Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Feyre

Odiaba Storr. No tenía ni idea de que se pudiera odiar un sitio que acababas de ver por vez primera. Sin embargo, desde el instante en que me había transportado a este pedazo de granito en medio del mar del norte azotado por las olas, la fría desolación del lugar me caló hasta los huesos.

No había ni rastro de hierba. Las rocas extrañamente geométricas de la orilla no tenían algas.

Nada de árboles ni pájaros. Ni siquiera se veían gaviotas surcando el cielo.

Solo gotas de agua salada que arrastraba el gélido viento.

Y el edificio de piedra circular que había justo en el centro de la roca.

Storr tenía única y exclusivamente una función: servir como territorio neutral. No entre los habitantes de las siete cortes, sino entre Prythian y el continente.

Aquel edificio de piedra (que más bien parecía una sala gigantesca) era un punto de encuentro ancestral donde no había nada salvo una mesa de piedra redonda en el medio y unas sillas a conjunto alrededor de esta.

Tan poco uso se le daba al lugar que tanto la mesa como las sillas estaban recubiertas de un liquen anaranjado, como si de manchas de sangre se tratara.

Habíamos prendido los braseros que se encontraban a lo largo de las paredes, pero ni siquiera así habíamos conseguido darle más vida al espacio.

Al igual que tampoco se la daba el fuego que rugía en el hogar hecho de piedra y con la forma de la boca abierta de una serpiente marina.

Se habían roto algunos de los dientes tallados y ahora se hallaban entre los escombros de piedras musgosas.

Nunca nadie se había molestado en recogerlos.

O a lo mejor es que nadie había vuelto a pisar este sitio desde que se rompieron hacía ya muchísimo tiempo.

Sin embargo, no habíamos venido a Storr a celebrar una alegre asamblea en ninguno de los sentidos, y yo no estaba dispuesta a esforzarme más de lo que lo había hecho ya al encender el fuego para iluminar un poco el espacio.

En esa jornada teníamos que ser nueve negociando: Rhys, Mor y yo, y tres representantes más de los otros dos territorios (Vallahan y Montesere), a quienes tanto habíamos insistido para que viniesen aquí.

Desde Rask no se habían dignado a responder a las invitaciones que les habíamos enviado en los últimos tres meses. Aun así, nos habíamos mostrado dispuestos a reunirnos con dos de nuestros tres posibles enemigos.

Ellos ya sabían por qué los habíamos citado aquí.

Mor había ido tantas veces a Vallahan desde la guerra contra Hybern que si no se olían qué queríamos es que eran tontos.

Y si Vallahan sabía algo, Montesere también.

Su red de espías eran un buen rival contra cualquier cosa que pudiera enviarles Azriel.

Si estábamos aquí reunidos era por lo ocurrido hacía unos días con Az y sus espías. La poca información con la que consiguió hacerse nos llevó a enviar esta última ronda de invitaciones.

De modo que aquí estábamos: el rey, la reina y el príncipe de Vallahan y, por parte de Montesere, el gran visir, el duque de Bernion y el Ama de los Ocultos (que, para ellos, era como una alta sacerdotisa).

Un imponente grupo real que ya se había convertido en el más arrogante con el que me hubiese cruzado jamás.

Así que, por lo menos, no hacía falta que fuera simpática.

Cierto: de puertas para fuera me veían como la imperial alta lady de la Corte Noche, pues llevaba mi centelleante vestido negro noche con cortes para dejar franjas de mi pálida piel al descubierto, la corona con las fases de la luna, los labios pintados de color rojo sangre y me había puesto sombra de ojos.

Había que darle las gracias a la modista de Rhys, que me había colocado discretamente unas tiras encima del pecho con retazos de tela absorbentes.

De este modo, cuando de forma inevitable mis sensibles e hinchados pechos empezaran a gotear (cosa que, a juzgar por la presión que notaba, podía ocurrir en cualquier momento), la leche no llegaría a mancharme el vestido.

Un mes después de que naciera Nyx, tuve que asistir a la Corte de las Pesadillas y me puse uno de mis vestidos habituales.

Al parecer, cuando empezó a gotearme el pecho y la leche me humedeció la tela de la prenda, mi discurso de «Esperad a que os llegue el turno o pagaréis las consecuencias» perdió fuerza.

Si no me disculpé fue solo porque vi a Keir sonriendo burlón. Tuve que seguir hablando, retándolo a que se atreviera a mencionar que cada vez tenía la ropa más y más manchada. A mí me daba absolutamente igual; si le molestaba, el problema era suyo. Dejé que lo incomodara a él, no a mí.

Aunque sí que tenía que enfrentarme a ciertos problemas para cumplir con lo que se esperaba de mí como alta lady y madre primeriza.

No quería que mi hijo estuviese cerca de Keir o de la Ciudad Tallada.

No quería que estuviera con nadie que no fueran nuestros seres queridos de Velaris.

Pero tenía que darle el pecho a Nyx cada cierto tiempo. A veces, según el día, cada hora.

