Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

Yo era una de las pocas personas de cualquier territorio capaz de detectar, tal vez, si ya tenían uno.

Porque, si llevaban un objeto Hecho encima o lo habían usado hacía poco, su aura seguiría emanando poder.

Todavía les quedaría cierto aroma, como el olor a humo de una fogata.

Al menos eso sugirieron Nesta y Amren cuando Az compartió su descubrimiento con nosotros.

Nesta habría percibido un objeto semejante en un abrir y cerrar de ojos, pero bastante incomodaba ya su existencia a esta gente.

Traerla habría sido una distracción innecesaria (y, seguramente, los demás lo habrían interpretado como una amenaza).

Y a Elain le faltaba experiencia, por supuesto.

Así que, por más que mis poderes fueran distintos a los suyos, merecía la pena intentarlo.

Sería beneficioso que Az y sus sombras comprobaran si había algo que no cuadraba.

Ellos no habían sido Hechos, pero podían detectar este tipo de cosas.

Me centré en lo mío y apenas oí al gran visir de Montesere cuando le preguntó a Rhys:

—¿Y qué te hace pensar que tenemos el más mínimo interés en las tierras humanas?

Dejé que Rhys respondiera al presuntuoso macho:

—Porque hemos redactado un nuevo tratado y os negáis a firmarlo. Igual que os negáis a decirnos por qué.

Mi magia fue paseándose por las patas de las sillas de los allí presentes, por encima de sus regazos, de sus brazos. No detecté nada.

—¿Qué otra razón necesitamos para negarnos, aparte de que no queremos que nuestro destino esté en manos de un territorio que cree que sabe lo que es mejor para nosotros a pesar de que no ha sufrido las consecuencias de la guerra de hace cinco siglos?

—intervino la reina de Vallahan, con aquella voz áspera que sonaba igual que unas garras arañando las rocas.

No noté nada en el rey ni tampoco en el príncipe. Paseé mi poder por los dedos tatuados de la reina, por encima de las líneas de esas runas. Nada.

El duque de Bernion intervino con cautela:

—La reina de Vallahan tiene razón. —Nos miró a Rhys, a Mor y a mí con una franqueza inquebrantable.

Yo me obligué a parecer centrada como la que más.

Como si no estuviera envolviéndolos a todos con mi magia, uno a uno—.

Prythian les dio un poco de tierra a los humanos, y lo hizo solo una corte.

—«La Corte Primavera», pensé automáticamente.

Pero seguí a lo mío—. Mientras tanto, el continente estaba dividido en dos.

Hubo fae que perdieron sus hogares por completo; sus territorios dejaron de existir y, ahora, su gente surca los vientos.

Y los que seguimos en pie hemos tenido que compartir.

Nuestras fronteras han mermado tanto que es insultante.

Sin mencionar la extensa franja de tierras fae sin Corte en medio del continente.

Estaban destinadas a los que no tenían un hogar al que retornar, pero nunca se usó de ese modo.

Ahora son un mosaico caótico de noblecillos y bandas de guerreros enfrentados, sin gobierno y pudriéndose en el olvido.

Nuestro plan reclamaría esos territorios también.

Unificaría a los fae que están allí nuevamente, con el incentivo de estabilidad, riqueza y la posibilidad de recuperar los territorios humanos.

Me bastó con oír esas palabras para detenerme un segundo y escuchar con atención.

—El nuevo tratado ya lo contempla —contestó Rhys.

—Vuestro nuevo tratado —contraatacó el visir— permite que los humanos decidan si quieren o no volver a vendernos nuestras tierras. Unas tierras que fueron nuestras mucho antes de que ellos nacieran del barro. ¿Y ahora tenemos que comprárselas?

Cerré los puños y noté cómo el calor se agolpaba en mis uñas.

—Todas las creaciones de los Ocultos son buenas —le recordó beatíficamente el Ama de los Ocultos al visir. La hembra hizo una mueca con los labios y añadió—: Aunque cueste ver lo positivo.

El ardor me cubrió las palmas de las manos. Aun así, pregunté con tono neutro:

—¿Y nadie cree que los humanos tienen derecho a contar con sus propias tierras tras milenios de suplicios y esclavitud?

Sigue buscando; no te despistes , advirtió Rhys. Lo ignoré.

—Creo —se defendió el duque— que los humanos tienen unas amplias extensiones de tierra vacía y desocupada. Tierra que, en su día, nosotros cuidamos y explotamos y que se está pudriendo porque no la cultiva nadie. Si ellos no la trabajan, ¿por qué no deberíamos amortizarla nosotros?

El príncipe de Vallahan pegó un manotazo en la mesa y sentenció:

—Los humanos han dispuesto de muchísimo tiempo, sobre todo teniendo en cuenta su esperanza de vida, para recuperarse de cualquier «suplicio».

El fuego me abrasó la garganta, pero me deshice de él.

Lo que lo avivó fue la llama que atisbé en los ojos del príncipe, cuya magia desconocía.

Solía ser capaz de controlar mis dones, pero a veces respondían a algo que tuviese a mi alrededor.

Como si hubiesen encontrado a un enemigo con un poder similar.

Lo igual llama a lo igual.

