Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Evie asintió como si ya lo supiera.

—¿Y qué cambiaría?

—Terminaría cualquier conversación con España.

—Isabella ya lo hizo.

—Renunciaría públicamente al acuerdo.

—Eso protege tu reputación.

—No me importa mi reputación.

—Entonces no necesitas anunciar nada sobre mí.

—No utilizaré tu nombre.

—¿Qué más?

Me puse de pie lentamente.

—Me apartaré de las funciones relacionadas con la sucesión hasta que se resuelva la condición de Alexander.

—¿Tu hermano te pidió eso?

—No.

—¿Tu familia lo aceptaría?

—No me importa.

Evie se volvió.

—Sí te importa.

—No más que tú.

—Ese es el problema. Siempre necesitas ordenar a las personas dentro de una lista de prioridades. Si yo estoy primero, todos los demás se convierten en sacrificios que algún día utilizarás para demostrar cuánto hiciste por mí.

—Nunca te culparía.

—Ya culpas a Alexander por ser el motivo por el que necesitas una salida.

La acusación me tensó.

—No es culpa suya estar enfermo.

—Lo sé. Pero hablas de su enfermedad como una prisión construida alrededor de ti.

Aparté la mirada.

—No sabes lo que significa ser el segundo hijo.

—No. Igual que tú no sabes lo que significa pertenecer a una empresa que puede decidir si conservas tu voz.

Evie caminó hacia mí.

—No necesitamos vivir las mismas cosas para reconocer cuándo convertimos nuestro dolor en una excusa.

Se detuvo a menos de un metro.

—No puedes abandonar tu familia por mí.

—Puedo si lo elijo.

—¿Y qué ocurrirá cuando Beatrice te necesite? ¿Cuando Alexander pierda otro día? ¿Cuando tu madre te llame porque tu padre ya no pueda sostener la Corona solo?

No respondí.

—Volverás —dijo—. Porque eres incapaz de no hacerlo. Y una parte de ti me odiará por haberte obligado a marcharte primero.

—Tú no me obligarías.

—Entonces no ofrezcas sacrificios que nadie te pidió.

Sus ojos descendieron hacia mis manos.

—Dime algo que puedas cambiar sin convertir a otra persona en el precio.

Pensé en España.

En la Corona.

En Orfeo.

En todos los movimientos grandiosos que podía realizar para demostrar algo.

No eran cambios.

Eran negociaciones.

—Puedo dejar de mentir —dije.

Evie levantó la mirada.

—Incluso cuando decir la verdad me cueste aquello que quiero.

La expresión de su rostro se deshizo.

—Debiste hacerlo antes.

—Lo sé.

—No puedo ser la persona con la que practiques.

—No te lo pediré.

La frase me dolió al pronunciarla.

Ella también la sintió.

—¿Eso significa que vas a dejarme marchar? —preguntó.

Todo dentro de mí gritó que dijera que no.

—Si eso es lo que eliges.

Evie inhaló profundamente.

—Lo es.

No hubo música.

Ningún estruendo.

Nada que indicara que mi vida acababa de dividirse en un antes y un después.

—Me voy a Los Ángeles —continuó—. Asteria suspendió las actividades europeas y acepté trabajar en el álbum.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿Naomi irá contigo?

—Sí.

—¿Tendrás seguridad?

—Sí.

Las respuestas eran breves.

Suficientes.

No pregunté la dirección.

—¿Volverás a Londres?

—No puedo prometerlo.

—No te lo estoy pidiendo.

Evie tragó saliva.

—Eso también es nuevo.

Permanecimos frente a frente.

No sabía qué hacer con mis manos.

Durante meses, la respuesta siempre había sido tocarla.

Apartar el cabello de su rostro.

Sujetar su cintura.

Buscar su pulso.

Ahora hasta levantar los dedos parecía una invasión.

—¿Puedo abrazarte? —pregunté.

