Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Azriel

El invierno siempre llegaba pronto en Vallahan. A pesar de que en la Corte Noche seguíamos disfrutando de la dicha otoñal, una capa de nieve cubría ya las gigantescas y áridas montañas donde se había construido la legendaria fortaleza de oro de Thrudheim.

Y la nieve era algo bueno y negativo a la vez. Algo bueno porque dificultaba la visibilidad a los enemigos de Azriel y permitía a este esconderse bien para observar todo lo que le apeteciera. Y algo negativo porque también le entorpecía la visión a él y ocultaba a cualquier insidioso adversario.

Pero Azriel sabía cómo permanecer escondido, con o sin sombras.

Y, en comparación con la lluvia torrencial que había experimentado en las montañas de Montesere, esto era claramente mejor.

A pesar de que ahora, en un risco de una de las montañas que acunaban Thrudheim, el sibilante viento le dejara las orejas entumecidas.

Aunque al menos no le castañeteaban los dientes.

Y, al menos, nadie lo estaba mirando desde abajo.

El baluarte de la familia real de Vallahan se hallaba justo donde se unían ambas montañas.

Y, en las laderas que había más abajo, se extendía un pueblo hacia el río congelado y los campos del valle, que ahora estaban en plena hibernación.

Aquellas montañas eran casi infranqueables, y la fortaleza dominaba el terreno elevado del lugar, que le ofrecía una amplia panorámica de las tierras que se esparcían a sus pies.

En el caso de que tuvieran que defenderse de ejércitos terrestres, era un buen lugar para un bastión.

En el caso de que tuvieran que defenderse de gente como él… Esa ubicación los convertía en presas fáciles. Y más fácil era aún observarlos sin que nadie se percatara.

Al igual que ocurría en la casa del río y en la Casa del Viento, los centinelas que había alrededor de Thrudheim impedían que nadie se transportara directamente dentro.

Esto obligó a Az a permanecer alejado del edificio en sí, pero, a su vez, le permitió ver cómo los tres miembros de la realeza iban del punto de aterrizaje oficial (una zona circular de piedras envuelta por arcos con imágenes de crías de carnero talladas en ellos y reservada única y exclusivamente para la familia real) al puente levadizo que pasaba por encima del foso y daba a los portones dorados de la fortaleza como tal.

Y decir que el edificio era «dorado» era ser generoso. Si recurría a ese adjetivo era solo para describir el descolorido tono de las piedras que habían arrastrado durante miles de kilómetros y las ocasionales láminas de oro que había en esa superficie tallada y que ya iban desgastándose.

Vallahan había visto años mejores. Siglos.

Hacía muchísimo que los campos que se extendían a lo lejos no daban abundantes cosechas; desde entonces, y por más que sus chamanes se hubieran esmerado en regenerar su magia fértil, la tierra había perdido su riqueza.

Y, a pesar de que faltaban solo unos días para el Equinoccio de Otoño, no había decoración alguna para honrar la abundancia de la estación.

Como si no tuvieran nada que cosechar; ningún dios al que dar las gracias.

Pero lo que le importaba a Azriel no era esto. Y menos mientras observaba, escondido entre la nieve, a los tres miembros de la realeza envueltos con sus pieles y a los guardias que había alrededor del puente levadizo y que los saludaban con las lanzas.

Sus enemigos estaban buscando su propia arma Hecha.

De modo que Azriel había ido allí a descubrir quién estaba al cargo de dicha tarea.

Rask quedaba demasiado lejos, era demasiado grande y estaba demasiado vigilado como para que pudiera colarse cuidadosamente.

Vallahan, en cambio… Resultaba bastante fácil poder espiarlos durante un rato.

Y sería una estupidez por su parte dejar escapar la oportunidad; sobre todo ahora que lo tenían todo tan fresco.

Así que allí se encontraba. Había aparecido en ese lugar solo unos segundos después que los miembros de la realeza, que continuaban estando enfurecidos tras aquella conversación en Storr.

Azriel concedió el poder justo a sus sombras y les pidió que le susurraran todo lo que oyeran desde las penumbras de debajo del puente.

—Menuda pérdida de tiempo —se quejó la reina de Vallahan al rey. El aire era tan helado que su aliento formó pequeñas nubes al hablar—. No deberíamos haber ido.

El rey respondió:

—Se lo debíamos a Morrigan. Le prometí que nos reuniríamos con ellos.

El joven príncipe de Vallahan escupió sobre las piedras cubiertas de nieve y casi le manchó la bota de cuero a uno de los guardias que los estaban saludando. Ni el guardia reaccionó lo más mínimo ni el príncipe le ofreció ninguna disculpa. Cabrón engreído…

—Tienes demasiados favoritismos con Morrigan. Te ha embaucado.

El barbudo rey advirtió a su hijo con la mirada. Un guerrero cada vez más mayor atormentado por un hijo que no era un sucesor digno.

—Conozco a Morrigan desde mucho antes de que tú nacieras. Ya la respetaba incluso antes de que llegara aquí. La forma en que se ha comportado entre estas paredes no ha hecho sino convencerme aún más.

