Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 2 #5
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CAPÍTULO 2 #5

Aproveché la ocasión para volver a pasar mi poder por encima del mimado de su hijo. Nada. Otra vez.

La reina de Vallahan hizo un gesto con su tatuada mano y le centellearon los anillos.

—No eres la única que lo sabe. Pedisteis esta reunión con nosotros, gobernantes de reinos enteros, cuando vosotros lideráis una fracción de un territorio.

¿Tenéis permiso para hablar en nombre de todo Prythian?

Si tan empeñados estáis en que los humanos tengan derecho a nuestra tierra ancestral, ¿dónde está la delegación de mortales para que defiendan su caso?

¿O es que también os habéis autoproclamado representantes de los humanos en Prythian?

Me obligué a decirle con calma a Rhys: Ya he acabado. Nadie lleva ningún objeto Hecho encima ni tampoco he detectado ningún rastro que indique que han usado alguno recientemente. Lo he comprobado dos veces con cada uno de ellos.

Az acaba de decirme lo mismo.

Aunque puede que nos equivoquemos los dos , admití. Deberíamos haber traído a Nesta.

Dudo que ella fuera capaz de controlarse , respondió mi pareja con contundencia.

Sus palabras me molestaron, pero ahora no era el momento de hablar de la falta de confianza que existía entre él y mi hermana.

Pero sí que confío en ti y en Az. Y sé que, entre los dos, habéis descubierto lo que necesitábamos saber.

Sí. Ninguno de ellos ha estado cerca de un objeto Hecho recientemente.

Mostrándose como la delicada cortesana de siempre, Mor dijo:

—Muchos de los altos lores de Prythian están a favor del nuevo tratado.

—Muchos —recalcó el gran visir con condescendencia—, pero no todos. Yo no recuerdo haber oído que Otoño o Primavera lo aprobaran.

—A pesar de que ni siquiera queráis imaginaros lidiando con nosotros —dijo Rhys, permitiendo que la noche envolviera sus anchos hombros como si de unas alas invisibles se tratase—, bien que habéis venido hasta aquí.

El Ama de los Ocultos ladeó la cabeza en señal de falsa piedad y sus doradas trenzas centellearon.

—Hemos venido porque hemos tenido la consideración de deciros a la cara que os centréis en vuestras tierras.

Dejad que sean los habitantes del continente quienes se ocupen de él.

Si queréis seguir otorgando a los humanos autonomía sobre esa zona de Prythian, adelante.

Pero no vengáis a decirnos qué tenemos que hacer al otro lado del mar.

—Entornó los ojos hasta que parecieron dos abrasadoras rendijas.

Se la veía completamente impertérrita ante el oscuro poder que emanaba mi pareja—.

Aunque creáis que tenéis el poder y el derecho para hacerlo.

Me quedé helada y me preparé para lo que vendría a continuación. Con una templanza perturbadora, Rhys preguntó:

—¿Y esto qué quiere decir?

La reina de Vallahan siseó:

—Que vais dando lecciones de paz y bien que coleccionáis armas de guerra.

El rey de Vallahan apoyó la mano sobre las telas de piel que le cubrían el brazo a su esposa y, con algo más de tacto, intervino:

—Nos hemos enterado de que la Corte Noche dispone de varios objetos antiguos con un poder terrible. Que el Tesoro del Miedo está en vuestras manos, junto con… otros.

No debería haberme sorprendido tanto. Las reinas humanas (y, en especial, Briallyn), sabían lo del Tesoro.

Podrían habérselo contado a cualquiera. Y Koschei, la maligna fuerza que acechaba en el corazón del continente, también era conocedor de ello.

Lo veía capaz de diseminar dicha información con la intención de sembrar el caos.

—No vamos a usar el Tesoro —contestó Rhys con contundencia.

Lo que no reveló, por supuesto, fue que ya lo habíamos usado. Lo había utilizado Nesta. Y nos puso a todos en riesgo al… Aparté esos pensamientos y volví a centrarme en la conversación que estaba teniendo lugar en ese mismo momento.

—Puede, pero seguís teniendo el Tesoro —intervino cuidadosamente el duque de Bernion—. Mira todo el poder que tienes, Rhysand, y no paras de acumular más. Hemos oído que también usasteis el Caldero durante esa disputa con Hybern.

—«Disputa» —escupió Mor.

Rhys le hizo un gesto con la mano para que se relajara.

Mi pareja se cruzó de piernas y adoptó una postura informal pese a la tormenta de poder que seguía formándose a su alrededor.

—¿Y qué debería hacer cuando me topo con estos objetos? —Se examinó sus pulidísimas uñas. Dejando de lado la amenaza de muerte que centelleaba en sus ojos color violeta, Rhys era el vivo retrato de la más indiferente arrogancia—. ¿Enviároslos?

—Jamás esperaríamos que hicieras algo así —respondió el gran visir hinchándose como un búho malhumorado—. Pero no podéis culparnos por reforzar nuestros ejércitos e intentar sumarle algo a nuestro considerable arsenal.

Disimulé mi sorpresa. Acababan de confirmar lo que Az nos comentó. Ya era mucho más de lo que habíamos esperado lograr con esta reunión. Además, el visir acababa de decir que lo estaban intentando. Seguían buscando el objeto Hecho en cuestión, fuera lo que fuese.

