Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

Le rocé el lateral de la pierna por debajo de la mesa con el pie. Juguetón, Rhys me dio un apretón en la rodilla.

Las palabras del Ama de los Ocultos reverberaron por la sala:

—Salve los Ocultos, cuyos susurros nos guían hacia un mundo puro y lleno de armonía.

—Esos ojos tatuados no paraban de moverse; era como si el Ama (o el ser que estuviese mirando a través de esos ojos) midiese nuestras reacciones y buscase alguna señal que indicara falta de respeto—.

Todos aquellos que se inclinan ante vosotros son los elegidos; hijos benditos.

Solo aquellos que os honran son dignos de disfrutar de la verdadera vida, evadiendo así las gélidas garras de la muerte.

Adoraros es propagar amor, y damos las gracias a diario por este privilegio.

Hijos. Benditos. Yo ya había oído esas palabras antes.

Hacía muchísimo tiempo que no pensaba en los hijos de los benditos, esos humanos desorientados que adoraron a los fae e incluso intentaron cruzar el muro para servirlos. A quienes lo lograron, no se los volvió a ver nunca más por tierras humanas.

¿Qué habría sido de ellos ahora que el muro ya había desaparecido?

¿Habrían visto cuáles eran los verdaderos peligros, con la guerra entre Hybern y Prythian?

¿O habrían echado a correr hacia el norte para abalanzarse directos a los brazos de unos fae que los usarían a su antojo?

Conocí a alguien que hizo exactamente esto durante la guerra contra Hybern: se trataba de una joven mujer que, sin saber cómo, había acabado en el campamento de guerra de nuestro enemigo.

La liberamos con Az, y Mor se aseguró de llevarla con el ejército de la Corte Invierno para que estuviera a salvo con Viviane.

No volví a verla nunca más. Recé por que encontrara el camino, pero no estaba del todo convencida de que lo hubiese logrado.

Y en cuanto a los demás hijos de los benditos del reino humano, ahora que el muro ya no estaba…

Si llegaban a las tierras de la Corte Noche, los habríamos ayudado.

Aunque tendrían suerte si al menos conseguían cruzar la frontera norte de la Corte Primavera.

Además, últimamente nadie cuidaba de nadie en la Corte Primavera, y mucho menos de jóvenes humanos insensatos.

Me obligué a centrarme de nuevo en el Ama de los Ocultos. A fijar la vista en esos ojos tatuados.

Unos ojos que centelleaban con un brillo casi blanco y que ya me estaban mirando a mí. Un escalofrío me recorrió entera.

Fuera lo que fuese en lo que se estuviesen fijando, no era la energía fuerte y cálida que había notado antes en Prythian.

Una energía que me había salvado a mí, a mi hijo y el poder de Nesta.

Esta fuerza, este ser, no tenía absolutamente nada que ver con la Madre.

Y no me daba la impresión de que fuera amable.

Una sombra se movió detrás de mí, pero no me atreví a mirar si se trataba de Az. Sabía que, aunque lo intentara, no lo vería.

—Os lo ruego —entonó el Ama de los Ocultos—: bendecid esta reunión, bendecid a vuestros verdaderos adeptos y guiad los corazones de quienes no creen hacia vosotros. Trabajaremos en vuestro nombre para purificar este lugar cuando llegue vuestra gran revelación. Os lo ruego: bendecidnos a todos.

El Ama bajó las manos y los tatuajes que le envolvían los ojos se encogieron hasta desaparecer. Cuando abrió los ojos, ya volvía a tenerlos puestos en mí.

—Dada la gravedad de las conversaciones de hoy —dijo con los labios apretados—, me ha parecido necesario contar con un poco de asistencia divina.

El gran visir refunfuñó mientras que el duque de Bernion permanecía precavidamente impávido.

El Ama de los Ocultos no apartó la mirada de mí y, con una expresión desprovista de humor alguno, preguntó:

—¿Habéis prometido ya vuestro hijo a la Madre?

Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para controlarme y no rugirle tras una simple mención a Nyx. No me hizo falta desviar la vista hacia mi pareja para saber que estaba luchando la misma batalla que yo. En lugar de eso, pregunté tan apaciblemente como pude:

—¿Y eso qué más te da?

—Los Ocultos me han susurrado que su alma aún no ha sido bendecida.

No tendría ni que esmerarme para enviarle una llamarada al cuello. Para estrujárselo hasta que estallase algo.

Sin embargo, el duque de Bernion apoyó la mano en el reposabrazos del Ama de los Ocultos, con cuidado, y manifestó:

—A pesar de que sé que lo dices con la mejor de las intenciones, Ama, deberíamos dejar que sean nuestros compañeros quienes decidan lo que es mejor para su hijo.

El Ama de los Ocultos me aguantó la mirada. Nunca había odiado tanto a nadie.

Rhys respondió con su compostura habitual, sin mostrar ni pizca de la rabia letal que yo sabía que le corría por dentro.

—Su Día del Nombre llegará pronto. Pasada la fecha, tendrá un alma bendecida.

