CAPÍTULO 2 #6
—Nuestro objetivo sería llevar a cabo una conquista sin llegar a derramar sangre —se apresuró a argumentar el duque, como si se percatase y temiera (sabiamente) el desliz en el férreo autocontrol habitual en Rhys—.
Que los humanos vieran los ejércitos de los fae a su alrededor y entregaran las armas.
Puede que no sean tan inteligentes ni eruditos como nosotros, pero tampoco son tan estúpidos como para meterse en una guerra que no pueden ganar.
Me hervía la sangre. La altanería de los altos fae seguía siendo igual de soberbia que hacía quinientos años.
Aun así, Rhys señaló con tono aterradoramente bajo:
—¿Y cuál es el papel de Koschei el Inmortal en vuestros planes?
Ahí estaba. Lo que sospechábamos; lo que nos preocupaba desde hacía tiempo.
Nos lo habían confirmado tanto la forma en la que el lord de la muerte manipuló a Briallyn como todas las discretas jugadas que había ido llevando a cabo, de modo sutil e indirecto, para movernos por una especie de tablero de juego en el que no habíamos reparado hasta ahora.
Y lo habíamos vuelto a confirmar unos días atrás, cuando la sombra de Azriel oyó a esos machos hablando de Koschei y de la caja de ónice que, según se rumoreaba, contenía la muerte del lord.
Un hilo, la sombra había dicho. Su muerte había sido entretejida en un hilo de vida, fuera lo que fuera eso. Nunca habíamos oído ese término.
—¿Quién? —le preguntó la reina de Vallahan a mi pareja con un tono demasiado tierno como para que sonara genuino.
Su marido permaneció inexpresivo. El príncipe, en cambio, alternó la mirada entre sus padres. Estaba clarísimo que sabían quién era Koschei.
—Y yo que pensaba que sabríais cómo se llamaba la criatura que os trata como títeres —respondió Rhys tranquilamente.
El rey de Vallahan se molestó y protestó:
—En mis fronteras, estas cosas no…
—Sabemos quién es Koschei —lo interrumpió el duque de Bernion con un tono sombrío.
El Ama de los Ocultos suspiró con la vista puesta hacia el cielo, con sumo dramatismo.
—No es más que un hechicero insignificante que juega a ser un rey de la muerte. No nos sirve de nada.
La miré con hastío.
—No suenas para nada convincente.
Abrió la boca para responder. Sin embargo, antes de que le diera tiempo a hacerlo, el duque intervino:
—Nuestras espías hace tiempo que saben de su existencia. Rondan las montañas que hay alrededor de su lago, atentas. Como se le ocurra tan solo respirar en dirección a Montesere, nos enteraremos.
—¿Y os informan de todo esto para tener a vuestros ejércitos preparados para combatir contra él? —preguntó Rhys con su impecable calma—. ¿O es para entender mejor a un aliado?
—Koschei no es aliado de Montesere —insistió el duque.
El visir y el Ama de los Ocultos mostraron una expresión visiblemente imperturbable, al igual que los miembros de la realeza de Vallahan.
Rhys los estudió uno a uno. No obstante, no se dirigió a nadie en concreto cuando declaró:
—Espero, por el bien de todos vosotros, que lo que decís sea cierto.
—¿Nos estás amenazando? —preguntó el príncipe de Vallahan—. ¿Acaso no podemos aliarnos con quien nos apetezca? ¿O es que también piensas meter las narices en esto?
Rhys se miró las uñas de nuevo.
—Es una advertencia. No sé qué os ha prometido Koschei ni cuál será la recompensa, pero no será la maravilla que pensáis. —Apartó la vista del rey de Vallahan y la fijó en el duque de Bernion—. No sé qué os habrá dicho, pero os recomiendo que no le creáis.
—No tenemos contacto alguno con Koschei el Inmortal —siseó el Ama de los Ocultos—. Si nos uniéramos a él, nos ganaríamos muchos enemigos. No solo vosotros. No somos tan necios. Todo esto son invenciones tuyas.
—Bastante mal está el mundo últimamente —contestó Rhys con frialdad.
A mí, en cambio, me habían entrado unas ganas inmensas de gritarle al Ama a la cara: «¡Mentirosa!
»—. No necesito inventarme nada. —Antes de que alguien pudiera responder, Rhys prosiguió—: Pero mi advertencia iba con buenas intenciones.
Era cierto, aunque nadie respondió. Ni siquiera el duque.
