Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6) PRELUDIO
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Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6)

Una corte de armonía rota (Acotar, Una corte de rosas y espinas 6)

Por Sarah J. Maas

© inepub.com

PRELUDIO

En la fortaleza de su padre, envuelta de niebla, había un espacio pequeño, algo más grande que una celda.

Era su habitación (su «jaula», como la llamaban sus hermanastros mayores para burlarse). Y solo podía salir una única vez al día al húmedo y fresco exterior para inhalar el canto de esas escarpadas montañas azotadas por el viento y, con algo de suerte, notar cómo el sol le besaba las mejillas.

Su madre no tenía permiso para entrar en la jaula.

Sus visitas se veían limitadas a una por semana, momento en el que compartían un pequeño desayuno juntos, en la estrecha habitación de esta, muchos pisos más arriba.

Una hora. He aquí todo el tiempo del que disponían.

Él mismo subía las bandejas para que su madre no tuviese que cargar con ningún peso innecesario en las manos, pues las tenía extremadamente delgadas y el trabajo les había pasado factura.

Aunque no era que las suyas estuviesen mucho mejor.

Y menos después de lo que sus hermanastros le habían hecho hacía tres años.

Porque suponía que habían transcurrido tres años.

Allí abajo, el tiempo carecía de significado y tan solo estaba marcado por cómo le iban creciendo las alas; si las extendía del todo, rozaba las paredes de ambos lados de la celda.

Había noches en las que se despertaba gritando, convencido de que todavía le ardían las manos y se le derretía la piel. Pero entonces veía lo que había quedado: unas cicatrices grandes y deformes.

Cuando había ocurrido, era tan pequeño que las alas a duras penas ocupaban la mitad del espacio.

Recordaba más bien poco. Las risas mientras le untaban abundantemente las manos con aceite.

Y luego el terror atroz al ver aquellos braseros y el chisporrotear de las brasas, que se oía desde la otra punta de la sala.

Cuando se dio cuenta de que no podía hacer nada para evitar que sus hermanastros le hundieran las manos embadurnadas de aceite en las llamas, el pánico lo sobrecogió.

El calor del fuego llegó a sus deformados dedos antes de que lo envolvieran las llamas.

Y, más tarde, el asombro instantáneo al no notar nada.

Ese fue su último atisbo de esperanza: que, por un segundo, no sintió absolutamente nada.

Y a continuación, un dolor tan intenso que se desmayó.

Nada más despertarse, encontró a su madre sollozando.

Estaba acurrucado en su regazo y le dolían tantísimo las manos, los dedos, que el más mínimo movimiento lo llevaba a perder el conocimiento de nuevo.

Esto se repitió en varias ocasiones: recobraba el sentido, le azotaba una nueva ola de agonía y luego todo desaparecía.

A lo mejor lo mantenían inconsciente las sombras, que lo acunaban en su oscuridad.

A lo mejor como un acto de bondad. Sin embargo, cuando por fin despertó y ya no volvió a desmayarse, vio que sus manos habían cambiado.

Tenían la misma forma, pero ya le había crecido carne nueva encima de las quemaduras.

Antes tenía la piel de las manos fina; ahora, en cambio, tenía algunas zonas menos opacas, más ásperas y tirantes.

Al cabo de poco volvieron a meterlo en la jaula. Y, al igual que antes, prohibieron que su madre fuera a cuidarlo. A reconfortarlo.

Él ya sabía por qué la tenían casi siempre encerrada en otra parte. Por qué había una pequeña y discreta escalera al final del pasillo donde se encontraba ella que llevaba a los pisos superiores, en los que residía su padre.

Sus hermanastros se aseguraban de que lo supiera.

«Tu madre es una puta. Algún día también nos la follaremos nosotros».

La primera vez que contraatacó al oír ese insulto, fue la propia madre de sus hermanastros quien lo encerró allí personalmente. La segunda vez, le quemaron las manos hasta dejárselas irreconocibles.

De modo que solo tenía las sombras por compañía y no oía otra cosa que no fuera el cantar del viento que, en ocasiones, se colaba en las profundidades de la fortaleza. Siempre que podía, movía las alas y hacía ejercicios que había visto repetir a los guerreros de su padre en el jardín.

Había aprendido de ellos y había tomado nota de todos los detalles durante la hora que le permitían salir al exterior. Se había fijado en cómo se movían los guerreros, en cómo blandían las espadas, en cómo se colocaban, en cómo echaban a volar sin carrerilla.

Él nunca había alzado el vuelo. Ni una sola vez.

He aquí algo más de lo que se burlaban sus hermanastros.

Aun así, practicaba tanto como podía en la jaula.

Cuando se le hubieron curado las manos, comprobó que tuviesen la misma utilidad que antes de que se las quemaran.

Pese a que los primeros meses las tuvo más bien agarrotadas y en algunas ocasiones le dolieron, pronto recuperaron toda la movilidad. Así que entrenó y entrenó.

Era un ilyrio. Era lo que le tocaba.

Su madre solía recordárselo a menudo entre susurros para que no lo oyeran las otras doncellas, que tenían el oído muy fino, y no se lo dijeran a su impetuosa ama.