Evie cerró los ojos.

Pensé que diría que no.

—Una vez.

Avanzó.

La rodeé lentamente.

Su cuerpo encajó contra el mío con una familiaridad que resultó insoportable. Evie apoyó la mejilla sobre mi pecho y cerró ambas manos en la espalda de mi camisa.

Hundí el rostro en su cabello.

Olía igual.

No debería haberlo hecho.

Habría sido más fácil si incluso su perfume hubiese cambiado.

Mi mano subió hasta su nuca. La otra permaneció sobre su espalda.

No la apreté para impedir que se moviera.

Solo memoricé.

El peso de su cuerpo.

La altura exacta de su cabeza bajo mi barbilla.

El calor de su respiración atravesando la camisa.

Evie comenzó a llorar.

Los sollozos sacudieron sus hombros.

La sostuve.

No dije que todo estaría bien.

No prometí encontrar una solución.

No le pedí que cambiara de opinión.

Mis propias lágrimas descendieron antes de que pudiera detenerlas.

Evie se apartó lo suficiente para mirarme.

Sus dedos tocaron la cicatriz de mi ceja.

—No sabía que podías llorar —susurró.

—Tengo personas contratadas para hacerlo.

Una risa rota escapó de ella.

La última.

Guardé el sonido dentro de mí.

Evie recorrió mi mejilla con el pulgar.

—Te amo —dijo.

Cerré los ojos.

—No tienes que…

—Necesito decirlo sin que signifique que me quedaré.

Abrí los ojos.

—Te amo —repitió—. Y aun así no puedo estar contigo.

Asentí.

—Yo también te amo.

—Lo sé.

Su mano descendió.

—No vengas a buscarme.

—No lo haré.

La promesa casi me partió la mandíbula.

—No publiques nada sobre nosotros.

—No lo haré.

—No permitas que culpen a Isabella.

—No lo permitiré.

—Y no utilices la amenaza para entrar otra vez en mi vida.

—Si Orfeo se acerca a ti…

—Seguridad puede intervenir. Tú no tienes que hacerlo personalmente.

—No puedo prometer eso.

Evie se tensó.

—Puedo prometer que no utilizaré el peligro para pedirte que vuelvas —me corregí—. Pero si alguien intenta hacerte daño, haré todo lo posible para detenerlo.

—Incluso si no vuelvo contigo.

—Especialmente entonces.

Algo se suavizó en sus ojos.

Evie se elevó sobre las puntas de los pies.

Sus labios rozaron mi mejilla.

No mi boca.

—Adiós, Adrien.

Retrocedió.

Mis brazos quedaron vacíos.

La puerta estaba a siete pasos.

Los contó mi cuerpo.

Uno.

Evie recogió el abrigo.

Dos.

Lo colocó sobre sus hombros.

Tres.

Se acomodó el cabello.

Cuatro.

Llegó a la mesa.

Cinco.

Apoyó los dedos sobre el memorándum.

—La llave y la partitura son tuyas —dije.

—No.

—Te las di.

—La casa era una promesa que no podías hacer. La canción pertenece a la mujer que creyó en ella.

—Esa mujer sigues siendo tú.

Evie me miró.

—Espero volver a encontrarla.

Seis.

Tomó el picaporte.

Siete.

Abrió.

Naomi esperaba al otro lado junto a Ginny.

Evie cruzó el umbral.

No la seguí.

La puerta comenzó a cerrarse.

Nuestros ojos se encontraron por última vez.

No había odio.

Solo amor y una decisión que no me pertenecía modificar.

La puerta se cerró.

* * *

Permanecí dentro del estudio hasta que Ginny entró.

Había pasado suficiente tiempo para que Evie abandonara el edificio por una ruta que yo no conocería.

Ginny encontró las carpetas sobre la mesa.

—¿Cómo terminó?

—Se fue.

No preguntó si me había perdonado.

—¿Intentaste detenerla?

