Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) PRELUDIO #2
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PRELUDIO #2

Los guerreros se burlaron de él. Notó contra la nuca el cálido aliento del segundo al mando de su progenitor. Su padre siguió mirándolo sin moverse ni un ápice.

—Pardillo —lo abucheó el mayor de sus hermanastros, acurrucado en brazos de su madre.

La vergüenza se adueñó de Azriel. Por un segundo, deseó poder perderse entre las rocas y la oscuridad. Deseó poder dar un paso atrás para que las sombras lo envolvieran y lo ocultaran y así no tener que volver a verlos nunca más…

Y eso hizo.

Primero estaba ahí, retenido por el comandante de su padre…

Y luego una oscura neblina le empañó la vista. Seguía viendo, pero era como si un delicado velo negro le cubriese los ojos. Con un solo paso, se zafó del agarre del otro. Bajó la mirada hacia sus manos y descubrió…

Nada. Habían desaparecido. Lo único que había ahí eran las sombras.

El comandante gritó y dio un paso atrás.

—Pero si el cabrón estaba justo aquí —dijo.

El padre de Azriel inspeccionó el espacio. Algo parecido al miedo reemplazó los indicios de embriaguez y soñolencia que le inundaban los ojos Y en ese instante Azriel supo que había desaparecido de verdad y se había escondido tras una pátina de sombras tan gruesa que nadie podía verlo.

—¡¿Dónde está?! —exigió saber la esposa de su padre.

Lo preguntó con un tono tan estridente que Azriel entró en acción. Aquel velo de sombras tembló y desapareció. Una brillante luz lo envolvió todo y él pestañeó para acostumbrarse. No sabía qué había ocurrido, pero había vuelto a aparecer… o se había deshecho de aquella capa de sombras.

Estamos aquí , le susurraron las sombras al oído. Siempre estamos aquí.

Volved a ocultarme , les respondió él.

Su madre se había llevado una mano al pecho. Las sombras lo envolvieron y todo a su alrededor empezó a tornarse más opaco. Su cuerpo desapareció. Todavía lo notaba, podía usarlo, pero sabía que nadie lo veía.

—¡¡¡Demonio!!! —chilló la esposa de su padre.

Al oír esa palabra, regresó la luz y las sombras se desvanecieron. Volvió a ver el resplandor de las antorchas y aquel gélido pasillo.

—Cantor de sombras —susurró un guerrero que estaba al fondo.

Azriel no tenía ni la menor idea de qué significaba eso; no había oído esa expresión en el jardín y tampoco se la había susurrado el viento. Se miró las manos, llenas de cicatrices. Una delicada sombra le serpenteó por los dedos.

¿Por qué ahora? , quiso saber él.

Para que aproveches la ocasión , le contestaron las sombras.

Ahí fue cuando se dio cuenta de que las había estado escuchando con la cabeza ladeada, como si hubiese estado manteniendo una conversación. Y si fue consciente de ello fue solo porque el miedo desapareció del cruel rostro de su padre, que lo observaba con perspicacia.

Aparentemente, la esposa de este también se percató de cómo le había cambiado la expresión y, apoyándose la cabeza de su hijo en el pecho, le siseó:

—Ni se te ocurra, Maxtus. Ni. Se. Te. Ocurra.

El progenitor de Azriel la ignoró. Su segundo al mando, que estaba a una distancia prudente de Azriel, respondió:

—Mi señor, tener un cantor de sombras en nuestras tropas es una ventaja…

—La bestia esta es una ofensa —respondió con desdén la esposa de su padre.

Como si ya no tuviera miedo, se puso en pie de golpe y se colocó delante del mayor de sus hijos para protegerlo.

El chico tenía diecisiete años; era demasiado mayor como para andar escondiéndose.

Pero ahí estaba: con la cara ensangrentada y llena de desconcierto y terror, emociones que se suavizaron hasta que algo semejante a la victoria le asomó al rostro en cuanto su madre le espetó a su marido:

—Maxtus, como dejes que tu bastardo se quede, acabaré con él con mis propias manos.

El padre de Azriel adoptó una expresión más severa y observó a su esposa durante un largo minuto, tan quieto que parecía formar parte de las montañas que los rodeaban.

Ella, al verlo así, tembló. Y, por más que Azriel la detestara, no disfrutó al ver y oler el terror que emanaba de ella ante la despiadada mirada de su padre.

—Te he dejado decidir qué hacer con el crío durante demasiado tiempo —le dijo su progenitor a su esposa con aspereza.

—Me avergonzaste al engendrarlo, al dejar que lo pariera esa puta —espetó su esposa, como si fuese incapaz de contenerse por más miedo que tuviera y marcando bien esa última palabra.

Señaló con uno de sus delicados dedos a la madre de Azriel, que seguía arrodillada en el suelo—.