Al menos, ahora ya no teníamos que fingir que no lo sabíamos.

Aun así, las estrellas que centelleaban en los ojos de Rhys se apagaron.

—¿Y qué pretendéis añadir?

A pesar de que mi pareja no había desatado su magia, los cálices de vino que había en la mesa repiquetearon.

La reina de Vallahan se alisó las pieles con una de sus tatuadas manos.

—Prythian tiene sus juguetes —manifestó mientras se acicalaba—.

Nosotros también podemos tener los nuestros.

—Levantó la mirada, con sus ojos azules fijos en Rhys, y esbozó una sonrisa—.

Si vosotros queréis sumar el Tesoro del Miedo a vuestro armamento y usar el Caldero, no os sorprendáis cuando nosotros también recuperemos lo que perdimos y que nos pertenece por nacimiento.

—Me dedicó una desagradable sonrisa socarrona—.

No habréis sido tan estúpidos como para pensar que, si hubiésemos encontrado uno, lo habríamos traído aquí, ¿verdad?

La reina sabía a qué me había dedicado mientras ellos hablaban.

Volvió a darme la impresión de que la corona me pesaba aún más. Y, de nuevo, me obligué a cuadrarme de hombros y a mantener la cabeza bien alta.

No noté nada a través del vínculo de pareja. Rhys, con la expresión más neutral que le había visto jamás, preguntó:

—¿O sea que estáis buscando vuestra propia arma Hecha?

Tendría que ser un arma Hecha que no requiriera que quien la blandiera fuera Hecho también, pero había muchas de esas. Los elementos del Tesoro del Miedo eran los únicos que conocía que tuvieran tal restricción.

—¿Y si desarmáramos el Tesoro? ¿Serviría eso para disuadiros y que dejarais de buscar un objeto Hecho para usarlo en nuestra contra? —continuó Rhys.

—Estas armas no se pueden «desarmar» —comentó el Ama de los Ocultos chasqueando la lengua—.

Si vosotros afirmáis haberlos destrozado, nosotros tendremos que tomárnoslo como una mentira.

Lo Hecho no se puede Deshacer. Aunque nos ha llegado que, hace poco, tu hermana…

—desvió la vista hacia mí—, Deshizo una reina humana.

Nesta no solo había Deshecho a Briallyn. La había borrado del mapa.

No invertí ni una pizca de energía en negarlo. En lugar de eso, pregunté:

—¿Y no os basta con que os demos nuestra palabra? ¿No nos creeríais, aunque especificáramos en el tratado que no vamos a usar el Tesoro? ¿Aunque lo juráramos por todo lo que consideramos sagrado?

La reina de Vallahan esbozó una delicada sonrisa llena de malicia y respondió:

—No.

El hirviente poder de mi pareja y la impenetrable oscuridad que lo rodeaba se detuvieron antes de desaparecer. Y, acto seguido, Rhys intervino con brutal honestidad:

—No tenemos intención alguna de declararle la guerra a ninguno de vuestros territorios.

Si el Tesoro o cualquier objeto que haya sido Hecho se encuentra en nuestro poder es por pura casualidad.

No tenemos previsto usarlos bajo ninguna circunstancia.

Sería una insensatez que vosotros os hicierais también con uno.

Asentí solemnemente para darle la razón y Mor hizo lo propio.

—Entonces, decidme —terció el duque de Bernion dejando sus ásperas manos a la vista—: Si avanzáramos por el sur para reclamar nuestros antiguos territorios a los humanos, si no pudierais detenernos con vuestros ejércitos, ¿usaríais el Tesoro para evitarlo?

No respondas , advertí a Rhys.

Su silencio fue respuesta suficiente para nuestros enemigos.

El duque esbozó una lúgubre sonrisa y volvió a bajar las manos.

—Así pues, suponiendo que os encontrarais bajo ciertas circunstancias, sí que os veríais obligados a usar el Tesoro. En este caso, lo justo sería que nosotros también contáramos con un poder igual.

—Hemos venido aquí en son de paz… —intenté decir.

El Ama de los Ocultos interrumpió:

—Quienes buscan la paz no se arman para la guerra.

—Además —se apresuró a terciar el gran visir—, no todo Prythian está de acuerdo con vosotros. La Corte Otoño está más que dispuesta a reclamar las tierras que nos pertenecen. Hasta puede que envíen a su ejército para que nos ayude en nuestra sagrada incursión.

Beron, el muy cabrón, lo había dejado clarísimo. A pesar de que Eris estuviera secretamente de nuestra parte, tal vez no sería suficiente para conseguir que su padre recuperara la cordura.

—Veo que la ira se va adueñando de ti —me dijo el duque de Bernion—.

Y te advierto, tampoco yo quiero la guerra, que Prythian ya es bastante pequeño.

Sin el apoyo de todas las cortes, lo será todavía más.

Tened en cuenta qué repercusiones puede tener para vosotros que el continente entre en conflicto.

No olvidéis todo lo que perdería vuestra gente.

—Lo que más en cuenta tenemos es, sobre todo, a los humanos inocentes cuyas vidas están en peligro por culpa de vuestra inminente invasión —contestó Rhys con tanta virulencia que desvié la vista hacia él.

Seguía teniendo el poder bajo control, pero su rostro era todo repugnancia y rabia desmedida.