista. Igual que el resto.

Al lado de la ventana más lejana había una larga figura con la mirada puesta en el jardín delantero y en el río turquesa que se avistaba a lo lejos. Como si pudiera ver el mismo punto en el que aterrizó una desconocida hacía cuatro semanas.

Azriel apretó los dientes y contuvo la apremiante necesidad de llevarse la mano a la empuñadura de El que dice la verdad.

En ese momento, él se hallaba en su casa, escudriñando el último informe de Mor sobre Vallahan, cuando sus sombras le susurraron en el oído: Está aquí, en el jardín, entre la niebla; ha venido. Huele a otro mundo; el linaje ha regresado.

Azriel salió fuera, silencioso como el que más, y la vio: una mujer pelirroja que olía a fae y a humanos, con ropa extraña y unos llamativos zapatos rosas, y cubierta de una sangre que no olía a la suya propia; la sangre de una hembra que no era humana ni fae ni ningún tipo de criatura de este mundo.

La desconocida en cuestión se llamaba Bryce Quinlan.

Se había transportado al jardín, aunque tampoco fue así del todo.

Ha caído de las estrellas , le informaron sus sombras. Ha caído de las rocas; ha caído del mar.

Sus sombras empezaron a balbucear, como si estuviesen intentando poner palabras a aquello que estaban descubriendo con cada jadeante y temblorosa respiración de esa hembra.

Y, entonces, El que dice la verdad empezó a vibrar. A cantar. Y justo cuando Azriel fue hacia la hembra arrodillada y acercó la hoja a la dorada piel de su cuello… se fijó en esa increíble espada negra.

El que dice la verdad se agitó y, si no cayó al suelo, fue porque Az la estaba sujetando con fuerza.

Después, su férrea voluntad lo llevó a seguir un protocolo que tenía grabado a fuego en su mente.

Cubrió los ojos a su posible enemiga para que no supiera adónde la llevaba ni a quién tenía a su alrededor, y voló en varias direcciones para desorientarla y enervarla aún más.

Aunque a Bryce no le hacía falta enervarse más. No paró de temblar en brazos de Az. A pesar de que no derramó ni una sola lágrima, no dejó de sollozar. Estaba embadurnada de la sangre de otra persona; era como si se hubiera bañado en ella.

Pero Az no notó odio en aquella mujer, ni tampoco el triunfo de un guerrero vil. Lo único que percibió en ella fue miedo y desesperación y dolor y terror y una profunda y devastadora aflicción.

Durante esos primeros minutos, Azriel fue tan absurdamente compasivo que la llevó a la casa de la ciudad en lugar de al calabozo más cercano o a la Ciudad Tallada. No, eso vino luego.

Era una de las decisiones más insensatas y estúpidas que había tomado en toda su vida. Nadie se lo dijo, pero Azriel lo sabía. Y nunca se perdonaría por ello. Había llevado a una forastera de otro mundo al corazón de su ciudad, donde tantas familias y niños había.

Después de eso, ocurrieron muchas cosas. Muchísimas y muy deprisa.

A juzgar por el silencio que reinaba ahora en la habitación, los demás también estaban pensando en eso. La Madre sabía que todos seguían procesando lo que había sucedido y lo que habían aprendido.

Az se había limitado a hacer aquello que tan bien solía funcionarle: enterrarlo todo y seguir adelante.

Si bien continuaba sin blandir El que dice la verdad.

Detestaba llevarla encima, siquiera. A lo mejor tendría suerte y una fuerte ráfaga de viento le arrancaría no solo las alas sino también esa daga maldita.

Y así no tendría que armarse de valor para dejarla abandonada en la primera basura que encontrase, que era donde debería estar.

Sin mirar a nadie en concreto, Nesta, que seguía con la vista puesta en lo que había al otro lado de la ventana, preguntó:

—¿Puedo acercarme al Tesoro, siquiera?