Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Todo lo que rompimos

Ginny me llamó a las nueve de la mañana.

Continuaba en Sussex.

No había dormido.

La llave que Evie dejó descansaba sobre la mesa del dormitorio. Junto a ella permanecían la partitura original de su canción y la fotografía instantánea que nos habíamos tomado en la cocina.

En la imagen, Evie reía sentada sobre la encimera. Yo estaba entre sus piernas, con una mano en su cintura y la cabeza inclinada hacia ella.

No miraba a la cámara.

La miraba como si ya supiera que terminaría enamorándome hasta convertirme en un hombre incapaz de distinguir entre proteger algo y destruirlo para impedir que alguien más pudiera llevárselo.

Había pasado toda la noche evitando leer la frase escrita debajo.

No sabía que ese día estabas eligiendo otra vida.

La letra pertenecía a Evie.

Reconocía la presión irregular del bolígrafo, la inclinación de las vocales y la manera en que la última palabra descendía ligeramente cuando estaba cansada.

Giré la fotografía.

Volví a girarla.

El teléfono vibró por tercera vez.

Atendí.

—¿Está a salvo?

No saludé.

Ginny tampoco.

—Sí.

La palabra consiguió que mi pecho se aflojara lo suficiente para respirar.

—¿Dónde?

—No te lo diré.

—Recibí una fotografía de ella junto a un avión.

—Bash me la envió. Fue tomada cuando VANTA llegó a Londres.

Me puse de pie.

—¿Estás segura?

—Naomi llevaba el mismo abrigo y Evie todavía tenía tu pañuelo en la mano. La fecha del archivo fue manipulada.

Miré la fotografía anónima en la pantalla.

La imagen mostraba a Evie avanzando hacia un avión con una maleta detrás. La gorra escondía su rostro y Naomi caminaba a su lado.

Había visto lo que Orfeo quería que viera.

Evie alejándose de mí.

—Entonces no salió del país.

—No he dicho eso.

—¿Dónde está, Ginny?

—Protegida.

—Eso no es una ubicación.

—Precisamente.

Apoyé una mano sobre el alféizar.

El jardín permanecía cubierto por la niebla de la mañana. La silla donde Evie solía componer estaba mojada junto al árbol. Había dejado una taza sobre aquella silla dos días antes y todavía permanecía allí, inclinada por el viento.

Todo en la casa contenía una versión de ella.

Nada me pertenecía lo suficiente para obligarla a regresar.

—Quiero verla —dije.

—Lo sé.

—Necesito explicarle el memorándum.

—También lo sé.

—Entonces organiza una reunión.

Ginny guardó silencio.

Apreté el teléfono.

—Por favor.

La palabra salió áspera.

Insuficiente.

—Evie aceptó verte —respondió finalmente.

El corazón golpeó contra mis costillas.

Me volví hacia la llave.

—¿Cuándo?

—A las once.

—¿Dónde?

—En el estudio de la fundación.

Ya estaba buscando mi chaqueta.

—Llegaré en una hora.

—Llegarás cinco minutos antes.

—Necesito comprobar el perímetro.

—Bash lo hará.

—Bash renunció.

—Continúa siendo responsable hasta que se nombre un reemplazo.

—No confío en un reemplazo.

—Y Evie ya no confía en ti. Parece que todos tendremos que sobrevivir a cierta incomodidad.

Me detuve.

Ginny continuó antes de que pudiera responder:

—La reunión tiene condiciones.

—Naturalmente.

—No conocerás el recorrido que utilizará. No preguntarás dónde se aloja y no pedirás que la sigan cuando se marche.

—Existe una amenaza contra ella.

—Tiene seguridad independiente.

—No conoce a Orfeo.

—Tú tampoco.

Aquello me silenció.

—Hay otra condición —añadió—. Evie quiere ver el memorándum completo y los documentos relacionados con la negociación.

—Parte de esa información está clasificada.

—Entonces tendrás que decidir qué secreto te importa más conservar.

—No puedo entregarle archivos oficiales.

—No quiere conservarlos. Quiere leerlos frente a ti.

Miré la fotografía sobre la cama.

—¿Por qué?

—Pregúntaselo a ella.

Escuché el movimiento de una carpeta al otro lado.

—La última condición es la más importante, Adrien.

—¿Cuál?

—Cuando termine la conversación, Evie podrá marcharse.

Mi mano se cerró sobre la chaqueta.

—No pensaba encerrarla.

—La primera noche que se conocieron bloqueaste una puerta porque estabas convencido de que protegerla te daba derecho a impedirle salir.

—Eso fue diferente.

—No tanto como crees.

—No volveré a sujetarla.

—Tampoco utilizarás el peligro para retenerla, no convertirás tu amor en una obligación y no ordenarás que nadie descubra adónde va.

Me acerqué a la ventana.

Mi reflejo parecía el de un desconocido. Llevaba la camisa arrugada y abierta en el cuello. El cabello oscuro caía sobre mi frente y las sombras bajo mis ojos hacían más profunda la cicatriz de la ceja.

—¿Qué ocurrirá si no acepto?

—La reunión no se realizará.

Cerré los ojos.

—Acepto.

—Dilo completo.

—Si decide marcharse, no la detendré.

La frase dejó un sabor metálico dentro de mi boca.

Ginny terminó la llamada.

* * *

Entré en Kensington por el estacionamiento privado.

Bash esperaba junto al ascensor.

Llevaba un traje oscuro y un abrigo sobre un brazo. Una mancha violácea cubría el lado izquierdo de su mandíbula. El corte de su labio ya no sangraba.

Yo había colocado ambas marcas allí.

Mis pasos disminuyeron.

—Lo siento.

Bash pulsó el botón del ascensor.

—¿Por qué parte?

—Por golpearte.

—Bien.

