CAPÍTULO 20 #2
La decepción atravesó sus facciones.
—No volvió a intentarlo —añadí—. Y yo tampoco.
—¿Quieres que te felicite?
—No.
Evie miró las carpetas.
—¿Está todo?
—El memorándum, las propuestas de ambas casas y las evaluaciones internas.
Se quitó el abrigo.
Debajo llevaba un suéter gris que reconocí.
La noche de Belgravia.
Su cuerpo sobre la encimera.
Sus dedos hundidos en mi cabello.
La primera vez que me pidió que no continuara y yo me detuve.
Había utilizado ese recuerdo durante meses como demostración de que sabía respetar sus decisiones.
Ahora comprendía lo poco que significaba detener mis manos si continuaba controlando todo lo que ella podía conocer.
Evie se sentó.
Hice lo mismo.
—Ya sé lo que ocurrió con Isabella —dijo—. No quiero volver a hablar de cada beso.
Asentí.
—No intentaré justificarlo.
—Ya lo hiciste en España.
—Lo sé.
—También sé que estabas negociando con su familia durante la gala. Que viajaste a España por ella y que firmaste un acuerdo.
Apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Hoy quiero entender qué firmaste y cuándo decidiste que yo no tenía derecho a saberlo.
Deslicé el memorándum hacia ella.
Evie abrió la carpeta.
Leyó en silencio.
Sus ojos avanzaron por las cláusulas sin prisa. Se detuvo en los apartados sobre cooperación institucional, residencia futura y coordinación de agendas.
—“Transición gradual del príncipe Adrien hacia funciones permanentes en España” —leyó—. No parece una posibilidad abstracta.
—No me obligaba a aceptarla.
—Pero preparaba todo para que hacerlo resultara más sencillo.
—Sí.
—¿Isabella habría sido reina?
—Sí.
—Y tú, su consorte.
—Si nos casábamos.
Evie levantó los ojos.
—Eso te habría alejado de la sucesión británica.
—Era parte del atractivo para mi familia.
—¿Y para ti?
Miré mis manos.
—También.
La respuesta dolió.
No solo a ella.
—¿Querías ser rey de España?
—No habría sido rey soberano. Habría ocupado un papel institucional junto a Isabella.
Evie cerró los ojos.
—Incluso ahora corriges el título.
—No intento reducirlo. Solo responderte con precisión.
—Entonces sé preciso. ¿Querías esa vida?
No había una respuesta segura.
Por primera vez, no la busqué.
—Una parte de mí sí.
Evie asintió lentamente.
No parecía sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque no dependería de reemplazar a Alexander. Tendría una función propia, una formación útil y un lugar definido. España habría convertido mi condición de segundo hijo en algo distinto de esperar una tragedia.
—E Isabella encajaba en esa vida.
—Sí.
—Inteligente, preparada, futura reina.
—Sí.
—Una mujer a la que tu familia habría aceptado.
No respondí.
Evie volvió a mirar el documento.
—¿Y yo dónde encajaba?
—Conmigo.
—Eso no es un lugar.
—Era el único que me importaba.
—No lo suficiente para cerrar el otro.
La frase cayó con suavidad.
No necesitaba violencia.
Llegó a la última página.
Sus dedos se detuvieron sobre la fecha.
Veintisiete de abril.
—El día de Sussex —dijo.
—Sí.
No preguntó qué había ocurrido.
Ya lo recordaba.
Evie se quedó inmóvil durante varios segundos.
—Me desperté contigo esa mañana —murmuró—. Preparaste café y lo dejaste junto a la cama porque dijiste que querías enseñarme algo.
La casa regresó alrededor de nosotros.
El sol entrando por las ventanas.
Evie descalza sobre el suelo de madera.
Mi mano cubriendo sus ojos mientras la guiaba hasta el salón.
—Me mostraste cada habitación —continuó—. Dijiste que podía transformar una en estudio. Que colocaríamos un piano junto a la ventana porque la luz era mejor.
—Lo recuerdo.
—Me llevaste al jardín.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Me preguntaste si podía imaginar una vida allí.
—Sí.
—Y te dije que sí.
La palabra casi no tuvo sonido.
Evie bajó la mirada hacia mi firma.
—Te entregué la llave que había mandado hacer para Belgravia. Dijiste que preferías que abriera nuestra casa.
—Sí.
—¿A qué hora firmaste esto?
—A las cinco y veinte.
Su mandíbula se tensó.
—¿Cuánto tiempo pasó después de que me dejaras en el hotel?
No necesitaba calcularlo.
Llevaba toda la noche haciéndolo.
—Una hora y doce minutos.
Evie soltó una respiración.
—Una hora y doce minutos.
La cifra parecía obscena en su voz.
—¿Pensaste en mí cuando firmaste?
—Sí.
—¿Y aun así lo hiciste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque creí que podía construir una vida contigo sin destruir de inmediato la posibilidad de España.
—¿De inmediato?
—Necesitaba tiempo.
—¿Para qué?
—Para saber qué ocurriría con Alexander. Con la sucesión. Con tu carrera. Con las amenazas.
—Con Isabella.
—También.
Evie cerró la carpeta.
—Esa es la primera respuesta completamente honesta que me das.
No se sintió como una victoria.
—No sabía qué futuro podía ofrecerte —continué—. Si Alexander empeoraba, mi padre podía obligarme a asumir más funciones. Si me negaba a España antes de resolverlo, perdía la única salida institucional que existía.
—Y si me contabas la verdad, me perdías a mí.
—Sí.
La palabra quedó desnuda entre ambos.
Evie inclinó la cabeza.
—Entonces no me lo ocultaste porque fuera confidencial.