Pero Rhys tenía razón. Debía centrarme. No había venido aquí para intercambiar palabras con un principito mimado.

Eché a un lado esa reacción y reanudé el trabajo. Volví a pasarles la magia por encima. No noté nada ni en la reina de Vallahan ni en el rey. Tampoco en el visir ni en el duque de Bernion. Pasé al Ama de los Ocultos.

—El príncipe tiene razón —coincidió el Ama, con una melosa sonrisa en el rostro tan parecida a la de Ianthe que se me revolvieron las tripas—.

Mis discípulos me informan de que los humanos recuerdan o saben más bien poco acerca de la guerra, e incluso de la vida de sus ancestros antes de esta. Es cierto: no han mejorado.

Me obligué a concentrarme. Paseé las invisibles manos de mi poder por encima de sus aterciopeladas túnicas verdes, de sus cortantes tatuajes, de los filamentos dorados que le adornaban las trenzas.

—¿Y cómo saben eso tus discípulos? —se interesó Mor, y yo me desconcentré.

Los tatuajes del Ama de los Ocultos destellaron como si de relámpagos lejanos se tratasen. Mi magia se detuvo y casi retrocedió.

—Los Ocultos lo ven todo.

En su aura había algo que serpenteó en señal de respuesta, alegre, y yo contuve el escalofrío que se coló a través de mi magia.

Sin embargo, ese «algo» no era nada Hecho. Lo que quiera que se alegrara de oír el cumplido del Ama no era lo que yo andaba buscando.

—Deja que te recuerde, Ama —intervino Rhys, emanando poder por todos los poros de la piel, ya fuera porque el enfado se estaba adueñando de él o porque estaba intentando camuflar cualquier atisbo de mi poder que pudiese haber detectado el Ama de los Ocultos—, que, con o sin muro, la vieja línea de demarcación todavía existe y aún la respetamos.

Los fae no tienen permiso para cruzar a tierras humanas.

Aunque sabíamos que varios se habían saltado dicha norma en los últimos meses. Pero eso no íbamos a comentarlo.

—Hay humanos, perdidos e ignorantes, que necesitan que les enseñemos —dijo el Ama de los Ocultos. Por una milésima de segundo, me planteé si no sería ella peor que Ianthe—. Que los orientemos.

Agradecí apartar mi magia de ella y alejarme de su odiosa esencia. Detuve un segundo la búsqueda y regresé por completo en mí a la vez que Mor recordaba:

—Ya hemos hablado de esto en otras ocasiones.

Se giró hacia el rey de Vallahan antes de mirar al duque de Bernion; tal vez ellos fueran las únicas voces presentes de la razón.

Ninguno de los dos parecía ni remotamente conmovido, de modo que dejé de preocuparme por mostrar una expresión neutral en el rosto.

A mi lado, noté que Rhys hacía lo mismo y su poder me acarició la sangre como una oscura canción.

Mor siguió dirigiéndose al rey y al duque:

—Llevo casi dos años visitando vuestras cortes y todavía no me habéis dado respuesta alguna. Hoy he venido con mi alto lord y mi alta lady para preguntároslo directamente: ¿tenéis previsto avanzar por territorios humanos y extender las fronteras?

Tanto Rhys como yo fijamos la mirada en todos. La noche triunfante y las estrellas eternas.

—¿Y a vosotros qué os importa? —preguntó la reina de Vallahan con desdén.

—Nos importa —espeté— porque queremos dejar este mundo como un lugar mejor que el que encontramos.

Esa fue la última petición del suriel. Lo último que le prometí.

—¿«Mejor» según quién? —inquirió la reina de Vallahan bufando—.

Si fuera mejor para nosotros, tendríamos más tierras y recuperaríamos las antiguas fronteras.

Y también sería mejor para los humanos, que no hablan con la tierra y a quienes la tierra nunca responderá.

Nosotros podemos convencer a los campos para que sean más fértiles y repartir el beneficio de las cosechas.

Noté el peso de la corona, cómo se me clavaba en el cuero cabelludo, en la piel. Aun así, continué con la cabeza bien alta al responder:

—Los fae tienen todo el poder. Los humanos no poseen ninguno. Lo mínimo que podemos hacer es dejar que vivan en paz. Sin que nos entrometamos nosotros.

—Te lo volveré a preguntar —insistió la reina, a quien no parecieron afectarle en absoluto mis palabras—. ¿A vosotros qué más os da?

De no ser porque Rhys se quedó sobrenaturalmente quieto, yo tal vez habría respondido. ¿De qué se había dado cuenta Rhys? No dijo nada por el vínculo.

La reina de Vallahan continuó con despiadado desdén:

—Veo que tengo que insistir en que vosotros gobernáis un territorio.

Un territorio en una isla. En comparación con la inmensidad del continente, Prythian no es más que una gota en un océano.

Y, sin embargo, ¿creéis que podéis decirnos cuál tiene que ser el destino del mundo?

¿Cómo tenemos que relacionarnos los fae con los humanos, inmortales y mortales?

Apoyé la mano en la mesa. Los tatuajes parecían oscuros como la noche en contraste con mi pálida piel.

—Yo nací siendo humana. Algo sé sobre las relaciones entre humanos y fae.