CAPÍTULO 2 #2
El gran visir de Montesere señaló las jarras de cristal que había al lado de las frutas con la mano repleta de anillos y preguntó:
—¿Ahora llamáis «vino» a esa basura acuosa?
Rhys sonrió con frialdad. Había escondido las alas, pero, además de su vestimenta habitual, se había puesto su corona negra de alto lord de la Corte Noche.
—Hace bastante que yo no pruebo ninguno de Montesere —respondió con un tono de voz suave como la seda y letal como el filo de una espada recién afilada—. Y vosotros no probáis el nuestro desde hace muchísimo más. Tal vez hemos aprendido algo nuevo en los últimos cinco siglos.
El gran visir bufó. Parecía rozar la mediana edad, cosa que para un alto fae significaba que seguramente fuera muy mayor.
Y, pese a que le colgaba del cinturón una daga adornada con joyas, tenía las manos pálidas y sin callos; no mostraba ni una sola cicatriz de guerrero en la piel.
Se había pasado toda la vida encerrado, luchando con palabras y tinta.
Pero no por eso era un ser menos mortífero que el duque guerrero que tenía al lado.
El mismo que acababa de reírse. Su pecho era ancho y tenía la nariz tan torcida que, pese a las habilidades curativas de los fae, cualquiera habría dicho que se la había roto en repetidas ocasiones a lo largo de los siglos.
El duque de Bernion, que parecía un guerrero a quien habían obligado a vestirse de forma respetable, dijo:
—Si es una trampa para que volvamos a comerciar con vosotros, te vas decepcionar, Rhysand.
Rhys le guiñó un ojo.
—Menos mal que no hemos venido a hablar de eso.
Madre, qué astuto era. Encogí los dedos de los pies bajo la tela de mis zapatillas de seda negra. He aquí mi pareja; mía en cuerpo y alma. ¿Dejaría de sentirme tan orgullosa y de desearlo tanto algún día al pensar en esto?
Desvié la vista hacia Mor, que estaba sentada a mi derecha.
Iba ataviada con algo similar a su vestido de seda roja habitual junto con un abrigo recubierto de piel y con bordados dorados para poder resguardarse del gélido frío que hacía ahí.
Y llevaba su rubia melena suelta, con una tiara de dos serpientes idénticas: una reina por derecho propio.
Porque lo era, suponía yo. Los lejanos ancestros que compartía con Rhys habían sido los primeros en la línea tras la caída de los daglan. Los asteri, como los llamaban en otras partes.
Pero ahora no era momento para ponerse a pensar en esas cosas.
Mor permaneció con la vista clavada en la reina de Vallahan.
A pesar de que yo tuviera los escudos de mi mente alzados con firmeza y de que Mor no tuviera habilidades daemati, parecía que estuviese diciendo: «Céntrate.
No has venido a intercambiar pullitas y basta».
Seguí su consejo. Mor tenía razón, cómo no.
Si Azriel y yo habíamos asistido a esta reunión cuando en realidad solo hacía falta que estuvieran Rhys y Mor había sido por algo.
Algo lo suficientemente apremiante como para que yo dejara a nuestro hijo en casa.
Y, ahora, esa razón me dio la fuerza para cuadrarme de hombros, levantar el mentón y convertirme en la imponente alta lady que era.
El duque estudió al grupo con una mirada que, aunque afilada, estaba llena de fría indiferencia.
—Habéis venido a convencernos de que aliarnos con vosotros sería mejor que hacerlo con los beligerantes esos del norte.
El príncipe de Vallahan arrugó la frente. El joven también era guerrero; sin embargo, ante el duque de Bernion, era poco más que un muchachito enfadado. A juzgar por la sonrisa de suficiencia del duque, me quedó claro que este opinaba igual.
—Te conozco lo suficiente, Valderic, como para no tomármelo como un insulto —le dijo el rey de Vallahan al duque.
Su reina, en cambio, mostró la misma ferviente ira que su hijo.
El rey de Vallahan, pelirrojo y con barba, lo cual no era común entre los altos fae, prosiguió con la calma característica de un soldado que se había pasado una eternidad navegando por campos de batalla—.
Y a ti también, Morrigan, como para, como mínimo, escuchar lo que tengan que decirnos tu alto lord y tu alta lady.
Mor le dedicó una fingida sonrisa al rey. Si habíamos conseguido reunirnos había sido gracias a ella; gracias a lo mucho que se había esforzado durante meses y a los lazos que había estrechado en Vallahan. Todo para llegar hasta aquí.
Una ola de resentimiento se adueñó visiblemente del príncipe; sobre todo, cuando vio a su padre asintiendo en señal de respeto hacia Mor.
Como si mi amiga se hubiese convertido en una rival por conseguir la atención de su padre.
Era una combinación letal: un hábil guerrero con el carácter de un adolescente malhumorado.
Es justo esto , me dijo Rhys mentalmente. El vínculo de pareja permitía que la línea de comunicación entre nosotros permaneciera abierta en todo momento a no ser que la cerrásemos de forma voluntaria. Haces bien al andarte con cuidado con él.