—Lo era.
—No fue la razón.
—No.
—Tampoco fue para protegerme de Asteria.
—No.
—Ni de Orfeo.
—No completamente.
—Me mentiste porque conocías mi decisión.
Apreté las manos.
—Sabía que existía la posibilidad de que terminaras conmigo.
—No era una posibilidad.
Evie sostuvo mi mirada.
—Si me hubieras contado que firmaste un acuerdo que contemplaba casarte con Isabella después de pedirme exclusividad, me habría marchado ese día.
El aire se volvió demasiado fino.
—Lo sé.
—Entonces elegiste por mí.
—Sí.
La admisión pareció atravesarla con más fuerza que cualquier defensa.
Una lágrima cayó sobre la carpeta.
Evie la limpió con la muñeca.
—Pensé que vendrías preparado para explicarme por qué debía perdonarte.
—Lo estaba.
—¿Y ahora?
La observé.
No la imagen del escenario.
No la estrella perseguida por cámaras.
Evie con los ojos rojos y los dedos cerrados alrededor de un documento que nunca debió descubrir de aquella manera.
—Ahora no encuentro una explicación que no sea otra forma de pedirte que aceptes algo que yo no habría aceptado en tu lugar.
Sus labios se separaron.
Por un momento, vi a la mujer que me amaba.
Después regresó la mujer a la que había destruido.
Abrió la carpeta negra.
Dentro aparecían evaluaciones sobre el efecto de nuestra relación en las negociaciones españolas. Evie pasó varias páginas hasta encontrar una marcada.
—Lee esto.
Me entregó el documento.
El encabezado no llevaba firma.
Evelyn Han: factor de inestabilidad mediática.
El texto evaluaba el impacto del video del corredor, nuestro beso y la popularidad internacional de VANTA. Sugeríamos no desmentir completamente la relación, porque el aumento de presión sobre mí podía acelerar la aceptación de una función permanente fuera del Reino Unido.
Más abajo aparecía una frase subrayada.
La artista no debe recibir información sobre las conversaciones hasta que exista una estrategia de comunicación conjunta.
Leí dos veces.
—No había visto esto.
—Está dentro del expediente de tu familia.
—No significa que lo redactara alguien de mi oficina.
—No he dicho eso.
—Evie…
—No estoy intentando culpar a otra persona.
Recuperó la hoja.
—Quiero que comprendas que mientras yo intentaba decidir si podía confiar en ti, un grupo de desconocidos discutía cuánto convenía que supiera.
—Encontraré al responsable.
—No cambia lo que hiciste tú.
—Lo sé.
—Eso es nuevo.
Dejó el documento sobre la mesa.
—Todos decidieron que yo no necesitaba conocer la verdad. El Palacio, España, Asteria y Orfeo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Y tú.
Sentí la necesidad de acercarme.
No lo hice.
—Pensé que podía proteger lo nuestro hasta que encontrara una solución.
—No estabas protegiendo lo nuestro. Estabas conservándolo en una habitación cerrada mientras negociabas tu futuro en otra.
—Te amo.
Evie apretó los labios.
—No utilices eso.
—Es la verdad.
—También lo era el memorándum y no parecía importante mencionarlo.
—No te lo digo para que me perdones.
—Entonces ¿para qué?
La respuesta apareció sin estrategia.
—Porque es lo único que continúa siendo cierto cuando retiro todas las mentiras.
Evie cerró los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
Después otra.
—Te odio por eso.
—Lo sé.
—No. Te odio porque sé que me amas.
Su voz se quebró.
—Habría sido más fácil descubrir que solo me utilizabas. Podría convertirte en un monstruo y marcharme sin mirar atrás.
—Quizá deberías.
—Pero estabas allí.
Evie se llevó una mano al pecho.
—Cuando no podía respirar. Cuando Asteria intentó controlarme. Cuando sentía que todo el mundo me observaba y no sabía si alguna parte de mi vida seguía siendo mía.
—Eso fue real.
—Lo sé.
Las palabras se transformaron en un sollozo.
Evie volvió el rostro, avergonzada por una emoción que jamás debía avergonzarla.
Mis dedos se cerraron sobre el borde de la silla.
No tenía derecho a consolarla del dolor que yo había provocado.
—La casa fue real —continuó—. La música. Las noches en que nos quedamos despiertos hablando. La manera en que me mirabas cuando creías que estaba dormida.
—Todo.
—Y también lo demás.
—Sí.
Evie se limpió el rostro.
—No sé cómo separar las dos cosas.
—No tienes que hacerlo hoy.
—No quiero que vuelvas a decidir cuánto tiempo necesito.
—Tienes razón.
Una risa rota escapó de ella.
—Deja de decir eso como si finalmente responder de manera correcta pudiera salvarnos.
Guardé silencio.
Evie se levantó.
Mi cuerpo reaccionó, preparado para seguirla.
Permanecí sentado.
Ella caminó hasta el piano cubierto. Retiró parte de la tela y pasó los dedos sobre la madera.
—La primera vez que vine aquí —dijo—, todavía creía que podía controlar todo si trabajaba lo suficiente.
—Recuerdo.
—Tú dijiste que las personas como nosotros confundían el control con la seguridad.
—Era un hipócrita.
—Sí.
La tela volvió a caer.
Evie permaneció de espaldas.
—¿Qué quieres de mí ahora, Adrien?
La pregunta me permitió imaginar demasiadas respuestas.
Que regresara.
Que me permitiera ir con ella.
Que aceptara Sussex.
Que conservara la llave.
Que volviera a mirarme como si yo fuera un lugar seguro.
—Quiero otra oportunidad.