—Eres un ilyrio, Azriel: el viento te canta al correr por las venas. No pueden enjaularte. No pueden romperte. Te han encerrado porque te tienen miedo.

A veces, se le olvidaba su propio nombre hasta que oía decírselo a su madre.

—¿Por qué? —le preguntaba sin cesar—. ¿Por qué me tienen miedo? ¿Por qué me odian?

Ella le besaba la frente. Una vez, dos.

—Porque eres distinto. Lo notaron en cuanto naciste. Y, algún día, les vas a demostrar a todos que eso es maravilloso.

De pequeño, nunca encontró sentido a esas palabras. Sin embargo, a medida que fueron pasando los años, Azriel supo que su madre tenía razón.

Las sombras de su jaula, de su celda, se convirtieron en sus amigos. Tenían historias propias y anécdotas de lo que ocurría más arriba, en la fortaleza.

Los consejos más valiosos se los daba el viento, que le contaba leyendas del mundo que se extendía más allá.

Le hablaba de unos amplios campos donde el sol teñía de un matiz dorado las flores silvestres; donde los ríos caían en cascada por montañas de granito; donde había un chico de ojos violeta que debía de tener más o menos su edad y alrededor del cual parecía gravitar todo el mundo: un chico con alas (otro ilyrio) que se estaba abriendo paso por el barro y la nieve con uñas y dientes, lejos de allí, y…

ella. Una chica con el cabello del color del oro, encantadora y alegre, envuelta por una oscuridad parecida a la de él, atrapada en una ciudad escondida bajo una montaña y que soñaba con el vasto cielo azul.

Pero esos chicos estaban lejos de él. Eran completamente inalcanzables, como la Luna.

De modo que las sombras y el viento le hacían compañía. Sombra y viento y piedra. Azriel aprendió el silencioso y retumbante lenguaje de las rocas, y a discernir las voces y las palabras de quienes habitaban en la fortaleza.

Así fue como descubrió que sus hermanastros habían cumplido la mayoría de edad.

También de lo que planeaban hacer con su madre.

Algo que nada tenía que ver con ella y que estaba totalmente relacionado con él.

Aun así, le harían daño a su madre sin que sus actos tuvieran repercusión alguna, y luego presumirían de ello ante Azriel.

Cuando sus hermanastros se retiraron a sus aposentos en mitad de la noche, la roca lo advirtió.

Los entrenamientos autoimpuestos de Azriel le ayudaron a romper la puerta de la celda.

Las sombras lo guiaron y lo ocultaron mientras él recorría los pasillos a toda prisa.

Y el viento le contó cómo podía acallar los gritos de sus hermanastros al tiempo que los interceptaba antes de que llegasen a tocar la puerta de su madre, estampándoles los puños, hincándoles los dientes y desatando todo su poder contra ellos. Más que un macho, parecía una bestia desatada.

Las doncellas de oído fino lo oyeron y dieron la alarma enseguida.

Para separar a Azriel del mayor de sus hermanastros hicieron falta tres fuertes guerreros ilyrios.

El otro hermanastro estaba inconsciente.

Azriel seguía gruñendo y revolviéndose contra ellos cuando apareció su padre con su esposa al lado y vieron la escena: la puerta que tenían delante y la madre de Azriel, con los ojos abiertos como platos, temblando y con las alas dolorosamente tensas y plegadas en la más pura señal de sumisión.

A tu padre le puede el alcohol , le murmuraron las sombras, sacando a Azriel de aquella neblina. Y el sueño. Su esposa es todo miedo y enfado. Tu madre solo ha conocido el terror y la desesperación.

No era que las sombras hablaran como tales, pero Azriel había aprendido a interpretar los fragmentos de las imágenes que le enseñaban como si de palabras o frases se tratasen.

Igual que había aprendido a leer y a escribir durante las preciadas horas que compartía con su madre, que escondía libros en su habitación, así como los retales de papel y restos de carbón que pudiese encontrar.

La malcriada y desalmada esposa de su padre chilló y se abalanzó hacia sus hijos antes de arrullarlos llamándolos por sus nombres y de acariciar sus odiosos rostros. El único que seguía consciente lloriqueaba y se quejaba.

Su progenitor, con toda su altura y sus fornidos hombros, se colocó delante de Azriel con las alas tan extendidas que cualquiera habría dicho que bloquearían la luz.

Eran tan oscuras como su pelo, que en ese instante permitía ver las duras facciones de la cara.

Estudió a su hijo con aquellos ojos color avellana sutilmente nublados mientras su segundo al mando agarraba al chico por la nuca con la fuerza suficiente como para asegurarse de dejarle un moretón.

—No lo torturéis, no le mutiléis las alas, no le hagáis daño —suplicó la madre de Azriel, arrodillándose y acercándose al padre de este, mientras arrastraba sus rotas alas por el suelo.

Él la ignoró y permaneció con la vista puesta exclusivamente en Azriel.

—¿Cómo te has escapado? —le preguntó con un tono severo e implacable.

Él sorbió la sangre que le goteaba por la nariz.

—Con la ayuda de las sombras, el viento y las rocas.