No me caen bien; ni él ni su madre. Suspiré a través del vínculo. Por más que Mor nos advirtiera, en parte esperaba que, cuando llegásemos aquí, fueran a comportarse como seres amables y razonables.
El sonido de su risa besada por las estrellas danzó por mi mente. ¿No has aprendido nada en estos años con los fae? Raras veces se nos describe como «amables» o «razonables».
Le respondí mostrándole mi diversión ante lo que había dicho antes de anunciar en voz alta:
—Hemos traído la fruta y la bebida para vosotros, independientemente de…
El último miembro del grupo alzó la mano.
Al igual que el gran visir de Montesere, el Ama de los Ocultos era esbelta, de tez pálida y de mediana edad.
Tenía el pelo largo y castaño, y se lo había recogido en dos trenzas con tiras doradas que centelleaban contra los pliegues de su aterciopelada túnica de color verde.
Puesto que su título aludía a la sutileza, su atuendo gritaba más bien todo lo contrario.
De hecho, la ropa que llevaba puede que incluso fuera más delicada que la del duque o la del gran visir.
Agaché sutilmente la cabeza. Lo justo como para mostrar respeto, pero no tanto como para que se confundiera con un gesto de sumisión.
—¿Sí?
El Ama de los Ocultos se colocó las manos en el regazo con elegancia, como si de dos palomas se tratara, y con una absoluta serenidad en su esbelto rostro. Sin embargo, cuando habló, lo hizo con esos ojos color avellana llenos de perspicacia y desprovistos de humor alguno.
—Antes de empezar, querría invocar la bendición de los Dioses Ocultos. Tal y como es costumbre en mis tierras.
Hice de tripas corazón para no ponerme tensa.
No por sus palabras en sí, sino por el tono que había usado y que me llevó a un lugar y a una época distintos en los que otra hembra, ataviada con cierta parafernalia en sus galas espirituales, había hablado de dioses y de bendiciones en términos muy parecidos.
Ianthe, a quien había desgarrado la tejedora, había muerto hacía muchísimo tiempo. Yo misma lo presencié. Y seguía saboreando su muerte. No obstante, el daño que había causado (a mí, a Rhys, a Lucien) no había desaparecido.
En los años que habían seguido a su muerte, aprendí que Ianthe no era más que una falsa sacerdotisa; no había sido bendecida por el caldero, había comprado su título y ese alto cargo.
Era una inmensa traición a la fe y la verdad.
Una vez, milenios atrás, el mismo Caldero había designado a doce altas sacerdotisas para su sagrado consejo gobernante, que a su vez eran guiadas por la alta sacerdotisa de todo Prythian.
Cada una de las doce que formaban el Consejo Sagrado tenía una marca en la frente con el emblema de una luna llena flanqueada por dos medialunas.
Un símbolo que solo podía conceder el Caldero a las doce hembras que la Madre había escogido.
Pero la alta sacerdotisa de todo Prythian llevaba el tatuaje en las clavículas.
En los miles de años desde la creación del Consejo Sagrado, se había instaurado la tradición de que todas las sacerdotisas llevaran los tatuajes en la frente, otorgados en una ceremonia anual.
Los que tenía Ianthe no habían sido concedidos en el ritual y no respetaban el simbolismo sagrado de las marcas de las sacerdotisas.
Fueron un capricho de Ianthe, un componente elaborado de lo que al final no era más que un disfraz.
Rhys me había contado que una vez presumió de ellos ante él; que creía que eran mejores que los tatuajes de las verdaderas sacerdotisas porque los había escogido ella.
Pero ahora ya lo sabía. Y esta Ama de los Ocultos no era mejor que su antigua homóloga prythiana.
—Te lo agradeceríamos —le dijo Rhysand con elegancia—. Nos complace honrar a todos los dioses aquí.
El príncipe de Vallahan puso los ojos en blanco, no sé si por la diplomacia de mi pareja o por la solicitud del Ama. Aun así, siguió el ejemplo de su madre y agachó la cabeza.
El Ama de los Ocultos se levantó, dejando que su túnica de color esmeralda resplandeciera con el brillo del fuego, y levantó las manos.
Las pesadas mangas de la tela cayeron hacia atrás y revelaron unos antebrazos tatuados con líneas y arcos, similares a los arañazos de un animal salvaje. Y todos parecían ir cargados de dolor.
Al cerrar los ojos, atisbé más tatuajes en sus párpados que, de pronto, adoptaron un centelleante tono azul pálido.
A diferencia de los arañazos de los brazos, esas líneas formaban otro par de ojos.
Y, a medida que iban brillando, le fueron apareciendo más líneas que se le extendían por las mejillas y la frente.
Eran como un ser que crecía, que estaba vivo.
Era sobrenatural. Perturbador. Sobre todo, a medida que esos ojos tatuados estudiaban la sala como si tuvieran consciencia propia.
Es un hechizo antiguo , me dijo Rhys mentalmente. Es más espectáculo que nada.
Shhh , respondí agachando la cabeza. Estoy intentando ser respetuosa.
¿Por eso tienes esa cara de amargada? Quién lo diría…