La reina lo fulminó con la mirada.

—Es igual de estúpida y blandengue que su alta lady.

Lo pronunció con un tono tan punzante que fue como si estuvieran clavándole espolones a Azriel, que estaba ya tan irritado que tuvo que comprobar que no le centellearan los sifones azules que tenía en el dorso de la mano.

Por suerte, seguían adormecidos. Era un arma que controlaba muchísimo más que Cassian, cuyos sifones reflejaban la volatilidad de sus emociones.

Los portones chirriaron al abrirse y los carneros que había tallados en cada uno de ellos y que aparecían chocando las cabezas se separaron, quedando así uno en cada portón, para dejar pasar a los miembros de la realeza.

Cuando atravesaran el umbral de Thrudheim y pasaran por delante de los guardias, las sombras de Azriel dejarían de oírlos.

—Morrigan no pinta nada en nuestros planes —declaró el príncipe sorbiéndose los mocos—. Estoy harto de hablar de ella.

Az ignoró la helada ventisca de nieve que le azotó la cara y se acercó un poco más.

Sin mediar palabra, el rey de Vallahan siguió andando hacia las puertas, detrás de las cuales aguardaba un jardín cubierto de nieve. La reina ralentizó el ritmo y se giró hacia su hijo.

—Mañana te irás a buscar lo que necesitamos. Descansa esta noche, cariño.

El príncipe se limitó a asentir, con una expresión seria y firme.

Azriel entró en tensión. El plan ya iba tomando forma.

Si el príncipe se transportaba al día siguiente adondequiera que fuera, tendría que volver a salir de la fortaleza, cosa que tal vez le proporcionaría algo más de información antes de que desapareciera.

Y, en el caso de que el príncipe viajara a pie, Azriel podría volar lo suficientemente alto como para seguirlo sin que el otro lo detectara y…

El príncipe de Vallahan se quejó y le dijo a su madre:

—Ir a ese lugar de mala muerte, a Rothorn, no sirvió de nada, y ahora nuestros enemigos saben que estamos buscando un arma Hecha.

Se nos está acabando el tiempo. Se me está acabando el tiempo.

—Az se tensó. Había acertado al ir a Montesere.

El príncipe de Vallahan estuvo en la montaña.

Había ido a la caza con la gente de Montesere y de Rask—.

Además, ¿por qué hemos tenido que asistir a esa farsa de reunión, hoy?

Ya sabemos que tienen el Tesoro; no hacía falta que nos lo confirmaran.

—No lo he elegido yo —respondió la reina con tirantez—. Pero tu padre, tu rey, quería oírselo decir personalmente.

Azriel apretó los dientes. Bueno, pues habían caído de cuatro patas. Ni siquiera habían intentado negar que tenían el Tesoro. Pero Vallahan no tenía ni idea de qué más poseían.

Aunque eso daba igual. Habían podido confirmar que sus enemigos iban en busca de su propia arma Hecha. No obstante, Azriel pensó que si supieran cuántas estaban en poder de la Corte Noche en realidad, tal vez intentarían declararles la guerra.

La daga El que dice la verdad colgaba, pesada como un imán, a un costado.

He aquí una de esas armas Hechas secretas.

A pesar de que llevaba blandiéndola desde hacía siglos, eso lo había descubierto recientemente.

Se había pasado todos estos años llevándola encima, durmiendo con ella bajo la almohada y cortando con su impío filo sin tener la más mínima idea de que era un objeto Hecho.

Nunca había visto que saliera ni pizca de poder del arma, a excepción del que él les arrancaba con las manos a sus enemigos.

Un arma infernal para un alma corrompida.

Supuso que él y El que dice la verdad se merecían el uno al otro y, aun así, llevaba semanas sin usarla. Desde…

—Mi padre se ha vuelto demasiado cauteloso con el paso de los años —murmuró el príncipe, que ya estaba a unos pocos pasos de las puertas de Thrudheim.

El rey seguía avanzando muy por delante, como si quisiera alejarse de su familia.

Az recordó, a partir de una historia que le había contado Mor, que los reyes de Vallahan se unieron en un matrimonio concertado.

La reina era la hija de un poderoso comandante y Vallahan, con los campos desolados, tuvo que recurrir a las fuerzas del padre de esta para que reforzara los ejércitos.

A juzgar por su relación, en los siglos siguientes, poco amor había surgido entre ellos; ni siquiera con la llegada de su hijo hacía nueve décadas.

El joven príncipe aún tenía que encontrar a su pareja o casarse, lo cual todavía dejaba la puerta abierta para que se estableciese un vínculo firme y conveniente.

Era poco probable que permitieran que alguien de la Corte Noche pasara a formar parte de su familia, aunque Az dudaba que hubiese alguien que aceptara casarse con ese capullo.

Había otras cortes, pero era muchísimo más probable que un territorio como Montesere o Rask ya estuviera compitiendo para sellar esa unión.