Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) CAPÍTULO 1
5%

CAPÍTULO 1

Azriel

El viento, aullador y húmedo a causa de la lluvia, arrebató cualquier atisbo de calidez que hubiese podido sentir Azriel.

De nada servían las escamas de su armadura negra contra el frío letal que acompañaba esos aullidos.

Tampoco los sifones, cuya luz azul parecía etérea entre el brillo que resbalaba por todas las rocas del pase entre montañas de Montesere, ni tampoco sus sombras, que a duras penas conseguían sujetársele a las alas, medio heladas, entre esas fuertes ráfagas de viento y lluvia.

De todos modos, aquellos cinco siglos de entrenamiento lo ayudaron a mantenerse centrado. Consiguió acallar los gritos de su mente y de su cuerpo, que le pedían que encontrara un lugar cálido. Y deprisa.

No disponía de tiempo para contemplaciones. Tenía una tarea que cumplir.

Se oyó otro aullido en mitad de la noche y, en esta ocasión, fue tan afilado y vacío que Az habría jurado que se estremeció hasta la lluvia.

No debería haber ido tan lejos. Rhys y Feyre le habían dado unas órdenes muy claras: «Observa, pero no te inmiscuyas». Aunque ¿cómo no iba a hacerlo? ¿Cómo podía dar media vuelta cuando estaba tan cerca de las respuestas, a pesar de que también lo estuviera de sus enemigos?

Había llegado allí por un simple susurro.

Un susurro que había oído el más vil de sus espías, que llevaba meses instalado en las montañas que circundaban el putrefacto castillo de Koschei el Inmortal: Se está despertando un objeto de poder que llevaba muchísimo tiempo dormido.

Se rumorea que está esperando a que lo encuentren en la cima del pico Rothorn de Montesere.

Si no os adelantáis, vuestros enemigos enviarán lo peor que tengan para hacerse con él. La cacería empieza pronto.

Eso había sido todo. Así que Az fue a toda prisa hacia allí, hacia esas montañas, volando por el mundo entre sombras y viento, y a una velocidad que a Rhys y a Cassian les parecería imprudente ahora que le había disminuido el poder.

Prácticamente había oído a Cassian amonestándolo y diciéndole: «Como te metas en una ráfaga de viento a esta velocidad, te arrancarás las alas».

De todos modos, había ignorado los consejos imaginarios de su amigo.

Daba igual si perdía las alas. Podría seguir moviéndose por el mundo de otras formas.

Además, bastantes molestias le habían causado ya durante siglos; no le daría pena perderlas.

No se sentiría tan devastado como Cassian o Rhys.

Aun así, las alas de Az resistieron el feroz viento. Parecía que estuviesen resueltas a seguir aferrándosele al cuerpo de por vida, al igual que seguro que continuaba con sus sombras pegadas a él mientras estudiaba el terreno.

Esperaba encontrar soldados. Asesinos. Espías sigilosos. No esos aullidos que se colaban en el viento. Ni esos rugidos, esos ladridos o esos lamentos caninos.

Efectivamente, Montesere había enviado lo peor que tenía.

Las ráfagas lo azotaban por todas partes; resultaba imposible distinguir cuántos lobos de viento acechaban entre esos aullidos.

Y, además, era casi imposible detectar dónde se localizaban.

Estaban hechos tanto de carne y hueso como de viento, y podían cambiar de un estado al otro con la misma facilidad que sus semiespectros.

Sin embargo, eran mucho, muchísimo más mortíferos que Nuala y Cerridwen.

Azriel enfocó la vista hacia el pico que se alzaba a lo lejos.

Había localizado esa pequeña cueva durante su vuelo de reconocimiento, poco antes de que aparecieran el viento y la lluvia y él fuera directo a resguardarse al sotavento del risco más cercano para evitar acabar estampado contra las rocas.

Puede que le diese igual perder las alas, pero no le apetecía morir. Aunque Rhys pensaba que sí; la Madre lo sabía.

Ahí. A lo lejos. Atisbó un sutil centelleo de fuego por el lateral del acantilado y luego desapareció. Alguien había entrado en la cueva.

Los aullidos no cedieron.

Las sombras de Az susurraron, rápidas y jadeantes. Están rondando la boca de la cueva; bloquean todas las vías; están en las ráfagas de viento. No hay caminos ni cuevas que permitan evitarlos.

Pero Az tenía que acercarse más. Tenía que ver si quienquiera que acabase de entrar en la cueva se había hecho con el objeto que andaba buscando.