De hecho, ante una alianza entre Rask, Montesere y Vallahan, algunos de los territorios del continente tal vez estuvieran dispuestos a sublevarse. Mor había descubierto que, efectivamente, nuestros enemigos habían intentado embaucarlos, igual que nosotros, y tampoco lo habían logrado.
Se hizo el silencio y Mor, a modo de conclusión, preguntó en voz baja:
—¿O sea que queréis seguir adelante con la invasión sí o sí?
La falta de respuesta por parte de los demás fue toda la confirmación que necesitábamos. A mí se me revolvió algo en las tripas.
Mor pegó un manotazo en la mesa.
—Durante la Guerra, hubo fuerzas fae que defendieron a los humanos.
Nosotros los defendimos. —Señaló al rey de Vallahan y los ojos marrones de Mor se llenaron de consternación—.
Tu padre los defendió. ¿De veras piensas destruir la causa por la que luchó y escupir así sobre su recuerdo, su sacrificio y el sacrificio de vuestra gente?
El rey de Vallahan pestañeó y algo parecido a la vergüenza y la aflicción inundó su profunda mirada.
Su mujer, en cambio, se encogió de hombros y, acariciándose las pieles, argumentó:
—El mundo ha cambiado. Lo que en su día fue el ideal sublime de dos tierras, dos pueblos, es ahora una pesadilla.
Muchos de quienes antes creían en vuestra causa han vivido la realidad de cinco siglos y han descubierto que, en el fondo, ciertas cosas iban mejor antes de la Guerra.
No somos tan orgullosos como para negarnos a aceptar que puede que nos equivocáramos en su día.
Al igual que os estáis equivocando vosotros ahora con vuestro nuevo tratado.
Dicho esto, la reina de Vallahan se levantó con la misma rigidez que las gélidas tierras que gobernaba. Su hijo hizo lo propio.
El gran visir y el Ama de los Ocultos también se levantaron. El rey de Vallahan y el duque de Bernion imitaron al resto al cabo de poco, si bien lo hicieron a regañadientes.
—Intuyo que se ha acabado la reunión —anunció Rhys, que seguía sentado, sin alzar la voz.
El duque inclinó la cabeza.
—Hemos venido por respeto hacia ti. Yo lo he hecho por simpatía hacia ella —añadió señalando a Mor, que estaba fulminándolos a todos con la mirada—. Llevó a cabo un valeroso esfuerzo por convencernos.
No podía estar pasando esto. Otra guerra, otra invasión, humanos esclavizados…
—Tal vez llevabais anticipando esto desde hace un tiempo —dijo el Ama de los Ocultos con la vista puesta en mí— y por eso os hicisteis con el Tesoro.
—Me dedicó una de esas horrendas y beatíficas sonrisas—.
Muy en el fondo, ya sabíais que no podríais convencernos.
Y os advierto: si usáis el Tesoro, estaréis condenando vuestra alma inmortal.
Los Ocultos os castigarán a vosotros y a los vuestros por ello.
Apreté los dientes.
—Yo no respondo ante los Ocultos.
—Tal vez esto sea parte del problema —declaró el Ama—. Ya no quedan más dioses, no hay ninguna Madre real que pueda guiar a Prythian. La Madre ha considerado que vuestras almas no estaban a la altura y os ha abandonado. Sois un pueblo desamparado y sin dios…
—Esto no tiene nada que ver —la cortó el duque de Bernion.
Ella lo fulminó con la mirada, pero el otro alzó la mano y las puertas de piedra de la cámara se quejaron al abrirse.
El gélido aire marino entró con la virulencia de una manada de lobos—.
Hemos venido aquí para dejar algo en claro: no habrá nuevo tratado.
Y nos reservamos el derecho a armarnos, al igual que habéis hecho vosotros.
Pese a haberlo pronunciado con firmeza, seguía pareciendo derrotado por el cansancio.
El príncipe de Vallahan pasó por el lado del asiento del duque y fue hacia la puerta con suma arrogancia.
—En el mundo hay más armas perdidas y olvidadas.
—Giró la cabeza por encima del hombro para sonreírnos con suficiencia y añadió—: Pero esto está a punto de cambiar.
Están empezando a despertarse; tanto las Hechas como las que fueron imbuidas con magia malvada común.
Evocadas, quizá, por ese lord de la muerte del que habláis.
Su padre lo reprendió con severidad en la mirada.