Las puertas se abrieron.

Entramos.

—¿Aceptas mi disculpa? —pregunté.

—Todavía no.

Asentí.

No discutí.

Bash lo advirtió.

—Ginny habló contigo.

—Ginny habla demasiado.

—Alguien debe compensar todo lo que tú callas.

El ascensor comenzó a subir.

—Evie quiere revisar los documentos —dije.

—Lo sé.

—Necesito entrar al archivo restringido.

—Tu autorización no cubre las comunicaciones privadas entre ambas casas.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué harás?

Miré mi reflejo en las puertas metálicas.

—Algo que decepcionará a mi padre.

—Eso no reduce demasiado las posibilidades.

* * *

Julian estaba dentro de mi despacho.

Había dispuesto dos carpetas sobre la mesa y coordinaba por teléfono la reunión convocada por mi padre. Cuando entré, terminó la llamada.

Sus ojos pasaron de Bash a mí.

Se detuvieron en la lesión de mi amigo.

—No preguntes —dije.

—No pensaba hacerlo, señor.

—Mentiroso.

—Es una habilidad imprescindible en este edificio.

Me quité el abrigo.

—Necesito el expediente completo de España.

Julian se volvió completamente inmóvil.

—¿Para qué?

—No es asunto tuyo.

—Si me solicita acceso a documentación restringida, se convierte en asunto mío.

—Una de las partes afectadas necesita leerlo.

—La señorita Han.

No era una pregunta.

—Sí.

Julian dejó la tableta.

—El rey jamás lo autorizará.

—Por eso no estoy hablando con él.

—Las comunicaciones incluyen información diplomática y sucesoria.

—También incluyen decisiones que afectaron directamente a Evie.

—Ella no pertenece a ninguna de las casas firmantes.

—Ese es el problema.

Caminé hacia la caja de seguridad.

—Entrégame la llave.

Julian no se movió.

—No puedo hacerlo.

—Entonces apártate.

—Tampoco.

Bash permanecía junto a la puerta.

No intervino.

La lealtad de Julian siempre había pertenecido primero a la institución. Lo sabía desde que comenzó a trabajar conmigo.

Aquella mañana descubrí que todavía esperaba que, al menos una vez, me eligiera a mí.

—Firmé el memorándum —dije—. Tengo derecho a una copia.

—Al texto definitivo, sí. No a los anexos internos.

—Necesito ambos.

—¿Para explicar lo que hizo o para demostrar que otras personas también participaron?

La pregunta encontró su objetivo.

—No necesito repartir responsabilidades.

—Entonces bastará con el documento que firmó.

Julian abrió un cajón y sacó una llave.

Caminó hacia la caja de seguridad.

—Las comunicaciones preliminares están archivadas por fecha —explicó—. La carpeta gris contiene las propuestas españolas. La negra, las evaluaciones de la Casa Hawthorne.

Introdujo la llave y abrió la caja.

—No puedo entregárselas.

—Comprendo.

Julian dejó la llave puesta.

Tomó la tableta.

—Necesito preparar el automóvil.

Salió.

Bash observó la puerta.

—Técnicamente, no te las entregó.

—Empiezas a comprender los matices jurídicos.

—Ginny me está arruinando.

Tomé las carpetas.

* * *

El estudio de la fundación estaba vacío.

Las persianas permanecían cerradas y los instrumentos habían sido retirados de la sala principal. Solo había una mesa, dos sillas y una botella de agua.

Dejé las carpetas sobre la superficie.

Bash revisó las salidas.

—Dos agentes independientes permanecerán en el corredor —informó—. Ginny y Naomi estarán en la sala contigua.

—¿Naomi sabe que estoy aquí?

Me miró.

—Naturalmente.

—No parecía una pregunta absurda.

—Eres el único hombre que podría conseguir que cinco personas organizaran una operación clandestina para permitirle terminar una relación.

La frase se instaló bajo mis costillas.

—Todavía no ha terminado.

—Adrien.

—No necesito tu opinión.

—No. Necesitas comprender la diferencia entre esperanza y negación.

Consultó la hora.

—Llegará en tres minutos.

Se dirigió hacia la puerta.

—Bash.

Se detuvo.

—No utilizaré seguridad para seguirla.

—Bien.

—Pero si Orfeo se acerca…

—Intervendremos.

—Aunque ella no quiera verme, necesito saber que está viva.

La dureza de su rostro cedió apenas.

—Eso puedo prometerlo.

Salió.

Me quedé solo.

El segundero del reloj avanzó con una lentitud deliberada.

Me acomodé los puños de la camisa.

Después me irritó estar preocupado por mi apariencia y los deshice.

Caminé hacia la ventana.

Regresé.

Abrí el memorándum.

Mi firma aparecía en la última página.

Adrien James Edmund Hawthorne.

Había escrito mi nombre con la misma mano que esa mañana sostuvo el rostro de Evie mientras le decía que la casa podía ser nuestra.

Escuché la puerta.

Me volví.

Evie entró.

Mi cuerpo la reconoció antes que mi mente.

El pulso se aceleró. Los hombros se tensaron y mis manos experimentaron la memoria exacta de su cintura.

Llevaba pantalones negros, botas y un abrigo oscuro cerrado hasta el cuello. El cabello caía suelto sobre sus hombros. No tenía maquillaje salvo una línea fina alrededor de los ojos.

Parecía agotada.

Más delgada.

Hermosa de una manera que ya no tenía derecho a contemplar durante demasiado tiempo.

Una pequeña maleta quedó visible detrás de Naomi.

La puerta se cerró.

Evie no se acercó.

Sus ojos recorrieron mi rostro. Se detuvieron en mis nudillos.

—Golpeaste a Bash.

—Sí.

—¿Por qué?

—Se negó a localizarte.