Aunó su poder y le pidió a una sombra que serpenteara hacia el pico. La sombra no se movió; sencillamente siguió aferrada al ala izquierda de Az. Era como si no quisiera exponerse a la lluvia, aproximarse a esos aullidos.

Ve , le ordenó Az. Le dio un poco más de poder a su sombra, más voluntad.

Un poco más, pero no demasiado. Nunca demasiado.

Se había asegurado de que nunca nadie viera cuán espantoso era el alcance absoluto de esas sombras, y ese día no sería una excepción.

Aunque sí que podía proporcionarles algo más de poder, un empujoncito.

Finalmente, la sombra se despegó de Az y se marchó cual cinta negra entre aquellas resbaladizas rocas. Az permaneció escondido y con la atención puesta en la boca abierta de la cueva.

A medida que se iba acercando, la sombra le fue describiendo el lugar: Lluvia, viento, rocas. Agua que se cuela a montones entre los peñascos y arrastra piedras a su paso. Voces que murmuran pero que a duras penas se oyen.

Az, a quien le castañeteaban los dientes, apretó la mandíbula.

¿Qué dicen? , quiso saber.

La sombra se acercó y subió un poco más. Dicen que, a pesar de lo que descubrieron a través de Koschei el Inmortal, no hay nada en la cueva. Lo que quiera que estuviera aquí ha desaparecido. Se lo han llevado a otra parte.

¿Qué es? , se interesó . ¿Qué buscan? ¿Quién hay ahí dentro?

La sombra guardó silencio un segundo. Luego respondió: Van con capas y máscaras. Es imposible reconocerlos.

Teniendo en cuenta la tormenta que lo perseguía, Az supuso que eran habitantes de Montesere, pero…

Tienen acentos variados, de distintos sitios. Pero son todos machos, unidos con un solo propósito.

Exhaló por la nariz y el aire se vaporizó bajo la lluvia. Estaba a punto de llamar a la sombra cuando esta le dijo: Montesere. Vallahan. Rask.

Az se quedó quieto. Y, entonces, su sombra añadió: Hecho. A Az se le pegaron las alas al cuerpo. Es un objeto Hecho.

Az movió la cabeza y, con el movimiento, salpicó agua a su alrededor. ¿Lo que están buscando?

No queda demasiado claro si ya han encontrado un objeto Hecho y están buscando otro o si el objeto que se suponía que había en la cueva es el único objeto Hecho que buscan.

Az apretó los dientes. Tengo que saberlo. ¿Tienen algún objeto Hecho en Vallahan, Montesere o Rask?

Como sus enemigos, que estaban obstinados en invadir tierras humanas en el sur y en reunir un ejército uniforme para lograrlo, se hicieran con un arma Hecha… Como Koschei estuviese involucrado en aquello de alguna forma…

Han dejado de hablar de ello , le informó la sombra. Pero ahora están hablando de otros objetos: un libro antiguo de oro grabado… y una caja hexagonal.

Aunque son desleales , lo advirtió la sombra.

Han venido por orden del Inmortal y, aun así, también quieren encontrar la forma de controlarlo a él.

Conocen las leyendas de la caja de ónice hexagonal de Koschei que, ahora que él está descontento y busca problemas, es todavía más valiosa.

Esa caja contiene la muerte de Koschei, tejida y atada a su hilo de la vida, y, como la encuentren, conseguirán todo lo que desean.

Pero uno de ellos los ha advertido de que es una estupidez; de que son unos necios por intentarlo siquiera, por arriesgarse a traicionar al Inmortal…

Bastó con el chasquido de unos dientes invisibles y afilados para que su sombra dejara de hablar.

Habían encontrado su sombra. De modo que estaban a punto de descubrirlo a él.

El fuerte aullido que oyó a su alrededor reverberó contra las rocas y le caló hasta los huesos.

Lo oyó tan cerca que la manada tardaría pocos segundos en bajar y hacerlo añicos.

No le haría daño perder una sombra. Para nada.

En parte, hasta lo consideraba una pequeña bendición.

Sin embargo, esas garras y esos dientes fantasmagóricos le arrancarían la piel sin esfuerzo alguno.

Az aunó todo su poder en un arranque rápido y brutal. No podía ganar esta pelea. Por más entrenado que estuviera y por más fuerte que fuera. De no ser porque había conseguido la información que tan desesperadamente necesitaba su familia, tal vez lo habría intentado.

Un rugido lobuno perforó el aire a su derecha y la mismísima lluvia se separó cuando su enemigo se le abalanzó.

Pero Az ya se había largado. Se había colado entre sombras, chorreando agua y temblando, no solo a causa del frío, para regresar a Velaris.