CAPÍTULO 19 #4
—Toda tu vida has interpretado los límites como obstáculos que una persona suficientemente inteligente puede negociar. Evie acaba de establecer uno que no te pertenece modificar.
—La amo.
—Lo sé.
—Entonces ayúdame.
—Precisamente porque la amas, voy a impedir que conviertas esa palabra en otra justificación.
Se dirigió hacia la puerta.
—Ginny.
Se detuvo.
—Si habla contigo, dile…
No supe cómo terminar.
Que lo sentía parecía miserable.
Que podía explicarlo era otra forma de arrogancia.
Que la amaba ya no significaba lo que había significado una semana antes.
Ginny esperó.
—Dile que no publicaré nada sobre nosotros.
—Eso no necesita escucharlo. Necesita que lo cumplas.
Salió.
* * *
Pasé la noche en Sussex.
Solo.
No porque esperara que Evie regresara.
Porque no soportaba volver a un palacio donde cada habitación conocía una versión de mí que ya no podía mantener.
A medianoche bajé a la cocina.
Serví whisky.
Lo dejé intacto.
A la una escuché una risa en el pasillo.
Me puse de pie antes de comprender que provenía de mi memoria.
A las dos encontré un cabello oscuro en el respaldo del sofá.
Lo enrollé alrededor del dedo y después me odié por hacerlo.
A las tres reproduje la primera nota de voz que Evie me había enviado meses atrás.
No la última.
La primera.
Su voz llenó la cocina.
Cinco minutos. Sin representantes, abogados ni madres con corona.
Después escuché mi propia respuesta, insolente y ligera.
Mi madre rara vez usa la corona en hoteles. Daña los marcos.
Evie había reído.
Una risa breve.
Todavía desconfiaba de mí, pero había decidido abrir una puerta.
Yo había pasado los meses siguientes demostrándole que podía cruzarla sin merecerlo.
El teléfono oficial vibró.
Era Alexander.
No respondí.
Llegó un mensaje.
No tienes que volver esta noche. Beatrice está conmigo. Intenta dormir.
Mi hermano había sido expuesto, vigilado, medicado sin consentimiento y utilizado por Lawson.
Aun así, estaba preocupado por mí.
Escribí:
Cuida a Bea.
Respondió inmediatamente.
Siempre.
Dejé el teléfono boca abajo.
En la mesa continuaban la llave, la partitura y la fotografía.
Evie no se había llevado nada.
Ni siquiera la versión de nuestra historia que le pertenecía.
Había dejado cada objeto para que yo comprendiera que no pensaba regresar a buscarlo.
Tomé la fotografía.
La imagen mostraba una felicidad que entonces me había parecido indestructible.
Evie reía.
Yo no miraba a la cámara.
La miraba a ella como si ya fuera el centro exacto de mi vida.
Quizá Bash tenía razón.
Orfeo no había filtrado el acuerdo cuando lo firmamos.
Había esperado.
Esperó a que Evie conociera mis cicatrices.
A que durmiera sobre mi pecho.
A que me entregara una llave.
A que compusiera conmigo.
A que me amara lo suficiente para que la verdad pudiera destruirla.
No había intentado separarnos al principio.
Había permitido que yo construyera algo capaz de romperse.
Y después me había entregado el arma.
El problema era que Orfeo no había tenido que obligarme a utilizarla.
Yo había firmado.
Yo había besado a Isabella.
Yo había mentido.
Yo había prometido.
La conspiración había preparado el escenario.
Pero el hombre que destruyó a Evie fui yo.
A las cuatro y diecisiete recibí un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Evie caminaba por una pista privada con una gorra oscura, el cabello escondido y una maleta pequeña detrás de ella. Naomi avanzaba a su lado. Un avión esperaba al fondo.
La imagen había sido tomada desde lejos.
Debajo aparecía una frase.
Al final, siempre eliges la Corona.
Me puse de pie tan rápido que la silla cayó.
Llamé a Bash.
Respondió al primer tono.
—Recibí una fotografía —dije—. Alguien sabe dónde está Evie.
El silencio desapareció de su voz.
Volvió el oficial.
El amigo.
El hombre que podía odiarme y aun así comprender inmediatamente el peligro.
—Envíamela.
Lo hice.
Escuché cómo abría una puerta y comenzaba a dar instrucciones.
—La marca de tiempo indica que fue tomada hace seis horas —dijo—. La matrícula del avión no se distingue.
—Encuéntrala.
Esta vez no discutió.
—Lo haré.
—Bash.
—¿Qué?
Miré la pantalla.
Evie estaba de espaldas.
Alejándose de mí.
—No permitas que sepa que la buscamos.
Hubo una pausa.
—¿Por seguridad?
—Porque si está a salvo, no quiero que piense que ignoré lo que me pidió.
Bash soltó lentamente el aire.
—Bien.
La llamada terminó.
Volví a observar la fotografía.
No sabía si Evie había subido a aquel avión.
No sabía a qué país se dirigía ni si Orfeo había esperado en la misma pista.
No sabía si volvería a verla.
Por primera vez desde que la conocía, entendí que encontrarla y recuperarla no eran la misma cosa.
Podía emplear cada recurso de la Corona para confirmar que estaba viva.
Podía descubrir al hombre que continuaba observándola.
Podía detener la amenaza.
Pero no existía un agente, un título ni una negociación capaz de obligar a Evie a volver a elegirme.
Y si alguna vez lo hacía, no sería porque yo hubiera conseguido alcanzarla.
Sería porque, después de conocer cada parte de la verdad, todavía decidiera detenerse y mirar atrás.