Esbozó una sonrisa, dejando entrever todos los dientes cual depredador.

El Día del Nombre de nuestro hijo no sería más que una modesta ceremonia para añadir, oficialmente, el nombre de Nyx al linaje de la corte y luego celebraríamos una fiesta, cuya organización había dejado a cargo de Elain.

Pero no hacía falta que el Ama de los Ocultos lo supiera.

La mayoría de los bebés celebraban el Día del Nombre ocho días después de haber nacido, pero…

Bueno, nuestro caso había sido distinto.

Acordamos llevar a cabo la celebración en el Equinoccio de Otoño, seis meses después del nacimiento de Nyx, para disponer de algo de tiempo para arreglarlo un poco todo antes de los festejos. Y para que nos apeteciera organizarlos.

La reina de Vallahan intervino imperiosamente:

—E intuyo que nuestras invitaciones se habrán perdido, ¿verdad?

—Señaló a Mor y, a pesar de que la reina no me hacía ni pizca de gracia, no pude dejar de maravillarme al comprobar la apabullante precisión con la que estaban hechas las runas que llevaba tatuadas en los dedos—.

¿O es que ibas a entregárnoslas en persona?

—Será una ceremonia solo para familiares —contestó Rhys imperturbable—. Nada sofisticado.

Yo me mantuve inexpresiva. La primera vez que Rhys pensó en la celebración, quería, literalmente, «estrellas fugaces, guirnaldas por todas partes y, como mínimo, tres coros».

Al final, nos decantamos por algo más razonable: una merienda con té y pasteles.

El Equinoccio de Otoño no era una de las celebraciones más importantes de la Corte Noche, pero el banquete y las decoraciones estacionales acentuaban placenteramente nuestra propia alegría.

—¿No dicen las malas lenguas —prosiguió con sarcasmo la reina de Vallahan, repiqueteando con los dedos en la mesa— que no invitar a todos vuestros conocidos, incluidos aquellos que no son de vuestro agrado, a las celebraciones más importantes es sinónimo de mal augurio?

Miré a Mor en busca de alguna reacción en su rostro que me indicara de qué historia estaba hablando la reina. Un destello de advertencia atravesó la mirada de Mor y sus marrones ojos se ensombrecieron.

—¿Te estás planteando maldecir a Nyx?

Oí un profundo e inquebrantable gruñido de poder a través del vínculo de pareja. Rhys estaba a nada y menos de borrar del mapa a aquella reina.

Al sonreír, la hembra mostró todos los dientes. Tenía claro que acababa de provocar a un monstruo y le parecía lo más divertido del mundo.

—Por supuesto que no. Yo solo os daba un consejo. —Hizo un gesto con la cabeza para señalar al Ama de los Ocultos, que nos estaba mirando con descarado desprecio, y añadió—: Igual que ella.

—Os lo agradecemos —espeté.

—Basta ya de bebés y maldiciones —dijo el príncipe de Vallahan cruzando sus musculados brazos y dejando que las pieles se movieran con el gesto—. Procedamos con el tema del que hemos venido a hablar.

Su padre lo miró hastiado y en señal de reproche, pero su madre levantó la cabeza para mostrar su conformidad.

Yo me abstuve de decirle mentalmente a Mor que deberíamos aumentarle el salario de forma considerable por tratar con tipos como esos. Y puede que hasta darle unas largas y agradables vacaciones.

—De acuerdo —accedió Rhys entrelazando los dedos y apoyándolos en la mesa, como si no hubiese estado a punto de convertir a la reina de Vallahan en una sangrienta niebla hacía cuestión de segundos—.

Si ya sabéis de qué queremos hablar, entonces no debería sorprenderos que os pregunte cuáles son exactamente vuestras intenciones con las tierras humanas del sur.

Mi pareja proyectaba un hermoso equilibrio entre alguien encantador y alguien poderoso, y eso suponía una amenaza. Rhys podía tratar con ellos sin problema. De modo que, mientras él hacía lo que mejor se le daba, a mí me tocó emprender mi propia tarea.

Era probable que las sombras de Az ya hubieran acabado de estudiar la sala. Enseguida conseguí que mi magia se ramificara y que unos filamentos invisibles fueran envolviendo la mesa y rozando sutilmente a los ocupantes.

Tanto Az como yo habíamos venido a buscar un objeto Hecho e íbamos a usar nuestros poderes, muy distintos entre sí, para detectar si alguno de nuestros enemigos poseía algo semejante. Y si eran tan necios como para traerlo aquí.

Unos días atrás, cuando se atrevió a ir al pico más alto de Montesere para que una de sus espías consiguiera información, Az no logró confirmarlo.

Montesere, Rask y Vallahan iban en busca de un objeto Hecho, pero ¿tenían ya nuestros enemigos dicho objeto?

¿Estarían buscando un segundo o seguían yendo detrás del primero?

A diferencia del Tesoro, que requería que quien lo blandiera fuese alguien Hecho, la mayoría de los objetos Hechos podía empuñarlos cualquiera con magia.

Una categoría en la que sin duda estaban incluidos nuestros enemigos.