CAPÍTULO 2 #7
A mí se me heló la sangre. ¿Y si la impía presencia de Koschei había despertado realmente los objetos Hechos que había en el mundo?
Lo que había oído la espía de Az llevaba a pensar que Koschei había ayudado a nuestros enemigos a buscar el objeto Hecho en cuestión y les había revelado dónde encontrar el arma. Pero ¿a cambio de qué? ¿Por qué?
Noté una punzada en mis pesados pechos, como si quisieran recordarme lo que me esperaba en casa. Quién. Me levanté y, con el movimiento, se me escapó algo de leche. Me cuadré de hombros y juré:
—Voy a seguir buscando un camino que guíe a todos los pueblos de este mundo hacia la paz.
La reina y el príncipe de Vallahan rieron por lo bajo. Sin embargo, su rey asintió pesarosamente con la vista puesta en mí y en Mor antes de desaparecer.
El Ama de los Ocultos inclinó la cabeza hacia mí y afirmó:
—Que los Ocultos y tu negligente Madre tengan piedad con el alma de tu hijo.
Ella también desapareció antes de que me diera tiempo a rodearle el cuello con una llama y estrujárselo. El visir, que hedía a aversión, también se marchó con ella. El único que se quedó fue el duque de Bernion, a quien despeinó el gélido aire que se colaba a través de las puertas abiertas.
Por un segundo, el ruido de las olas al chocar a lo lejos inundó la sala.
Algo parecido al dolor asomó en la mirada del duque.
—Yo no busco ninguna invasión ni ninguna guerra. —Se miró sus enormes manos, llenas de cicatrices, como si ya pudiera vérselas manchadas de sangre—. Pero si mi rey inicia una, lo seguiré.
Rhys permaneció impertérrito.
—¿Acaso te ha enviado hoy tu rey, Valderic?
—No. —Se le movió la nuez—. Él se ha negado a venir personalmente y tampoco ha querido enviarme a mí como emisario. Mentí al visir y al Ama de los Ocultos para que asistieran. Pensaban que lo había aprobado la realeza.
Mor, con la voz cargada de temor y angustia, preguntó:
—Entonces, ¿por qué te has molestado?
El duque la miró sin recato.
—Esperaba que fuerais a persuadirlos para que cambiaran de opinión y que tal vez así ellos consiguieran que mi rey también lo hiciera.
Dejó de escucharme hace mucho, pero ellos me creyeron cuando mentí y les dije que había arreglado la situación con él.
En cuanto regrese a casa tendré que acarrear con las consecuencias, pero…
—Hizo una mueca—. Hacéis bien en preocuparos por quiénes pueden ser los aliados de Montesere.
No puedo decir nada más aparte de esto. No sin arriesgarme a que nos acusen a mí y a mi familia de traidores.
Rhys guardó silencio. Fuera, el viento rugía.
—Tienes buen corazón, Rhysand —prosiguió el duque, moviendo ligeramente la cabeza—.
Pero ten también sensatez. No eches a perder la vida de tu gente en vano.
Da igual lo que hagáis; esta invasión verá la luz y ganaremos.
Si os adentráis en la batalla con el Tesoro, os arriesgáis a que la guerra llegue también a vuestras puertas.
Manteneos al margen. No provoquéis a Koschei el Inmortal, que a tantos susurra y en tantos sueños oscuros se cuela.
Quedaos en Prythian, en la Corte Noche. Sed felices. Criad a vuestro hijo.
Se me cerró la garganta.
Rhys se quedó mirando el vino que no había probado nadie y preguntó con aspereza:
—¿Cuándo va a empezar la invasión?
El duque negó con la cabeza.
—Aunque lo supiera, no podría decíroslo. Pero, teniendo en cuenta que el Tesoro está en vuestras manos, supongo que los demás no atacarán hasta que sientan que poseen un arma igual de poderosa que la vuestra.
Le dediqué una prieta sonrisa en señal de agradecimiento.
Tal vez él no quisiera ser un traidor, pero acababa de regalarnos algo.
Nos había confirmado que, de momento, ninguno de esos tres territorios tenía un objeto Hecho.
Rhys cerró los ojos. Solo un segundo. Le cogí la mano.
Los dedos de mi pareja estaban igual de fríos que el mar que aguardaba en el exterior.
—No dejéis que os afecten las cuestiones del continente —continuó el duque alternando otra vez la mirada entre nosotros—. Haré todo lo que pueda por ser lo suficientemente justo con los humanos.
A diferencia del resto, el duque cruzó las puertas despacio y contempló el mar un segundo antes de desaparecer, igual que lo habían hecho sus compañeros.
El viento rugió con fuerza y los braseros y la chimenea titilaron con el frío. Mor se recostó en el asiento y hundió la cabeza entre las manos.
—Ya puedes salir, Az —dijo Rhys con cierto agotamiento en la voz.
Mi pareja ya notaba ese peso en los hombros. Y yo lo sabía porque a mí me ocurría lo mismo.
Az no apareció.
Rhys desvió su mirada hacia las puertas, que seguían abiertas, y contempló el rocoso terreno de Storr y el virulento mar que había a lo lejos.
—Azriel.
Nada.
Mor descansó las manos en el regazo.
—No está aquí.
A Rhys se le incendió la mirada.
—¿Y dónde se ha metido exactamente? —preguntó remarcando bien cada palabra.
Mor señaló con la cabeza una de las sillas que habían quedado vacías. Una de las que habían ocupado los miembros de la realeza de Vallahan.
—Si tuviera que adivinar…