—No.

—Bien.

La palabra me irritó.

—No me felicites por respetar una decisión que debí respetar desde el principio.

Ginny sostuvo mi mirada.

—No iba a hacerlo.

Guardó los documentos dentro de una bolsa.

—Debemos devolver esto antes de que el rey descubra que desapareció.

—Julian sabe que los tomé.

—Julian ha desarrollado un concepto flexible de supervivencia laboral.

Me senté.

—¿Dónde está ahora?

Ginny cerró la bolsa.

—No.

—No pensaba seguirla.

—Entonces no necesitas saberlo.

—Solo quiero confirmar que llegue al aeropuerto.

—Bash lo hará.

—¿Me informará cuando despegue?

—Sí.

Asentí.

Ginny caminó hacia la puerta.

—¿Eso es todo? —pregunté.

Se volvió.

—¿Qué esperas?

—No lo sé.

La respuesta parecía describir toda mi vida.

—Evie dijo que debía cambiar aunque nunca regresara.

—Tiene razón.

—Todos parecen disfrutar repitiéndolo.

—Porque continúas hablando del cambio como una tarea cuyo premio final es recuperarla.

Me incliné hacia delante.

—¿Cómo se supone que deje de esperar?

—No tienes que dejar de esperar. Solo debes comprender que la esperanza no te concede derechos sobre ella.

Ginny apoyó una mano en el picaporte.

—Regresa con tu familia. Asume públicamente lo que hiciste. Encuentra a Orfeo. Y aprende a ser un hombre mejor aunque nadie vuelva para comprobarlo.

Salió.

* * *

La declaración de mi padre apareció una hora después.

La Casa Real lamenta la difusión de documentos privados vinculados con conversaciones preliminares entre las casas Hawthorne y Valcázar.

Nunca existió un compromiso formal. Su Alteza Real el príncipe Adrien y la princesa Isabella mantienen una relación de amistad y cooperación institucional.

La Corona no realizará comentarios sobre especulaciones relativas a terceras personas.

Terceras personas.

Evie había pasado de ser una mujer perseguida por nuestras decisiones a una categoría que podía borrarse mediante dos palabras.

Llamé a Julian.

—Retira la declaración.

—Ya fue publicada.

—Entonces reemplázala.

—El texto fue autorizado por el rey.

—Yo también tengo una declaración.

—Su padre prohibió que publicara…

Terminé la llamada.

Abrí mi cuenta oficial.

Escribí:

Las conversaciones entre las casas Hawthorne y Valcázar existieron.

Firmé un memorándum preliminar y oculté esa información a personas directamente afectadas por mi decisión.

La princesa Isabella y Evelyn Han no son responsables de mis actos.

No toleraré que ninguna de ellas sea atacada para proteger mi imagen o la de la Corona.

No realizaré más comentarios sobre sus vidas privadas.

Leí el texto.

No contenía la palabra amor.

No convertía a Evie en parte de una historia romántica.

No le pedía que respondiera.

Pulsé publicar.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

Padre.

Madre.

Julian.

Un número español.

Lo apagué.

La respuesta de Isabella apareció antes de que la pantalla muriera.

Las conversaciones matrimoniales han sido suspendidas por decisión mía. Evelyn Han no fue informada de ellas y no debe ser responsabilizada por actos ni acuerdos que se le ocultaron.

No había perdón en sus palabras.

Tampoco venganza.

Isabella estaba protegiendo a otra mujer del hombre que las había engañado a ambas.

* * *

Beatrice se encontraba en Clarence House.

La encontré sentada sobre el suelo de la biblioteca, con la espalda apoyada contra el sofá. Llevaba un suéter de Alexander y el cabello rubio recogido en un moño desordenado.

Mi hermano dormía en el sillón.

Una manta cubría sus piernas y el bastón descansaba a su lado.

Beatrice levantó la mirada cuando entré.

—¿Qué haces aquí?