Como casi había cumplido los seis meses y ya no tenía que amamantarlo tan a menudo, ahora era más fácil; además, incluso habíamos empezado a darle papillas. No obstante, en días como este en los que Rhys y yo viajábamos lejos… habría resultado muchísimo más fácil traer a Nyx con nosotros.

Pero yo tampoco quería que estuviese cerca de estas personas.

Además, odiaba (pero lo odiaba con todo mi ser) que todos los rostros despiadados de quienes estaban reunidos aquí supieran siquiera de la existencia de mi querido y glorioso hijo.

Odiaba que les bastara con ponerle las manos encima para que yo cediera a sus deseos.

Ellos lo sabían. Yo lo sabía. Y, a juzgar por el oscuro y terrible poder que emanaba por todos los poros de la piel de Rhys desde que nos habíamos marchado de Velaris…

, mi pareja también lo sabía. Aun así, aparte de esto, yo sabía que Rhys dejaría la diplomacia a un lado y se cargaría a cualquiera que aludiera a la más mínima amenaza.

Por suerte, quienes nos acompañaban en ese preciso instante también lo sabían. Y, por más poderosos que fueran, la bestia que se escondía bajo el hermoso exterior de Rhys hacía que se lo pensaran dos veces.

Aunque nosotros ya habíamos tomado precauciones.

Lo estipulado para esa reunión era que viniesen tres delegados por grupo. Nosotros habíamos traído cuatro.

Azriel (que no era más que una simple sombra) estaba al lado de las puertas selladas de piedra que quedaban a mi espalda y difícilmente era visible. Los únicos capaces de darse cuenta de que estaba allí éramos nosotros, porque conocíamos el tono de su oscuridad a la perfección.

Pero tampoco éramos tan necios como para pensar que los demás no habrían hecho lo mismo.

La magia inherente del juramento de neutralidad de Storr impedía que pudiera haber protecciones o trampas mágicas, pero el hecho de que yo no viera a nadie más cerca no significaba que fuésemos los únicos presentes.

A fin de cuentas, bien que la magia del lugar había permitido entrar a Azriel.

—Bueno… —dijo la reina de Vallahan, de cabellera rubia y unos ojos azules igual de gélidos que las heladas montañas de su territorio.

Entre esa pesada capa de pieles, la tiara de oro trenzado que adornaba su pálida frente y aquellas runas que llevaba tatuadas en sus largos y huesudos dedos, imponía como la que más.

Si bien no llevaba armas encima, te miraba de forma tan directa y había adoptado una postura tan firme que parecía una verdadera guerrera.

A lo mejor no una de las que se enfrentarían en un campo de batalla, pero sí una que mataría con tal de defender lo que era suyo.

Y tenía esa mirada fijada exclusivamente en mí—.

Hemos viajado hasta este territorio neutral para ver cómo te arrastras.

—Hizo un aspaviento con una de sus tatuadas manos y añadió—: Comienza con tus halagadores discursos.

Me enfurecí al oír sus palabras, al escuchar la rapidez con la que me había juzgado.

Daba igual lo mucho que hubiese sacrificado yo, las victorias que hubiese acumulado; para ella siempre sería una humana insignificante ataviada con elegantes prendas fae.

Aun así, mantuve una expresión serena, despreocupada.

Dejé que cometiera el error de infravalorarme.

—¿Queréis algún refrigerio? —pregunté como quien no quiere la cosa—. Hemos traído vino y fruta madura.

Acto seguido, Rhys los hizo aparecer del bolsillo entre reinos donde los había guardado y los depositó encima de la mesa de piedra.

Mis palabras podían interpretarse de dos formas. Por un lado, con eso de la comida y la bebida estaba dejando claro que Rhys y yo éramos los anfitriones de la reunión. No íbamos a tolerar que nadie nos diese órdenes.

Y por el otro lado… El príncipe de Vallahan fue el primero en delatarse.

Era joven, rubio y de ojos azules como su madre, y con los mismos rasgos de su padre, igual de marcados.

Sin embargo, mientras que los ojos de su madre parecían un lago helado, los del príncipe me recordaron a la parte más ardiente de una llama.

Y, mientras estudiaba la selección de inusuales frutas que habíamos traído de nuestros campos e invernaderos, le centelleó la mirada.

Había un montón de uvas moradas, naranjas tan redondas y brillantes como el sol al atardecer, melones cortados por la mitad con unos tonos parecidos al del coral y al verde del mar, y rodajas de limones cuyo aroma perfumaba el mísero aire que se respiraba a nuestro alrededor.

Frutas que sabíamos que no tenían en Vallahan y que, con ese clima tan frígido, nunca podrían cultivar.

Frutas que importaban de reinos del sur, no sin pagar un ojo de la cara por ellas porque eran un lujo poco habitual.

¿Habrían probado una naranja alguna vez?

A juzgar por cómo se le ensancharon las fosas nasales al príncipe, dudaba que hubiese olido una jamás.