Y aquí tienes el monstruoso resultado. Este niño es malvado.

Mira lo que les ha hecho a nuestros hijos…

Con un rapidísimo movimiento de la ancha mano, la esposa del padre de Azriel acabó estampada contra la pared de piedra que tenía detrás antes de que dejara de oírse el eco del golpe. Él a duras penas se movió. Permaneció con expresión severa y gruñó:

—Ya estoy harto de que te entrometas en todo. Desaparece de mi vista.

Ella se llevó la mano a la mejilla y se enderezó.

Su hijo ni siquiera intentó ayudarla para que no perdiese el equilibrio.

Ningún guerrero hizo ademán de auxiliarla.

Aun así, ella agachó la cabeza, dejando que su cabellera castaña (algo extraño entre su gente) le cayera por encima del hombro. Y sin arrepentimiento alguno manifestó:

—Lo siento, mi señor.

A continuación empezó a salir a toda prisa con su hijo mayor pisándole los talones, y le hizo una señal a otro guerrero para que levantara a su otro vástago, que seguía inconsciente en el suelo.

La esposa de su padre solo miró atrás una única vez y, cuando fijó la mirada en Azriel, lo hizo con los ojos llenos de veneno. Acto seguido, desapareció.

Entonces, el lord estudió a Azriel de nuevo. Despacio, con frialdad.

Al final del pasillo, el agua goteaba contra las rocas. Una antorcha crepitó. Se oyó un grito unos pisos más arriba, aunque no quedaba claro si se trataba de un grito de dolor o de placer.

La madre de Azriel continuaba temblando a los pies de su padre. Este la observó. Como si fuese una desconocida.

Pero a Azriel no le gustó verla arrodillada. Ante él, no. De hecho, ante nadie. Empezó a andar hacia ella y la ayudó a levantarse. Nadie lo detuvo, ni siquiera su padre. Azriel tenía los nudillos llagados y ensangrentados y las uñas, sucias y manchadas de sangre.

—Vete a tu cuarto —le dijo el padre de Azriel a la madre—. El chico se queda aquí.

Al oír esa orden, Azriel se puso a la defensiva. Su madre, sin embargo, desvió su suplicante y aterrada mirada hacia él antes de desaparecer. Estaba rogándole que se comportara.

—Dejadnos —ordenó el padre a los guerreros.

—Mi señor —intentó rebatirlo su comandante, pálido como la cera—, no sé yo si es buena idea que los dejemos a so…

—Dejadnos —insistió.

La tenue luz hizo centellear la piedra verde que le adornaba la mano. Los soldados, que seguían en pánico, se marcharon en silencio. Y entonces Az se quedó a solas con su padre; puede que por primera vez en su vida.

Su progenitor posó la vista en él. Azriel le devolvió la mirada.

—¿Desde cuándo las oyes, chico?

Azriel ya sabía a qué se refería, pero mantuvo una expresión fría al responder:

—Desde hace un tiempo.

La voz le sonó áspera, pero habló con un tono igual de gélido que el invierno que rodeaba la fortaleza.

A su progenitor se le llenaron los ojos de una intriga letal y afilada.

—¿Y qué te dicen ahora las sombras?

Azriel midió bien sus palabras. Sabía que lo estaba poniendo a prueba, pero no tenía del todo claro cuál podía ser el resultado. Las sombras no le dieron demasiada información.

—Me dicen que su esposa no se ha ido a su habitación.

Ha acompañado a vuestros hijos a la enfermería y se está dirigiendo al puesto de control.

Que al general que está al mando esta noche le gusta subirle las faldas cuando están a solas.

Que su esposa cree que usted no lo sabe, aunque no es cierto. Y que algún día pagará por ello.

Su padre sonrió, dejando entrever su reluciente dentadura.

—Eso podría saberlo cualquiera. Es una ramera de los pies a la cabeza, pero se queda preñada con la facilidad suficiente como para que siga con ella, de momento. Dime algo que no sepa nadie más.

La vida de Azriel se reducía a esto, a sus siguientes palabras. Aun así, las sombras no le revelaron nada. Solo se oía silencio. Si aquello de verdad era una prueba, tendría que superarla él solo.

Su padre era un bruto, sí, pero también se vestía de gala, con ropa aterciopelada, lo cual no era para nada habitual entre guerreros. Los espolones que le cubrían los dedos centelleaban como si se los hubiese pulido; un claro contraste con la aspereza de ese lugar.

Era un macho vanidoso. Y bajo esa vanidad se escondía el miedo. A ser inferior, a no estar a la altura. Esa vanidad era un escudo. El arma y el escudo más poderosos que tenía su progenitor. Pero también era su mayor debilidad.

De modo que Azriel, que era plenamente consciente del apabullante terror que se filtraba a través de la puerta de la estancia de su madre a unos metros de distancia, respondió: