PRELUDIO #3
—Las sombras me comentan que en su arsenal hay armas que todavía no ha blandido; armas que le servirán para convertirse en alguien más influyente y prestigioso.
Un pestañeo. He aquí toda la señal de estupefacción que dejó entrever su progenitor. No obstante, Azriel sabía que había dado en el clavo incluso antes de que el otro le preguntara:
—¿Prestigioso en qué sentido?
Azriel no apartó la mirada de él.
—A pesar de que ahora gobierne esta montaña y la cordillera en general, puede llegar a controlar mucho más.
—¿Cuánto? ¿Cuánto más?
Las sombras por fin empezaron a susurrarle y Azriel contestó con la respuesta que le ofrecieron:
—Hasta las Estepas del norte, puede que incluso hasta el Refugio del Viento, si es perspicaz y usa el arsenal con astucia.
Volvió a pestañear. Azriel no había visto un mapa en toda su vida ni había oído hablar nunca de ninguno de esos lugares, y su padre lo sabía.
Az levantó el mentón, retándolo a que pusiera en duda lo que acababa de decir.
Su progenitor volvió a estudiarlo un segundo con la mirada.
Clavó los ojos en los puños de Azriel, repletos de cicatrices.
Hizo una especie de mueca. Sin embargo, el gesto le desapareció enseguida al descubrir que su hijo conseguía mantener las alas lejos del suelo, para no arrastrarlas, al igual que hacían siempre los verdaderos guerreros ilyrios.
Su padre volvió a sonreírle y enseñó toda su dentadura.
—Mira qué cuerpo tienes. Eres tú más hijo mío que esos mocosos. Y, aun así, sigues siendo un crío: uno que ha tumbado a sus hermanos. —Rio—. Un arma desconocida en mi arsenal, desde luego.
Aquellas palabras no significaron nada para él. Su progenitor no significaba nada para él.
El padre giró la cabeza y miró hacia la puerta entreabierta. La madre de Azriel estaba escuchándolos aterrada.
—Recoge tus cosas —le dijo a la hembra—. Tú y el chico os marcharéis al amanecer.
Azriel se quedó a la expectativa. ¿Habrían orquestado esto las sombras?
Su padre dio media vuelta y echó a andar hacia la escalera.
A Azriel no le pasó desapercibido que su padre no le había dicho que él también recogiera sus cosas.
En su celda no tenía nada aparte de un par de cubos, algo de paja y una manta.
Sus únicas pertenencias eran las prendas de ropa raída que llevaba puestas.
Sin volver la vista atrás, su padre anunció:
—Te irás al campamento de lord Devlon y permanecerás ahí.
Es uno de los pocos con los recursos necesarios para entrenarte, y uno de los pocos en quien confío para que lo haga como es debido.
Mientras tanto, quedas desterrado de esta fortaleza y de mi territorio hasta que considere oportuno convocarte.
Llegado ese día, me contarás qué has aprendido y qué has visto.
Y si esta noche tus sombras han dicho la verdad…
—Guardó silencio un segundo y giró la cabeza por encima del hombro para contemplar finalmente a Azriel.
La avaricia y crueldad más puras le inundaron el rostro—.
Tal vez podrás demostrarme lo útil que eres.
Y entonces veremos cuál de mis hijos tiene el honor de luchar conmigo como mi verdadero heredero.
Dicho esto, su progenitor se marchó, regodeándose en su soberanía y potestad. Az nunca había odiado tanto a alguien. Ni siquiera a la esposa de su padre. Ni siquiera a sus hermanastros.
Se quedó con su madre mientras ella se apresuraba a recoger sus pertenencias. Una de las doncellas le facilitó un saco mal cosido para que se llevase lo que pudiera.
Y, luego, esperaron.
Azriel creyó que las dos horas hasta el amanecer eran las más largas de sus vidas.
Dos horas en las que esperó a que la oscuridad desapareciera, a que un rayo de luz se colara entre la niebla.
A que su padre cambiara de opinión y lo mandara de vuelta a la jaula.
Para poder tener su valioso recurso a mano.
Azriel y su madre aguardaron abrazados con fuerza mientras los minutos seguían avanzando. Ella no le preguntó nada acerca de las sombras. Simplemente lo abrazó y le acarició el pelo.
Sin embargo, cuando llegó el alba, dos corpulentos guerreros llenaron el marco de la puerta. Dos porque tendrían que llevarlos a ambos.
La vergüenza tiñó las mejillas de Azriel de un tono rosado, aunque la cosa empeoró al descubrir cuánta gente se había reunido para ver cómo los transportaban por el aire.
Su madre temblaba tantísimo que él incluso oyó cómo le castañeteaban los dientes.
A su alrededor, la niebla y el viento aullaron.
Tanto en señal de invitación como de advertencia.
Y, mientras la niebla camuflaba la fortaleza y su madre sollozaba y daba las gracias entre oraciones, Azriel les pidió a las sombras y a las rocas del lugar que esperasen a que regresara.
Pero no cuando lo solicitara su padre. Nunca más acataría órdenes de su padre. Si pensaba que conseguiría mantener a Azriel de su parte y que lo seduciría con su título, se equivocaba.
Azriel prefería morir que convertirse en el heredero de su padre. Pero regresaría. Así que les dijo a las sombras que se prepararan.
Para el día en que regresaría para matarlos a todos.